
En el marco de los 35 años de Este País, Susana Chacón examina el aislamiento diplomático de México y su impacto global.
En el marco de los 35 años de Este País, Susana Chacón examina el aislamiento diplomático de México y su impacto global.
Texto de Susana Chacón 06/04/26

En el marco de los 35 años de Este País, Susana Chacón examina el aislamiento diplomático de México y su impacto global.
Estamos de aniversario, estamos de fiesta: este mes, Este País cumple 35 años de existencia y presencia ininterrumpidas. Enhorabuena. Felicidades a todos los que han hecho posible la continuidad del proyecto: a su fundador y actual presidente, Federico Reyes Heroles, por su magnífica iniciativa; al consejo directivo, que ha sabido tomar decisiones difíciles pero acertadas en los momentos más álgidos de este periodo; al equipo de la revista, sin quienes sería imposible tenerla siempre a tiempo y con la máxima calidad; a todos nuestros asociados, y, por supuesto, a todos ustedes, queridos lectores.
Durante décadas, México cultivó con disciplina una imagen internacional de país serio, predecible y comprometido con el equilibrio diplomático. No era una potencia, pero sí un actor respetado. Con su reputación, construyó una credibilidad muy reconocida. Su política exterior, anclada en principios como la no intervención, se combinaba con una notable capacidad de interlocución; México hablaba con todos, mediaba cuando era necesario y, sobre todo, estaba presente. Hoy, esa tradición no solo se ha erosionado: ha sido sustituida por una política exterior errática, selectiva y, en los hechos, crecientemente aislacionista.
Lo más preocupante es que esta transformación no responde a limitaciones estructurales inevitables, sino a una decisión política: México sí supo ser un actor relevante. Y lo fue durante un periodo prolongado: de 1991 a 2018.
Tras la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1994, México no solo se integró económicamente a América del Norte; redefinió su papel en el mundo. Durante los gobiernos de Ernesto Zedillo, Vicente Fox y Felipe Calderón, el país apostó por una diplomacia activa, con resultados concretos. Ejemplos sobran.
México tuvo un papel central en la consolidación del sistema multilateral de derechos humanos. Durante el gobierno de Zedillo, el país abandonó su tradicional resistencia a la supervisión internacional y abrió la puerta a relatores de la Organización de las Naciones Unidas. Fue un cambio profundo: de la defensiva soberanista a la activa cooperación.
En 2002-2003, como miembro no permanente del Consejo de Seguridad, México desempeñó un papel clave en el debate sobre la guerra en Irak. La decisión de no respaldar la intervención impulsada por George W. Bush no fue un acto de aislamiento, sino de diplomacia activa: México negoció, construyó posiciones con otros países y defendió el multilateralismo sin romper con Estados Unidos.
Más adelante, México se convirtió en un actor relevante en la agenda global de desarme. Bajo el liderazgo diplomático de Felipe Calderón y posteriormente de Enrique Peña Nieto, impulsó activamente el proceso que culminaría en el Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares en 2017. No fue un gesto simbólico: México articuló coaliciones, organizó conferencias y presionó en foros multilaterales.
En el ámbito regional, México también mostró capacidad de iniciativa. Fue fundador de la Alianza del Pacífico en 2011 junto con Chile, Colombia y Perú, apostando por una integración económica abierta y orientada al Asia-Pacífico. Este mecanismo no solo tenía lógica comercial, sino que era un intento de contrapeso estratégico frente a otros bloques regionales.
Asimismo, México participó activamente en el Grupo de Lima para presionar por una salida democrática en Venezuela. Independientemente de su efectividad, lo relevante es que México estaba ahí: tomando posición, articulando alianzas, asumiendo costos.
Incluso en materia climática, México desempeñó un papel destacado. Fue anfitrión de la COP16 en Cancún en 2010, donde logró destrabar negociaciones internacionales tras el fracaso de Copenhague. En ese momento, México no era un espectador: era un facilitador global. Ese era el país que, con matices, llegó hasta 2018: un México que no evitaba los conflictos, pero los procesaba dentro de una lógica de presencia activa. Ese México ya no existe. Ese México no era neutral: era relevante.
Hoy, en cambio, el gobierno mexicano confunde principios con excusas y soberanía con ausencia. Desde 2018, la política exterior ha transitado hacia una lógica de repliegue selectivo: se participa menos, se incomoda más y se construye menos. El resultado no es una diplomacia más soberana, sino una más solitaria.
