Antonio Moreno narra un viaje a Sarajevo a través de una crónica íntima sobre la memoria, las fronteras y las cicatrices de la guerra en los Balcanes.
Antonio Moreno narra un viaje a Sarajevo a través de una crónica íntima sobre la memoria, las fronteras y las cicatrices de la guerra en los Balcanes.
Texto de Antonio Moreno 28/04/26
Llegamos por tierra a la capital de Bosnia y Herzegovina a las 8 de la mañana, fría como la temperatura que se registra en los confines del Ártico a finales de noviembre y una neblina que no nos dejaba ver más allá de las narices. Una ciudad rodeada de montañas y cruzada por el Miljacka, un río de menguado caudal que la atraviesa con sus muchos puentes y le otorga una distinción poética al paisaje. Un paisaje intersticial: por un lado, los horrores y cicatrices de la guerra; por otro, el deseo intermitente por querer olvidar ese pasado que se niega a desaparecer.
Como si fuésemos los intérpretes de una road movie, encarnando a un aprendiz de mercader y su hijo, nuestro deseo era alcanzar el mar Adriático que baña las costas de la ciudad vieja de Dubrovnik, atestiguar si en verdad Mostar, una pequeña ciudad que nos quedaba de paso y fundada por los otomanos en la Edad Media, posee ese seductor encanto que puede convencer hasta el espíritu más sedentario para no querer irse jamás; y, finalmente, contemplar ese mar que cachetea en las costas de Croacia.
Viajamos durante toda la noche en autobús. A medida que ingresábamos por la cadena de montañas y pasábamos por pueblos que, por el mismo efecto de la oscuridad, lucían desolados, la temperatura empezaba a bajar considerablemente y el frío a calarnos un poco. Para recorrer buena parte de los países balcánicos, dada la limitada infraestructura del transporte, el servicio de buses resultaba la mejor opción. La red de carreteras por toda la ex Gran Yugoslavia había sido construida por Josip Broz Tito, quien permaneció 35 años en el poder. Un par de años más y habría sido considerado el rey guapachoso de los Balcanes. Sus carreteras y edificios, con una arquitectura que catalogan de brutalista, siguen en pie. Sin embargo, no le alcanzó para conectar todo lo que fue ese inmenso país y preservar sus líneas ferroviarias, cuya ausencia hoy se siente con melancólica nostalgia en algunas partes, como el “Tren Azul de Tito” —que no es metáfora nerudiana, pero sí una parábola política sobre el lujo para unos cuantos; quien llega al poder, sea de la ideología que sea, lo centraliza y forma su élite—.
Viajar en bus tiene sus ventajas. Un pasaje cuesta casi lo mismo que un plato de çevapi, ese manjar que puede ser la comida principal y emblemática que, pese a las diferencias y resentimientos, es la que aún mantiene vinculada a todos los Balcanes como un poderoso puente entre culturas. Son rollitos de carne de cordero que evocan a dedos humanos. Se sirven en un pan semejante al pan árabe, untado con una pasta de pimientos, yogur y cebolla; acompañados de una cerveza espumosa de Montenegro, saben aún mejor. Viajar así permite conectarte con lugares aislados y pequeños pueblos que de otra manera permanecerían ocultos. No obstante, por la fecha de nuestro viaje, con bajas temperaturas en la alta montaña, densa niebla y alertas de derrumbes, el trayecto de Belgrado a Sarajevo se extendió más de las ocho horas.
Sarajevo nos recibió con 15 grados bajo cero. Según mis cálculos, que los imprevistos siempre alteran, caminar de la estación al hotel era cuestión de 50 minutos; pero no para el taxista, que con toda franqueza me advirtió que no era buena idea, y no con la intención de ganarse unos cuantos marcos, sino que la nieve, el frío y el viento indicaban que lo más conveniente era subirse al auto y llegar en 10 minutos al céntrico hotel que nos hospedaría por un par de días. El frío no nos incomodaba tanto como el hambre y las ganas de tomarnos un par de tazas de café. Aún no olvidábamos la revisión fronteriza entre Trbusnica (del lado serbio) y Sepak (del lado bosnio), un ejercicio burocrático excesivo a esas horas de la madrugada, propio de una tortura kafkiana por lo ralentizado del trámite: “Bájense del bus, cáguense de frío que no me importa”, con un oficial de migración que me remitió a los filmes de guerra, tratando de separar en filas distintas los locales de los extranjeros, los viejos de los jóvenes, revisando cada pasaporte como si tratara de encontrar en ellos un mensaje cifrado: “Vuélvanse a subir al bus”.
