Cuba: última llamada

Roberta Lajous, embajadora de México en Cuba de 2002 a 2005 e integrante del Grupo México en el Mundo, analiza la relación México–Cuba, el embargo estadounidense y los riesgos regionales de la crisis cubana.

Texto de 27/01/26

Roberta Lajous, embajadora de México en Cuba de 2002 a 2005 e integrante del Grupo México en el Mundo, analiza la relación México–Cuba, el embargo estadounidense y los riesgos regionales de la crisis cubana.

Guillermo Cabrera Infante, el célebre autor cubano de Tres tristes tigres, escribió sobre la influencia de las islas sobre los continentes: Japón sobre Asia, Gran Bretaña sobre Europa y Cuba sobre América. La Revolución cubana fue paradigma para la izquierda en América Latina y el Caribe durante décadas y talón de Aquiles de la política exterior de Estados Unidos. La Conquista española implantó un gobierno monolítico durante el prolongado gobierno colonial de Cuba que duró hasta el final del siglo XIX, donde la esclavitud fue piedra angular de la producción de azúcar. La independencia llegó hasta 1902, como resultado de la guerra entre España y Estados Unidos, para convertir a Cuba en un protectorado mientras estuvo vigente la Enmienda Platt en su constitución hasta que llegó la política del Buen Vecino. El presidente Franklin D. Roosevelt borró la Enmienda Platt y construyó una residencia espectacular para su embajada en La Habana, con rampas para su silla de ruedas, con la esperanza de mejorar su salud. Lo siguieron sus conciudadanos para escapar de los rigores del invierno y desarrollar la industria del turismo.

Uno de los secretos mejor guardados fue la riqueza de Cuba, en la década de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado, con los mejores indicadores económicos de América Latina. Sin embargo, Cuba nunca alcanzó al Cono Sur en los indicadores sociales, por la herida de la esclavitud. Si en México observamos que los estados del norte se acercan más en ingreso y composición étnica a Estados Unidos y en los del sur a Guatemala y Belice, algo similar ocurre en Cuba. Al oriente se asemeja más a Haití y al occidente más a México. Sin embargo, hoy Cuba se parece más a Haití que a México.

Tiene razón la presidenta Claudia Sheinbaum cuando dice que los lazos entre México y Cuba son históricos. Compartimos frontera marítima y La Habana es la capital extranjera más cercana a la Ciudad de México. Nuestras sociedades están íntimamente ligadas por la constante migración, legal e ilegal, el comercio, el turismo y las ideas que van y vienen más rápido que las olas del mar. Nunca hemos podido poner cifras al número de mexicanos que se han formado en universidades cubanas, desde el siglo XIX y avanzado el XX, cuando era más fácil el transporte marítimo de Veracruz y Yucatán a La Habana, que por tierra a la Ciudad de México. A partir del triunfo de la Revolución cubana, las universidades han sido vasos de comunicación de la ideología comunista. El Sindicato Nacional de Maestros otorga puntos para ascenso a los cursos de actualización en Cuba y muchos gobernadores les pagan el viaje a La Habana como estímulo, desde tiempos del PRI.

Cuando fui designada embajadora en Cuba en 2002, el presidente Vicente Fox me dio instrucciones de “acabar con el pleito” que alcanzó proporciones delirantes en la prensa a raíz del “comes y te vas”.  La invitación a Fidel Castro para participar en una reunión de la ONU, sobre Financiamiento para el Desarrollo, que tuvo lugar en Monterrey, se convirtió en una pesadilla para la cancillería mexicana. Pronto, las fuerzas políticas mexicanas deseosas de retomar el curso de las relaciones ayudaron a normalizarlas: diputados de partidos de izquierda egresados de universidades cubanas, rectores de universidades públicas, gobernadores del PRI y presidentes municipales del PAN en busca del apoyo de la izquierda. 

Gracias a una gestión del Partido de los Trabajadores de México, cuya dirigencia tenía largas entrevistas con el entonces presidente Fidel Castro, logré acercarme a los estudiantes mexicanos de medicina en La Habana. En confianza, uno me dijo que daría su vida por la Revolución cubana, en agradecimiento por la oportunidad de estudiar medicina. Sus estudios, con un amplio contenido social, eran imposibles de revalidar en México. Miles de médicos cubanos han sido enviados al mundo entero, pero en mayor número a Venezuela, Bolivia y, ahora, México, constituyen una fuente de financiamiento para el gobierno cubano. Muchos de ellos también han apoyado la movilización social y política en los países donde se encuentran.

