Esta es la nueva escala del feminismo en México

Crónica escrita por Sandra Barba en la que describe la experiencia histórica que significó la marcha del 8M en la Ciudad de México.

Texto de 10/03/20

Crónica escrita por Sandra Barba en la que describe la experiencia histórica que significó la marcha del 8M en la Ciudad de México.

No puedo decirte qué pasó el domingo. Cualquier intento… sí, incluso el mejor, todo lo que yo pueda hacer por mostrarte una panorámica de la manifestación del 8 de marzo fracasará por completo. Ni me apena ni me entristece. Es el fracaso más feliz de mi vida como feminista. Que sea incapaz de dar cuenta de lo que sucedió, de escribir un buen resumen o al menos hacer un apunte de sus momentos sobresalientes, significa que hace dos días las mujeres nos desbordamos.

Escribo, entonces, desde un sitio dentro de la multitud más grande de mujeres que he visto hasta ahora. Porque aquello no fue una concentración más. No, lo que pasó el domingo no fue una simple marcha.

Debí haberlo anticipado. Es común que un día antes —si acaso, dos— alguna de mis amigas pregunte si las demás iremos a la manifestación. La mayoría responde que sí. Y eso basta para organizarnos. Esta vez ocurría algo distinto: no estaba hablando solamente con las que siempre van, en mi Whatsapp se reproducían los grupos de mujeres que asistirían al 8M. Se estaban sumando, por supuesto, las que llevan décadas nombrándose feministas, pero también otras: las que prefieren apoyar desde la distancia, las que siempre están muy ocupadas, las que suelen disculparse de antemano y faltar, las que están en desacuerdo con romper vidrios o rayar monumentos ¡y hasta sus madres ancianas! Por mensaje directo en Twitter, me escribió Sandy Romero: “Para el 90% de nosotras es la primera vez en una marcha… ¡Mi mamá ya está organizando a sus hermanas y amigas!”

No sé cuántas veces tuve la misma conversación ni con cuántas mujeres: “¿Vas a ir a la marcha?” “Sí.” Pero entre el viernes y el sábado empecé a responder de otro modo y a repetir mi nueva respuesta con incredulidad y asombro:

—Parece que todas vamos a ir.


No sé por qué sigo recetándome las mesas de debate que se transmiten por televisión, a las que siempre asisten los mismos hombres y en las que apenas hay una mujer —como si eso fuera suficiente para de veras combatir la desigualdad y desprenderse de la acusación de machismo−. En una de las que vi, Denise Maerker, Genaro Lozano y unos hombres bien peinados y con atuendos muy lindos discutían si la llegada del coronavirus a México provocaría que se cancelara el 8M. (Aunque los varones fueron mesurados, no voy a transcribir sus respuestas.)

Me irritó el tema que habían elegido discutir. ¿Qué tan rápido puede propagarse este virus? ¿Y si el gobierno identifica un riesgo importante y recomienda no asistir a las manifestaciones? ¿Cómo saberlo si aún falta media semana para el 8 de marzo? Los escuchaba enojada porque hablaban de un temor que yo no quería reconocer en voz alta. Sería realmente descorazonador, pensé sin querer, que el coronavirus nos arrebatara este ímpetu.

Twitter, esa red social que se distingue por su agitación, estuvo muy quieto los días siguientes. Los feminicidios que comunicaron los medios en cascada hicieron sentir a las mujeres la urgencia de la manifestación y el paro. Pero eso había sido la semana anterior.

Los feminicidios siguieron. La cobertura de nuevos casos también, pero ya no se compartían como antes. El hombre que confesó en flagrancia el feminicidio de Ingrid estaba en prisión, como los acusados de la muerte de Fátima. Parecía que ambas noticias estaban sirviendo como desenlace; uno mediocre, porque la violencia contra las mujeres no se termina con los presuntos responsables en prisión preventiva. Pero la calma en redes sociales y chats, y el anuncio del primero, segundo y quinto caso de coronavirus, hacían pensar que quizá entraríamos a otro ciclo de noticias, que pasaríamos a otros asuntos, que le daríamos vuelta a la hoja.

¿Y si se cancela la marcha? ¿Y si no van tantas mujeres…?

A la pregunta del moderador, un cincuentón todavía galán, sobre si la marcha del 8M (que aún no había ocurrido) podía considerarse un éxito, Denise Maerker respondió un rotundo sí.

−Ya ha sido un éxito —dijo—, me parece que es una toma de conciencia que en sí misma es un éxito.

