Aprender a pertenecer sin entenderlo todo: Juan Villoro, el fútbol y el lenguaje de la comunidad

Allen Zeesman nos ofrece un elocuente comentario de Los once de la tribu, libro escrito por Juan Villoro donde el fútbol se convierte en un espacio de vida colectiva y de diálogo.

Texto de 25/02/26

Villoro

Allen Zeesman nos ofrece un elocuente comentario de Los once de la tribu, libro escrito por Juan Villoro donde el fútbol se convierte en un espacio de vida colectiva y de diálogo.

Leer Los once de la tribu de Juan Villoro es una experiencia engañosamente sencilla. El libro se presenta como una colección de crónicas futboleras, pero muy pronto queda claro que el fútbol es apenas el punto de partida. Lo que Villoro observa, con una lucidez que evita tanto la épica como la ironía fácil, es una forma de vida colectiva: cómo se comparte la emoción, cómo se procesa la derrota y cómo una comunidad se reconoce a sí misma sin necesidad de explicarse.

En un momento en que gran parte del debate público insiste en traducirlo todo a conceptos —“identidad”, “pertenencia”, “nación”—, Villoro hace algo distinto: describe prácticas. No teoriza sobre el fútbol; lo mira. No extrae moralejas; registra gestos. El estadio aparece como un espacio donde se suspenden, temporalmente, las jerarquías sociales y las exigencias del rendimiento. Allí, sentir no es una falla cognitiva, sino la condición misma de la experiencia.

Esta observación es profundamente política, aunque Villoro rara vez la formule en esos términos. En Los once de la tribu, la comunidad no se define por consenso ideológico ni por pureza identitaria, sino por participación. Se pertenece no porque se tenga razón, sino porque se está ahí. El hincha no va al estadio a entender lo que ocurre; va a vivirlo con otros. Esa afirmación, aparentemente menor, tiene implicaciones que van mucho más allá del deporte.

Como lector extranjero, llegué a Villoro desde otro ángulo. No buscaba una teoría cultural de México, sino algo mucho más práctico: mejorar mi español. Sin embargo, leerlo me obligó a reconsiderar qué significa realmente “aprender” una lengua. Muy pronto entendí que el español que aparece en Los once de la tribu no es un sistema abstracto de reglas, sino un tejido de usos compartidos, silencios aceptados y emociones permitidas.

Villoro escribe desde una posición poco común: la del observador involucrado. No adopta la distancia del analista ni la efusión del creyente. Mira desde dentro, pero sin disolverse en el entusiasmo. Esa posición intermedia —atenta, irónica, pero nunca cínica— es clave para entender su manera de pensar la comunidad. El fútbol no es una excusa para celebrar la identidad nacional, sino un laboratorio donde se ensaya la convivencia.

En ese laboratorio, la derrota ocupa un lugar central. A diferencia de otras narrativas deportivas obsesionadas con el triunfo, Villoro entiende que perder es parte constitutiva del relato. El fracaso no expulsa; integra. La comunidad se reconoce en la experiencia compartida del límite. Hay algo profundamente democrático en esa aceptación: no todos ganan, no siempre se puede, y aun así se permanece.

Esta lógica contrasta con muchas de las expectativas contemporáneas sobre pertenencia. Hoy se tiende a pensar que pertenecer implica comprender plenamente, adherirse explícitamente, declarar posiciones. Villoro sugiere lo contrario. En el estadio —y, por extensión, en la vida cotidiana— se pertenece sin dominar el sentido completo de lo que ocurre. Se entra por el cuerpo antes que por la cabeza. Se acepta la ambigüedad.

Leer Los once de la tribu desde esta perspectiva permite entender algo más amplio sobre la cultura mexicana. El humor, la resignación activa, la capacidad de seguir adelante sin dramatizar no son rasgos folclóricos, sino estrategias de convivencia. El lenguaje cotidiano —ese que no aspira a la precisión absoluta— funciona como amortiguador social. Permite que la vida continúe incluso cuando las condiciones no son ideales.

Para quien aprende el idioma desde fuera, esta lección es fundamental. El español no se domina completamente; se habita. Pretender entenderlo todo antes de hablarlo es una forma de quedar fuera. Villoro muestra, sin decirlo explícitamente, que la pertenencia lingüística no depende de la perfección, sino de la disposición a participar. A equivocarse. A no tener siempre la última palabra.

Hay, en este sentido, una afinidad profunda entre la ética del fútbol que describe Villoro y una concepción modesta de la vida pública. Ambas descansan en la aceptación del límite. No todo se resuelve. No todo se explica. Pero se comparte. Y esa compartición, imperfecta y reiterada, es lo que hace posible la comunidad.

En tiempos en que la conversación pública se vuelve cada vez más abstracta y moralizada, Los once de la tribu recuerda algo elemental: la vida común no se sostiene en grandes definiciones, sino en prácticas repetidas. En rituales que no prometen redención, pero ofrecen compañía. El estadio, como el lenguaje, es un espacio donde nadie tiene el control total, y precisamente por eso puede ser habitado por muchos.

Villoro no propone un modelo ni una teoría. Propone una mirada. Y esa mirada resulta especialmente valiosa hoy, cuando la tentación de entenderlo todo antes de vivirlo produce más parálisis que claridad. Aprender a pertenecer sin entenderlo todo no es una renuncia intelectual. Es una forma distinta —y quizá más humana— de inteligencia. EP

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