Comer lo que se debe o lo que se puede

En este reportaje, el autor hace un recuento histórico de la geopolítica, la evolución de las políticas públicas y los conceptos que giran en torno a un problema que resulta tan apremiante como paradójico: la alimentación.

Texto de 04/01/21

En este reportaje, el autor hace un recuento histórico de la geopolítica, la evolución de las políticas públicas y los conceptos que giran en torno a un problema que resulta tan apremiante como paradójico: la alimentación.

Desde hace meses, casi a diario, las autoridades de salud nos han informado que la alta tasa de mortalidad del COVID-19 en México se debe a las comorbilidades[1], en especial obesidad y diabetes. Dicho de otra manera, que la culpa es de lo que comen las y los mexicanos; sin embargo, existen datos oficiales que nos darían respuestas diferentes y otros ángulos para atacar el problema, como, por ejemplo, que el 71% de los muertos por COVID-19 tienen una escolaridad de primaria o inferior[2].

“¿Qué quiere decir eso?, que ese 71%, visto como un indicador socioeconómico, pertenece a los sectores más bajos de la población y a los sectores que tienen empleos no remunerados y, si son remunerados, lo más seguro es que sean empleos informales”, explica Miriam Bertran, investigadora de la UAM-Xochimilco —y referente obligado en antropología de la alimentación en México—, quien concluye que el problema tiene una mayor relación con la pobreza y la inseguridad alimentaria que con la obesidad y la diabetes: enfermedades vinculadas actualmente con la falta de comida y no tanto con su exceso.

De acuerdo con el Programa Mundial de Alimentos[3] (PMA) de Naciones Unidas, cada vez hay más indicios de que aquellas personas que padecieron desnutrición durante largos periodos, desde que estaban en el vientre materno y durante los dos primeros años de nacidos, son personas que a lo largo de su vida estarán predispuestas a sufrir obesidad y enfermedades relacionadas con ella. De acuerdo con la organización ganadora del Premio Nobel de la Paz 2020, en Brasil, Chile y México los índices de obesidad son más altos entre las personas de bajos ingresos. Esta tendencia va en aumento en toda América Latina y el Caribe, donde anualmente se suman 3.6 millones de personas obesas, siendo más afectadas las personas de menores ingresos, las mujeres, las y los indígenas, afrodescendientes y las familias rurales[4].

En 2018 el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) estimó que 25 millones de personas, el 20% de la población mexicana, estaban en pobreza alimentaria. A finales del año pasado reportó que entre el primer y tercer trimestre del 2020, el ingreso laboral real tuvo una disminución de 12.3%, teniendo como consecuencia que la pobreza laboral (aquellas personas cuyo salario es inferior al valor de la canasta alimentaria) aumentara de 35.7% a 44.5%.

“Esto te indica que en el escenario de la pandemia para el 2021 es muy posible que esa proporción de personas en carencia alimentaria vaya a ser muy superior al 20% proyectado en 2018”, señala la economista Margarita Flores de la Vega, del Programa Universitario de Estudios del Desarrollo de la UNAM. Asegura, además, que se debe tener en cuenta que nadie utiliza el 100% de su ingreso sólo en comida, por lo que la inseguridad alimentaria de esas personas será todavía mayor.

La geopolítica del hambre

Como muchas de las crisis de alimentos de la humanidad, la que dio origen al término de seguridad alimentaria empezó con una guerra. Corría el año de 1973 y, en medio de los días santos del Ramadán para los musulmanes, y de Yom Kippur para los judíos, Egipto, Siria e Israel se vieron involucrados en un conflicto armado que —como todos los de la Guerra Fría— tuvo aliados de uno y otro lado de la Cortina de Hierro.

Los estados árabes perdieron y ante la falta de poder militar respondieron contra las naciones occidentales (Estados Unidos, Inglaterra y Francia) que apoyaron a Israel, con aquello sobre lo que tenían control: hidrocarburos, así los miembros de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) realizaron un embargo de petrolero en 1974.

