Fuerza natural | Ecoansiedad: la preocupación reivindicadora

Mariana Mastache-Maldonado disecciona la “ecoansiedad”: ese nudo en el estómago ante la crisis climática. Lejos de la parálisis, nos invita a validar estas emociones y transformarlas en una brújula ética para la acción colectiva y la esperanza.

Texto de 28/01/26

Mariana Mastache-Maldonado disecciona la “ecoansiedad”: ese nudo en el estómago ante la crisis climática. Lejos de la parálisis, nos invita a validar estas emociones y transformarlas en una brújula ética para la acción colectiva y la esperanza.

Viajar. La decisión de tener una familia. Consumir, en general.

Podrían ser elecciones terriblemente sencillas, si no fuera porque, cada vez más, para muchos de nosotros vienen acompañadas de calcular, cuestionar y anticipar consecuencias. Voluntariamente (o no) hemos agregado a nuestro bagaje conceptos que antes circulaban en nichos muy específicos: huella hídrica, huella de carbono, emisiones, límites planetarios; ya no son entes ajenos. Esas palabras se hacen presentes al decidir si tomamos un avión, si compramos cierta marca, si pensamos en traer a alguien más a este mundo.

Y como si esta conciencia permanente no bastara, atestiguamos desde nuestras ubicuas redes sociales a otros humanos que migran porque su casa estuvo en una ciudad hoy derruida, comunidades que intentan sobreponerse a inundaciones o sequías extremas. Vemos a otras especies bajar sus poblaciones a una velocidad escalofriante —más rápido de lo que alcanzamos a documentarlas y ponerles nombre—, ecosistemas enteros acaparados por multinacionales, pandemias que nos enclaustran por años.

Llega la conclusión inevitable: esta relación que tenemos con el planeta (con los ritmos y dinámicas actuales) es insostenible. Diversos datos nos abofetean con crudeza porque ponen en evidencia la desigualdad al repartirse los impactos de la crisis: no todos contaminamos igual y no todos enfrentamos las consecuencias de la misma forma. En este punto, cobran sentido los apartheids climáticos que, de acuerdo con Oxfam, son un retrato de cómo personas y países ricos impulsan la crisis climática, mientras que las personas empobrecidas, los grupos marginados y el Sur Global son los más afectados. Injusticia climática en toda su extensión. Todo esto permea y erosiona la salud mental. 

Pérdidas económicas directas atribuidas a desastres para México en 2023. El valor monetario anual de la destrucción total o parcial de los activos físicos existentes en la zona afectada. Pérdida económica directa. 

Alexa Ramírez, bióloga y maestrante en la UNAM, identificó esta respuesta emocional durante sus estudios. Sentía que el objeto de su investigación (la vida misma) podía desvanecerse en décadas. “El cambio climático no siempre nos afecta de forma evidente en la actualidad, pero saber que el agua se agota y la temperatura aumenta me generaba una frustración enorme. Dentro de mi disciplina quiero ayudar, pero a veces parece que nada es suficiente”, me comenta.

Esa frustración tan particular que narra Alexa es más compartida de lo que podríamos creer, y se traslada a decisiones que antes dábamos por automáticas.

Para muchos, una salida para hacer despensa puede convertirse en tema de horas y una debacle de rumia. 1 Piensa en un producto, ¿se produce en tu país? Si no, ¿cuántos kilómetros recorrió?, ¿cuánta agua se necesitó para fabricarlo?, ¿en qué condiciones laborales?, ¿qué pasará con su empaque? 

Y si queremos complejizar (porque siempre se puede), aparecen las calculadoras de carbono. Herramientas que estiman cuánto le ha costado al planeta nuestra existencia. La mía, la tuya, la de nuestras familias. Números que no siempre sabemos dónde colocar emocionalmente. Así pues, muchas personas, desde contextos distintos, atraviesan dilemas similares al que planteo. Ese nudo en el estómago, ético (y fisiológico, ¿por qué no?) necesitaba estudiarse y tomarse en serio.

Definir el fenómeno

Alexa llevó sus inquietudes climáticas a consulta con profesionales de la salud mental. La respuesta que recibió fue que la crisis planetaria no era su problema.

