Nuestra relación no monógama

La periodista Paola Aguilar y el sexólogo César Galicia comparten su experiencia como pareja cuyos acuerdos parten de la no monogamia consensuada.

Texto de y 22/06/21

La periodista Paola Aguilar y el sexólogo César Galicia comparten su experiencia como pareja cuyos acuerdos parten de la no monogamia consensuada.

Nunca es sencillo narrar las alegrías y los tropiezos relacionados con la no ficción en primera persona. Pareciera que esa intimidad está reservada para ser explorada en las películas y en la literatura de ficción: estas se encargan de presentar tragedias amorosas u odiseas románticas donde los personajes terminan aborreciéndose o en una relación idílica en un estado de enamoramiento sostenido e inverosímil. 

En este texto, César y yo queremos escribir sobre no monogamias, sobre la forma en la que vivimos nuestra relación de pareja y por qué decidimos quedarnos al margen de lo que es una relación “tradicional”. La forma más honesta que encontramos para hacerlo es a través de esta, esperando que detone otras pláticas sobre nuevas configuraciones de estar y compartir.

C: ¿Qué te llevó a relacionarte desde la no monogamia? 

P: Como mucha gente, primero llegué a ella a raíz de una desilusión con la monogamia y la exclusividad. No lograba concebir un futuro en el que me compartiera solamente con una persona; me agobiaba mucho el ideal de “estarás con esta pareja hasta morir y no podrás conocer nada más porque eso implicaría una traición intrínseca”. Un poco después ya comencé a ver los matices: la no monogamia no es la panacea que resolverá todos los males de las relaciones sexoafectivas, pero me parece una forma de habitar el mundo que pone el foco (o tiene más herramientas para hacerlo) en el autoconocimiento, la honestidad con una misma y con las demás personas, el placer responsable y el entendimiento de que las otras personas son eso: otras personas, individuos complejos y completos, más allá de mi relación con ellas. Tengo el deseo de ceder frente a la curiosidad, de saber qué otras formas hay de amar y acompañarse y a partir de ahí establecer límites y reestructurar las veces que sean necesarias. Eso es lo que me ofrece la no monogamia, un espacio lúdico para explorar, explorarnos y aceptar que, aunque nos podemos herir sin intención de hacerlo, podemos mitigar ese riesgo comunicándonos de formas más asertivas, tiernas y genuinas. ¿A ti? 

C: Hay personas que sienten pasión por conocer varios lugares del mundo, probar distintos platillos, hablar diversos idiomas… Yo siento eso con la sexualidad. No sólo hacia el acto de coger en sí (que también), sino a la sexualidad en un sentido más amplio: quiero conocer, tocar, oler, sentir, experimentar todo lo que me sea posible respecto a mi sexualidad. Esa pasión es una de las fuerzas motoras de mi vida. Estar en una relación monógama me limita en eso por default (a menos que recurriera a la infidelidad, pero seguiría siendo limitante en tanto que se haría en secreto y como una violación al acuerdo), y no puedo evitar sentir esa limitación como una suerte de injusticia tanto para mí como para la otra persona. Es decir, nos conocimos y enamoramos teniendo antojos, fantasías, historia y sentires propios: todo lo que implica ser otra persona y no sólo un espejo de nuestros deseos y miedos. 

Limitar las expresiones de nuestra sexualidad con otras personas me parece, de entrada, tan injusto como pedirnos que no exploremos cualquier otra área de nuestra vida que nos ilusione. Entiendo perfecto que el acuerdo de la monogamia sea muy adecuado para ciertas personas por los motivos que sean y pienso que es completamente válido (yo mismo practico algunas dimensiones de la monogamia, como al practicar únicamente la no exclusividad sexual, más no afectiva), pero elijo no relacionarme sexoafectivamente con gente que requiera eso, porque creo que eventualmente hay una alta posibilidad de que nos hagamos daño. El pequeño hueco de la confrontación con el deseo propio y de la otra persona que se abre cuando elegimos no ser monógamos sexuales me mueve mucho hoy y no quisiera perdérmelo, porque cuando ha sucedido y me he tenido que enfrentar a tu deseo, no sólo en el ámbito sexual (aunque sobre todo), me ha otorgado una apreciación nueva y más sincera de ti, tus intereses, tus miedos y curiosidades de forma muy  particular, más completa y menos idealizada por mis propios intereses, ansiedades o miedos. Me hace amarte más y mejor. 