Ojalá, pero ¿y si tienen razón en preguntarse desde ahora si fue un éxito como si anticiparan su fracaso, la cancelación del 8M? ¿Y si el coronavirus nos echa a perder esta oportunidad


Lo bueno es que el feminismo es un movimiento global: tiene la destreza para superar las coyunturas nacionales. Dos días antes del 8M, las colombianas iniciaron un exitoso hashtag: ComoHombre. “Échale un ojo”, escribió Valeria Moy a las cuentas de Twitter de varias mujeres, “Habrá que implementarlo.” Eso hicimos. #ComoHombre se mantuvo en las tendencias principales ese día y el siguiente.

Quiero pensar que fue un impulso más, quizá el último empujón, aunque es difícil saber qué habría pasado sin él. Yo, al menos, sentí que me agarraba de esa dinámica en redes, que tuiteaba y tuiteaba para reanimar la convocatoria a la manifestación. Sospecho que no soy la única que así lo pensó


Me gusta creer que tengo experiencia con las muchedumbres. Identifico los huecos que se abren entre un grupo y otro de personas, pienso por ahí me voy a colar, avanzo un poco y entonces meto el cuerpo. Me inmiscuyo entre brazos y espaldas hasta que llego a donde quería.

No lo conseguí el domingo. Estuve de pie, durante veinte minutos (¿o más?) en la calle Ponciano Arriaga. Sin poder avanzar ni retroceder ni abrirme cancha hacia un lado o el otro, admirando la cúpula del Monumento a la Revolución, al que no podía llegar.

—¿Café frío? —preguntó un hombre rubio y de ojos claros, al tiempo que me sonreía una mujer muy parecida a él. Un par de hippies extranjeros y cuarentones. ¿Por qué no?, pensé, mientras él vertía un buen chorro de leche de almendras y concentrado de café en un vaso. Le di unos tragos (estaba bien) mientras un trío de mujeres rezaba por el fin del aborto, junto a la pareja de extranjeros y, sobre todo, en medio de una muchedumbre de feministas.

—Están rezando contra el aborto —le expliqué a una chava de veinte años que apenas las había visto e intentaba descifrar lo que hacían. Respondió con un ligero ay o meh, sin buscar que esa trinidad de mujeres escucharan su sonido de desaprobación. No pretendía que la escucharan. ¿Por qué lo haría? Si estaba, como yo, en la concentración más exitosa de feministas de la historia de la Ciudad de México.

—Dicen las noticias que somos diez mil —me dijo X., acostumbrada, por su trabajo, a revisar los medios de comunicación.

Pasaban las dos de la tarde y yo no quería darme por vencida: tenía que llegar al Frontón México, al menos a uno de los puntos de partida que conocía. Otro era la Lotería Nacional. El tercero era la Esquina de la Información y Bucareli. No es usual que uno tenga tantos sitios de encuentro antes de empezar una marcha feminista. Aquello era producto de los grupos de Whatsapp que se habían multiplicado, de la convocatoria insólita de este 8M.

Tampoco suelo preocuparme por la hora a la que llegaré a una manifestación, ni reprocharme cuando voy tarde. Me presento y ya está. Como no asisten tantas mujeres, uno encuentra rápido a sus amigas. Si gritan tu nombre para llamar tu atención o indicarte dónde están, las escuchas. Puedes verlas desde lejos acercándose a ti. Reconoces a otras y las saludas. Aprovechas el recorrido para ponerte al día con tus conocidas. Te topas con las feministas de siempre. No hace falta quedar antes en otro lugar ni salir juntas. Solo le caes, como a esas fiestas grandes que se organizaban cuando estábamos en la prepa o la universidad. Todavía tenía el vasito de café frío en la mano, cuando quise ver la cuadra anterior. No pude hacerlo. Entre la esquina de la calle donde estaba y yo, había centenas de mujeres. 

—Yo nunca había visto nada como esto —le dije a X. y le tomé la mano para no perderla, o para no perderme. En ese momento, y varios más, busqué a mis amigas entre las caras de tantas mujeres. Jamás di con ellas. Nunca habíamos tenido esta experiencia, ni siquiera en el 24A de 2016, esa que me gusta considerar la primera gran marcha de mi generación feminista. Esta vez podía sentir que éramos miles, decenas de miles.


No me alcanza la palabra multitud en singular. La siento chica y contenida. Al leerla, puedo imaginar un número grande de personas, puedo representar su significado en mi mente. Este 8M no fue eso, no fue así. Éramos multitudes. Nos desbordábamos. Parecía que lo ocupábamos todo.

