
Desde hace 10 años, la Fundación COI impulsa el acompañamiento integral en la atención del cáncer, sumando orientación, voluntariado y redes de apoyo para fortalecer el tratamiento y la calidad de vida de las personas.
Desde hace 10 años, la Fundación COI impulsa el acompañamiento integral en la atención del cáncer, sumando orientación, voluntariado y redes de apoyo para fortalecer el tratamiento y la calidad de vida de las personas.
Texto de José Carlos Gutiérrez Niño 26/02/26

Desde hace 10 años, la Fundación COI impulsa el acompañamiento integral en la atención del cáncer, sumando orientación, voluntariado y redes de apoyo para fortalecer el tratamiento y la calidad de vida de las personas.
Las organizaciones suelen narrarse a partir de un hecho significativo o de sus programas sociales, pero también pueden contarse desde una escena.
Una paciente llega por primera vez al centro oncológico donde recibirá tratamiento. Trae estudios en la mano, preguntas desordenadas y la sensación de que algo irreparable está por comenzar. En la misma sala, otra mujer se levanta y se sienta junto a ella. No revisa papeles ni da instrucciones médicas. Le explica cómo transcurrirá el primer día, cuánto durará la quimioterapia, por qué conviene comer antes y cómo una parte del miedo disminuye cuando la rutina empieza a tener nombre. La segunda mujer ya estuvo ahí, pero ahora regresa como voluntaria.
Ese gesto resume el papel de Fundación COI dentro del Centro Oncológico Internacional (COI), institución médica de alta especialidad dedicada a la atención integral del cáncer. La Fundación, sin intervenir en los tratamientos, acompaña a quienes atraviesan su proceso de recuperación y procura que la experiencia no se viva en soledad.
Hasta 2019, el trabajo se desarrolló en un entorno relativamente definido. COI estaba acreditado para atender el cáncer de mama con recursos públicos a través del Seguro Popular. La ruta médica era clara y la cobertura estaba garantizada. Sin embargo, completar el tratamiento no siempre resultaba sencillo. Las ausencias respondían a motivos cotidianos: falta de recursos para trasladarse, familias desorientadas, miedo al estigma o desconocimiento de los efectos secundarios. La medicina estaba disponible, pero no siempre lograba instalarse en la vida diaria de las personas.
La Fundación COI se concentró entonces en sostener ese trayecto. Gestionó apoyos, construyó alianzas y ofreció acompañamiento emocional. Ayudaba a que las terapias se concretaran. Explicaba indicaciones, ordenaba información y preparaba a las familias para acompañar sin invadir ni sobreproteger. Con el tiempo, comenzaron a regresar algunas pacientes después de concluir su tratamiento. No buscaban seguimiento clínico, sino permanecer cerca de quienes apenas iniciaban el suyo.
Así surgió el voluntariado de mujeres sobrevivientes. Su presencia no modificó la conducción médica del COI ni estableció nuevas directrices institucionales, pero sí transformó la experiencia cotidiana. La información médica aclaraba procedimientos; la experiencia compartida permitía anticiparlos. La paciente encontraba a alguien que recordaba cada etapa con precisión emocional. Esa cercanía reducía la ansiedad inicial y facilitaba la continuidad del tratamiento.
Durante esos años, la Fundación comprendió que muchas interrupciones no se explicaban por la enfermedad misma. Intervenían el trabajo, la economía familiar, la comprensión del diagnóstico y la red de apoyo disponible. El voluntariado ayudaba a ordenar esas variables desde un lenguaje común y cercano. Así, la medicina seguía siendo el eje, pero la interacción ayudaba a sostenerla.
En 2019, la desaparición del Seguro Popular alteró el escenario. COI dejó de operar bajo un único esquema público y comenzó a atender pacientes que llegaban por rutas distintas, cada una con reglas propias. Amplió su capacidad médica y tecnológica y empezó a vincularse con aseguradoras, administradoras de salud y pacientes que financiaban su atención directamente. La conducción clínica permaneció, pero el acceso se volvió menos previsible.
La Fundación tuvo que adelantarse en el tiempo. Ya no bastaba acompañar durante el tratamiento. El apoyo empezó desde la sospecha diagnóstica. Se incorporaron acciones de prevención y autocuidado, orientación para solicitar segundas opiniones y contención emocional en decisiones iniciales. Después continuaba durante la terapia y en la vigilancia posterior, etapa en la que la enfermedad puede no estar activa, pero la inquietud persiste. Los talleres ocupacionales y los grupos de apoyo se consolidaron como verdaderos soportes para el “después del cáncer”.
El voluntariado siguió presente, siempre como complemento. Las sobrevivientes escuchaban, compartían estrategias para enfrentar momentos críticos y mostraban que la vida podía reorganizarse. Su alcance era limitado, pero para quienes coincidían con ellas abría un espacio de calma difícil de sustituir.
El cambio de cobertura también dejó aprendizajes. Aun cuando los servicios existían, muchas personas no acudían. El miedo y la confusión suelen aislar. Fue necesario mantener contacto cercano y constante, recordar que la orientación también implica iniciativa.
Persisten retos: desde la reducción de la brecha de acceso al tratamiento, que pasa por aspectos económicos, seguridad social y previsión en el cuidado de la salud, hasta la etapa posterior al tratamiento, que continúa siendo incierta para muchas personas: las revisiones se espacian, el regreso al trabajo no siempre es inmediato y la carga emocional se prolonga.
La Fundación, no obstante, busca facilitar tratamientos completos para personas en situación de vulnerabilidad social, aunque esto depende de la construcción de alianzas que no siempre son estables ni de largo plazo.
Hoy, el COI sigue marcando la directriz médica y la Fundación acompaña conforme a sus posibilidades. Su historia no está hecha de grandes acontecimientos, sino de regresos voluntarios, conversaciones discretas y orientaciones oportunas. Así es posible que la medicina actúe en el cuerpo y que la comprensión se alimente de la compañía. Entre ambos planos se sostiene una forma de cuidado donde la atención especializada y la experiencia compartida encuentran un punto de equilibrio, para vencer el cáncer y recuperar la salud con calidad de vida.
Este año, la Fundación COI cumple una década en su labor como brazo social del Centro Oncológico Internacional (COI). Tiene presencia en el Valle de México, en las sedes Pedregal, Universidad, Roma, Santa Fe y Satélite, además de Guadalajara y Tijuana. COI continúa ampliando su capacidad médica para ofrecer servicios de calidad y vanguardia, articulando las principales modalidades terapéuticas: la cirugía oncológica, las terapias de infusión —quimioterapia, inmunoterapia y tratamientos dirigidos— y la radioterapia. Queda mucho por hacer. Las desigualdades sociales siguen determinando quién puede acceder a un diagnóstico oportuno y a un tratamiento completo. Quienes deseen fortalecer esta red de acompañamiento —desde el voluntariado, la colaboración institucional o el apoyo solidario— pueden contactar a la Fundación COI y formar parte de este esfuerzo compartido. EP