Por cortesía del autor y la editorial, publicamos un fragmento de la novela «La rendición» (Almuzara México, 2025), del escritor mexicano Federico Vite.
Por cortesía del autor y la editorial, publicamos un fragmento de la novela «La rendición» (Almuzara México, 2025), del escritor mexicano Federico Vite.
Texto de Federico Vite 30/03/26
Por cortesía del autor y la editorial, publicamos un fragmento de la novela «La rendición» (Almuzara México, 2025), del escritor mexicano Federico Vite.
A pesar de todo, empaqué mis cosas con calma. Tenía muchos libros; los metí en cuarenta cajas. Para embalar mi ropa no tuve que hacer mucho esfuerzo ni gastar mucho tiempo. Bastaron dos maletas. Estaba en mi habitación. Fue construida desde hace diez años para otros fines, pero terminé usándola con cierta indiferencia y algo de apatía, casi casi por inercia. Aunque me gustaba mucho más la forma en la que mis padres explicaban eso. Ellos decían que planearon todo con calma, porque siempre supieron que yo regresaría a casa algún día y me procuraron un espacio, que aunque pequeño, destinado sólo para mí. Yo recibí ese obsequio como un paracaídas. Ese cuarto fue construido con pesados blocks de color gris y, tal vez debido al tono triste de ese material, la habitación motivaba muchas reflexiones. Era un almacén de ideas y de momentos ominosos. Así que mientras acomodaba mis pertenencias pensaba en mi adolescencia, en mi infancia y, en especial, en la torva ira que me animaba aquellos días. Se trataba de una habitación austera, pero amable y muy calurosa. No podía estar en mi cuarto después de las diez de la mañana. El sol hacía hervir las rectangulares láminas de asbesto. Daban la impresión de ser la parrilla encendida de una estufa enorme. Al calor usual de treinta y ocho grados, más la humedad, se sumaba el crujido del asbesto y las sacudidas de las iguanas que se apareaban justo arriba de mi cama. Pero todos esos inconvenientes se olvidaban gracias a que mi estancia tenía una vista envidiable a la bahía. Desde la comodidad de mi cama podía observar la bocana que se abría rumbo a las profundidades azules del Pacífico. Vi desfilar las regatas de los veleros, los nubarrones acercándose a la playa. Contemplé desde ese sitio embarcaciones de todos los tamaños: buques de carga, yates, lanchas. Invertía horas y horas contemplando el paisaje, trataba de vaciar mi memoria. El ejercicio de mirar, en mi vida, ha tenido significativas revelaciones. Atisbar el océano, sobre todo en las noches, me daba un motivo más para pensar en la diminuta existencia de un hombre como yo. Contemplar el paisaje refrescaba mi ánimo. Había momentos en los que sentía que el océano estaba hecho del mismo material que la noche. El problema, como todo en mi vida, han sido los días. Me inventaba algunas actividades sencillas fuera de casa antes del mediodía. Me iba caminando a la biblioteca del parque Papagayo. Tardaba una hora y quince minutos en llegar. El trayecto era magnífico porque me internaba en las calles de barrios antiguos, en callejones empedrados que descendían hasta la avenida Cuauhtémoc. Vivía en la primera glorieta de la calle Victoria. Una colonia que tiene un solo ingreso vehicular y múltiples andadores que conectan con las zonas más altas del anfiteatro. Sobre el cerro de la colonia La Laja pretendieron erigir una estatua monumental, llamada Cristo Rey de la Paz. En Acapulco había muchas colonias con estas características: vista al mar y un solo ingreso vehicular. El paisaje era la plusvalía de la parte alta del puerto. También había muchos problemas en sitios así, porque esa geografía era oro molido para los asaltantes, quienes bloqueaban la única arteria vial con piedras y a punta de navajas, cuchillos o armas cortas recogían dinero y alhajas de los automovilistas, casi siempre taxistas y eventuales foráneos extraviados que se detenían ante las rocas e intentaban quitarlas para continuar su camino. Llegamos a este lugar en 1989. La Laja fue fundada por el líder socialista conocido como “Rey Lopitos”. Mi adolescencia se nutrió de múltiples hallazgos violentos; señales, finalmente, de lo que vendría.