Con esta acción se inauguró una nueva etapa donde se usaron las commodities con fines bélicos. La respuesta fue casi inmediata, el entonces secretario de agricultura de Estados Unidos, Earl Butz, declaró que “la comida es un arma”. Con esto se dejaba en claro que Estados Unidos estaba dispuestos a usar los alimentos para presionar políticamente, tal como lo habían hecho los de la OPEP con el petróleo.

El embargo tuvo severas consecuencias económicas, sobre todo porque el hidrocarburo es la fuente energética principal para la producción agropecuaria y para las cadenas de distribución de alimentos. Dicha crisis se conjuntó con una escasez temporal de cereales en el mundo debida a problemas meteorológicos, “lo cual fue suficientemente fuerte para darse cuenta de que había una falta de alimentos básicos circulando en el mundo y fue tan importante que motivó a que el G77 convocara una cumbre para tratar el tema”, recuerda Margarita Flores de la Vega, quien fue directora del servicio de seguridad alimentaria de la FAO en Roma.

Así tuvo lugar la primer cumbre sobre alimentación en 1976. En ese momento, cuenta Flores de la Vega, “la seguridad alimentaria estaba preocupada más que nada por la oferta, ¿hasta dónde había oferta suficiente para responder a la demanda de la población mundial?”. De esta manera se privilegió la producción por encima de cualquier otra cosa. No pasó mucho tiempo para que el mundo se diera cuenta de su error: en 1981 el economista indio Amartya Sen publicó el ensayo titulado Pobreza y hambrunas donde demostró que, a pesar de existir sobreproducción de alimentos, seguía habiendo hambre derivada de las desigualdades en los mecanismos de distribución de los mismos.

Para 1996 se realiza la segunda Cumbre Mundial de la Alimentación, en esta ocasión, cuenta Margarita Flores, el foco de la seguridad alimentaria ya estaba centrado en la demanda. El economista Gustavo Gordillo, quien formó parte del equipo de la FAO que redactó los documentos iniciales, relata que “para llegar a una conclusión a mí me tocó trabajar a lo largo de dos años, pero, en realidad, sumando el esfuerzo de las personas involucradas, fue un proceso de más de 10 años”. El mayor problema radicaba en que se pusieran de acuerdo los 190 países de la FAO: “se necesitaba que las grandes potencias estuvieran incluidas en el consenso”, explica el especialista en temas rurales y análisis político.

Entre las posturas de los diferentes bloques estaban, por un lado, Estados Unidos, Australia, Argentina y algunos países europeos, como Hungría, que consideraban que era innecesaria cualquier definición del concepto Seguridad Alimentaria, y que sería el mercado quien decidiría la producción y cómo se alimentaría la gente. En el extremo opuesto estaban países de la Unión Europea y el grupo de los 77, que son fundamentalmente países de Asia, África y América Latina, lo que se conoce como el Sur Global. Planteaban que debía haber una planificación desde el Estado. En tercer lugar, cuenta Gustavo Gordillo, “estaban países como los nórdicos europeos que mantenían una posición de equilibrio y mucho puenteo entre las diferentes visiones. Canadá jugó un papel increíble para negociar entre posturas irreductibles”.

Finalmente se llegó a un definición que es la que se usa hoy día. Seguridad Alimentaria: a nivel de individuo, hogar, nación y global se consigue cuando todas las personas tienen en todo momento acceso físico a suficientes alimentos innocuos y nutritivos para satisfacer sus necesidades alimenticias y sus preferencias en cuanto a sus alimentos a fin de llevar una vida activa y sana.

Con el tiempo también se fue incorporando el concepto de vulnerabilidad, “no como definición, pero sí como parte de la visión operativa”, explica Gordillo. La vulnerabilidad indica que cualquier persona que esté por arriba del ingreso mínimo de seguridad alimentaria lo puede perder por varias razones: por un desastre natural, por factores de riesgo que pueden ser políticos o económicos, etcétera. “Entonces la vulnerabilidad es muy importante si hablamos de personas que se encuentran en el límite”, concluye Gordillo.

“Como muchas de las crisis de alimentos de la humanidad, la que dio origen al término de seguridad alimentaria empezó con una guerra.”

