La vocación diplomática: memoria y oficio de Héctor Cárdenas

Las memorias del embajador Héctor Cárdenas Rodríguez ofrecen una mirada a la diplomacia mexicana como vocación cultural y servicio público, en diálogo con los grandes procesos del siglo XX.

Texto de 27/03/26

El viento de los precipitados paisajes

Las memorias del embajador Héctor Cárdenas Rodríguez ofrecen una mirada a la diplomacia mexicana como vocación cultural y servicio público, en diálogo con los grandes procesos del siglo XX.

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Frente a la degradación de la vida pública en México y en muchos rincones del mundo, y ante un banco de niebla donde la ignorancia y el aldeanismo —en su peor acepción— parecen dominar el paisaje, encontrar el libro El viento de los precipitados paisajes. Memorias de un diplomático, del embajador Héctor Cárdenas Rodríguez, es una oportunidad para valorar la marcha —sabia, no exenta de sorpresas y riesgos— que existe entre un hombre y la diplomacia.

El libro, de 510 páginas, dividido en 14 capítulos y un epílogo, además de un breve recorrido fotográfico, no pretende ser la bitácora de un diplomático de carrera, sino el testimonio de una vida entregada a la mística del servicio público en México. Cárdenas, como muchos diplomáticos mexicanos y extranjeros, no apeló al ingreso al Servicio Exterior como una oportunidad de “chamba”, sino como plataforma de una auténtica vocación.

Destaca que, en un acto de sinceridad, el autor reconoce su origen y lo resalta con emoción, conocimiento y una serie de datos históricos que remiten a su cuna en Monterrey, la Sultana del Norte. Frente a un Estado que, bajo la pesada losa del centralismo, anula —muchas veces sin pretenderlo— voces del interior de la República, Cárdenas no resiste escribir de su terruño, en el momento en que iniciaba su largo camino para consolidar a Monterrey como emporio industrial.

De la tierra de Alfonso Reyes, el joven Cárdenas gozó de la impronta de las letras y de un entorno familiar cercano a las artes. Si los nutrientes son esenciales para el organismo biológico, las letras, las tertulias y la búsqueda de conocimiento —más allá de los grados académicos— fueron en Cárdenas el cimiento de su carrera diplomática. Un auténtico diplomático ilustra el andamiaje cultural como instrumento de su misión, pero también como acoplamiento entre cuerpo y espíritu. Como tantos hombres de letras que abrazaron la diplomacia, Cárdenas es un hombre cuya mirada al mundo comenzó leyendo, escuchando y debatiendo.

El libro es un recordatorio del valor de los funcionarios civiles que integran un cuerpo de Estado con riguroso escalafón, como el Servicio Exterior Mexicano (SEM), que incluso antes que las Fuerzas Armadas es la primera trinchera para defender y promover los intereses de México en el mundo. Cárdenas ingresa al SEM por examen riguroso y es testigo, hasta su retiro, de reformas paulatinas —muchas a cuentagotas— que han sostenido la diplomacia mexicana.

En un México con crecimiento superior al 6% anual, bajo un mandatario como López Mateos —quien se definió “de izquierda, pero dentro de los límites de la Constitución”— y abrió la mirada presidencial al mundo de la posguerra, Cárdenas fue testigo de la presencia de estadistas que también fueron héroes de guerra, como Charles de Gaulle o el mariscal Tito de la ex Yugoslavia. Hubo tensiones propias de la Guerra Fría, pero buena parte del mundo entendía que el cauce para evitar otra sangría era la diplomacia. En ese contexto, la generación de Cárdenas contó con un paraguas global, mientras su compromiso con México era expandir sus capacidades más allá de su relación estratégica con Washington.

El libro ofrece una prosa libre, sin artilugios académicos ni barroquismos innecesarios. Los capítulos funcionan como estaciones de vida que ilustran la madurez de un diplomático y de un mexicano universal. Desde la cosmovisión regiomontana hasta el arrullo del Nilo, pasando por un París sartreano, un Londres en ebullición libertadora, la apacible Ginebra, una histórica Filadelfia, el novedoso Moscú soviético, la brisa de Dakar o el desierto arábigo, el lector encuentra un itinerario vital y profesional bien aprovechado, en el sentido de Séneca: la suerte como punto de encuentro entre preparación y oportunidad.

Una de las razones por las que cualquier apasionado de la historia mexicana y de su devenir ante la comunidad internacional debe privilegiar este libro es la capacidad del autor para insistir en que la vocación por lo global es una imperiosa necesidad política, económica, cultural y social para esa palabra que se ha convertido en una quimera y un anhelo para México: la diversificación. En magníficos ejemplos, el embajador Cárdenas sabe comunicar el entorno que le tocó vivir, así como los asegunes, desafíos y oportunidades que enfrentó, primero en la soltería y después como hombre de familia. La voz empírica hace que, más que una autobiografía, el libro sea el testimonio del devenir del siglo XX y de la entrada a un nuevo siglo que parecía, desde la óptica de Francis Fukuyama, el fin de la historia, donde la democracia y el libre mercado seguirían su cauce.

