Este planeta | Petróleo en el Golfo de México: la catástrofe de la opacidad

Lo que vemos de un derrame petrolero es solo una parte del desastre. Este texto explora sus efectos invisibles, sus consecuencias prolongadas y las decisiones que los agravan.

Texto de 07/04/26

Lo que vemos de un derrame petrolero es solo una parte del desastre. Este texto explora sus efectos invisibles, sus consecuencias prolongadas y las decisiones que los agravan.

Este planeta es la nueva columna de Luis Zambrano, biólogo y doctor en ecología por la UNAM, y una de las voces más relevantes en la reflexión ambiental en México. En este espacio, propone una lectura crítica de los problemas ecológicos contemporáneos desde la intersección entre ciencia y vida pública. Se publicará el primer martes de cada mes.


Los derrames petroleros son los desastres humanos más aparatosos en el océano. Existen otros desastres ocasionados por el ser humano, como el aumento del sargazo, la acidificación del agua marina o la sobreexplotación pesquera. Sin embargo, ninguno resulta tan evidente como un derrame. Además, es el único caso en el que la responsabilidad humana es indiscutible. En los demás suele atribuírsele la culpa —equivocadamente— a diversos procesos naturales, aun cuando su origen sea claramente antropogénico.

Las imágenes de los derrames petroleros son siempre catastróficas. Nos afecta ver fotografías de tortugas, aves o mamíferos marinos incapaces de moverse o alimentarse debido a la viscosidad del aceite. Cuando estas imágenes de animales desamparados se combinan con tomas aéreas que muestran el gigantesco tamaño de la mancha sobre el mar, nos damos cuenta de que esa tortuga, esa ave, ese mamífero de la foto es solo un individuo de los tantos que, sin deberla ni temerla, están muriendo por causa de la devastación humana. En ese momento nos preguntamos: ¿no hemos ido demasiado lejos en nuestra afectación a la madre naturaleza?

El número de derrames petroleros a nivel global es gigantesco. En los últimos 50 años ha habido, al menos, dos derrames de gran magnitud por año a nivel global. Entre los más conocidos se encuentra el ocurrido en Kuwait en 1991, que vertió entre 6 y 8 millones de barriles en el Golfo Pérsico durante la guerra de Estados Unidos contra Irak. En Europa y Asia han ocurrido al menos tres que, en conjunto, suman cerca de 2 millones de barriles vertidos. En América del Norte, el caso de Deepwater Horizon, en 2010, derramó alrededor de 4.9 millones de barriles frente a las costas de Luisiana. El buque petrolero Exxon Valdez, en 1989, derramó 260 mil barriles en Alaska. La afectación alcanzó incluso las costas de California, donde las imágenes del sufrimiento de la fauna marina movilizaron a numerosos artistas que —en una época previa a las redes sociales— se fotografiaron limpiando las plumas de cormoranes con cepillos de dientes. Finalmente, en México, el caso de Ixtoc I, en 1979, vertió cerca de 3.3 millones de barriles en las costas de Campeche durante 280 días, generando una mancha de aproximadamente 2,800 km² en el Golfo de México.

La experiencia con estos accidentes nos ha permitido desarrollar diversas estrategias de contención. Existen al menos cuatro formas principales de reducir las consecuencias de los derrames de petróleo: las barreras flotantes para contenerlo fisicamente y luego extraerlo; los incendios en el mar que lo utilizan como combustible; la dispersión con químicos para “diluirlo” en partículas inocuas; y la introducción de bacterias capaces de digerirlo. La elección de las diferentes técnicas depende de la magnitud del derrame.

Sin embargo, la mayoría de estas soluciones resulta insuficiente. En muchos casos, solo se recupera una fracción mínima del petróleo vertido. Por ejemplo, en el caso de Ixtoc I se recuperó apenas el 5.7 %. Incluso cuando las cifras de recolección parecen altas, su proporción frente al total derramado suele ser marginal. En el caso actual se han colectado 8 millones de toneladas utilizando las barreras. Traducido a barriles, representan apenas 4.5 mil de entre 40 mil y 80 mil barriles que algunos grupos ambientalistas estiman están siendo derramados.

