Líneas perdurables | Un ciprés como saeta de esperanza

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre Gerardo Diego, prolijo poeta español cuya obra gravita sobre temas como el amor, la religión, la tauromaquia y la patria.

Texto de 08/05/26

Gerardo Diego

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre Gerardo Diego, prolijo poeta español cuya obra gravita sobre temas como el amor, la religión, la tauromaquia y la patria.

AutorJaime Septién
EdiciónEdición 420
Mes y añomayo 2026
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Gerardo Diego (Santander, 1896 – Madrid 1987) escribió los 59 poemas de Versos humanos entre 1918 y 1925. Fue el primero de sus libros, en orden cronológico, aunque agrupa poemas escritos anteriormente. Después vinieron Viacrucis, Soria, Fábula de Equis y Zeda, Poemas adrede, Hasta siempre, Alondra de verdad, Ángeles de Compostela, Biografía incompleta, Preludio, aria y coda a Gabriel Fauré, La sorpresa, La suerte o la muerte, La Luna en el desierto y otros poemas, Amazona, Amor solo, Paisaje con figuras, los Sonetos y canciones a Violante… hasta Mi Santander, mi cuna, mi palabra y varios tomos de obras escogidas más. Largo recorrido poético, con tres grandes ejes temáticos: la religión, el amor y la patria chica. También, en La suerte o la muerte, los toros.

 Vuelvo a Versos humanos. Ahí, colgado de la luz, se encuentra quizá su más famoso poema: “El ciprés de Silos”. Se trata del enorme ciprés que se alza en el patio del claustro, en el ángulo suroeste, del monasterio benedictino de Santo Domingo de Silos, a la orilla del río Arlanza, en la provincia de Burgos.

Santo y seña del monasterio, el ciprés se ha convertido en el ícono de este lugar de remanso. Con sus 30 metros de altura, es la reminiscencia de los antiguos cipreses que se elevaban por encima de los muros de silencio para decirle sin palabras al viajero, al forastero, al errante buscador de abrigo, que ahí había hospitalidad. Era, por así decirlo, el aviso escrito en las ramas puntiagudas del ciprés lo que la Regla de San Benito mandaba al abad: que aquel que tocara la puerta tenía que ser recibido como si al mismo Jesucristo se le recibiera. Un peregrino al azar, un alma sin dueño, la del jovencísimo Gerardo Diego, se acerca al monasterio. ¿Y qué es lo que surge de ese encuentro? Un soneto perdurable, como perdurable es la sombra de acogida del ciprés:

Enhiesto surtidor de sombra y sueño
que acongojas el cielo con tu lanza.
Chorro que a las estrellas casi alcanza
devanado a sí mismo en loco empeño.

Mástil de soledad, prodigio isleño,
flecha de fe, saeta de esperanza.
Hoy llegó a ti, riberas del Arlanza,
peregrina al azar, mi alma sin dueño.

Cuando te vi señero, dulce, firme,
qué ansiedades sentí de diluirme
y ascender como tú, vuelto en cristales,

como tú, negra torre de arduos filos,
ejemplo de delirios verticales,
mudo ciprés en el fervor de Silos.

La hospitalidad del ciprés no es sólo acogida; es reconocimiento de una vida más alta, considerada por los mortales como inútil, en su sencillez y en su “loco empeño”. ¿No es eso la poesía? Gerardo Diego, en sus Versos escogidos (Gredos, 1970) confiesa: “Yo no soy de los que se enrolan cada día para la guerra de los treinta años ni para la poesía de los tres mil. Ser siempre sublime es postura muy incómoda y la humildad es virtud tan rara como aconsejable. Aunque no hay que confundirla con el desaseo y la falta de respeto al lector ofreciéndole bazofia o fruslería a sabiendas”. 

La poesía enmarcada en el ciprés de Silos; palabra que se eleva hasta el cielo para tocarlo y que sumerge sus raíces en la tierra del amor incondicional. La poesía como “saeta de esperanza”. EP

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