La fundación de Este País

El espíritu crítico frente al gobierno invitó a generar un espacio para dar respuestas a los acontecimientos del país de una forma informada y colectiva. Miguel Basáñez nos narra cómo es que nació el interés por generar este espacio de análisis y discusión, y que en este mes cumple 30 años. ¿Cómo fueron las charlas previas?, ¿cómo se decidió el nombre?, ¿cuánto trabajo costó que hoy podamos leer Este País?

Texto de 05/04/21

El espíritu crítico frente al gobierno invitó a generar un espacio para dar respuestas a los acontecimientos del país de una forma informada y colectiva. Miguel Basáñez nos narra cómo es que nació el interés por generar este espacio de análisis y discusión, y que en este mes cumple 30 años. ¿Cómo fueron las charlas previas?, ¿cómo se decidió el nombre?, ¿cuánto trabajo costó que hoy podamos leer Este País?

La fundación de Este País fue una respuesta a la censura gubernamental para la publicación de la encuesta de la elección presidencial de 1988 que el entonces presidente del consejo de administración de La Jornada, Federico Reyes Heroles, me propuso para ese diario.  Tiene como antecedente remoto el espíritu crítico frente al gobierno que reflejó Julio Scherer como director del Excélsior y que culminó con su expulsión del diario el 8 de julio de 1976, orquestada por el gobierno. La consecuente fundación de Proceso ese mismo año, de Uno Más Uno al año siguiente y de La Jornada casi una década después, en 1984, fueron expresión de esa misma rebeldía que reconoce sus raíces en el movimiento estudiantil de 1968.

Cuatro años más tarde, pero en la misma línea, se inicia la formación de Este País en la misma noche de la elección del 6 de julio de 1988. La gestación tomó casi tres años y el primer número se publicó en abril de 1991. Los cuatro, Proceso, Uno Más Uno, La Jornada y Este País, se fundaron con base en una amplia convocatoria a círculos muy plurales de intelectualidad y sociedad civil para financiarse y gozaron desde su arranque de una clara influencia. Otras dos publicaciones del último cuarto del siglo XX se inscriben en este mismo espíritu: Vuelta, fundada por Octavio Paz en 1976 y Nexos, por Enrique Florescano en 1978. Igualmente lograron ser influyentes de inmediato, aun sin tener que solicitar un amplio apoyo ciudadano para financiarse.

La invitación de Reyes Heroles requiere de un poco más explicación. Me unía a la familia de Federico un aprecio pueblerino originado en haber conocido a su padre desde adolescente por provenir del mismo pueblo, Tuxpan, Veracruz. Don Jesús era diputado federal cuando mi padre era primero diputado local y después alcalde entre 1960 y 1964 y ambos pertenecían al mismo grupo político que encabezaba el ex presidente Adolfo Ruiz Cortines. Don Adolfo, así se le nombraba en la familia, solía pasar los fines de año en Tuxpan y convocar a los jóvenes políticos entre quienes estaban nuestros padres. Yo me sumaba con cualquier excusa a sus comidas y giras y de allí mi aprecio y admiración a don Jesús.

La costumbre de mi padre de llevarme a muchas de sus reuniones y comidas, me permitió seguir en contacto con Reyes Heroles cuando estuvo en Pemex, el PRI y en el IMSS, de manera que al menos me reconocía después de verme al menos 10 o 15 veces. Cuando estuvo como presidente del PRI colaboré sin pago unos meses de 1972; me entusiasmó, y se lo dije, su reforma política de 1977; y a finales de 1980 le pedí comentarios para el manuscrito de La Lucha por la Hegemonía[i], que amablemente me dio. Pero a sus hijos, Jesús y Federico, no los conocí sino hasta que estaba yo trabajando en el Estado de México para el gobernador Alfredo del Mazo a partir de diciembre de 1982. En 1983, impulsé el acercamiento del gobernador y Jesús Reyes Heroles, entonces secretario de Educación, como la voz más juiciosa del gabinete de Miguel de la Madrid. Eso me permitió fortalecer la cercanía hasta su muerte en 1985. Con Demetrio Ruiz Malerva, promisorio joven político de mi pueblo segado a destiempo, hicimos guardia a su féretro en la Secretaría de Educación Pública.