Uno de los indicadores más claros de este viraje es la relación con América Latina. México, que históricamente aspiró a ser un articulador regional, ha deteriorado vínculos clave hasta el punto de provocar rupturas diplomáticas formales. El caso más evidente es el de Ecuador. En 2024, tras el asalto a la embajada mexicana en Quito para detener al exvicepresidente Jorge Glas, México rompió relaciones diplomáticas. La reacción mexicana —aunque jurídicamente sólida— evidenció también la ausencia de canales políticos efectivos: el conflicto escaló sin contención.
Las tensiones con Perú tras la destitución de Pedro Castillo en 2022 profundizaron este patrón. México no solo ofreció asilo, sino que desconoció de facto al gobierno de Dina Boluarte durante meses. El resultado fue un aislamiento autoimpuesto en una crisis regional donde antes habría buscado mediar.
Al mismo tiempo, la cercanía política con Cuba y Venezuela ha reducido el margen de maniobra diplomático. Bajo la bandera de la no intervención, México ha adoptado posiciones que lo alejan de amplios sectores de la región. No es neutralidad: es alineamiento selectivo. El aislamiento no se limita a América Latina, también se expresa en la ausencia en foros internacionales clave.
Y en diplomacia, la inconsistencia se paga con irrelevancia. Pero el problema no es solo con quién México se pelea, sino dónde decide no estar. México ha dejado vacíos los espacios donde se construye poder.
La no asistencia presidencial al Foro Económico Mundial de Davos se ha vuelto sistemática. México ha renunciado, de facto, a uno de los principales espacios de interlocución global con líderes políticos y económicos. Renunció al foro en el que se construye la economía global.
La decisión de no participar en la Cumbre de las Américas de 2022 marcó un punto de quiebre. En lugar de disputar el espacio, México optó por ausentarse. El resultado fue previsible: no cambió la dinámica del foro y sí redujo su propia influencia.
Incluso en la Organización de los Estados Americanos, México ha adoptado una postura ambigua, que oscila entre la crítica discursiva y la participación limitada. De nuevo, presencia sin incidencia.
El contraste con el periodo previo es contundente: antes México usaba los foros para proyectar poder; hoy los evita cuando no coinciden con su narrativa. A ello se suma una política exterior que privilegia gestos simbólicos sobre resultados estratégicos. La retórica soberanista no se traduce en mayor autonomía real, y la política exterior carece de articulación con objetivos económicos o de seguridad.
La relación con Estados Unidos es el mejor ejemplo. México sigue profundamente integrado a su vecino, pero su diplomacia carece de una estrategia clara: coopera por necesidad y de forma subordinada, pero confronta en el discurso. No lidera, no propone, no redefine la relación.
El debilitamiento institucional agrava el problema. La cancillería ha perdido capacidad estratégica, y el Servicio Exterior ha sido desplazado en favor de decisiones políticas e ideológicas de corto plazo. La diplomacia mexicana ya no planifica: reacciona.
El resultado es una política exterior sin rumbo claro. México interviene donde hay afinidad ideológica y se ausenta donde se requiere liderazgo. Ha confundido independencia con aislamiento; soberanía con distancia. El problema de fondo es conceptual. México ha reinterpretado la no intervención como no involucramiento. Ha decidido que no participar es una forma de dignidad; que ausentarse es una forma de protesta; que callar es una forma de equilibrio. Es exactamente al revés. En un mundo fragmentado, los espacios vacíos no se quedan vacíos: alguien más los ocupa. Y México, sistemáticamente, los está cediendo.
Brasil intenta regresar. Chile se posiciona. Colombia aparece. México desaparece.
Hoy, México no está solo porque otros lo excluyan. Está solo porque ha decidido estar menos presente, romper donde antes mediaba y retirarse donde antes competía. México no fue siempre un país irrelevante en política exterior. Decidió serlo.A diferencia del periodo de 1991 a 2018, el giro es rotundo. La consecuencia es simple y brutal: México pesa menos. Y en política internacional, pesar menos es empezar a desaparecer. Hoy se desconoce que la diplomacia no es un ejercicio moral sino estratégico. En política internacional, si no estás en la mesa, estás en el menú. La ausencia de México en el mundo es producto de sus propias decisiones. En política exterior, ese es el verdadero fracaso: no que te confronten, sino que dejen de tomarte en cuenta. Urge un cambio de rumbo. EP