Me llevó tiempo asumirlo. Trepada en las estructuras de metal donde se sostienen y se guardan las ecobicis, equilibrándome sobre la barda de un estacionamiento, sobre el poste de seguridad de una banqueta, subiéndome donde pudiera, deseaba ganar al menos un metro de altura para darme una idea de cuántas éramos. Estaba desesperadamente buscando, para recuperarme de la sensación de perplejidad, alguna manera de medir lo que estaba pasando. ¿Ocupamos cinco cuadras, diez? El cálculo a ojo de buen cubero resultó peor que inútil. Quedaban fuera de mi rango de visión. Era absurdo intentarlo con la mirada. Las mujeres superaron, en exceso, todas las referencias espaciales que habitualmente uso para aproximar su número en las manifestaciones. No me pesa admitirlo: me sentía desorientada. Estoy segura de que demasiadas veces, en la necedad de mi asombro, le repetí a X.: Es que yo nunca había visto algo así.

Tenía que empezar a pensar en longitudes más grandes. Parada sobre una banca, advertí que nos extendíamos más allá del Hotel Hilton y que aún había una muchedumbre debajo del Monumento a la Revolución. En avenida Juárez, las mujeres se desplegaban de acera a acera. Mis mejores intentos fracasaban: el 8M estaba fuera de mi escala. Para cubrir esto, pensaba, necesitaría un equipo de cinco reporteras y camarógrafas, por lo menos. Escuché el ruido de un helicóptero. Sobrevolaban los drones. Los miré en el cielo con envidia: ellos sí podían calcular cuántas éramos


Esta manifestación, desde el principio, se sentía distinta. X. y yo caminamos por Tomás Alva Edison cuando, de una esquina a otra, aparecieron grupos de mujeres. No eran dos o tres amigas que se dirigían a la protesta: en cada montón, se contaban siete o diez. De pronto, nos descubrimos atrás de un grupo de quince.

—Nos falta un kilómetro —me avisó X.

—Todavía ni llegamos al Monumento a la Revolución y ya estamos en la marcha —le contesté más en serio que en broma.

Entonces la manifestación me calló la boca: tuvimos que detenernos antes de cruzar la siguiente calle, porque un enorme bloque de mujeres avanzaba coreando la Goya de la unam. Decidimos atravesar su contingente y seguir. Antes de perderlas de vista, quise mirar hacia atrás, sólo para averiguar si ya habían acabado de transitar por esa calle. Seguían ahí, en su columna inagotable.

Pero incluso media hora y muchas calles antes, cuando rodeábamos el Monumento a la Madre, empezamos a ver los grupos de mujeres: vestidas de negro, con el pañuelo verde en la muñeca o una playera morada. Un automóvil se detuvo súbitamente para que bajaran cinco mujeres jóvenes que ya querían llegar. Otras tres, vestidas de negro, caminaban con aplomo hacia el punto de reunión.

Una vez ahí, esperamos alrededor de media hora para empezar la marcha. ¿Por qué, si ya pasaban las dos de la tarde? A los contingentes les costaba avanzar. Daban dos o tres pasitos cortos y se detenían enseguida. Me hacían pensar en una sustancia apenas líquida, tan densa que no podía hacer otra cosa que moverse lentamente. Y es que adelante de este contingente y de aquél, más adelante todavía y hasta la avenida Juárez y por las calles paralelas y por todas partes, había multitudes de mujeres.

—¿Cuántas son en tu contingente? —le pregunté a Estefanía Villalobos, de #Desgarradas.

—Uy, quién sabe, se nos fueron sumando muchísimas, pero originalmente éramos como veinte.

—Habíamos venido a otras marchas, por separado, pero es la primera vez que las dos colectivas venimos juntas —me contaba una integrante de la Red de Mujeres Afrodescendientes de la Ciudad de México y de Flores de Jamaica. Después de la marcha, Krhistina Giles, me dijo que habían sido “entre todas, pues como treinta.”

A las tres y media de la tarde, X. me avisó que los medios informaban que ya sumábamos treinta mil manifestantes. A nuestro alrededor las veíamos, en todo el rango de edad: mujeres desde la carriola hasta la silla de ruedas, niñas y adolescentes, universitarias, entre los treinta y los cuarenta (como la que escribe y mis amigas), mujeres de cincuenta, de sesenta años. Detrás de mí, una voz cantó la alerta feminista; a su alrededor, las demás corearon: “Alerta que camina / la lucha feminista por América Latina.” Le pregunté cuántos años tenía —once— y si le había dado gusto que las demás respondieran a su consigna. Me sonrió. A esa edad, yo ni sabía que existía el feminismo.