Además, como bien dices, yo también creo que la no monogamia no es una solución, sino una apuesta de acompañarse de forma distinta, y al hacer eso, te obligas a preguntarte cosas que, de otra manera, no te hubieras planteado y no habrías tenido que enfrentar. Y hablando de eso, para ti, ¿qué hay más allá de la exclusividad sexual o afectiva en la no monogamia? 

P: La adrenalina de coger con otras personas fuera de la relación es momentánea y finita, y es delicioso. Si decido estar en este acuerdo relacional es porque lo quiero seguir experimentando, pero me parece igual de valiosa la consecuencia del suceso, las dualidades emocionales, el “sentí celos pero también sentí alegría por ti y por que la hayas pasado bien”, esas sensaciones contrapuestas que me conflictúan y me incitan a conocer de dónde vienen. Dice Brigitte Vasallo que tener sexo casual no es menos disruptivo de lo que creemos; todo el mundo lo hace, sea en la soltería o en la infidelidad o en la no monogamia, pero lo interesante es conocer qué pasa el día después de la revolución. Después de las revoluciones, de vivir una experiencia así de intensa en donde puede haber tanto movimiento, siempre se regresa a la cotidianidad, al hogar, y entonces, ¿quién cuida a las personas heridas (si es que hubo)?, ¿quién cocina el desayuno?, ¿quién presta su casa como refugio para procesar lo que pasó el día previo? Conoces, coges, platicas, duermes con alguien más, ¿y ahora qué? Me interesa sondear esa otra faceta, la propia y la de esa otra persona que eres tú y que decides compartir conmigo: cómo te hizo sentir, qué aprendiste de ti en el proceso y qué aprendí yo, qué repetiríamos y qué límites establecemos.

Además, esa dimensión de la no monogamia es sólo una fracción de lo que es nuestra relación. No siempre habrá ligues y sexo con amistades y crushes concretados; incluso me parece que depositar toda la novedad en esas experiencias puede ser un retorno al mismo sistema que termina por priorizar las relaciones sexuales y sexoafectivas por encima de todo lo demás. Por eso visualizo la no monogamia como un proyecto de vida que contempla también las amistades, la familia, la comunidad inmediata, los proyectos laborales y colectivos, que nos otorga un margen para reconfigurar nuestro tiempo y energía, sin la presión de desmontar todo lo preestablecido sólo por el deporte ideológico, que las decisiones sean conscientes y que, en la medida de lo posible, consideren lo que es mejor para nosotroxs en lo individual, nosotroxs como pareja y nosotroxs en relación con nuestras demás relaciones. ¿Y a ti?

C: Para mí es la complicidad. Hablar de nuestros ligues, fantasías, miedos y experiencias; es como una suerte de secreto compartido que nos posibilita conocernos mejor, explorar y expandir nuestros límites de forma responsable y poniendo el placer y la ternura al centro. Nunca he sentido tantas ganas de cuidarte y apapacharte como cuando me dices que te sientes insegura; al igual que nunca he sentido tanta confianza para vulnerarme frente a ti como cuando necesito hablar sobre lo que sentí en alguna interacción que tuviste con alguien más. Hay un país que se crea cuando nos encerramos en nuestro cuarto a contarnos de nuestras interacciones con otras personas, sean en fantasías o prácticas, y buscamos las formas más amorosas de sentir lo que sea que surja: celos, excitación, nervios, curiosidad, fascinación, risa. Supongo que la no monogamia en una relación como la nuestra se trata de crear espacios de experimentación y de encuentro con mucha adrenalina pero, también, con mucha ternura. 