El derecho a comer… bien

Al tiempo que se desarrollaba el concepto de seguridad alimentaria las organizaciones sociales empezaron a discutir sobre su pertinencia. Sentían que, de alguna manera, se estaba favoreciendo un modelo tecnológico basado en agroquímicos y semillas artificiales, lo cual terminaba por dañar al medio ambiente, además de reconocer “que los alimentos son un arma política y no sólo se trata de un tema económico”, explica Gustavo Gordillo.

A la cabeza de esto estuvo Vía Campesina junto con un gran número de organizaciones que acuñaron el concepto de soberanía alimentaria, que defiende como “el derecho de los pueblos, de sus países o uniones de estados a definir su política agraria y alimentaria, sin dumping frente a países terceros. Lo que incluye el derecho de los campesinos a producir alimentos y el derecho de los consumidores a poder decidir lo que quieren consumir, y cómo y quién se lo produce”. Para lograrlo es indispensable el libre acceso a las semillas, y mantener el agua en su calidad de bien público que se reparta de una forma sostenible.

Con el tiempo, y como un puente entre los organismos internacionales y las organizaciones sociales, el marco de la seguridad alimentaria se ha ido complementando con el derecho a la alimentación contenido en el artículo 25 de la Declaración de los Derechos Humanos: “Esto le agrega una perspectiva interesante, ya no es sólo importante que tengas alimentos suficientes sino también cómo los adquieres. Tenemos derecho a tener acceso a los alimentos de formas que nos parezcan dignas”, explica Ayari Pasquiere Merino, Investigadora del Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades de la UNAM.

Junto con estos dos, que son los principales, hay una serie de conceptos y discusiones que buscan explicar y resolver —en términos analíticos y de políticas públicas— por qué hay una proporción importante de la población que no come lo suficiente en términos de cantidad, o no come lo suficiente en términos de calidad. Así nos encontramos con conceptos como el de autosuficiencia alimentaria —la cual se alcanza cuando se satisfacen las necesidades alimenticias mediante la producción local, y que generalmente suele ser un objetivo de las políticas nacionales—, justicia alimentaria, subalimentación crónica, emaciación, etcétera.

Otro concepto importante, señala Ayari Pasquiere, “es el de justicia alimentaria que se usa más en Estados Unidos y que hace referencia al hecho de que en aquel país hay una situación de marginación alimentaria bastante fuerte en algunas poblaciones, en un contexto donde la malnutrición invade todas las estadísticas. Con ello tenemos una doble carga en la que todavía no se ha superado la falta de alimentos y esto se junta con una serie de problemas de salud vinculados al acceso de alimentos de baja calidad, lo cual se traduce en obesidad, diabetes e hipertensión, etcétera”.

Y es que el problema alimentario está lleno de paradojas como la anterior. Por ejemplo, como señala Pasquiere Merino, “comer sano y al mismo tiempo salvar al planeta no siempre es compatible”. Si bien hoy día todas las personas hemos escuchado el gran problema medioambiental que implica el alto consumo de proteína animal en el planeta, solucionarlo no es tan fácil como dejar de comer carne. “Hay un auge de los ultraprocesados que sustituyen a los alimentos con proteína animal, ya sea lácteos o cárnicos, pero no son inocuos. Basta con ver el desastre ambiental por toda la producción de almendras”.

Ahora para comer bien no sólo es necesario tener comida de calidad, inocua y que la gente tenga acceso a ella, también es necesario que sea culturalmente pertinente.  Un ejemplo en México sucede con la soya texturizada, que, a pesar de ser muy nutritiva, es rechazada por la gente. “En una comunidad Náhuatl sucedió que se la daban a la gente y no sabía cómo prepararla, la veían y la olían y decían: ‘Esta es comida para ganado’”, cuenta Lisa Grabinsky, Coordinadora de Proyectos en Sistemas Alimentarios de la ONG Ethos.

