
¿Qué hay detrás de la diamantina morada en los laboratorios? Mariana Mastache-Maldonado explora por qué la visibilidad no basta para lograr una ciencia horizontal.
¿Qué hay detrás de la diamantina morada en los laboratorios? Mariana Mastache-Maldonado explora por qué la visibilidad no basta para lograr una ciencia horizontal.
Texto de Mariana Mastache-Maldonado 24/03/26

¿Qué hay detrás de la diamantina morada en los laboratorios? Mariana Mastache-Maldonado explora por qué la visibilidad no basta para lograr una ciencia horizontal.
El pasado 8 de marzo, miles de mujeres salimos a las calles en todo México (y en muchos otros rincones del mundo) para exigir igualdad de derechos, seguridad y justicia frente a los feminicidios y las violencias que atravesamos a diario. Semanas antes, el 11 de febrero, quienes habitamos la ciencia desde distintos espacios también nos pronunciamos con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.
Por esos días, mis redes sociales (y el algoritmo que inevitablemente las acompaña) se llenaron de contenido en torno a ambas fechas y subrayaban su evidente intersección: somos mujeres, sí, pero también hacemos ciencia. Ver esa conversación extenderse fue alentador. Sin embargo, entre esas publicaciones, trends con estética de diamantina morada y narrativas ligeras que se replican rápidamente en redes, a veces me preocupa que la reivindicación que muchas científicas buscamos termine por diluirse. A través de este texto, quisiera detenerme un momento en esa sensación y hacer un repaso, con calma, de lo que todavía podríamos discutir en esta lucha hacia una ciencia más horizontal.
Hoy somos muchas más mujeres en la ciencia que hace algunas décadas. Ese avance es, sin duda, una victoria que las generaciones que nos precedieron probablemente mirarían con orgullo. Sin embargo, creo que sería prematuro dar la tarea por terminada. Históricamente se nos debe mucho. Celebrar que hoy ocupamos espacios que durante años nos fueron negados es legítimo e incluso necesario, pero puede quedar fuera la parte que todavía se vive y disputa todos los días dentro de laboratorios, aulas y centros de investigación.
Porque sí, hemos logrado entrar, pero ¿en qué condiciones permanecemos? A veces pareciera que el debate público se limita a repetir frases que, aunque bien intencionadas, no alcanzan a tocar el fondo del problema: “nunca más una ciencia sin nosotras”, “las niñas pueden ser científicas”. La visibilidad importa: eso no está en duda; pero cuando el debate se detiene ahí, nuestra conmemoración corre el riesgo de convertirse en una especie de ritual anual que no termina de transformar las estructuras.
Mientras compartimos ilustraciones de Marie Curie o selfies en el laboratorio, no considero excluyente integrar a la conversación pública cuestiones como la precariedad posdoctoral, la desigualdad en la autoría científica, la maternidad en la academia, el acoso o las dinámicas de poder dentro de los laboratorios.
Cuando se habla de mujeres integrándose al mundo laboral (incluyendo el entorno científico), una de las metáforas más socorridas es la del techo de cristal, ese límite invisible que impide a muchas mujeres ascender, incluso cuando cuentan con las capacidades y credenciales necesarias. Sin embargo, la teoría de género nos ofrece otros conceptos de los que también podemos echar mano. La llamada “tubería con fugas” describe, metafóricamente, la pérdida progresiva de mujeres a lo largo de distintas etapas de la formación científica, desde la educación básica hasta las posiciones de liderazgo. Con el paso del tiempo, esa pérdida acumulada produce una subrepresentación significativa en los niveles académicos más altos.
Las “fugas” aparecen en varios momentos. Algunas comienzan desde la elección de una carrera universitaria; otras se presentan durante los estudios o en la transición hacia el mundo laboral. De acuerdo con el National Women’s History Museum, factores como el sesgo de género, la falta de referentes, ciertas culturas laborales o la dificultad para conciliar la vida personal con la profesional influyen en ese desgaste progresivo.
Los números ayudan a dimensionar el fenómeno. De acuerdo con el artículo «Bye bye Ms. American Sci: Women & the leaky STEM pipeline», del economista laboral Jamin Speer, los hombres siguen teniendo más probabilidades de llegar mejor preparados a carreras STEM (acrónimo en inglés para Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas) antes de ingresar a la universidad, con mayor exposición a cursos avanzados de matemáticas o ciencias. Después, al terminar sus estudios, también tienen más probabilidades de insertarse en empleos dentro del sector. Una desigualdad que no para de aparecerse.
