El nuevo desorden internacional y la oportunidad para Norteamérica

Antonio Ortiz-Mena y Rocío Rivera Barradas, del Grupo México en el Mundo, analizan el nuevo desorden internacional, el potencial geopolítico del T-MEC y los retos de México ante el proteccionismo de Estados Unidos y la revisión del tratado en 2026.

Texto de y 07/05/26

Antonio Ortiz-Mena y Rocío Rivera Barradas, del Grupo México en el Mundo, analizan el nuevo desorden internacional, el potencial geopolítico del T-MEC y los retos de México ante el proteccionismo de Estados Unidos y la revisión del tratado en 2026.

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Vivimos un cambio de época. La incertidumbre dejó de ser un riesgo coyuntural para volverse la nueva norma de las relaciones económicas internacionales. Este cambio afecta a México de manera particular; somos uno de los países más abiertos del mundo: en 2024 la economía mexicana tuvo un coeficiente de apertura cercano a 75 %, mientras que para 2025 el 83 % de nuestras exportaciones tuvieron como destino Estados Unidos, un país crecientemente proteccionista, en vísperas de la revisión del T-MEC.

Entender el contexto global —y no solo el bilateral— es indispensable para aprovechar el momento. Presentamos tres elementos centrales del nuevo desorden internacional, el potencial geopolítico que ofrece el T-MEC y nuestras recomendaciones y preocupaciones para que México retome la senda de crecimiento.

1. El nuevo desorden internacional

Tres dinámicas interrelacionadas definen el momento. La primera se relaciona con el debilitamiento de las instituciones multilaterales, en temas económicos y de seguridad. La Organización Mundial del Comercio tiene a su Órgano de Apelación inoperante desde 2019, y las acciones arancelarias de Estados Unidos desde abril de 2025 violan sus compromisos multilaterales. Por otro lado, el Consejo de Seguridad de la ONU está paralizado en los temas que más importan, y dentro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se acumulan tensiones sobre el apoyo a Ucrania y sobre el estatus de Groenlandia. Lo novedoso es que el “choque de civilizaciones” descrito por Samuel Huntington en 1996 ocurre hoy también dentro de la propia “civilización occidental”: Canadá ha dejado de confiar en Estados Unidos como lo había hecho hasta hace muy poco, y la Unión Europea recalibra su relación trasatlántica.

La segunda dinámica es el resurgimiento del nacionalismo económico. No es la primera vez que el mundo lo experimenta, pero su versión actual incorpora un componente emotivo que impulsa decisiones que, desde una lógica de costo-beneficio, no siempre tienen sentido. Un ejemplo son los aranceles y las barreras no arancelarias que Estados Unidos impone a sus dos principales socios comerciales: México y Canadá, al mismo tiempo que busca ser más competitivo frente al reto geopolítico que representa China.

La tercera es la inteligencia artificial (IA) como gran disruptor. La IA reordena cadenas de valor, redefine ventajas comparativas y altera equilibrios geopolíticos a una velocidad inusitada. Análisis recientes, incluido el seguimiento de McKinsey a las tendencias tecnológicas, coinciden en dos rasgos: la profundidad de los cambios, que tocan ya el núcleo de la productividad sectorial, y la velocidad de adopción sin precedente respecto a otras tecnologías de propósito general.

Las tres dinámicas se refuerzan entre sí. El resultado es un sistema internacional en el que las reglas se erosionan más rápido de lo que se reconstruyen y en el que los países deben gestionar la incertidumbre como nueva normalidad, no como excepción, dentro de un vertiginoso cambio tecnológico.

2. El potencial geopolítico del T-MEC

En medio de ese desorden internacional, Norteamérica conserva ventajas que pocos bloques pueden replicar: la posibilidad de constituirse en un espacio en gran medida autosuficiente, con seguridad estratégica y un peso específico difícil de igualar. No es aspiración retórica; es una constatación basada en cuatro pilares concretos.

El primero es la autosuficiencia energética. Norteamérica es uno de los pocos espacios económicos capaces de producir prácticamente toda la energía que consume. Estados Unidos se ha consolidado como el mayor productor mundial de petróleo y gas y como exportador creciente de gas natural licuado; Canadá aporta excedentes de crudo, gas e hidroelectricidad; México, con sus retos pendientes, sigue siendo un productor relevante. A ello se suma una dotación excepcional de recursos renovables —solar en el norte de México y el sur de Estados Unidos, eólica en las planicies centrales, e hidroeléctrica en Canadá— que la región apenas empieza a aprovechar a escala. La diferencia con otros grandes bloques es de naturaleza, no solo de grado. La Unión Europea importa cerca de 60 % de la energía que consume y descubrió, tras la guerra en Ucrania, lo costoso de esa dependencia. Japón y Corea del Sur importan más de 80 % de su energía primaria, lo que los expone a cualquier disrupción en el Estrecho de Ormuz o en el Mar Meridional de China. China, pese a sus inversiones en renovables y a su producción de carbón, importa cerca del 70 % del petróleo que consume y una proporción creciente de su gas natural. En un mundo en el que la energía vuelve a ser instrumento geopolítico, contar con autonomía es una ventaja de primer orden. Sumémosle una escala considerable —cerca de 30 % del PIB mundial, 500 millones de consumidores y algunas de las cadenas de suministro integradas más complejas del planeta— y se obtiene un piso difícil de igualar.