Las ventas de petróleo de México a Cuba han sido un renglón más de la transferencia histórica de recursos fiscales con los que México ha apoyado la Revolución cubana y que tampoco se han cuantificado, a pesar del monto significativo. México debería aprovechar la buena voluntad que ha ganado, con billetes por delante, para crear un entorno favorable a una transición en Cuba. La alternativa es una implosión total de su economía que crearía un problema de seguridad nacional para México, con una migración desbordada y un problema humanitario en nuestras costas. Vemos que se está quemando la casa del vecino y no hacemos nada para apagar el fuego que está por llegarnos.

El primer paso sería un diálogo con Estados Unidos para levantar el embargo a Cuba que, además del daño que ha ocasionado, constituye una excusa para darle respiración artificial a un modelo ideológico y económico en el que ni los cubanos creen hoy día. El presidente Barack Obama restableció las relaciones diplomáticas entre Washington y La Habana, pero no pudo levantar el embargo por la oposición del Partido Republicano. Donald Trump y Marco Rubio pueden hacerlo porque están por encima de cualquier sospecha del electorado conservador, como lo estuvieron Richard Nixon y Henry Kissinger cuando viajaron a China para abrir relaciones diplomáticas.

México debe tomar la iniciativa de involucrar a sus principales socios y a la CEPAL, como brazo intelectual de la ONU para América Latina y el Caribe, para elaborar un plan de transición. Por geografía y por historia, Cuba forma parte de América del Norte. Abrir la puerta a la integración de Cuba a la región sería el mejor incentivo para cambiar sus políticas públicas que han fracasado. Además, el diálogo de nuestra cancillería con Marco Rubio no debe limitarse a examinar si México hace lo suficiente para combatir el crimen organizado, debe abarcar una visión hemisférica. La no intervención es tan solo uno de los principios de política exterior consagrados en nuestra Constitución. A la par está el respeto, la protección y la promoción de los derechos humanos, entre otros. 

Cuba siempre ha presentado oportunidades para el empresariado mexicano, igual que para el canadiense que invirtió en la minería de níquel y otros negocios. Sin embargo, como secuela de la Ley Helms-Burton se redujo la inversión para ambos países y para los propios estadounidenses, que venían haciéndolo desde México y Canadá. Mientras tanto, diversas iniciativas humanitarias de Estados Unidos incrementaron su comercio con Cuba y la inversión europea monopolizó el sector turístico. Algunos empresarios de Cancún y Cozumel temen la competencia de Varadero y Matanzas si se incrementa la inversión en la infraestructura turística de la isla. Es una visión miope, ya que fortalecería el Caribe como destino, frente a otras regiones del mundo.  

A México le conviene la prosperidad de sus vecinos y los vínculos que tenemos con Cuba nos obligan a interesarnos por su porvenir, al margen de la ideología. En Estados Unidos, sobre todo en Florida, crecen los rumores sobre un cambio de régimen como consecuencia del estrangulamiento económico de Cuba por la ausencia del petróleo y otros apoyos que venían de Venezuela. Inclusive, se dice que Washington busca activar una fisura interna en La Habana para replicar el apoyo que tuvo en Caracas para la captura de Nicolás Maduro. Sin embargo, Cuba no es Venezuela. Los cubanos han temido por décadas el revanchismo de los exiliados en Miami, por lo cual han resistido el cambio, a pesar de las señales de descomposición social y política. Marco Rubio, por su origen cubano, podría moderar las expectativas de los radicales de Miami y evitar con ello una confrontación fratricida.

La mayoría de los mexicanos no quiere una descomposición violenta del régimen cubano, que tendría repercusiones para la región entera. México no necesita otro frente de confrontación con Estados Unidos, a causa de los envíos de petróleo a Cuba que ya está reconsiderando. Por ello, debemos intentar una iniciativa, a pesar de la debilidad de nuestra diplomacia, para evitar que la catástrofe humanitaria llegue a nuestras costas y a nuestra frontera sur. No hay tiempo que perder: tenemos la capacidad de interlocución con los países relevantes. EP

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