Sembrando desigualdad

Por su parte, la agroindustria sigue manteniendo el discurso de que a mayor producción mayor seguridad alimentaria, lo cual es falso. Por citar algunos ejemplos: dentro de los países con una mayor producción agrícola según la OCDE se encuentran Brasil (3º), Tailandia (7º) y México (10º). Sin embargo, de acuerdo a la FAO, en Tailandia el 9.3% de la población sufre de subalimentación o hambre crónica, en México esa cifra es del 7.1% y en Brasil del 2.5% (lo que equivale a 8.5 millones de personas en esta situación, como si todo el estado de Jalisco tuviese hambre crónica).

Además, según determinó Oxfam (Comité de Oxford de Ayuda contra el Hambre, por sus siglas en inglés), esa gran producción agrícola está en manos de un puñado de empresas agroindustriales. Por ejemplo: “En 2003 las cuatro grandes empresas comercializadoras de granos alimenticios, Archer Daniels Midland, Bunge, Cargill y Louis Dreyfus —llamadas las ABCD— controlaban el 75% del comercio mundial de cereales”[5]. En el caso mexicano, los cinco estados de la frontera norte, más Durango y Sinaloa, concentran el 50% de la producción agrícola del país, según la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER). Por lo que no es de extrañar que mientras que México crecía como potencia agroindustrial, también crecía la inseguridad alimentaria grave a moderada del país, que pasó de 27.4% (en el periodo 2014 a 2016) a 34.9% (de 2017 a 2019).

El problema es multifactorial. En el Programa Sectorial de Desarrollo Social 2013-2018, se aseguraba que “en el periodo reciente, entre los causantes principales de los elevados niveles de pobreza de la población se encuentra el crecimiento de los precios de los alimentos que ha repercutido en el poder adquisitivo del ingreso de las familias”. De acuerdo con el mismo programa, “si bien México es el octavo productor mundial de agroalimentos y las exportaciones agroalimentarias muestran un gran dinamismo, la producción nacional es insuficiente para abastecer la demanda interna de algunos alimentos básicos”.

En su libro Inseguridad Alimentaria y Políticas de Alivio a la Pobreza, la economista Blanca Rubio señala que, en nuestro país, “el impulso y la continuidad de las políticas de corte neoliberal, centradas en favorecer los intereses de las empresas agroalimentarias, trajeron consigo que se profundizaran la exclusión productiva de los campesinos, la dependencia alimentaria, la migración y la pobreza rural”. La anterior situación se vio agravada, asegura la economista, “por la competencia de los bienes importados, lo que lleva a que [los campesinos] no encuentren mercado para sus productos, o a que se los compren a precios tan bajos que les impiden reiniciar el ciclo productivo”.

A esto hay que agregar lo que Margarita Flores llama “la ganaderización de la agricultura”. Esto es que buena parte de lo que se siembra en México no es destinado al consumo humano, sino más bien es alimento para ganado (destinado a producción cárnica y láctea) con cultivos como la alfalfa o el sorgo; además, la mayoría las de importaciones de maíz amarillo que hace el país se utilizan para producir alimentos balanceados para animales, comenta la experta.

También se siembra soya, producto que, en su mayoría, se usa para aceites y productos ultraprocesados baratos. “El problema aquí es que siguen priorizando a quienes producen commodities, como frijol, arroz, sorgo, café y cacao. Aun cuando apoyan a pequeños productores se sigue perpetuando el esquema, y son los mismos granos que si bien aportan a la economía nacional, no aportan al bienestar de la población”, plantea Lisa Grabinsky.

Además tenemos al sector pesquero que está marginado de todos los cálculos y políticas públicas, como denuncia Esteban García Peña, director de campañas de la oficina de Oceana en México. No existe el abasto suficiente para dar de comer a las personas que dependen principalmente de la pesca y no existe la suficiente abundancia para que la gente que vive de pescar tenga ingresos o incluso tenga producto para comer.

Siendo autocrítico, Gustavo Gordillo, quien fue subsecretario de agricultura con Carlos Salinas de Gortari, apunta que “cada vez que nos viene encima una crisis como la 1995, la de 2007 o como ahora con la pandemia, se agudiza más el tema de la pobreza rural, crece más la desigualdad y nos damos cuenta de que mucho de lo que hemos hecho en el pasado no es sólido como para generar condiciones de resiliencia ni de capacidad para resistir shocks tan graves como los que hemos tenido”.