Al cabo de 100 metros, otro punto de revisión, misma estrategia, distinto oficial, pero igual estilo, personalidad y tono de voz: “Bájense, vuélvanse a cagar de frío, enséñenme sus pasaportes, vuélvanse a subir”. La temperatura era más punzante que en Sarajevo porque estábamos en la parte más alta de los Alpes Dináricos, y me arrepentí luego de haber sacado el celular para tomar una foto que quedara como recuerdo de este cruce fronterizo, ocioso, inmoral, insensible; no dudé de que ese oficial, por ese gesto de general matasiete, podía detenerme y encarcelarme.
Una vez a bordo, recordé las políticas de cruce fronterizo entre Ciudad Juárez y El Paso, con agentes rabiosos, arbitrarios, impertinentes, intimidantes y burocráticos hasta la crueldad. No todos los cruces fronterizos funcionan así. Le expliqué a mi hijo que este trato, minuciosamente preparado, podría ser parte de una de las secuelas de la guerra estúpida entre Serbia y Bosnia y Herzegovina, que tuvo lugar a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, y los oficiales bosnios lo gozan con evidente satisfacción. Entre Hungría y Eslovenia, por ejemplo, el oficial de migración sube al bus, revisa los pasaportes sin que los pasajeros se tengan que bajar y sanseacabó.
El viejo taxista, cuyo nombre no recuerdo, me hablaba en su idioma como si yo lo comprendiera, mientras le respondía en inglés, aventurando darle sentido a su mensaje, como si él estuviese entendiendo lo que yo trataba de decirle. Y yo le quería decir que, como no había podido ir a una casa de cambio en Belgrado la tarde anterior, solo podía pagarle su servicio en dólares y, desafortunadamente, no en la divisa de su país.
Para otra persona que pudiese estar escuchando nuestra aparente conversación, habría podido decir que solo escuchaba ruido y poco menos. Tras sacar los 12 dólares, la negociación adquirió otro sentido, y el viejo taxista, que quizá era más joven de lo que aparentaba (por los surcos en su frente, barbado, espigado, con unas manazas arrugadas e imponentes, de casi dos metros de estatura, rasgo que no era decorativo sino genético de los balcánicos), me hizo deducir, después de ver una cicatriz indiscutible que iniciaba o concluía, según se vea, en la cara interna de su antebrazo izquierdo, justo por encima de la muñeca, que ese hombre que conducía el taxi con la lentitud de un camello pudo haber luchado contra el ejército serbio; y cuando tenía que girar el volante a la izquierda, la herida se hacía más evidente. Pero nadie en su sano juicio podría preguntar sobre las heridas físicas de los otros, aunque era más que incuestionable que estábamos ante un héroe de guerra. El sitio del ejército serbio se prolongó varios años, de 1992 a 1996, y no había forma de salir de Sarajevo.
El hombre hablaba también de manera pausada y, sin que yo comprendiera nada, asumía que me estaba dando consejos sobre cómo hacer manejable la ciudad. Por comportamientos como este la reputación de una ciudad se eleva al máximo, dejando de lado los prejuicios, y el aprecio humano se expande como el polen en primavera. Llegamos al hotel, ubicado en la zona céntrica de Sarajevo, y el taxista no se marchó hasta que nos vio ingresar. Volteé únicamente para cerciorarme si seguía ahí. En efecto, ahí estaba, el viejo taxista, con la mano en alto despidiéndose de unos extraños a quienes trató como si hubiésemos sido sus parientes.