Mi esposa Tatiana y Federico habían coincidido trabajando en la UNAM, en la secretaría general, con Carlos Sirvent, de manera que teníamos referencias personales cercanas de uno y otro. Pero no nos conocimos hasta una vez que él fue a Toluca a presentar uno de sus libros en 1983. A los pocos meses de entonces, organicé en la casa de gobierno de Toluca una cena de discusión con el gobernador y su gabinete, llevando como invitados a Federico, Enrique Krauze y Héctor Aguilar Camín. Federico le causó una excelente impresión al gobernador y de allí la encomienda que tuve de buscar que aceptara sumarse al gobierno del estado y después al de SEMIP, pero Federico nunca tuvo interés en trabajar para el gobierno. En ese marco continuó nuestra relación y a finales de 1987, en medio de la vorágine de la precampaña presidencial y con del Mazo como favorito, le pedí a Federico comentarios para el manuscrito de El Pulso de los Sexenios (Siglo XXI, 1994), donde presento una amplia discusión de dos encuestas nacionales que yo había levantado en 1983 y 1987. Por eso sabía de mi pasión por las encuestas. Como cercano de Carlos Payán, director de La Jornada, Federico conocía el interés del diario por auscultar la opinión pública. José Agustín Ortiz Pinchetti y Aguilar Camín habían intentado realizar una encuesta en marzo de 1987, solicitando a los lectores responder un cuestionario muy básico, que me llevó a dirigirles una carta con sugerencias.

Mientras trabajaba en SEMIP con Alfredo del Mazo, precandidato presidencial favorito en 1987, me di a la tarea de organizar un “tanque de reflexiones” (think tank): Prospectiva Estratégica, AC (PEAC), al que invité a Federico, Víctor Urquidi, David Ibarra, Emilio Alanís Patiño, Enrique Alduncin, Jorge Carpizo, Antonio Alonso Concheiro y Luis Rubio, entre otros. El propósito de PEAC era desarrollar un modelo de simulación del comportamiento del país (M-2020) con base en encuestas y estadísticas. A los pocos días que dejé el gobierno, el 5 de marzo de 1988, Federico me invitó a organizar para La Jornada la encuesta de la elección, misma que se publicó bajo el nombre de PEAC.

¿Qué hacía un abogado preocupado en modelos de simulación, encuestas y estadísticas? Debo aclarar que mi vocación me hubiera llevado a las matemáticas y la física, pero la buena mano izquierda de mi padre me llevó a la facultad de Derecho de la UNAM en 1965. No obstante, la vida y las oportunidades me permitieron recobrar mi vocación original. Primero, con los estudios de maestría en administración pública y después de doctorado en sociología política. Posteriormente, la experiencia en el gobierno me permitió alcanzar una visión global del país, profundamente inmersa en modelos, estadística y encuestas que impulsó mi amistad con Víctor Urquidi, Emilio Alanís Patiño, Antonio Alonso y Luis Rubio, especialistas en esos temas.

Pero el gusto y la vocación no pueden sustituir la profundidad y extensión del conocimiento especializado. Ahí fue donde la complementariedad con Enrique Alduncin, físico-matemático del IPN y con doctorado en matemáticas de Essex, se hizo indispensable. En algún momento, después de dejar el gobierno, pensé regresar a la universidad para hacer matemáticas, pero el tiempo apremiaba y asociarme con Enrique me iba a acortar varios años el proceso. La amistad con él se inició por afinidad intelectual e intereses comunes.

