México-Estados Unidos: un ciclo previsible de crisis para 2026

Ninfa M. Fuentes Sosa examina cómo las amenazas arancelarias y la falta de aprendizaje institucional profundizan la incertidumbre en la integración económica entre México y Estados Unidos.

Texto de 12/01/26

Ninfa M. Fuentes Sosa examina cómo las amenazas arancelarias y la falta de aprendizaje institucional profundizan la incertidumbre en la integración económica entre México y Estados Unidos.

El balance de 2025 evidencia que, frente a la confusión y desorganización que pareciera haber caracterizado la integración económica en México, existen patrones de volatilidad. Desde 2019, las crisis bilaterales se concentran en pocos temas y escalan cuando Washington las ata a amenazas arancelarias. Se cierra un conflicto y pronto aparece otro. Muchos choques se podrían anticipar porque el mecanismo se repite. México, sin embargo, responde caso por caso y con medidas principalmente reactivas, lo que limita el aprendizaje institucional para el siguiente episodio. De cara a 2026, esa pauta aumenta la incertidumbre en la integración económica y afecta la capacidad de México para atraer inversión dentro de América del Norte.

Temas sensibles y amenazas arancelarias explican la previsibilidad

Algunos  de los factores comunes son los temas alrededor de los cuales se desarrollan estos episodios. La agenda bilateral incluye migración, seguridad y narcotráfico; en diciembre de 2025 incorporó también el agua, en el contexto del Tratado de 1944 y del rezago en las entregas a Texas. Estos frentes concentran la atención política en ambos países; cuando aumenta la tensión, generan respuestas rápidas y, cada vez más, reavivan la posibilidad de adoptar medidas comerciales coercitivas.

Washington expresó públicamente esta estrategia. El 30 de mayo de 2025 Donald Trump anunció un arancel de 5 % a todas las importaciones mexicanas a partir del 10 de junio y advirtió que lo escalaría hasta 25 % en octubre si México no frenaba la migración irregular. Ocho días después, ambos gobiernos anunciaron un acuerdo y Trump escribió que “los aranceles programados a partir del lunes contra México quedan suspendidos indefinidamente”. México aceptó reforzar controles migratorios y desplegar la Guardia Nacional en la frontera sur. La lección fue clara: Washington podía influir en el acceso comercial previamente establecido para lograr un resultado migratorio específico.

El agua mostró que la estrategia no se limitaba al tema de la migración. Tras años de sequía y estrés hídrico, México llegó a diciembre de 2025 con un déficit en la entrega de agua a Texas bajo el Tratado de 1944. Entonces Trump amenazó con un arancel de 5 % si México no cumplía. México respondió con liberaciones de agua y con un calendario que se extiende hasta 2026. Las condiciones lo hacían un episodio anticipable: un ciclo quinquenal, escasez persistente y presión política en Texas, con una Casa Blanca dispuesta a sancionar comercialmente. Washington volvió a convertir un incumplimiento en un tema no comercial en amenaza arancelaria.

En 2025, Washington volvió a ligar migración y fentanilo con presión comercial, amenazando con imponer aranceles de 25 % a las importaciones mexicanas bajo el argumento de que México no hacía lo suficiente contra la migración irregular y el tráfico de fentanilo. La Casa Blanca retomó esa lógica en una fact sheet oficial y citó una promesa de Trump de imponer “un arancel de 25 %” a México y Canadá “hasta” que se detengan las drogas, “en particular fentanilo”, y la migración irregular. El mensaje se repite: cuando estos temas suben en prioridad política en Estados Unidos, la amenaza arancelaria se vuelve instrumento de negociación. México puede anticipar esa dinámica. Lo costoso es llegar sin prevención.

Sin aprendizaje institucional, la vulnerabilidad se mantiene

El gobierno de México tiende a cerrar con distintos niveles de eficacia los conflictos, pero rara vez institucionaliza lo aprendido; suele responder con medidas puntuales para contener la urgencia, sin convertir la salida de emergencia en reglas, coordinación o capacidades permanentes. En 2019, México reforzó temporalmente el control migratorio para desactivar la amenaza arancelaria. En 2025, la agenda regresó con presiones comparables. Algo similar ocurrió con el agua: el acuerdo anunciado en diciembre de 2025 evitó la sanción en el momento, pero no cambió de inmediato las condiciones que producen el rezago. El episodio termina y la vulnerabilidad frente al siguiente condicionamiento comercial permanece.

A menudo, el gobierno trata cada episodio como un caso separado y no integra lo aprendido en mecanismos permanentes. México no ha consolidado instancias de aprendizaje que conecten la solución de una crisis con la prevención o incluso el manejo de la siguiente. Los grupos creados ad hoc suelen perder impulso cuando baja la tensión. Por eso, la coordinación se reconstruye casi desde cero en el siguiente episodio, en lugar de partir de protocolos y soluciones previas.

Esta falta de acumulación institucional eleva el costo de cada crisis y evita que la siguiente sea más manejable. En migración, 2019 y 2025 repitieron exigencias y respuestas parecidas (despliegues y acuerdos de contención). En agua, el déficit volvió a escalar en 2025 y dejó compromisos con fechas en 2026. Lo importante es que el mecanismo de presión permanece y, cuando se activa, México llega sin un piso institucional más alto, o por lo menos con un mayor margen de maniobra que debería al menos incorporar la experiencia previa.

Esta dinámica expone dos fallas recurrentes en la estrategia de México. El país continúa considerando la vinculación de agendas (issue linkage) como una excepción, aunque Washington la aplica como una práctica habitual. En consecuencia, México no consolida mecanismos de aprendizaje que conecten crisis sucesivas y reduzcan el costo de la siguiente negociación. Además, la falta de certidumbre institucional se vuelve un factor competitivo frente a otros destinos para atraer inversión y nuevas asignaciones de cadenas de suministro. México puede reducir los costos de la incertidumbre si convierte previsibilidad en prevención: identifica con anticipación los temas que Washington podría llevar al terreno comercial y mantiene canales técnicos permanentes, con seguimiento federal y estatal que no se agote cuando baja la presión. Sin estos ajustes, en 2026 y años posteriores, la agenda bilateral continuará generando crisis previsibles y soluciones de corto plazo, con costos repetidos que aumentan en cada iteración la sensación de incertidumbre. EP

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