De ese aire de invierno, en lugar de desanimarnos, percibimos que nos daba ánimos porque ya nos urgía un café y una sopa caliente cuanto antes. Para unos hablantes del español como nosotros, se nos estaba haciendo costumbre relacionar los idiomas balcánicos con conjuros o frases mágicas para abrir puertas o volar sobre una alfombra. La mayoría depende del alfabeto cirílico y algunos, como el bosnio, del latino, habiendo tomado en préstamo muchas palabras del turco por los cinco siglos de influencia cultural y religiosa otomanas. Fue entonces cuando le dije a mi hijo, en dirección a la cafetería que estaba a un costado del río, que sí me gustaría vivir para siempre en Sarajevo, una ciudad con aire limpio, reparador, rodeada de bosques, y le dije (no en broma) que no solo teníamos que ir a solicitar la ciudadanía de ese país en las oficinas de gobierno, sino, por lo menos, aprender unas 10 palabras por día.



Pese a que ese lunes era día feriado, los negocios estaban abiertos, y en el café al que recalamos, a escasos minutos del hotel, pudimos percibir el Miljacka escarchado y con algunos montículos de nieve en las orillas. A pocos metros de donde saciamos el hambre y dosificamos el frío, le advertí a mi hijo que pisaríamos el mismísimo lugar donde fue asesinado el archiduque Francisco Fernando en 1914, y que no olvidara que días antes habíamos visitado la estatua de su asesino, Gavrilo Princip, en Belgrado, quien resultó ser, hoy en día, para bien o para mal, un desconocido, porque estuvimos ahí preguntándoles a los transeúntes si sabían quién era el personaje de la estatua: ¿un rapero?, ¿un romaní para reivindicar a los gitanos?, ¿la estatua del migrante desconocido? Nada.
La región balcánica, aunque no lo parezca por todo lo que tiene que ver con sus mitos ideológicos, sus proyectos colectivos fallidos, sus líderes populistas de paja y barro, sus purgas, sus limpiezas étnicas, sus hambrunas y los deseos imperiales de los serbios, podría ser un extraordinario parque temático para los historiadores, novelistas, lingüistas, politólogos, filósofos y antropólogos. Pero Sarajevo en particular, y por extensión todo el país, es una ciudad apta para los viajeros que deseen conocer de primera mano la capacidad de resistencia, es decir, las destrezas sociales y culturales de un pueblo que nunca ha dejado de luchar por algo que no se vende ni se compra, la dignidad humana. Eso es lo que uno descubre si pone atención, desde la manera de mirar (los ojos bien abiertos de los bosnios, como si un gato te mirara) hasta en la más mínima interacción humana, como cuando una vendedora de jugo de granada, sobre la atestada avenida Ferhadija, también conocida como “la Corso”, te ofrece un vaso de un líquido tan rojo como la sangre a cambio de casi nada. Lo más sorprendente es que toda la gente mayor de 50 años sabe que está viva de milagro y que el propósito del ejército serbio era exterminar a un pueblo.
Luego de salir del café, le dije a mi hijo que alcanzáramos el Puente Latino, cruzando la calle Obala Kulina Bana. Desde allí, a no menos de 15 metros de distancia, podíamos pararnos para ver e imaginar lo que ocurrió aquella mañana del 28 de junio de 1914, justamente cuando nuestros relojes marcaban las 10:45, pocos minutos antes de que Gavrilo Princip, bosnio de origen, le disparara al príncipe heredero de la corona de los Habsburgo, esa familia reinante que era dueña absoluta de tierras, vidas y voluntades, de casi toda Europa, y los Balcanes, su laboratorio político; como si fuésemos parte de la multitud congregada, levantando banderitas y vitoreando al Habsburgo de sangre azul recorriendo el centro de Sarajevo, en un coche descapotable.