A principios de 1987, casi por accidente cayó en mis manos el primero de sus tres libros sobre los valores de los mexicanos con base en encuestas realizado para Banamex, donde él era un alto ejecutivo. Inmediatamente me atrapó y nos reunimos. Me pareció fascinante su trabajo y lo invité a presentárselo a del Mazo y su equipo cercano. Desde ese momento se inició con Enrique una amistad personal y profesional que perdura. La invitación de Federico a la encuesta fue el disparador que puso en marcha nuestras capacidades.

Nos reunimos Federico, Enrique Alduncin y yo, con Carlos Payán, quien nos pidió realizar una encuesta en el entonces DF que sirviera de ensayo, misma que dedicamos a las preferencias electorales y al pacto de solidaridad económica. Se levantó en abril y la publicamos en mayo en dos entregas, la primera el 23 y la segunda el 31. La primera reacción que nos sorprendió fue la invitación a comer de Miguel Mancera, director del Banco de México, para comentar la metodología y los resultados de la encuesta. Alduncin y yo nos sentimos muy halagados y tratamos de responder todas sus preguntas con total apertura.

A la semana siguiente ocurrió otra reacción alentadora, esta vez de Heberto Castillo. Llamó a Payán para preguntarle quienes éramos y qué seriedad y confianza le inspirábamos, así como si estaríamos dispuestos a mostrarle las tripas de la encuesta. Él le contestó que apenas nos conocía, pero que Federico nos avalaba y, después de preguntarnos, puso a su disposición todos los números y datos del ejercicio. Según nos lo comentó Payán, la contundencia de las preferencias a favor de Cuauhtémoc Cárdenas lo habían llevado a la decisión de declinar su candidatura y sumarse al Frente.

Desde esa primera publicación en La Jornada incluimos el Código de Ética de la organización mundial de encuestadores (WAPOR, por sus siglas en inglés) y un breve manual sobre el levantamiento de encuestas para estimular su uso, lo que nos valió el reclamo de algunos colegas pues “estábamos alentado la aparición de competidores”. La encuestadora internacional más acreditada en ese tiempo era Gallup, que tenía un asociado en México, Ian Reider, pero se dedicaba principalmente a estudios de mercado y procuraba mantenerse lejos de las encuestas políticas. De hecho, por esos días exploró con alguno de sus contactos en la Secretaría de Gobernación la posibilidad de hacer una encuesta electoral y la respuesta que obtuvo fue negativa. Cuando Ian me lo comentó mi respuesta fue: y para qué pediste permiso.

No obstante, y paralelamente, el PRI encargó a Televisa que contratara una encuesta con Gallup en los Estados Unidos, dado el ejercicio en que La Jornada se había embarcado. Las entrevistas tuvieron lugar a principios de mayo, ocho semanas antes de las elecciones, y los resultados se transmitieron con frecuencia en las estaciones de radio y televisión mexicanas durante las tres semanas anteriores al 6 de julio, y pidieron a todos los periódicos que publicaran la encuesta de Gallup.

Teníamos calendarizado que la encuesta de La Jornada fuera publicada en julio 5, el día anterior a la elección, pues obviamente no existía ninguna reglamentación en la materia. Para elaborar el cuestionario y vigilar todo el proceso de la encuesta nacional hasta sus resultados, Federico y yo convocamos a un grupo de colegas: Adolfo Aguilar Zínser, Jorge Castañeda, Cassio Luiselli, Lorenzo Meyer, Carlos Monsiváis, Juan Molinar Horcasitas y Luis Rubio, bajo la supervisión técnica de Enrique Alduncin, Andrés Viesca y Emilio Salim. La realización de las entrevistas las programamos para la segunda y tercera semanas de junio, del 6 al 17. Es decir, ¡tres semanas antes de la elección!

Obtuvimos los primeros resultados el martes 21 e inmediatamente convoqué al grupo para analizarlos esa misma tarde. En el DF, Cuauhtémoc Cárdenas estaba arriba de Carlos Salinas (38% vs. 35%) y, a nivel nacional, Salinas alcanzaba el 44%, Cárdenas el 29% y Clouthier el 17%. A partir de estos datos habría que hacer el pronóstico de votación considerando los 15 días que faltaban para el 6 de julio. Alguien del grupo de análisis filtró los resultados a Salinas. Esa misma noche, Adolfo fue a verme a la casa para asegurarme que él no había sido y para preguntarme si yo sabía quién lo había hecho. Le contesté que tenía un par de candidatos.