Una veintena de jóvenes encapuchadas y vestidas completamente de negro entró corriendo, gritando y ululando a la calle 5 de mayo; las demás nos hicimos a un lado, al final, gozando su atrevimiento.


No faltaron los hombres que quisieron colarse, la mayoría de los que vi se mantenían en las orillas de la manifestación —en grupitos de dos en dos, máximo, tres— protegidos como cositas delicadas en los balcones de los edificios (eran ellos los que ahora parecían muñequitos) o replegados en las banquetas, muy serios, algunos de brazos cruzados, todos mirando. Y, quizá por primera vez en la historia de este país tan macho, permanecían en silencio. Se notaba que se les hacía difícil contradecirnos: en las paredes de los edificios por los que pasamos, se leían los nombres y apellidos de los hombres, famosos y anónimos, acusados de feminicidio, acoso y abuso sexual, violación, agresiones. 


Llegamos al Zócalo a las 4:48pm. y X. me leyó: “Los medios dicen que somos ochenta mil.” Habíamos alcanzado el punto final de la manifestación mucho tiempo después que los primeros grupos, los de familiares de las víctimas de feminicidio. Nosotras no vimos cuando trataron de quemar una de las puertas de Palacio Nacional. Teníamos un delay. Ni siquiera nos enteramos porque el rumor se hubiera comunicado de contingente en contingente: lo supimos por las noticias que X. consultaba. Tampoco vimos cuando armaron una fogata; yo lo supe una vez que llegué a mi casa, viendo la cobertura especial de ForoTv. No nos tocaron los discursos: el podio estaba desocupado. No supimos esto ni tantas cosas más porque —ahora puedes creerme— el 8M fueron muchas marchas.

En la plancha del centro de la ciudad, algunas comían elotes con queso, otras se habían sentado a descansar, un grupo grande se divertía, las integrantes de Marea Verde corrían en círculos, a manera de un aquelarre, cantando: “Somos las hijas de todas las brujas que nunca pudiste matar.” Una bocina montada en una estructura de metal extendía el testimonio de abuso de una mujer. Tengo la impresión de que las movilizaciones feministas en esto se distinguen de otras: uno no completa la marcha para escuchar, al final y sobre un templete, a Andrés Manuel López Obrador. La genuina horizontalidad del feminismo (convertido en colectivas, organizaciones de la sociedad civil, profesoras e investigadoras y grupos de amigas, primas o madres e hijas) hace que no haya líderes que se impongan sobre las demás. Nos incluye a todas: a las que asistieron vestidas de blanco en contra de la violencia —algunas, expresando su rechazo a los grafitis, las hogueras, los vidrios rotos—, a las que fueron de negro —las radicales y las que iban así para mostrar su luto— y hasta a las que combinaron playera blanca y pantalón negro (o viceversa). Menciono este rasgo, la ausencia de jerarquías, para que los hombres que nos aconsejan unirnos bajo un mando (moderado, como quieren algunos) o formar un partido comprendan que están ante un movimiento peculiar: uno que además consiguió, casi sin sindicatos, organizar un paro nacional de mujeres.


El feminismo ya prendió, pensé mientras veía a las mujeres tomar en masa las avenidas. El tiempo que pasé en la marcha, estuve buscando cómo decir lo que estaba viendo. Desbordamos el centro de la capital. El domingo la renombramos Feministlán. Lo constaté demasiadas veces: lo logramos, esto es definitivo, nunca había visto algo así. No fueron pensamientos ingenuos. El feminismo llamó y recibió al menos ochenta mil respuestas solamente en la Ciudad de México. Y los medios, que otras veces mandaban a un reportero y un camarógrafo, tuvieron que desplegar sus recursos para cubrir nuestra noticia —imagino a quienes escriban la historia de este día, la cantidad de testimonios que deberán reunir—. “No somos histéricas, somos históricas”, se leía en varias pancartas. Dije que no me apena esta crónica fallida, este escrito no puede abarcar lo que pasó. Porque el 8 de marzo de 2020 significó —ahora sí— el éxito contundente del movimiento. Me gusta que las mujeres de mi generación me hagan pensar en dimensiones inéditas para nosotras. Me gusta sentirme así: rebasada por todas ustedes. Ya no estamos solas. Esta es la nueva escala del feminismo en México. Lo haremos entre todas. EP

DOPSA, S.A. DE C.V
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Dulce Olivia 71,
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