Eres gordo porque quieres

Pensemos en un señor de clase media alta, maneja un Audi y vive en casa propia. Tiene 50 años recién cumplidos, es ejecutivo en una empresa trasnacional y toda su vida estudió en escuelas particulares, le encanta el jamón de bellota y tener una buena cava; cuando viaja lo hace en primera clase y por cada vuelo se bebe media botella de whisky. Su éxito, asegura, se construyó en las cantinas de mayor renombre y son famosos los asados en su casa donde abundan los cortes grasos, los chorizos, el tuétano y los chinchulines. A veces añora sus épocas cuando jugaba beisbol, pero ahora no tiene tiempo ni para echarse unos cuantos hoyos en el golf. Este señor hoy tiene sobrepeso.

Ahora pensemos en un hombre más modesto, maneja un Mercedes Benz que no es suyo, es camionero; vive con su suegra que les dejó construir un par de cuartos en lo que antes fue un jardín; a sus 45 años tiene tres hijas que gracias a que su esposa también trabaja han logrado mandar a la universidad. Le encanta comer barbacoa los domingos con su familia, es su premio; entre semana desayuna cualquier cosa al paso, cuando puede regresa a casa a comer con su esposa, que a falta de tiempo y dinero cocina con puré de tomate de cajita y consomé en polvo o a veces sopa instantánea (todos altos en sodio). La fruta y la carne la dejan para las hijas. Ellos comen huevo y salchichas (de baja calidad) con alguna ensalada, a veces atún de lata o la soya que viene en las despensas que da el gobierno, aunque no sepa a nada; todos toman refresco porque no siempre hay agua en la llave y cuando la hay es de mala calidad. Si no puede ir a comer a la casa se compra unos tacos o se compra un tubo de galletas de 17 pesos, le gustaría comer más sano, pero la fruta no le quita el hambre. Él también tiene obesidad[6].

“Si al primer señor le dices: ‘de ahora en adelante usted debe comer tal o cual cosa’, ese señor tiene margen de acción empezando porque lo más seguro es que ni siquiera tenga que conseguir su comida. No tiene ninguna restricción económica de tiempo ni de acceso. Mientras el hombre de nivel socioeconómico bajo tiene pocas opciones al momento que le dicen ‘usted no puede seguir viviendo así’. Va a llegar y le va a decir a su esposa: ‘mira, vieja, de hoy en adelante no vas a cocinar así’, y ella le va a responder: ‘y tú me vas a dar la lana para comprar todo eso y a qué horas crees que voy a cocinarlo’, eso sin contar la presión social (bullying) de sus compañeros por estar a dieta”, analiza la Dra. Miriam Bertran.

En su informe sobre seguridad alimentaria 2020, las agencias de la ONU enfocadas en alimentación envían un mensaje firme: “una de las principales razones por las que existen millones de personas en el mundo que padecen hambre, inseguridad alimentaria y malnutrición es porque no se pueden permitir afrontar el costo de dietas saludables. Las dietas saludables costosas e inasequibles están asociadas a un aumento de la inseguridad alimentaria y de todas las formas de malnutrición, en particular el retraso del crecimiento, la emaciación[7], el sobrepeso y la obesidad”.

El mismo informe señala que las personas con inseguridad alimentaria moderada consumen un mayor número de alimentos más baratos y con un mayor número de calorías como son cereales, raíces, tubérculos y plátanos; en contraparte, reducen el consumo de carne y productos lácteos, por ser más costosos. En el caso de México se muestra un descenso del consumo de frutas y productos lácteos a medida que aumenta la gravedad de la inseguridad alimentaria, así como aumenta el de huevo.

“Pensando como alguien que vive inseguridad alimentaria, que no sabe cuando va a ser su próxima comida, entonces quieren algo que dure más tiempo en caso de que no haya qué comer a la hora de la cena, así ya sabes que hay una lata de atún o una bolsa de arroz, y eso que sucedió mucho al inicio de la pandemia”, explica Lisa Grabinsky.