El disgusto de Salinas con la encuesta provocó que intentara primero neutralizarla y, al no lograrlo, bloquearla. Le encargó a Manuel Camacho Solís que me invitara un café. Nos conocíamos desde 1970, por el grupo Política y Profesión Revolucionarias que formamos a iniciativa de Raúl Salinas Lozano. Nos reunimos el viernes 24 a las 10 de la mañana en sus oficinas. La reunión se prolongó por más de tres horas ante mi resistencia y resultó ser para transmitirme la preocupación de que no fuera yo a quedar mal al publicar la encuesta. Querían “darme la oportunidad”de corregir mis números, porque el PRI ganaría con 63%, 20 puntos más de los que yo encontraba. Le pedí que “agradeciera mucho la oportunidad”, pero le dejé claro que me quedaría con mis números.

Ante mi negativa, se publicaron primero ataques contra la encuesta y, en seguida, algunos periódicos publicaron encuestas inexistentes, cuya autoría se atribuyó a centros de educación superior (una de la facultad de Ciencias Políticas de la UNAM y otra del Colmex), en las que el PRI era declarado ganador por un amplio margen. Como tampoco funcionó esa estrategia, hicieron saber al diario las dificultades financieras que estaba teniendo el PRI para pagar sus deudas. Le debían más de dos millones de aquellos pesos y pronto Payán nos informó que no podríamos seguir con la encuesta, pues no podría pagarnos.

Dada la importancia del asunto, Federico y yo le ofrecimos a La Jornada buscar fondos alternativos entre los propios partidos, o armar un consorcio con otros periódicos, o con cualquier interesado en la información, para que la encuesta no se suspendiera. Los partidos de oposición estaban bastante interesados, pero carecían de recursos; el partido gobernante no estaba interesado. Al principio, los periódicos reaccionaron de manera bastante positiva, pero se enfriaron rápidamente después de recibir advertencias similares. Nosotros de todas formas no nos deteníamos.

Hicimos muchos intentos de obtener fondos, incluso con fundaciones extranjeras, todos infructuosos. Al final, decidimos el grupo de académicos e investigadores interesados en los datos, seguir adelante cubriendo los gastos entre nosotros e informamos a Payán la decisión. Todo iba muy bien, según creíamos, hasta que nos dijo Payán que no sería posible publicar la encuesta “debido a desacuerdos internos”.

Roderic Ai Camp, que estaba en México durante esos días hospedado en mi casa,  se percató de lo que ocurría. Dijo que podía llamar a un corresponsal del New York Times amigo de él, pues tal vez se interesarían. Al día siguiente de esa llamada, se “resolvieron” los desacuerdos internos y dieron luz verde a la publicación de la encuesta. Las llamadas se habían hecho desde mis teléfonos que estaban intervenidos y supusimos que alguien había decidido que era preferible una publicación nacional a una extranjera.

En cualquier caso, el resultado final fue positivo para el país, ya que la encuesta de La Jornada inspiró una mayor discusión y atención al tema, que era exactamente lo que algunos funcionarios querían evitar. El incidente subrayó la falta de conocimiento al respecto que tenía la prensa mexicana y se ilustra con la pregunta franca que el director de uno de los diarios nacionales más importantes hizo en mayo de 1988: “¿Qué es Gallup?”