La ciencia tampoco está exenta de otras formas de sesgo que operan de manera más silenciosa. Investigaciones como la llevada a cabo en los Institutos Canadienses de Investigación en Salud y publicada en The Lancet han mostrado, por ejemplo, que cuando se evalúa la “calidad del investigador”, los hombres tienden a recibir calificaciones más altas, mientras que las mujeres suelen ser evaluadas principalmente por la calidad de sus proyectos. Esto se traduce con frecuencia en menos financiamiento para ellas, lo que afecta directamente su capacidad de sostener líneas de investigación y producir publicaciones.
Algo similar ocurre con la autoría científica. Las mujeres participan activamente en proyectos de investigación, pero es menos frecuente que reciban el reconocimiento correspondiente en las publicaciones. Hay que decir que no siempre se trata de una exclusión explícita; a veces tiene que ver con la distribución de roles dentro de los equipos. Muchas investigadoras asumen más trabajo de servicio institucional, tutorías o tareas administrativas, actividades fundamentales para el funcionamiento de las universidades pero que suelen tener menos peso en los procesos de promoción que la producción editorial.
La desigualdad no siempre aparece en la puerta de entrada. A menudo se esconde en los detalles: quién recibe el financiamiento, quién firma primero un paper o quién obtiene el crédito por el trabajo realizado.
A estas tensiones se suma otra discusión que atraviesa la experiencia de muchas científicas: la relación entre maternidad y carrera académica.
Varias mujeres quisieran poder formar una familia sin que eso implique renunciar a su trayectoria profesional; maternar (quienes así lo decidan) sin que ese deseo se convierta automáticamente en un obstáculo para continuar investigando. El problema es que la estructura de la academia sigue diseñada, en gran medida, para un modelo de científico que no tiene responsabilidades domésticas o de cuidado. Y las repercusiones de esta organización se reflejan en, por ejemplo, cómo la productividad científica de las madres suele disminuir un 17 % después del nacimiento del primer hijo, mientras que la de los padres permanece prácticamente igual. Asimismo, en muchos casos, las investigadoras pueden tardar años en recuperar su ritmo de publicación.
Las disparidades también afloran cuando se analizan las trayectorias académicas a largo plazo. Las madres científicas tienen menos probabilidades de alcanzar la titularidad académica que los padres científicos (un 27 % vs. un 48 % si queremos ser precisos). Y esto ocurre no necesariamente por falta de capacidad o dedicación, sino porque las instituciones rara vez operan para integrar de manera equitativa las responsabilidades de cuidado en la vida profesional.
A este panorama se suma un problema que todavía atraviesa muchos espacios científicos: el acoso y el hostigamiento de género. No siempre se manifiestan de manera evidente. A veces aparecen en gestos más sutiles como no recibir correos importantes, ser ignoradas en reuniones, ver cuestionada constantemente la propia competencia o ser excluidas de ciertas redes de colaboración. Las mujeres racializadas o pertenecientes a minorías sexuales se enfrentan, además, a niveles aún mayores de discriminación: distintas formas de desigualdad se entrecruzan en su experiencia cotidiana.
Por todo ello, muchas científicas no abandonan estos espacios de manera voluntaria, sino que terminan siendo expulsadas lentamente por entornos que continúan siendo hostiles.
En pleno 2026, además, vivimos un momento político y cultural complejo. En distintos lugares del mundo han resurgido discursos conservadores que buscan reivindicar roles de género tradicionales bajo nuevos eufemismos como la llamada “energía femenina”, la estética del “I’m just a girl” o narrativas similares que circulan ampliamente en internet.
Estas tendencias aunque parecen inofensivas pueden generar confusión alrededor de posturas políticas muy concretas: el derecho de las mujeres a ocupar, en igualdad de condiciones, espacios de conocimiento, poder y toma de decisiones. Y la ciencia no queda fuera de esa dinámica. Por eso, aunque un video bailando en TikTok con la frase “por más mujeres en ciencia” acompañada de emojis de hadas, puede ser simpático, a estas alturas es poco probable que baste para cuestionar las desigualdades estructurales que persisten en la academia.