Volvimos a cruzar la calle para leer lo que dice la placa, tomar fotos y poner nuestros pies sobre esos escasos metros cuadrados que representan la zona cero más determinante del siglo XX europeo, por todo lo que ese crimen desencadenaría. De inmediato recorrimos mentalmente la ruta habsbúrgica que habíamos iniciado tres años atrás, antes de emprender este viaje por la ex Gran Yugoslavia y posteriormente todos los países balcánicos, incluyendo Grecia, Turquía, el Imperio otomano entonces, cuya imposición de usos, costumbres y creencias se tradujo con los siglos en un legado cultural muy arraigado que aún sigue palpitando de manera cotidiana, desde los préstamos lingüísticos hasta en la mesa del más modesto balcánico, y en la invitación para asistir al rezo que hace el almuecín constantemente.
Porque era inevitable recordar que habíamos visitado, tres años atrás, el castillo de Miramar, en Trieste, de Maximiliano, efímero emperador de México, y también la cripta de los Capuchinos en Viena, donde residen los restos mortales de casi toda esa dinastía, particularmente, los del asesinado en 1914, los de su propio padre, Carlos Luis, y los de su tío fusilado en Querétaro en 1867. Convendría decir que estas visitas e interacciones nos habían ayudado mucho para comprender no solo hechos históricos con sus efectos catastróficos, sino también para intuir y sensibilizarnos en nociones geográficas que muchos juzgarían básicas, pero no para nosotros, que percibíamos un acento evidente en el tema del territorio, la soberanía y las fronteras.
Ingresar a un país europeo donde la religión dominante es el islam hace inevitable meditar sobre ese impacto cultural. La gran frontera europea dio inicio con la imposición de las dinastías monárquicas, como la de los Habsburgo, que consolidaron una marcada y rígida diferenciación de clases y linajes, privilegios políticos y religiosos, donde la mayoría no era más que unos vulgares «don nadies» con apellidos típicos de vasallos y súbditos de la corona. Lo que percibía en Sarajevo era distinto a lo que atestigüé en Liubliana, Zagreb y Belgrado, sin incluir Kosovo, Skopie, Tirana y algunas partes de Bulgaria. El modo de ser estaba influido por el islam, que modela la conducta, sazona la comida y negocia la identidad. Queríamos despejar impresiones haciendo paralelismos retóricos de acuerdo con nuestro origen mexicano: ¿San Nicolás Totolapan y Uruapan se originan en México y, siguiendo esa línea identitaria, concluyen en Los Ángeles, California? Así como tampoco podíamos expresar con certeza, ¿dónde inician los Balcanes, en Eslovenia, en Viena? ¿Y dónde concluyen, en Grecia, en Moldavia, en Estambul, en La Meca, en Medina?



El almuecín empezó a llamar al rezo del mediodía mientras volvíamos al hotel a recoger los cargadores de los celulares, sin los cuales no habríamos capturado las imágenes del viaje. Después visitaríamos la mezquita Gazi Husrev-beg, la más importante de la ciudad, construida alrededor de 1530. En un par de minutos estábamos allí, observando el ajetreo de los feligreses por descalzarse e ingresar al recinto. A un costado había una oficina y nos acercamos a preguntar sobre las normas: podíamos tomar fotos, pero si queríamos entrar tendríamos que pagar 10 euros cada uno. Al cabo de unos minutos abandonamos el lugar en dirección hacia el bazar y tomar un café turco en la primera cafetería que nos topáramos. Nos lo merecíamos.
Es una percepción cultural, y por lo tanto subjetiva, decir que los balcánicos te observan con la minucia de los gatos, de la misma manera que no se reprimen para manifestar sus afectos e inconformidades. Con el café de mi hijo no hubo problema. Con el mío, en cambio, sí, ya que lo bebo un poco más cargado que el turco. Un amigo me dice que no bebo café, que bebo chapopote. El mesero se molestó por mi discreto reclamo; las chispas se sofocaron con la oportuna presencia del gerente. El temperamento balcánico es contradictorio e incluso podría ser parte del estereotipo. Sin embargo, los he percibido tolerantes respecto de otras creencias religiosas que coexisten en Sarajevo. No sé por qué tuve el pálpito de posponer para el día siguiente nuestra visita al Museo contra la humanidad y el genocidio.
