Paloma pasajera | La memoria, la semilla: Palestina e Israel

A través de la historia de las semillas —su cultivo, su resguardo y su destrucción—, Agustín B. Ávila Casanueva plantea una reflexión sobre el territorio, la tecnología y las formas de resistencia.

Texto de 14/04/26

A través de la historia de las semillas —su cultivo, su resguardo y su destrucción—, Agustín B. Ávila Casanueva plantea una reflexión sobre el territorio, la tecnología y las formas de resistencia.

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En la película Misión Rescate (The Martian, 2015), Mark Watney —interpretado por Matt Damon— es un astronauta y botánico que se encuentra varado en Marte después de que su tripulación realizara una evacuación de emergencia y lo dejara atrás, pensando que había muerto durante una tormenta de polvo. Por el contrario, descubrimos en la pantalla que Watney está bastante vivo y cultivando una pequeña parcela de papas en el suelo del planeta rojo. Watney no sólo sobrevive, sino que logra ponerse en contacto con la NASA, que le envía diversos correos estelares. El correo favorito de Watney, nos confiesa, proviene de su alma mater, la Universidad de Chicago, y dice que, una vez que creces una cosecha en algún lugar, oficialmente lo has colonizado. “¡En tu cara, Neil Armstrong!”, celebra el marciano.

La etimología viene de mucho más lejos. Cristóbal Colón no fue el primer colonizador, ni el primer colono. El término proviene de la Antigua Roma, cuando el imperio latinizaba otros territorios mediante el asentamiento de colonos. Según el diccionario de etimologías de Chile, el significado de la palabra colonus es tanto cultivar como habitar, ya que “sólo la agricultura hace a los hombres sedentarios y residentes de un mismo lugar”. Así, colonus, colono, era sinónimo de campesino: de alguien que labraba la tierra y tenía que esperar, mediante cuidados y trabajo —y el sudor de su frente—, a la flor heralda del fruto.

Porque llegar a un nuevo lugar implica buscar cómo alimentarse, lo cual no siempre es sencillo. Las plantas o semillas que pueda traer un colono no necesariamente se adaptarán, ni podrán crecer o dar fruto en el nuevo territorio, así como las y los colonos no necesariamente conocerán las técnicas y procesos de los cultivos locales. Sobre todo si se trata de una población que migra de las ciudades modernas al campo, que requiere saberes específicos. Pero los trabajos del campo pueden ofrecer tanto esperanza como libertad.

Este fue el caso de Hannah Meisel, una agrónoma, feminista y sionista que migró a Palestina desde el Imperio ruso en 1909, a los 27 años. Hannah había estudiado ciencias naturales y agronomía en distintas escuelas para mujeres, en Odesa, Suiza y Francia. En 1911, reunió a diecisiete mujeres judías jóvenes para discutir cómo fundar una escuela de agronomía en la Palestina otomana de aquella época. Una escuela que estaría modelada tras las instituciones europeas de las que Hannah egresó, pero con diferencias importantes. La propia Hannah lo resumió en un discurso que dio, treinta años después, en el vigésimo aniversario de la Organización Internacional de Mujeres Sionistas: “Nosotras no tenemos una tradición agrícola de múltiples generaciones, ni tenemos una clase campesina que lleva generaciones manteniendo su tradición. Debemos crear la clase agrícola desde cero. Para ello, nosotras, más que otras, necesitamos la ayuda de la ciencia agrícola y la educación agrícola. Con la ayuda de la educación agrícola, el conocimiento de la ciencia reemplaza el rol de la tradición, e incluso lo supera”.

Lo que Hannah esperaba hacer, según el análisis publicado por Erela Teharlev Ben-Shachar y Tamar Novick en la revista Endeavour en 2024, era “utilizar la educación de las mujeres para transformarlas de colonas a nativas”. En sus primeras décadas, el movimiento sionista se enfocó en realizar el falha, es decir, el cultivo de la tierra. Este cultivo tenía, además —como en el Imperio romano—, un contenido simbólico: representaba tanto la conquista de la tierra como el cambio en el cuerpo de los colonizadores, quienes pasarían de ser europeos citadinos a campesinos que manejaban palas y araban la tierra.

Este cambio, para los propios hombres sionistas, era difícil de concebir en el cuerpo de las mujeres, quienes estaban relegadas a labores de cocina. Hannah y sus dieciséis colegas decidieron objetar ese orden y también transformar sus cuerpos. Una de las alumnas de la escuela que fundaron, Shoshana Bluwstein, se preguntaba en su diario: “¿Ya tengo las manos de una trabajadora, fuertes, valientes, necias, pero también listas?”. Pero, aun con toda la ciencia de su lado, iban a necesitar ayuda.

Hannah y sus colegas calificaban los conocimientos palestinos como no científicos o, incluso, no los catalogaban como conocimiento. Pero tanto el terreno palestino como las tradiciones de sus colegas hombres presentaban barreras demasiado grandes para ser vencidas por estas mujeres sionistas. Hay varios ejemplos de la colaboración vernácula palestina con los colonos judíos. Uno de ellos es cuando Hannah, al encontrarse con una maravillosa cama de berenjenas creciendo en tierra árida, no tuvo otra opción que preguntarle a Moshe Smilansky, el campesino palestino a cargo, sobre sus técnicas de irrigación; lo que derivó en una conversación sobre prácticas de fertilización del suelo. Así, la escuela de Hannah enseñó diversas técnicas aprendidas o imitadas de los palestinos, como la de levantarse en las noches de luna llena para cosechar las vainas de las leguminosas. 

También está la historia de Miriam Baratz, quien, a pesar de las quejas de los hombres de su comunidad judía, aprendió a ordeñar practicando a hurtadillas con su vecina palestina, Zakia. 