El segundo es la seguridad alimentaria. Norteamérica produce todos los granos, proteínas, frutas, hortalizas y lácteos que consume, con estacionalidades y climas complementarios. En un mundo en el que las crisis alimentarias son una variable geopolítica recurrente, es una palanca estratégica subutilizada y subvalorada.

El tercero son los minerales críticos y la capacidad de refinación. Entre los tres países se encuentra casi la totalidad de los insumos estratégicos para la transición energética y digital —del litio y el cobre a las tierras raras— y con capacidad de refinación, particularmente anclada en Canadá, que el bloque puede expandir. Hoy ese mercado está cautivo en China para su procesamiento; reorientarlo es factible si se planifica de manera trilateral.

El cuarto pilar es la complementariedad demográfica. Estados Unidos enfrenta envejecimiento poblacional y escasez estructural de mano de obra en sectores clave: agricultura, construcción, servicios de salud y cuidados de adultos mayores. México, por su parte, tiene una población más joven, en transición demográfica pero con bono pendiente. Esa complementariedad, gestionada con instrumentos modernos y con visión de suma positiva, representa una de las mayores oportunidades del bloque.

Estos pilares no se materializan de manera espontánea: requieren visión política y arquitectura institucional, pero ningún otro bloque combina, al mismo tiempo, autosuficiencia energética, seguridad alimentaria, base de minerales críticos y complementariedad demográfica a la escala de Norteamérica. La pregunta no es si la región tiene sentido como proyecto estratégico, sino si sabremos tratarla como tal.

3. Recomendaciones y preocupaciones

La revisión del T-MEC en 2026 es la prueba más inmediata de si sabremos aprovechar el potencial descrito. Ofrecemos cuatro recomendaciones, cada una con su preocupación asociada.

Primero: lo que está en juego es seguridad y comercio, no solo aranceles. La alineación —entendida como cooperación inteligente, no como subordinación— de México con Estados Unidos es ineludible. Plantear la negociación como un juego de suma cero, con horizontes electorales y metas de corto plazo, derivaría en un escenario perder-perder. La opción ganar-perder, en este caso, simplemente no existe: ni para México, pero tampoco para Estados Unidos.

Segundo: minimizar la incertidumbre y buscar los aranceles más bajos posibles, idealmente cero. La gran lección de los últimos años es que la incertidumbre puede ser tan costosa o más que los aranceles mismos para las decisiones de inversión. Reducir la volatilidad arancelaria y regulatoria y comprometer reglas claras y plazos predecibles debe ser un objetivo central para atraer inversión y fomentar el empleo, no uno secundario.

Tercero: una estrategia coordinada frente a China, anclada en una sustitución de importaciones realista y gradual. Conviene explorar la conveniencia y viabilidad de un arancel externo común en líneas arancelarias seleccionadas y coordinar de manera más ambiciosa los mecanismos de revisión de inversiones —el Comité de Inversión Extranjera de Estados Unidos (CFIUS) y sus equivalentes en Canadá y México—. Esa estrategia exige un ejercicio analítico y honesto sobre qué bienes provenientes de China conviene seguir importando y cuáles deben producirse dentro del bloque por razones de seguridad económica o estratégica. Lo que no funciona es un proteccionismo amplio y permanente: regresar a ese modelo es repetir un experimento que ya conocimos y que ya fracasó.

Cuarto: preservar la arquitectura trilateral. Habrá tentaciones para fragmentar el T-MEC en acuerdos bilaterales y es probable que veamos negociaciones paralelas que deriven en protocolos complementarios que no requieran aprobación legislativa, sobre todo porque el ejecutivo estadounidense no cuenta con la Autoridad de Promoción Comercial (Trade Promotion Authority), el instrumento legislativo que permite al ejecutivo negociar acuerdos comerciales que el Congreso vota sin enmiendas. El bloque perdería enorme potencial, de seguridad y económico, si se fragmenta. Mantener la trilateralidad en los asuntos centrales —reglas de origen, disciplinas sobre empresas estatales, solución de controversias, arancel externo común, revisión coordinada de inversión extranjera, minerales críticos, entre otros — es condición de viabilidad. ¿Hasta dónde se estirará la liga entre Canadá y Estados Unidos? ¿Hasta dónde insistirá Estados Unidos en una visión del comercio de suma cero y cortoplacista? Esas preguntas definirán buena parte del margen real de negociación.

4. El futuro de la región 

Vivimos un nuevo desorden internacional, pero los desórdenes también abren ventanas de oportunidad. México tiene una serie de ventajas: geográficas, demográficas y productivas, que pocos países pueden ofrecerle a Estados Unidos. La pregunta no es si Norteamérica seguirá siendo relevante; es si los tres socios sabrán construir, a partir del T-MEC y de su revisión inminente, un proyecto a la altura del momento. Hacerlo exigirá pragmatismo, paciencia y lectura precisa del tablero global. Lo contrario: la trinchera bilateral, el proteccionismo amplio, la negociación reactiva y cortoplacista no solo desperdiciaría la oportunidad, sino que también sentaría las bases de un retroceso difícil de revertir. La revisión de 2026 no es un trámite técnico: es la decisión, todavía abierta, sobre el lugar que México y Norteamérica ocuparán en el desorden que apenas comienza.

* Las opiniones expresadas son responsabilidad exclusiva de los autores y no reflejan necesariamente las de las instituciones con las que están afiliados.

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