Durante mis primeros días en el barrio fui testigo de un hallazgo sensible. Caminaba por la calle Victoria, justo a un lado de la primaria Benito Juárez, más o menos a las 6:30 de la mañana. Iba rumbo a las canchas de basquetbol. Noté un bulto en la esquina de un lote baldío. Estaba recargado en uno de los pilares de la obra negra. Desde la banqueta vi los mechones de cabello. Supuse, a lo lejos, que era una muñeca. Me acerqué un poco. Yo iba a entrenar. En aquel tiempo mi única pasión era correr. Así que trotaba durante hora y media cada mañana. Siete días de la semana. Ningún descanso. Nada. Yo quería correr y correr me ayudaba. Así que me acerqué al bulto, rodeado por montículos de grava; era una adolescente envuelta en una sábana blanca. Pude intuir el cuerpo desnudo; estaba maniatada con alambres. Sentí miedo, pero no me paralicé. Vi el rostro infantil de rasgos finos. La nariz respingada y los ojos abiertos de color verde. Sus labios estaban inflamados y de la frente caían hilos de sangre seca. Sobre la cabeza sobrevolaban moscas. Di media vuelta. Empecé a correr por la calle. Tomé la pendiente y bajé los andadores hasta las canchas de basquetbol. Ya había gente en las barras; se estiraban antes de comenzar con la calistenia. Sentí una ligera tranquilidad al ver las personas ahí reunidas. Todos eran hombres jóvenes, no mayores de treinta años ni menores de veinte. Los conocía de vista, pero no tenía amistad con ellos. Me dieron el aplomo que necesitaba. Troté pensando en el rostro de aquella jovencita. Alguien de menor edad que yo. No fue el primer cadáver que había visto en mi vida. En la colonia Morelos, donde pasé los primeros diez años de existencia, presencié algunas cosas que me ayudaron a comprender las tremendas oleadas de violencia sobre las que siempre navegué. Por ejemplo, el primer muerto que vi fue un hombre delgado, cuya piel oscura contrastaba con la camiseta blanca que portaba. El cuerpo yacía sobre el portón negro de un predio ubicado a unos metros de nuestra casa. Tenía una media en la cabeza; sus labios, abultados por la presión de la prenda, también deformaban la nariz. En las manos llevaba un arma, una pistola calibre.22. Mi padre iba conmigo; no me pidió que cerrara los ojos o que viera hacia otra parte. Me dio permiso de capturar todo con la mirada. Estuvimos ahí bastantes minutos. Llegó la policía, después los peritos.
—¿Quieres verle la cara? —me preguntó mi papá.
Afirmé con un movimiento de cabeza. Así que rodeado por vecinos que esperaban lo mismo que yo, uno de los policías le quitó la media al cadáver.
—¿Alguien conoce a este cabrón? —preguntó en voz alta.
Era un hombre maduro, de cuarenta años, ojos grandes y cejas pobladas. Tenía un orificio en la frente. Yo acababa de cumplir nueve años. El muerto no me dio pesadillas ni miedo; al verlo acepté que uno puede morir en cualquier momento y me sentí abochornado al pensar que la gente también muere en la calle. El problema fue después, cuando la muerte se reveló como un castigo para quien sobrevive a sus amados. Pero de aquella otra experiencia en la Victoria, recordaba que seguí trotando. Fingí normalidad. Antes de terminar mi rutina escuché que la gente hablaba ya del cuerpo de una mucha- chita hallado en la obra negra. Hice mis estiramientos y empecé a jalar aire y exhalar. Una y otra vez. Enfilé por el andador, de nueva cuenta rumbo a la obra negra. Había mucha gente. Ya estaban los policías y los peritos trabajando. Esquivé la turbamulta y me fui a casa. Tomé café antes de bañarme. Platiqué con mi madre sobre el barullo de la gente y los policías.
—Voy a preguntar qué pasó —dijo.
Me di un baño. Volví a pensar en esa muchacha, porque vi en su piel rastros de violencia: marcas de golpes. Imaginé, sin duda, que la habían violado. Más tardé llegó mi mamá con toda la historia. La niña era Merle Obregón, reportada como desaparecida desde hace tres días. Vivió en Costa Azul, un barrio de clase media alta, lejos de aquí. La prensa, la radio y la televisión dieron cuenta de la tragedia. Esa chica tenía padres extranjeros. El culpable fue un millonario apodado El Chacal Brown, un tipejo que salió libre después de confesar el crimen. Detuve toda esa maquinaria de recuerdos cuando escuché que me hablaba mi padre.
—¡Hijo! —gritó—. ¡Hijo! Salí de mi cuarto.
—Quiero que me hagas un favor —agregó. Sacó la cartera de la bolsa trasera de la bermuda. Extrajo algunos billetes—. Necesito que me compres unas jeringas para mis vitaminas.
Tomé el dinero. Me convertí de nuevo en su hijo. Salí de casa. Bajé las cuarenta escaleras del andador Agapando. Recorrí quinientos metros y llegué a la farmacia. Pedí un paquete de jeringas. Él había desarrollado una habilidad increíble para aplicarse las inyecciones de pie, en el muslo. Esperaba el vuelto cuando escuché las primeras detonaciones de un arma de grueso calibre. Fueron siete; después hubo una secuencia incalculable de balazos. Me tiré al piso. Oí el motor acelerado de un auto que circuló por la avenida a toda velocidad. Tanto doña Tere, la dueña de la farmacia, como yo, tardamos en levantarnos del piso.