Ante los embates gubernamentales para evitar primero la realización y después la publicación de la encuesta de la elección, les propuse a Federico, Alduncin, Luiselli y Rubio, quienes nos habíamos reunidos a cenar en casa la noche de la elección, mientras esperábamos a Aguilar Zínser y Castañeda, que nunca llegaron por estar con Cárdenas, Clouthier y Muñoz Ledo en Bucareli, la creación de una revista de encuestas. Sugerí llamarla Opinión Pública, modelada a partir de la del mismo nombre que circulaba en los Estados Unidos. Los mismos que nos habíamos encargado de vigilar la encuesta, al concluir la elección continuamos reuniéndonos para planear la revista. Sin duda, acelerábamos ese proceso de construcción de confianza y estrechamiento de amistades.

De alguna forma, Adolfo y Jorge nos mantuvieron al tanto de lo que estaba ocurriendo esa noche hasta la caída del sistema. No podíamos creer lo que estábamos escuchando. La votación copiosa a favor de Cárdenas había llevado a José Córdoba Montoya y Manuel Bartlett, según me dijo Manuel Camacho años después, a tomar la decisión de suspender el suministro de los resultados, para dar tiempo a “corregirlos”. La incertidumbre me devoró toda la semana hasta ese miércoles, donde se dio el resultado oficial. Qué casualidad, el mismo que pronosticó La Jornada. Me llamó Payán para preguntarme: “¿Qué hiciste?”. “¿Qué hiciste tú?”, fue mi respuesta. En la misma conversación que relato aquí, Camacho me dijo que la mejor opción había sido ajustarse al dato del periódico de la izquierda. Era lo más creíble.

33 meses de gestación: julio de 1988 a abril de 1991

La entrada de Cárdenas a la contienda provocó realineamientos muy profundos, particularmente entre Federico, Jorge y yo, que estábamos fuera del gobierno. A Cassio lo omito de este relato porque continuaba como funcionario y estaba fuera del país, y los demás porque no tenían vinculaciones gubernamentales. En cambio, nosotros tres proveníamos de experiencias familiares o personales muy ligadas al PRI. Ellos por los altos puestos ocupados por sus padres y en mi caso por los cargos que tuve en la presidencia de la república (1980-82), pero en especial en la campaña de Alfredo del Mazo. Jorge había jugado por Salinas, atraído por la inteligencia de Córdoba y de Aguilar Camín, y por coincidir con su programa modernizador, a pesar de su pasado comunista; Federico, con acceso franco a los jugadores, era siempre más cauto y dejaba todas sus opciones abiertas.

Cuando Jorge acompañó a Cárdenas a La Laguna, lo que presenció le movió el tapete y así se lo confió a sus dos confidentes salinistas.[ii] Federico mantenía reuniones ocasionales con el presidente, con el candidato y con varios de los colaboradores de ambos, que lo hacían un puente confiable hacia la intelectualidad independiente  y de izquierda. Por eso, cuando acompañó la gira de Cárdenas a Estados Unidos, convencido por Adolfo Aguilar, hubo sorpresa y alguna molestia en el equipo salinista.

En mi caso, procuré mantener el mínimo contacto con la familia Salinas, a pesar de la estrecha amistad que tuvimos con José Francisco Ruiz Massieu, amigo íntimo en la Facultad de Derecho y su primera esposa, Adriana Salinas, amiga de Tatiana, mi esposa. Con ellos compartimos los meses felices de nuestros mutuos noviazgos y los años de recién casados de ambos. No obstante, reduje al mínimo el contacto social con los Salinas por el agravio personal del juego sucio y en congruencia con mi papel en el equipo derrotado. El relato anterior marca el entorno que privaba en ese período en mi ánimo, así como el ímpetu y la movilización que la elección había provocado en amplios segmentos ciudadanos.

No obstante, pedí una cita con Carlos Salinas para llevarle una propuesta de listado aleatorio de 1,000 casillas del total nacional de 55,000, para realizar un conteo que se acordara previamente con Cárdenas y permitiera dilucidar el resultado de la elección. La entrevista se dio el 29 de agosto de 1988. Después de amablemente rechazar mi propuesta, me dijo que todos mis amigos estaban en el gobierno, que mi contribución hacía falta, que para qué hacía encuestas. “Escoge el puesto que quieras”, dijo. También con amabilidad le agradecí su oferta y le reiteré que quería continuar con las encuestas porque, pensaba, significarían una mejor contribución a la democracia que cualquier aportación mía como funcionario.