“¿Cómo no va a ser mi problema? Necesito hacer algo, movilizarme”, recuerda. “Ahí decidí que ese sería el tema de mi tesis. Pensé: debe haber más personas que se sientan así. En ese momento no era algo tan hablado”, platica.

Esa preocupación constante por un cambio climático respirándonos en la nuca —la misma que Alexa investiga— se llama ecoansiedad. En pocas palabras, una angustia causada por el cambio climático, que hace que la gente se sienta ansiosa por su futuro. 2 

La ecoansiedad no es exclusiva de quienes estudian el clima o trabajan en temas ambientales. Atraviesa, principalmente, a generaciones (como la mía) que han crecido viendo cómo se incumplen acuerdos, cómo las promesas de reducción de emisiones conviven con la expansión de combustibles fósiles y cómo se habla de futuro mientras se sigue apostando por un modelo que lo compromete. Los pueblos indígenas, 3 infancias, juventudes y personas con un vínculo estrecho con la naturaleza figuran, de acuerdo con la investigación existente, como los grupos más afectados. Ellos conforman ese apartheid climático del que hablamos.

Irónicamente, la mayor parte de lo que sabemos desde la ciencia sobre ecoansiedad proviene de realidades muy contrarias a la nuestra. Si buscas en revistas académicas, habrá publicaciones, pero la mayoría de estos estudios provienen del Norte Global.

“La información que se ha generado sobre ansiedad climática viene, en gran parte, de países con otros contextos socioeconómicos y otras prioridades inmediatas. Además, sus agendas gubernamentales suelen integrar más acciones de mitigación y adaptación que en nuestro país”, subraya Alexa.

En nuestra región la ecoansiedad se vive desde las resistencias y la adaptación. Ya nos enfrentamos a esas consecuencias de los efectos climáticos que en muchos lados aún tienen pinta de augurio. Sequías, huracanes, contaminación en zonas urbanas o el desplazamiento de comunidades. La crisis tiene patrones y es medible. 

Gráfico interactivo que muestra la precipitación media anual de varios países, entre ellos, México. 1940-2024. 

El espectro de las ecoemociones

Para desenmarañar la ecoansiedad necesitamos entender que no viaja aislada. Forma parte de un paisaje emocional amplio. Una familia de respuestas afectivas ante la crisis ambiental: ecoemociones

Pensemos que el sello de la ecoansiedad es mirar, principalmente, hacia decisiones o problemas que enfrentamos actualmente o que están en el horizonte. En cambio, emociones como el ecoduelo, la ecoculpa y el ecoenojo tienden a centrarse en lo que ya ha sucedido (por ejemplo, sentir ecoculpa por haber tomado un vuelo transatlántico). No son panoramas alentadores, pero si algo nos ha mostrado nuestra laberíntica evolución es que las emociones, además de útiles, son reivindicadoras.

Platiqué con Alejandro Caloca, psicólogo interconductual con experiencia clínica, quien insiste en no patologizar esta preocupación. “No se trata de eliminar [la ansiedad], sino de reconocerla como una respuesta completamente válida ante circunstancias terribles del mundo actual. A partir de ahí, acompañar a las personas para que vivan de forma congruente con sus valores”, explica.

De la parálisis a la acción

A veces, dada la abrumadora complejidad de estas situaciones, uno no está seguro de cuál es la mejor manera de actuar. Entonces, ¿qué podemos hacer con todo esto que sentimos? 

Desde luego, no vamos a romantizar la angustia. Es común sentir esa ecoansiedad alimentada por sentirse abrumado y desesperado. No vamos a glorificar el insomnio, el nudo en el pecho al leer —a inicios de 2026, cuando se escriben estas líneas— sobre incendios que se reavivan en la Patagonia o la angustia que provoca ver cómo se siguen explorando desesperadamente nuevas reservas de combustibles fósiles en un planeta ya sobrecalentado. No obstante, sí implica preguntarnos qué hacemos con todo ese manojo emocional. 

La respuesta, según especialistas, no va hacia suprimir la ansiedad, sino a canalizarla. ¿Y esto cómo se logra? Antes de responder esto, vale la pena poner sobre la mesa que la ansiedad resultante no sólo puede sensibilizarnos ante estos desafíos, sino que también estimula el compromiso cognitivo y la motivación que pueden ayudarnos a enfrentar problemas.

