El público y el Zócalo

José Antonio Aguilar Rivera analiza el significado de la reciente concentración en el Zócalo, convocada por la presidenta Claudia Sheinbaum para conmemorar los siete años de la llamada Cuarta Transformación.

Texto de 11/12/25

José Antonio Aguilar Rivera analiza el significado de la reciente concentración en el Zócalo, convocada por la presidenta Claudia Sheinbaum para conmemorar los siete años de la llamada Cuarta Transformación.

En una era de comunicación virtual es sorprendente que algunos aspectos territoriales de la política se hayan mantenido constantes. Esto es notable cuando el gobierno representativo ha evolucionado en lo que el teórico político francés Bernard Manin llamó la “democracia de audiencia”. El concepto describe una transformación en la cual la política pasa de estructuras centradas en los partidos a un espectáculo personalizado que tiene lugar en los medios de comunicación y la opinión pública. Este tipo de democracia se basa en una conexión directa entre los políticos y el público. Se caracteriza por la vaguedad en las plataformas políticas y por el papel que desempeñan en las campañas los expertos en medios. Los programas ideológicos partidistas se borran o de plano desaparecen. La democracia de audiencia surge de los sistemas partidistas tradicionales y pone en el centro al político que busca capturar la atención del público. 

Hay una clara afinidad entre la democracia de audiencia y el populismo, pues en éste el líder no sólo es central, sino que se convierte en la viva encarnación del pueblo. Se establece así una comunicación personal, no mediada, entre el político y el “pueblo”. La efectividad del recurso explica por qué las conferencias “mañaneras” han sobrevivido al cambio de gobierno. En ese contexto, la vieja práctica de llenar el Zócalo de la Ciudad de México de simpatizantes para mostrar apoyo a un personaje o a una política determinada parecería anacrónica. En parte porque en la era de la comunicación masiva el número de participantes en un acto no refleja el verdadero apoyo de la población. El mensaje mismo de “llenar el Zócalo” ha variado en el tiempo. Durante muchas décadas lo que esto medía era la disciplina y la capacidad de movilización de los sectores organizados del régimen autoritario posrevolucionario. No era un fenómeno ciudadano sino corporativo. Los líderes de sindicatos y organizaciones deseaban demostrar que tenían el control de sus afiliados y que podían prestar valiosos servicios políticos y electorales al gobierno en turno. Desafiar esa dinámica –y reclamar para sí otra forma de movilización social– se convirtió para la oposición en uno de sus principales objetivos simbólicos. La sociedad civil que se “organizaba” –para utilizar la frase de Carlos Monsiváis en los años ochenta del siglo pasado– quería demostrar que era posible la manifestación libre. Así se construyó un tipo de movilización clientelar interesada –no voluntaria–, el “acarreo”; y otra, genuina y auténtica, la de las marchas ciudadanas. El verdadero apoyo popular se medía entonces no por el mero número de personas reunidas en la plancha del zócalo, sino por el carácter y la motivación de los participantes.

El regreso a la autocracia ha insuflado nueva vida a esa dinámica proveniente de nuestro pasado autoritario. Las líneas generales del guión son bien conocidas. El 6 de diciembre la presidenta Claudia Sheinbaum convocó a una concentración en celebración de los siete años del nuevo régimen. La prensa oficialista de La Jornada celebró: “Zócalo desbordado por el festejo de los 7 años de la transformación”. Desde horas antes del mitin, “las calles de los alrededores lucían desbordadas por grupos de personas de diversos estados que acudieron a manifestar su respaldo a la mandataria”. La prensa crítica, por su parte, mapeó la plancha del zócalo y documentó cómo las organizaciones de petroleros, electricistas, maestros etc. se habían disputado ferozmente los espacios. Entre “empujones, cintas improvisadas y banderas usadas como estacas, el corporativismo histórico volvió a ocupar la plaza pública como si nunca se hubiera ido”. La lógica política era previsible: “para grupos disidentes, el despliegue fue una demostración pública de músculo que buscó mandar un mensaje directo a Palacio Nacional: unidad y disciplina a cambio de protección, contratos colectivos, presupuesto, estabilidad y silencio ante cuestionamientos por corrupción. ‘Aquí todos vienen a mostrar que siguen siendo útiles’, murmuró un trabajador de Pemex mientras sostenía una bandera del STPRM que apenas podía mantenerse erguida entre la multitud”. 

El carácter faccioso del populismo fue evidente: en esa manifestación no hubo grupos de choque vestidos de negro, ni vallas y, sí, se izó la bandera nacional. En su arenga la presidenta habló de sí misma en tercera persona al desnacionalizar a sus críticos: “se ha demostrado que […]  por más intentos de hacer creer al mundo que México no es un país libre y democrático, por más comentócratas o supuestos expertos que inventen historias de ficción, por más alianzas que quieran tejer con el conservadurismo nacional y extranjero, por más que hagan todo eso, no vencerán al pueblo de México ni a su presidenta”.

Sin embargo, ahora como hace cuarenta años, no es claro qué significa la manifestación oficialista. El escepticismo histórico frente a esas acciones ha vuelto a sentar sus reales entre nosotros. Por eso, La Jornada consignó diligentemente que entre los manifestantes algunos llevaban camisetas con la leyenda “no soy acarreado”. El sociólogo Alberto Olvera captura en un análisis la duda fundada: “las recientes movilizaciones disputan la narrativa populista del pueblo unitario, que no puede ser convocado mas que por su líder, la presidenta. La gran concentración oficial, sin embargo, no fue mas que un autoengaño. ¿Puede considerarse un acto de apoyo a la presidenta una movilización abiertamente corporativa, organizada desde el poder para el poder?” 

Como un indicador simbólico, el objetivo de llenar el zócalo parecería problemático tanto para el gobierno como para la oposición. La reedición de las viejas prácticas clientelares del antiguo régimen hace poco creíble que el acarreo sea una muestra auténtica de apoyo popular y pone en tela de juicio el grado de entusiasmo real, no manufacturado, por el gobierno que subsiste en la población. Por otro lado, para la oposición la dura lección de las mareas “rosas” del sexenio pasado es otra: aunque ocasionalmente pueda movilizar a miles de ciudadanos en defensa de la democracia, eso no hace mella en la máquina electoral del oficialismo. También los críticos del gobierno a menudo son víctimas del espejismo de que un Zócalo lleno da cuenta de un país entero. Descubrir que la plaza no es un indicador confiable del sentir mayoritario ha producido desconcierto y desánimo entre las clases medias, particularmente después de las elecciones de 2024. Parecería que todos los actores políticos y sociales son presa del embrujo nostálgico del Zócalo. Tal vez haríamos bien en despertar y marchar por otros derroteros. EP

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