Era 1988 y Steve Jobs ya había lanzado su Macintosh. Según yo, era todo lo que se necesitaba para empezar a publicar un par de meses después. En cambio, Federico metía el freno y eso me desesperaba, aunque reconocía que tenía “algo” de razón. Él había tenido la experiencia de dirigir Revista de la Universidad de México de la UNAM, y recordaba con mucho agrado ese proceso. Los organizadores le pedimos a Federico que aceptara quedar como director. Dijo desde un principio que era importante asegurar la sobrevivencia financiera, al menos dos años, a través de convocar a un grupo muy amplio mediante venta de acciones. Tomamos meses en armar una lista plural de 200 invitados. Reuniones interminables, algunas en el despacho privado de Federico en Tlalpan, por atrás del restaurante Arroyo; otras en mi despacho de Risco, en el Pedregal de San Ángel, de donde me salí para dejar el espacio a la revista durante el primer año de operaciones.

A mí me preocupaba crear una empresa blindada, para evitar una adquisición hostil de algún grupo auspiciado por Salinas. Ahí entró en escena Santiago Creel, amigo de Federico, del despacho de Noriega y Escobedo. Llevó meses en armar una escritura constitutiva a prueba de balas. Seríamos sólo 15 socios de voto pleno (accionistas “A”), pero sin derechos económicos. Las únicas dos prerrogativas serían cuidar la línea editorial a través de un Consejo y poder disolver la revista antes que abdicar; los accionistas “B”, en cambio, tendrían derechos económicos, pero ninguno sobre la línea editorial de la revista; entre todos nos abocamos a definir nombre, objetivos, alcance, filosofía y a buscar el equipo técnico.

La escritura constitutiva de la empresa Desarrollo de Opinión Pública S.A. de C.V. (DOPSA) la firmamos finalmente el 25 de octubre de 1989 los 15 fundadores: Enrique Alduncin, Adolfo Aguilar, Jorge Castañeda, Santiago Creel, Guillermo Chao, Óscar Espinosa, Cassio Luiselli, Lorenzo Meyer, Carlos Monsiváis, Carlos Payán, Federico Reyes Heroles, Luis Rubio, Josué Sáenz, Jesús Silva Herzog y yo. El siguiente evento destacable fue la cena de entrega de títulos en el restaurante San Jerónimo el 5 de abril de 1990. Llegamos con una lista de nombre posibles —Margen, Reflejos, Perfiles, Espejo, Demoscopía, Lisis, Debates, Sondeo, Opina y Opción—, pero en la votación arrasó la propuesta de María Amparo Casar, Opinión Pública, el nombre original, que no pudimos usar pues estaba tomado y quedó la propuesta de Fernando Danel: Este País. Seguida del subtítulo aportado por Víctor Urquidi: Tendencias y Opiniones.

Federico y yo nos dimos a la tarea de realizar giras por el país para recabar fondos y otros socios organizaron cenas, entre las que destaca la que organizó Josué Sáenz en su casa de San Jerónimo. Esta tarea culminó con el lanzamiento de la revista en el Museo Tamayo, la noche del 6 de diciembre de 1990, con más de mil personas. Sergio Aguayo, primero, y René Delgado, después, fueron los primeros subdirectores, apoyados por María Eugenia Calero, la diseñadora artística, y Martha Reyes, a cargo de la administración. Así apareció el primer número en abril de 1991. Un poco tiempo después, Eduardo Bohórquez, alumno de Federico, se sumó al equipo. Había nacido Este País. EP


[i] Basáñez, M. (1994). La lucha por la hegemonía en México, 1968 – 1990. México: Siglo XXI de España Editores.

[ii] Castañeda, J. (2015). Amarres perros. México: Penguin Random House Grupo Editorial.

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