A ello se suma una estrategia aún más problemática: la omisión, la banalización y la opacidad de la información. En el caso más reciente no se ha informado oficialmente cuántos cientos de miles de barriles fueron vertidos ni cuál fue la fuente exacta del derrame. Esto ha impedido corroborar si la cantidad extraída con las acciones de contención es una parte significativa. La estrategia actual también incluye atacar ferozmente a todo aquel que pregunte sobre el tema. No es una estrategia novedosa: es la que ha predominado durante los últimos 7 años. Desde los primeros días, los más cruciales, se cumplió al dedillo la estrategia de negación y descalificación hacia quienes intentaban documentar el problema. Solo la evidencia y la presión pública obligó a la administración actual a decir que “ya se está trabajando”. Aunque la información se sigue ocultando, al menos ya terminó la parte de fingir que no pasa nada. El último componente de esta estrategia ha sido, pese a toda evidencia, culpar a la naturaleza mediante las chapopoteras que, en efecto, son exhalaciones naturales que han estado ahí desde antes de la llegada del ser humano y que no tienen esos efectos. Algunos expertos han declarado que el tamaño y tipo de petróleo que está llegando a las costas sugieren que no proviene de chapopoteras, tampoco de barcos petroleros. Por ello, es difícil que alguien crea la versión que culpabiliza a la naturaleza.

Esta estrategia gubernamental es muy nociva, puesto que busca funcionar a largo plazo: apuesta al olvido social. El derrame nos preocupa mientras lo vemos —un periodo corto—, pero el petróleo derramado sigue afectando durante mucho más tiempo. Además, lo que vemos en esas imágenes son los animales grandes, pero no vemos a los demás organismos, plantas y animales que están siendo devastados por la mancha, como las algas, el zooplancton y todos los que viven en el fondo del mar (los llamados bentónicos). Estos también mueren o se enferman cuando el petróleo entra en su cuerpo.

Esta estrategia también le apuesta a que el derrame no nos afecta de manera directa. Afecta a los pescadores, que no pueden pescar ni en el corto plazo —porque las manchas de aceite dañan las redes— ni en el largo, porque el petróleo se queda en el ambiente, afecta la comida de los peces y los contamina. Esto se debe a que la contaminación va pasando desde la base de la cadena alimenticia —el fitoplancton— hasta el pez. La cantidad de contaminantes se amplifica en cada eslabón, lo que provoca que el pez esté altamente contaminado. Así, se prohíbe la pesca en la zona, que termina por colapsar. Por ello, la estrategia política confía en que lo único que nos afecta, de manera indirecta y difusa, es el aumento en el precio del pescado y del marisco, algo que puede atribuirse a muchas otras causas —incluso a los propios pescadores, que son los más afectados—.

Frente a un problema evidente, sostener una estrategia que busca decir que todo está bajo control puede ser políticamente funcional para el grupo en el poder, pero resulta profundamente grave frente a la crisis ambiental que estamos comenzado a vivir. Esta situación nos exige como sociedad, incluyendo a los gobiernos, cambiar de visión.

Los derrames petroleros se ocasionan por accidentes que cada día son más comunes. A medida que aumenta el uso y la transportación del petróleo, también lo hace la probabilidad de accidentes. En México, tres de los seis derrames más importantes desde 1970 han ocurrido en los últimos seis años. A ello se suman los miles de derrames menores, ocasionados por filtraciones en barcos y plataformas, de los que nunca nos enteramos y que podrían estar afectando significativamente al ambiente. Así, sin siquiera darnos cuenta, en las últimas cinco décadas el número de los derrames grandes y pequeños podría estar en la escala de los miles.

En estas condiciones, los derrames continuarán ocurriendo mientras no se modifique la forma de generar y consumir energía. Quizá serán todavía más comunes que antes, puesto que cada día resulta más evidente el descuido de las instalaciones petroleras. De mantenerse esta tendencia, es probable que el Golfo de México se convierta en un desierto marino: un lugar sin vida, mucho menos pesca. Esta razón por sí misma debería ser suficiente para acelerar nuestro paso hacia fuentes de energía alternativas. EP

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