El huevo es un tipo de proteína animal muy barato que dura mucho tiempo, aun sin refrigerar, a diferencias de la carne y los lácteos que necesitan, por fuerza, estar refrigerados. Eso en situación de carencia es un problema de infraestructura. Si no se tiene para comer es posible que tampoco se tenga un refrigerador o dinero para pagar la luz. Por su parte las frutas y verduras se echan a perder con relativa facilidad y requieren tiempo de preparación.

A lo anterior se debe agregar que en las zonas urbanas el acceso a alimentos frescos cada vez es más problemático, sobre todo para los sectores con más carencias. No sólo en términos económicos, sino también en términos espaciales. Por ejemplo, el tianguis con productos frescos y más baratos se pone en las mañanas cuando la gente está en el trabajo.

Esta idea de que las personas tienen la posibilidad de elegir sus alimentos y, por ende, son responsables de su peso y de enfermedades como la obesidad y la diabetes no aplica de la misma manera para todas, además de que resulta estigmatizante y divide a la sociedad en buenos y malos. “Como consumidor vas a tener una capacidad de selección, pero dentro de un abanico limitado a ciertos alimentos: económica, físicamente, por segregación espacial de muchos grupos y una segregación espacial en términos de transporte. Hay gente que vive lejos y tarda hasta cuatro horas en llegar a sus lugares de trabajo”, asegura Ayari Pasquier.

Las especialistas consultadas coinciden en que la comida industrializada debería consumirse con mucha mayor moderación, pero es casi imposible escapar de ella; sin embargo, aclaran que no es lo mismo una sopa instantánea o un cubo de consomé de pollo que unas papas fritas, incluso un yogurt, que la gente ve como saludable a pesar de que contiene más azúcares que un refresco.

A decir de Miriam Bertran, el tema de la obesidad “para unas personas va a ser el resultado de un estilo de vida determinado, para otras va a ser resultado de la seguridad alimentaria. Lo que hay que atacar no son las decisiones individuales sino la inseguridad alimentaria”.

“El problema alimentario está lleno de paradojas.”

La mano invisible del Estado

En México una de las políticas públicas más sonadas de los últimos años para combatir la inseguridad alimentaria y la desnutrición fue la Cruzada Nacional Contra el Hambre que prometía emular los éxitos de Hambre Cero del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Sin embargo, la versión mexicana no sólo fue ineficiente sino que, a la luz de investigaciones recientes, terminó por ser un programa clientelar que presuntamente desvió recursos para campañas electorales.

Si uno lee los documentos de la Cruzada Nacional Contra el Hambre, “ponían la definición de la seguridad alimentaria nutricional como marco, pero después todo se resumió en repartir una bolsa de frijoles, tres de azúcar y dos de arroz, de vez en cuando”, comenta Ayari Pasquiere. Otra de las observaciones al programa “es que no atacaba la causa, que era la falta de generación de ingreso o de capacidades para producir, porque el tema de tener acceso no es solamente que tengas dinero”, señala Margarita Flores de la Vega.

Para poder entender un poco cómo funcionan las políticas públicas es importante saber que los conceptos que les dan sustento no son neutrales. Por eso es muy importante tener claros los momentos históricos y contextuales en los cuales surgen y con qué se están peleando, en qué sentido están avanzado las políticas públicas y de qué se quieren separar.

Por ejemplo, cuando se habla de pobreza se dice que se entregan subsidios y la mirada sospechosa de que sean mal utilizados siempre está sobre quien los recibe. Pero cuando se hace referencia a los grandes empresarios, agroindustriales, y hasta trasnacionales, se dice que se entregan fomentos productivos y nadie piensa que hay corrupción o mal uso de ese dinero (que sí lo hay), y aun cuando en ambos casos se trata de transferencias de dinero del Estado a particulares, sobre las personas pobres siempre habrá prejuicios que justifiquen su condición.