Es prodigiosa la oportunidad del mensaje de cualquier hombre o mujer en el poder, donde resultan dos factores: la naturaleza perecedera del poder —o por el poder— y que nadie se debe solo a sí mismo. El autor lo reconoce y da cuenta de sus tiempos en cada adscripción, además de su retiro, riguroso y debatible (le tocó a los 65 años; hoy es a los 70, mientras que, de forma cuestionable, se nombran embajadores mayores de 85 años desde el ámbito político). El libro recrea una de las palabras más bellas del castellano: la serendipia, que la Real Academia Española (RAE) define como “hallazgos valiosos que se producen de manera accidental o casual”. Al lector le tocará descubrir esa dimensión, pero una señal —además de los excepcionales amigos del autor— fue la fortuna de haber tenido jefes de la talla de Eduardo Suárez Aranzolo en la embajada de México en Londres o de Fernando Solana Morales en la cancillería.

Al hombre lo forman las lecturas, pero también los diálogos con personalidades excepcionales. La obra es fecunda en ejemplos; de ahí una súplica tardía: habría sido pertinente que la publicación incluyera un índice onomástico de personajes y lugares. Cárdenas, en un ejercicio de humildad, debe reconocer que no cualquiera podría sostener un diálogo con un miembro de la realeza británica, con el legendario Rudolf Nureyev, con Margot Fonteyn, Rufino Tamayo, Arafat o Naguib Mahfuz, el único Nobel de literatura en árabe. Más allá de su testimonio, el escritor-diplomático ofrece un ejemplo de que la diplomacia no debe ser un ejercicio de burócratas, sino una plataforma donde la palabra y la cultura sean capaces de elevar entendimientos, crear nuevos puentes y hacer lo que a veces no puede el poder convencional.

Frente a un mundo convulso, donde “la única certeza es la incertidumbre” que envuelve a las instituciones multilaterales, Cárdenas es de los pocos mexicanos que presenció in situ la Guerra Fría: de Washington a Moscú. Esa experiencia es notable por ofrecer un balance desde la óptica mexicana, un ángulo que debe revalorizarse en un presente donde las plazas del SEM son escasas y se privilegian visiones externas. Para entender el nuevo impulso hegemónico de Washington, la grandeza en pies de arcilla de la actual Rusia y las pistas del laberinto de Medio Oriente —con la crisis de Irán—, la lectura de las memorias del embajador Cárdenas resulta obligada.

Frente a la fructífera carrera diplomática del autor, sobresale un descubrimiento desde su juventud. Jorge Luis Borges, en el prólogo de Los demonios, escribió: “Como el descubrimiento del amor, como el descubrimiento del mar, el descubrimiento de Dostoievski marca una fecha memorable de nuestra vida”. Cárdenas Rodríguez descubrió a Dostoievski y a los gigantes de la literatura rusa, más allá de zares, del Politburó o de quienes mandan en el Kremlin. Ello lo llevó a aprender ruso y a conocer de cerca la cultura eslava y la intensa historia rusa. Si la bibliografía de México y Rusia cuenta con el privilegio de la pluma del embajador Cárdenas, es de lamentarse que, por razones ajenas a él, no haya sido embajador en Moscú. Veinte años antes del “mayor desastre de la geopolítica que fue la desaparición de la URSS”, como sentenció Vladimir Putin, las páginas donde aborda el agotamiento del modelo soviético invitan a una relectura.

Para quienes insisten en la diversificación de México en el ámbito político y cultural, la experiencia en Senegal resulta particularmente pedagógica. Como buen embajador, Cárdenas busca recursos para descubrir oportunidades; una de ellas, los votos africanos en la ONU, pero también el apostolado de un México global que reconoce en África una raíz de su cultura, especialmente en Veracruz y Guerrero, como lo señala el autor. La épica de Gaspar Yanga, libertador de esclavos en territorio veracruzano, ejemplifica esa riqueza africana en México.

Una acotación caprichosa podría hacerse al título del libro, pero El viento de los precipitados paisajes fue, sin duda, viento favorable para un diplomático con brújula que comparte su experiencia enriquecida en cada paso del escalafón, así como la de un hombre sensible y ahora pintor. El libro es también un homenaje a mexicanos eminentes que, desde la política, la diplomacia y la cultura, construyeron con el autor una relación en favor de los más altos intereses de México.

En el epílogo marca un Finis coronat opus de extraordinaria densidad: México no puede ser una isla en el mundo. Alfonso Reyes, insigne diplomático y escritor regiomontano, lo expresó con claridad: “sólo se puede ser provechosamente nacional si se es generosamente universal”. El embajador Héctor Cárdenas Rodríguez encarna esa máxima. Un proverbio hindú menciona que “un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora”. Memorias de un diplomático es, ante todo, un libro abierto para quienes creen en la diplomacia —la real, no la de oropel— como vocación capaz de articular las mejores causas, y no como recurso de ocasión para lo intrascendente en el caudaloso río de la simulación. EP

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