Como no pude persuadir a mi hijo del plan que había empezado a maquinar, puesto que me convenció de que no podíamos aplazar esa visita por lo que había leído sobre Srebrenica durante el trayecto y porque al día siguiente nos esperaba un día movido, me acerqué a la ventanilla y pagué los dos billetes de entrada. La verdad es que quería evitar ese museo; decidí ingresar para apaciguar la curiosidad de mi hijo, y ya ahí dentro, incapaz de ver los efectos gráficos de la maldad humana, justo en la segunda sala, busqué un lugar donde pudiera, muy a mi pesar, organizar mis emociones encontradas. Me decía, mientras veía primero, a través de un monitor, las imágenes de gente que corre por las calles para llegar a algún lado, a sabiendas de que francotiradores intentan cazarlos como animales, y después otras imágenes de Srebrenica, a 70 kilómetros de donde estábamos, en las que militares serbios reúnen a una cuadrilla de niños para liquidarlos, que en esos años era yo un joven que había visto en la televisión esos hechos como si hubiesen sido escenas de una ficción cinematográfica. No pude más. Dejé que mi hijo concluyera el paseo del horror y salí a respirar aire fresco, profundamente conmovido y quebrado por dentro. Fue entonces cuando empecé a comprender algunas cosas de las que no tenía la más mínima idea sobre los Balcanes, y mucho menos la tenue diferencia que existe entre cruzar una frontera y acceder a un territorio.
Quise decirle a mi hijo que nuestro viaje por los Balcanes podía haber terminado aquí: tomar el bus en la pequeña estación de la ciudad que nos llevaría a Mostar, donde conoceríamos a Mili Pajo, el taxista judío que nos narraría las vicisitudes de su comunidad desde hacía siglos. Él nos dijo que se había casado con una mujer musulmana (su primer hijo nacería a finales de diciembre), y aunque había habido tensiones con su abuela y su madre, nada de eso se compararía con su escapada peliculesca hacia Alemania tras la invasión del ejército serbio, para salvar su vida siendo un niño de ocho años. Y de Mostar, en el taxi de Pajo, a la ciudad amurallada de Dubrovnik (Croacia, a orillas del Adriático), donde teníamos una cita en un restaurante que, sin advertirlo, era de comida bosnia. De algún modo, con toda la modestia posible, habíamos comprendido la lección de este viaje por los Balcanes. Sin embargo, opté por decirle que Sarajevo, pese a sus transformaciones, imposiciones, reapropiaciones, accidentes y catástrofes, y si aprendiésemos a mirar como lo hacen los balcánicos, con ese instinto gatuno (que bien podría ser el rasgo cultural de los balcánicos), podíamos seguir olfateando ese perfume único que emana de allí, una ciudad europea guapa, con un pie en el mundo rural y con el otro en la modernidad que aún no termina de aterrizar por completo, aunque los políticos siguen prometiéndoselas desde la época de Tito. Si alguna vez cayó en desgracia, se ha levantado poco a poco, y posee, estratégicamente, como parte del discurso que les ayuda a los bosnios a construir su propia realidad, ese acceso al mar que deja a sus enemigos del pasado sin costas y enclaustrados en sí mismos.
El auto descendía la montaña a toda velocidad; desde lo alto pudimos apreciar el titilar de las luces de Dubrovnik y, por fin, el mar a la vista, con otra temperatura, con un resplandor rojizo muy atractivo en su superficie, como de mar encantado. Mili Pajo nos advirtió que debíamos sacar los pasaportes, con el cruce fronterizo a tiro de piedra. Para él esto era de todos los días; se bajó del auto para abrir la cajuela. Afortunadamente, viajábamos ligeros de equipaje, con una sola mochila, porque las maletas las habíamos dejado en Liubliana. Aunque el agente de migración no nos preguntó nada sobre nuestro viaje, yo le dije en inglés: “We Are All Sarajevo”. Él respondió con una leve sonrisa. Sabíamos que habíamos cruzado otra frontera más, hacia un territorio que yo no sabía si era distinto o el mismo. EP