—Háblale a mi hijo. Por favor, háblale a mi hijo —decía en voz alta y me dio un teléfono celular. Le temblaban las manos. Yo conocía a su hijo, jugué con él cuando era adolescente. Busque en la lista de contactos a Jimmy. Hice la llamada y esperé que contestara.
—No, doña Tere —comenté—. Ahorita no contesta. Va a estar bien Jimmy. Yo sé que va estar bien. Dele tiempo porque ahorita todos estamos nerviosos.
—Verdad que sí —contestó.
Entregué el teléfono. Ni siquiera conté el cambio. Volvía a casa receloso; bastante asustado. Mi padre y mi madre estaban en la puerta de la casa. Subí las escaleras y entramos.
Di pelos y señales de lo ocurrido, de los disparos, de los acelerones de autos que se oyeron.
—Fue un ruidal —aseguré—. Puro balazo.
Minutos después escuchamos la sirena de la ambulancia. Mi madre hizo una larga llamada telefónica con mi tía Caro. Oía que se reía, hacía bromas y conversaba como una adolescente. Mi padre vio las noticias en el televisor. Yo fui a mi cuarto. Volví a escuchar disparos a lo lejos.
Provenían de la parte alta de la Victoria. Ahí no hay solución. Lo sabía desde 1989. Gobiernos pasaban y gobiernos venían, ese tramo de Acapulco no le pertenecía a la república mexicana. Era parte de los narcotraficantes. Encendí mi radio de onda corta. Para mi fortuna logré sintonizar una estación cubana. Después encontré un programa en inglés, emitido desde San Francisco y recibí la señal de Puerto Victoria, Canadá. El calor aumentó. Me quité la playera. Encendí el ventilador y abrí uno de los libros que tenía a la mano para conciliar el sueño. Ni siquiera pude terminar la lectura de una página cuando empecé a imaginarme cómo era mi vida antes, cuando yo era otro. Mi padre fue taxista durante mucho tiempo; yo también. Algunas tardes llegábamos a encontrarnos en la cafetería La Italiana, frente a la playa Las Hamacas, no en el muelle que ahora ocupa un restaurante lindísimo —ideal para quien disfruta el paisaje que ofrece la bahía— sino a un lado. Años atrás, nosotros estábamos en el aire acondicionado de La Italiana. Él pedía un café expreso y una botella de agua mineral. Yo solía encargar una soda italiana para refrescarme. Nos saludábamos como si fuéramos dos colegas; no padre e hijo. Dos colegas. Nada más. Dos taxistas que comparten el aire acondiciona- do de un sitio con poca clientela. Él pasaba a esa cafetería dos veces al día. Yo estaba ahí en la noche. Leía algunos de los libros que me daba mi madre. Esos viejos libros, muy cursis, por cierto, me daban claves de mi futuro. En situaciones de máxima tensión, no muchas, pero las hubo en ese trabajo, solía repetir algunos de esos textos que preservan un poco de magia. Frases de Martín Edén, de Jack London, o Clemencia, de Ignacio Manuel Altamirano. Así que en La Italiana yo releía algunas líneas mientras mi padre se enteraba de las noticias viejas de Italia, La Repubblica y Corriere della Sera llegaban con una semana de retraso. Ponía especial atención a las crónicas de degrada- ción humana protagonizadas por la Cosa Nostra. Había clientes fieles a esa parroquia que presumía en las paredes escenas cotidianas de Sicilia. En específico, de Catania. Varios italianos habían elegido a Acapulco como su hogar y ese lugar acogía historias de gente como mi padre, siempre en busca de noticias de La Cosa Nostra. Solía buscar anécdotas sobre la mafia o cosas relacionadas con balaceras, masacres, acuchillamientos, nota roja de cepa pues. Leía y apreciaba los filmes con esa estética. Se trataba de cuestiones que le parecían, por razones extraordinarias, familiares. Él vivía en calma, pero disfrutaba mucho la violencia, igual que mi madre. Llegué a pensar que la violencia los mantenía unidos. Platicaban de eso gran parte del tiempo. Yo me sentía revestido de un pasado asombroso cuando escuchaba las conversaciones de los parroquianos de La Italiana. Hablaban con mi padre de cervezas, cigarros, asesinos y mujeres. No sé cuánto tiempo pasaban ellos ahí; pero iban diario. Mi padre disfrutaba esos momentos. Hablaba italiano como si fuera su lengua materna. La mesera era una mujer de piel morena clara y largo cabello chino. De joven fue guapísima. Ya entrada en los cincuenta años destacaba por sus tatuajes en el brazo derecho y por su buen humor. Era muy delgada. Tenían demonios y estrellas en la epidermis. Su piel me parecía luminosa. Eso me llevó a pensar que ella olía siempre a canela. Pietro, uno de esos clientes devotos, le recriminó a la mesera un gesto. Ella movió de manera horizontal la palma de la mano derecha y la acercó a la boca, como si fuera a morderla. Ni siquiera dijo: Vaffanculo! Sólo hizo ese gesto. Él se levantó, sacó la cartera y dejó unos billetes junto a la taza de café que la mesera acababa de servir. Lo vi montarse en su motoneta. Minutos después llegó una mujer rubia, alta y de pelo lacio. No hablaba español. Cuando he pensado en ese hecho intuyó que no era una mujer, sino un hombre vestido de mujer. Encaró a la mesera y le dio una bofetada. Mi padre trató de calmar las cosas, pero alguien le recomendó con autoridad que no lo hiciera. La rubia escupió la caja registradora. Así quedó signada la amenaza. Dos o tres días después pasé por ahí en la noche. La Italiana había sido quemada. Busqué a mi padre por el radio civil del taxi.