Sin necesidad de convertir esto en una competencia de activismo (y recordando que los cambios no surgen del aleccionamiento), vale la pena recordar que muchas mujeres simplemente queremos poder terminar nuestros estudios de licenciatura o posgrado sin tener que cuidarnos de nuestros propios colegas. Queremos que el acceso a oportunidades dependa de nuestro mérito académico, no de dinámicas informales de poder. Queremos poder investigar sin que nuestras decisiones personales —si tendremos hijos, con quién salimos o cómo organizamos nuestra vida— se conviertan en criterios para evaluar nuestra permanencia en estos espacios.
Para acercarnos a estas discusiones también necesitamos reconocer que no todas las mujeres científicas vivimos la academia de la misma manera. Compartimos una identidad profesional, sí, pero venimos de contextos sociales, económicos y culturales muy distintos. Un punto de partida especialmente útil es el concepto de interseccionalidad, propuesto por la jurista Kimberlé Crenshaw, que explica cómo distintas categorías sociales (como género, clase, raza o sexualidad) pueden entrelazarse y producir experiencias específicas de discriminación o privilegio. Las desigualdades no operan por separado, se combinan y se manifiestan de formas complejas en la vida cotidiana.
Por ejemplo, si hay mujeres científicas que no experimentan opresión en la dimensión de clase y no cuestionan ese privilegio, les será mucho más difícil dimensionar la lucha de una mujer que se debate entre continuar sus estudios o llegar a fin de mes. Para algunas, la universidad puede ser un espacio relativamente accesible; para otras, implica un esfuerzo sostenido que exige administrar cuidadosamente tiempo, dinero y energía.
Comprender esas diferencias es un primer paso para entender cómo se articulan las desigualdades dentro de la academia y transformarlas en consecuencia.
A pesar de todas estas dificultades, también es cierto que muchas científicas han logrado abrir camino de manera extraordinaria. Han liderado descubrimientos importantes, han recibido premios por innovaciones y, quizá lo más relevante, han acompañado a nuevas generaciones de investigadoras que hoy empiezan a imaginar su propio lugar en la ciencia. Eso abre una oportunidad valiosa para pensar cómo construir instituciones más justas hacia adelante.
Ahora bien, si buscamos soluciones realistas, de acuerdo con el artículo «Leaky Pipelines or Broken Scaffolding? Supporting Women’s Leadership in STEM», publicado en la Stanford Social Innovation Review por Linda Calhoun, Shruthi Jayaram y Natasha Madorsky, una de las estrategias para promover esta horizontalidad tan deseada es, justamente, replantear los estereotipos sobre quién puede tener un rol en la ciencia y visibilizar las contribuciones históricas y actuales de las mujeres en ciencia y tecnología. Esto ya lo estamos haciendo bien, cuestionando además los imaginarios que desalientan a niñas y jóvenes a verse en estas carreras.
Otra medida se enfoca en ampliar el apoyo en etapas tempranas a través de mentorías, programas educativos y oportunidades de desarrollo desde la escuela y los primeros años de carrera para fortalecer tanto el interés como la permanencia. Las autoras también señalan la importancia de reformar el reclutamiento y la cultura laboral, desde mejorar los procesos de contratación y promoción, hasta crear ambientes más inclusivos donde las mujeres puedan crecer profesionalmente.
Quisiera cerrar con la reflexión de que, sí, es tentador condensar una lucha histórica en un video de 15 segundos acompañado de una frase estética para redes sociales; pero cuando el activismo se convierte únicamente en tendencia, nuestro debate corre el riesgo de estancarse. Tal vez lo que necesitamos son conversaciones más incómodas, que cuestionen a las instituciones, que revisen las políticas que moldean nuestros espacios de trabajo y que nos permitan imaginar una ciencia más humana, más horizontal y más justa.
En este sentido, las redes sociales han demostrado que pueden funcionar como plataformas para visibilizar experiencias compartidas. Movimientos como “Me Too” o los tendederos universitarios han mostrado cómo lo que comienza como una conversación digital puede transformarse en una discusión pública más amplia. Confío en que la ciencia puede beneficiarse de procesos similares que permitan reconocer la magnitud del problema y generar cambios institucionales. No solo para las mujeres que han tenido que dejarla, sino también para las que vienen. EP