También sucede que políticas públicas bien intencionadas pueden terminar por ser desvirtuadas por acuerdos cupulares o en su paso por los congresos. Ese fue el caso de PROCAMPO que terminó por ser una política regresiva. El programa planteaba otorgar recursos para la producción por hectárea sembrada a los agricultores. “Cuando lo diseñé, en 1992 Y 1993, yo había planteado que el techo fueran 20 hectáreas y el que finalmente fue aprobado fue de 100 hectáreas, lo cual generó nuevamente un mecanismo de subsidios desiguales”, recuerda Gustavo Gordillo.

Durante el gobierno de Peña Nieto hubo un ligero cambio en PROCAMPO. Luego de grandes movilizaciones de organizaciones campesinas se planteó que el límite del subsidio fuera 20 hectáreas, pero se permitía que aquellos que tuvieran más de 20 inscribieran esas en el programa y el resto no. “En cambio en este sexenio se tomó la decisión que para mí era la original: solamente quienes tienen 20 hectáreas o menos pueden participar. Así se convierte en un subsidio tremendamente igualador”, señala Gordillo.

Sin embargo, para Lisa Grabinsky no todo es miel sobre hojuelas en Producción para el Bienestar — actual nombre de PROCAMPO—, pues asegura que no ha dejado de ser un programa asistencialista, y como ejemplo señala que cuenta con un acompañamiento técnico para la transición agroecológica, “pero es optativa. Si no quieres puedes seguir usando glifosato y agroquímicos subsidiados, sembrando maíz y monocultivo y se acabó. No hay un refuerzo que haga obligatorio el cambio que sería benéfico no sólo para el medio ambiente sino también para los productores”, señala la activista.

En el sector pesquero las políticas públicas no han corrido con mejor suerte. El principal problema, explica Esteban García Peña, radica en que la pesca está considerada como un producto para cosechar y vender, por lo tanto no se contemplan la necesidad de garantizar la recuperación de los productos marítimos. La ONG Oceana reporta que cuatro de cada diez especies pesqueras en México están sobreexplotadas o colapsaron al grado de que no pueden regenerarse sin una intervención.

“En México es hasta irracional la forma en la que se dan los permisos, pero no se garantiza que esa pesca va a continuar con un proceso de restauración y eso, precisamente, nos tiene de un hilo, porque al no garantizar que va a haber pesca para el año que entra, las autoridades están cometiendo un gran daño”, señala García Peña.

Frente a este panorama uno se pregunta cómo es que los indicadores siempre muestran cifras esperanzadoras. Resulta que con el pretexto de focalizar y optimizar los recursos, se han creado categorías para detectar a los más pobres dentro de los pobres, y entonces se puede presumir que cientos de miles han salido de la pobreza extrema, pero, bajo el tapete, las cifras indican que hay millones que siguen sin tener lo suficiente para comer. EP


[1] Condición en la que un paciente tiene dos o más padecimientos al mismo tiempo.

[2] Estadísticas de mortalidad del Subsistema Epidemiológico y Estadístico de Defunciones (SEED) de la Secretaría de Salud Federal. Recopiladas por Hernández Bringas, Héctor Hiram, Mortalidad por COVID-19 en México. Notas preliminares. CRIM- UNAM, No. 36, junio 2020. 

[3] Serie de informes sobre el hambre en el mundo 2007, El hambre y la salud, WFP-PMA

[4] https://www.unicef.org/lac/sites/unicef.org.lac/files/2018-11/20181106_PanoramaSeguridadAlimentaria2018_0.pdf

[5] https://www-cdn.oxfam.org/s3fs-public/file_attachments/rr-cereal-secrets-grain-traders-agriculture-30082012-es_3.pdf

[6] La historia de este hombre  ficticia pero está basada en  Pasquier, Ayari  Modern culinary traditions for precarious times  https://www.quae.com/produit/1682/9782759232826/eating-in-the-city; un sondeo y entrevistas que realicé para el siguiente reportaje https://www.revistacambio.com.mx/nacion/el-irresistible-mundo-de-la-comida-callejera/; y en la entrevista con la Dra. Miriam Bertran.

[7]  Peso inferior al que corresponde a la estatura.

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