Charlie Kurth y Panu Pikhala, investigadores de la Universidad Western Michigan y de la Universidad de Helsinki respectivamente, abonan a la discusión que nos planteó Alejandro con la “ecoansiedad práctica”, que puede ser una respuesta emocional profundamente valiosa frente al cambio climático y sus posibles amenazas. Grosso modo, llevar tu ansiedad climática hacia acciones concretas y tangibles. 

Experimentada en el momento y la medida adecuados, la ecoansiedad práctica se manifiesta en nuestro carácter moral y puede promover el bienestar tanto individual como planetario. No es un elixir mágico, por supuesto, pero puede hacer una diferencia importante en cómo respondemos.

“La preocupación en general es algo que vamos a sentir. Quizá yo les puedo decir: mediten, hagan respiraciones. Pero eso realmente les traerá una solución a corto plazo y creo que lo que menos queremos es dejar de sentir esa preocupación que es completamente válida. Más bien, debemos conectar con esa parte de nuestra vida que nos importa a partir de acciones con las cuales creemos que vamos a cuidar del medio ambiente”, enfatiza Alejandro.

Y esa conexión en la práctica cotidiana puede tomar múltiples formas. Alexa, desde su investigación, sugiere que, si tienes esta inquietud, busques en la medida de tus posibilidades integrarte a una comunidad que tenga los mismos intereses que tú, que busque movilizarse.

Hacer desde tu trinchera 

No está de más recalcar que no hay soluciones más válidas que otras y que hacemos lo mejor desde el contexto que habitamos. Quizá no sea posible que estemos siempre en una marcha o acompañando a un grupo de activistas, pero movilizarte desde tus posibilidades es bastante poderoso.

“Muchas veces podemos incidir en la perspectiva de las personas que tenemos alrededor. Algo tan sencillo como revisar los hábitos de consumo en casa. Por ejemplo, preguntarle a tu madre: ‘¿De verdad necesitas usar el auto todos los días?’”, señala Alexa.

Sabemos que dedicarle tiempo y presencia a defender el mundo es, en sí, un privilegio. Un buen básico para iniciar es cuestionarnos lo que consumimos: representa un acto profundamente político y una manera poderosa de ejercer presión. Asimismo, la acción también implica cuidar cómo nos informamos, y el autocuidado digital se vuelve estratégico.

“A veces predomina el amarillismo de las noticias ambientales. Esto, en vez de ayudarnos, incrementa la preocupación y la sensación de impotencia. Podemos tener un consumo de noticias saludable, no estar todo el tiempo pegados al celular”, menciona Alexa. 

Evitar la parálisis fatalista

El escenario menos deseado es que la ansiedad vire hacia el fatalismo y lo que venga dentro de ese torrente de pensamientos se tome como un hecho inequívoco. O bien, pensar que como la crisis está presente, ya no hay nada por hacer. Todo esto puede resultar paralizante para nosotros y hasta generar indefensión. Desde la ciencia de la emoción, se recomienda entender que esta preocupación constante se puede encauzar a la planeación, pero planear de manera realista.

Sacarle provecho a nuestras emociones no significa hacerlo desde una lógica extractiva, sino desde la construcción de sentido, comunidad y esperanza de otro futuro posible. Las emociones pueden ser un punto de partida para replantearnos decisiones, exigir cambios estructurales, acompañarnos en la incertidumbre, para imaginar escenarios más justos y habitables.

Ser ese pequeño héroe cotidiano nos convierte en minorías activas capaces de transformar entornos. EP

  1. En psicología, la rumiación es el patrón de pensamiento repetitivo y pasivo donde la persona se enfoca obsesivamente en problemas, malestares, errores o causas y consecuencias negativas, sin llegar a soluciones, creando un bucle que incrementa la ansiedad, depresión y otros trastornos mentales, afectando la concentración y el bienestar emocional.[]
  2. Coffey, Y., Bhullar, N., Durkin, J., Islam, M. S., & Usher, K. (2021). Understanding Eco-anxiety: A Systematic Scoping Review of Current Literature & Identified Knowledge Gaps.The Journal of Climate Change & Health, 3, 100047–100047. []
  3. Redvers, N., Aubrey, P., Celidwen, Y., & Hill, K. (2023). Indigenous Peoples: Traditional knowledges, climate change, & health. PLOS global public health, 3(10), e0002474. []

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