—Platicamos en la casa —reconvino con calma— cuando puedas date una vuelta.
Yo tuve un buen turno ese día. Antes de lo planeado ya había ganado lo suficiente como para solventar la cuenta, la gasolina y me hice de una ganancia jugosa. Pasé a una panadería, antes era normal encontrar panaderos durante la noche, para comprar algunas viandas que le llevé a mi madre. Solía visitarlos en esta casa, en la Victoria, cada quince días. Se trataba de una regularidad que me permitía apreciarlos; no los padecía ni los extrañaba. Era una reunión ideal. Había algo sobresaliente aquella noche. Estacioné el Tsuru que yo trabajaba junto a la caseta de policías de la primera glorieta. Subí los escalones. Toqué el timbre, siempre hacía eso, inserté la llave y giré la muñeca. Entré directo al comedor. Ellos estaban cenando. Los abracé. Hablamos un poco del clima, siempre caluroso; de la playa, también sobre los costos de la gasolina, siempre a la alza, y como una deriva obligada lo ocurrido en La Italiana. Mi madre dijo que se veía venir una ola de sangre. Ella no hablaba en italiano, pero sus frases me parecen nacidas de ese idioma. Gracias a mi padre supe que después del escupitajo llegaron más personas a la cafetería. Todos los clientes salieron. Sacaron a la mesera a empujones, pero no le dieron golpe alguno. Ella hizo un par de llamadas telefónicas a los dueños del negocio. Después arribó a ese sitio un hombre rubio, chaparrito y súper nervioso. De ojos azules y pelo lacio hasta los hombros. La mesera le dijo algo, pero el otro hombre no respondió. La mesera ni siquiera terminó de hablar cuando dos muchachos que estaban en un Shadow entraron con garrafas y empezaron a rociar gasolina en el comercio.
—Pensé que me iban a pegar —relató mi padre—. Todos salimos
apurados y prendieron la cafetería.
Mi madre se persignó. Dio gracias a Dios porque mi padre salió con bien de ahí. Después afirmó que el dueño del local era malo porque no cuidó a la mesera.
—¿Entonces? —pregunté a mi padre—: ¿Adónde vamos a ir ahora
por un café?
—No sé —respondió—. Parece que se terminó una época. Esa noche hubo una serie de ejecuciones en el barrio de Petaquillas, cerca de La Italiana. Acribillaron a varias personas, trabajadores de las imprentas que por esos rumbos mantenían abiertos los negocios hasta las diez de la noche. En esa semana se incendiaron varios locales comerciales de la zona: un restaurante filipino, un taller mecánico, una estética regenteada por una travesti que apodaban Rubí; una zapatería, una tienda de plásticos y una talachería. Mi padre me recomendó que no llevara clientes a ese barrio ni que me diera vueltas por ahí buscando pasaje porque estaban robando los autos para hacer otros trabajos: secuestros y montones de cosas más. Podría pensarse que todo fue una epidemia. No le creí a mi padre en ese momento, pero en el radio civil del taxi escuchaba todo lo que compartían los compañeros y comprendí que las cosas estaban fuera de control no sólo en esa zona, la que colinda con el histórico Fuerte de San Diego. Pensaba en todo aquello y fue entonces que me quedé viendo la lámina de asbesto desde la cama, entendí el sentido de aquella frase que ofrecía un significado mucho más contundente: El fin de una época. Esa idea se agitaba en mí como una bandera. En 1992 se terminó lo dorado de Acapulco. EP
Federico Vite, La rendición, Almuzara, México, 2025.