Del cambio climático a la ecoansiedad y las iniciativas locales, estas señales muestran cómo se ha reconfigurado nuestra relación con la naturaleza en un siglo marcado por múltiples crisis.
Del cambio climático a la ecoansiedad y las iniciativas locales, estas señales muestran cómo se ha reconfigurado nuestra relación con la naturaleza en un siglo marcado por múltiples crisis.
Texto de Luis Zambrano 22/12/25
Del cambio climático a la ecoansiedad y las iniciativas locales, estas señales muestran cómo se ha reconfigurado nuestra relación con la naturaleza en un siglo marcado por múltiples crisis.
En el primer cuarto de este siglo estamos entrando en una nueva relación con la naturaleza. Las bases de la cultura occidental se han sustentado en el paradigma de que los bienes naturales son infinitos y que su uso debe constituir la base del crecimiento económico: sin explotación de la naturaleza no hay crecimiento y, sin crecimiento, no hay bienestar. Sin embargo, el cambio climático, la extinción de especies y el deterioro de todos los ecosistemas han demostrado que “todo por servir se acaba”, incluso nuestra pródiga naturaleza tiene un límite. Estos fenómenos nos están obligando a mirar con otros ojos el lugar donde estamos parados y, en consecuencia, la civilización misma. Como humanidad aún no comprendemos la magnitud de estos cambios; entre más rápido lo hagamos será mucho mejor. Los siete puntos aquí descritos son una muestra de los muchos cambios que la humanidad se está viendo forzada a realizar frente a esta nueva realidad.
En este siglo pasamos de predecir los efectos del cambio climático a vivirlos. La realidad ha opacado las voces que negaban el fenómeno basándose en la incertidumbre de los modelos. Hoy las sequías, los incendios, las inundaciones y el aumento en la intensidad de huracanes son testimonios claros del cambio climático. Ciudades como Nueva York están implementando infraestructura para contener los efectos devastadores de huracanes que antes no eran comunes. En México, la sequía afecta la agricultura y reduce nuestra seguridad alimentaria; además, las grandes ciudades enfrentan cada año la amenaza de desabasto de agua. No cabe duda de que, en este siglo, el cambio climático es el factor que está marcando una nueva ruta en nuestra relación con la naturaleza.
La COP (Conferencia de las Partes) ha sido el organismo internacional que busca generar políticas frente al cambio climático, bajo la premisa de que un problema generado por todos requiere de la cooperación de todos para resolverse. En este siglo, sus estudios han demostrado que la responsabilidad por las emisiones de CO₂ de cada país es desigual. Desgraciadamente, los países que generan la mayor contaminación también son quienes controlan las negociaciones en la COP, y en consecuencia sus resoluciones no tienen los alcances necesarios para resolver el problema. Por ello, cada año ha ido perdiendo legitimidad como instrumento de negociación multilateral. El deterioro de esta herramienta para enfrentar los efectos del cambio climático es una triste insignia de nuestro siglo.
A la destrucción de ecosistemas, la extinción de especies y el cambio climático se les denomina crisis ambiental. Sus efectos están alcanzando la vida cotidiana. En el mar es palpable el aumento de sargazo y la acidificación de los océanos, que destruye los corales. En salud, el COVID-19 —una enfermedad zoonótica— afectó a toda la humanidad, y permanece latente la amenaza de una nueva pandemia; también están las olas de calor y los cambios en la distribución de vectores de enfermedades como el Lyme y el chikunguña. En cuanto al alimento, la falta de polinizadores reduce la producción agrícola. Afrontar la crisis ambiental será determinante en los próximos años para restablecer nuestra relación con la naturaleza.
La visualización de un horizonte ambiental pesimista genera desesperanza sobre el futuro. Se percibe una falla en las políticas públicas que reduce las posibilidades de una vida próspera y, con ello, surge la ecoansiedad. Este fenómeno afecta primordialmente a las generaciones más jóvenes. La respuesta generacional, al ver todo perdido, suele ser una actitud poco activa para resolver el problema. La parálisis da pie al individualismo bajo la lógica de disfrutar la vida hasta donde se pueda. La ecoansiedad influye en la visión política de las nuevas generaciones y ayuda a explicar una parte del surgimiento del conservadurismo entre jóvenes.
La preocupación social frente a la realidad ambiental es evidente en los medios de comunicación y en las redes sociales. Indigna la construcción de un gasoducto en el mar de Cortés que afectará a las ballenas, la destrucción de la selva por las megaobras o la contaminación del aire y del agua ocasionada por los corredores industriales. Sin embargo, esa indignación no se traduce en un cambio de actitud social para evitar estos problemas. Además de indignarnos, se requiere repensar profundamente las bases de nuestra civilización. No es fácil modificar la economía, las relaciones sociales y nuestras costumbres por un futuro incierto. En este siglo nuestra civilización está entrampada entre la indignación y el consumo.
Los problemas ambientales de este siglo requieren soluciones globales. No es fácil encontrarlas en un mar heterogéneo de culturas, ecosistemas y economías alrededor del planeta. A los científicos que trabajan en universidades, organizaciones civiles y órganos internacionales les ha tomado cerca de dos décadas identificar los factores clave dentro del tejido socioambiental global para generar soluciones aplicables a diferentes escalas. Sin embargo, empieza a haber claridad en las rutas para establecer una nueva relación con la naturaleza. Nuestra capacidad para implementar ese conocimiento será determinante en los próximos años.
Muchas comunidades alrededor del planeta están rompiendo la parálisis. Sin esperar a que las políticas públicas nacionales o globales reaccionen, se están arriesgando a cambiar sus culturas y actitudes frente a la naturaleza en plena crisis ambiental. Desde poblaciones indígenas en la India que elaboran mapas comunitarios para la restauración de sus ecosistemas, hasta comunidades en Europa que transforman sus formas de obtener energía, pasando por poblaciones en Estados Unidos que impulsan programas de reforestación con efectos comprobados en la reducción del cambio climático. Falta mucho, pero es posible que las dinámicas locales sean el pivote necesario para modificar las dinámicas globales en nuestra nueva forma de interactuar con la naturaleza. EP