Así, las semillas palestinas de pepinos, berenjenas, cebollas y garbanzos crecían al lado de las semillas europeas de col, coliflor y zanahorias. Con el paso de los años, los colonos judíos se transformaron en israelíes, se apropiaron de la tierra e hicieron de la ciencia su bandera para poder cultivar en el suelo palestino. Pero les faltaba una última conquista: la de una tecnología que, durante cientos de generaciones, se entrelazaba tanto con la tierra como con la cultura. Una que es especialmente peligrosa porque resguarda toda esa memoria territorial y ecológica de la que carecen: la semilla.

Adelantémonos poco más de cien años y el panorama ha cambiado enormemente. Israel controla ahora casi toda la tierra del territorio y el genocidio continúa. Otras cosas se mantienen: las y los judíos en el territorio siguen volcando la ciencia y la tecnología en sus cultivos: el riego por irrigación, la vigilancia de cultivos con drones, la robotización de las cosechas, las inoculaciones directas a las raíces. Todo esto ha ayudado a Israel a convertirse en uno de los líderes en tecnología agrícola, cuyas exportaciones de alimentos en 2024 sumaban tres mil millones de dólares.

Mientras tanto, entre el genocidio y la ocupación, las semillas palestinas también resisten. Una ONG palestina llamada Unión de los Comités de Trabajo Agrícola (UAWC, por sus siglas en inglés) —fundada durante la primera intifada— se ha dedicado, entre otras cosas, a crear y resguardar un banco de semillas: el Banco de Semillas Comunitario de Hebrón, fundado en 2010. Este banco trabaja en beneficio de las y los campesinos de Cisjordania y de Gaza y, en palabras de la propia UAWC, busca “hacer posible que los campesinos palestinos refuercen su resistencia tanto social como económicamente dentro de su propio territorio, así como proteger el medio ambiente, la biodiversidad y la herencia cultural”. También busca que los campesinos palestinos alcancen la “soberanía sobre su propia comida”.

La UAWC empezó a recolectar semillas en 2003, antes de la fundación del banco, dando prioridad a aquellas que mostraran mayor resistencia a la sequía y que pudieran cultivarse con agua de lluvia. Así reunieron solanáceas —pimientos, berenjenas y tomates—, que difieren ampliamente según la comunidad de origen y se utilizan tanto frescos, para salsas, como deshidratados, para su consumo invernal; leguminosas —chícharos, garbanzos y frijoles de carita, típicos de un desayuno palestino—; cucurbitáceas —calabazas, calabacitas, sandías y pepinos—, y brasicáceas —coliflores, rábanos amarillos, coles, nabos y zanahorias—, incluyendo las zanahorias negras, originarias de Palestina. También incluyen semillas de hierbas con usos tanto culinarios como medicinales —recordándonos que la herbolaria es también fruto del conocimiento generacional de la tierra—: manzanilla, anís, salvia, tomillo, romero y albahaca, entre otras.

El banco de semillas cuenta con equipos y donaciones europeas, incluyendo países como Holanda, Bélgica, Italia, Francia, Noruega y España. Además, se ofrece a las y los campesinos locales capacitación para la selección, el cuidado y el almacenamiento de las semillas. Estas se guardan de distintas maneras, dependiendo de su uso: si se sembrarán próximamente, si requieren almacenamiento por un par de años o si deben conservarse en pequeñas cantidades —apenas unos gramos— en bolsas de aluminio selladas al vacío y almacenadas a -20 °C, en contenedores diseñados para soportar desde desastres naturales hasta la guerra.

No todo es tecnología. El banco de semillas también se preocupa por mantener y documentar diversas prácticas locales de cultivo —como dar preferencia a los abonos de origen animal sobre fertilizantes que pueden volverse escasos—, así como por mantener una base de datos que incluya, además de la información sobre las semillas, los datos de las campesinas y campesinos que las cultivaron o donaron, su localidad y cómo localizarlos. También realizan encuestas y organizan reuniones para identificar las mejores prácticas del cultivo. Es decir, forman una comunidad.

Todo esto era así hasta el 31 de junio de 2025, cuando la UAWC anunció que: “Usando bulldozers y maquinaria pesada, el ejército israelí destruyó los almacenes y la infraestructura de la Unidad de multiplicación de semillas, donde se guardaban equipo esencial, materiales y herramientas para la reproducción de semillas. La destrucción, que se llevó a cabo sin aviso y bajo protección militar, constituye un golpe directo a los esfuerzos palestinos por preservar la biodiversidad local y asegurar la soberanía alimentaria. […] Destruir un banco de semillas nacional es un acto de borrado, que intenta cortar los lazos generacionales entre los campesinos y sus tierras”.

Y este no ha sido el único acto en contra de la tierra y la biodiversidad. De hecho, el banco de semillas de Hebrón era el último en Palestina en mantenerse en pie. El ejército israelí también ha desenraizado más de ochocientos mil árboles de olivo, uno de los símbolos nacionales de Palestina. Porque así como las escuelas de mujeres campesinas judías buscaban convertirse de colonas a nativas a través del trabajo con la tierra y la semilla, eliminar esta relación para las y los palestinos busca escindirlos de su tierra y de su territorio. El genocidio es también ecocidio y epistemicidio.

Pero no todo está perdido. En 2005, unas semillas de palma datilera de dos mil años de antigüedad fueron encontradas en sitios arqueológicos del territorio palestino y, con unos cuantos cuidados, lograron germinar. Esperemos que, cuando las semillas palestinas se recuperen, puedan hacerlo en un mundo donde nuestro amor vegetal crezca más vasto que los imperios, y más lento. EP

Infografía de Visualizing Palestine. CC BY-NC-ND 4.0.

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