Eso es contigo. Pero como bien dices, creo que la no monogamia es un proyecto de vida que se cuela en todo. Justo, como requiere tanto cuidado y atención, creo que me obliga a estar revisando constantemente cómo estoy conmigo, contigo, con mis amistades, con ligues, trabajo, salud física, salud mental, etcétera. Por ejemplo: estoy consciente de que los celos que pueda sentir por ciertas interacciones que tengas dependen, en cierta medida, del estado emocional en que me encuentre. Esto funciona como un incentivo muy poderoso e inmediato para mi autocuidado: si yo estoy mal, sé que no sólo es más probable que limite mis opciones para el placer en mi cuerpo sino, además, es posible que necesite limitar las tuyas o, peor todavía, que reaccione de forma agresiva o controladora desde el miedo o la inseguridad. Este “derecho a veto” mutuo es un acuerdo que me encanta que tengamos, pero no me gustaría ejercerlo cada vez que encuentre algo que me rete o incomode emocionalmente referente a tu deseo y vida sexual, sino únicamente como un recurso de última emergencia. Por lo tanto, el compromiso de tener una buena relación contigo, conmigo y con el mundo en general es mayor e inevitablemente se acaba traduciendo también en que soy más atento, compasivo y presente con mi comunidad.

Pero bueno, mucho hablar de lo bonito, ¿no? Ahora cuéntame de cómo te ha ido con el lado oscuro de este rollo.

P:  *Paola ha salido del chat* *Al final, Paola decide regresar al chat* Yo suelo ser una persona un tanto rutinaria; es decir, me siento más tranquila cuando conozco las variables y tengo una sensación de control en mi vida. El aislamiento pandémico detonó una introspección que me tomó desprevenida; estaba aprendiendo a identificar patrones de conductas autodestructivas, miedos irracionales y su origen, y en ese estado de convulsión me era más complicado y doloroso gestionar que tú estuvieras con alguien más. Escenarios que antes no me habrían provocado celos en ese momento lo estaban haciendo. Ahora tiene sentido lo mucho que estaba ligado a mi proceso personal y mi necesidad de encontrar constantes que me hicieran sentir segura y acompañada. Tú eres una constante importantísima y es por eso que decidí poner ciertos límites temporales en nuestra relación abierta.

Descubrí que me presionaba mucho por proyectar ser siempre una persona libre, divertida, segura, intrépida, “deconstruida”. Necesitar más contención y escucha y cuidados en ciertos momentos de mi vida no me convierte en una persona menos autónoma. Tuve que reevaluar mis estándares de la no monogamia para soltar la culpa. La culpa no es exclusiva de los caminos tradicionales, ni se esfuma mágicamente una vez que eliges caminos disidentes.  Las vertientes posibles de una relación —que si terminamos en cinco años, que si cohabitamos en dos, que si alguien se enamora de alguien más— están ahí en cualquier relación sea monógama o no, pero en las no monogamias pareciera que son como el mensaje de los espejos retrovisores: “los objetos están más cerca de lo que aparentan”. De lo que sí tengo certeza es que las veces que me encontré en crisis, más allá de ser una advertencia de que no debía seguir en este camino (de las relaciones disidentes) validaban mi decisión: los miedos han estado latentes y al menos tengo un espacio seguro para enfrentarlos ahora que resurgieron. A ti, ¿cómo te ha ido con esa parte oscura? ¿Alguna vez te has preguntado si esto no fue la decisión correcta o si estarías mejor siendo monógamo?

C: Nunca me he arrepentido, pero no la he pasado tan bien en todo momento. Por ejemplo, tú sabes que uno de mis detallitos más difíciles es mi impulsividad: sea por el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la masculinidad, una mezcla de todo o cualquier otra cosa. Cuando entra una idea en mi cabeza que me emociona, me es muy difícil ponerme frenos, lo cual, en ocasiones, provoca que sin una intención consciente me convenza de que lo que quiero es TAN BUENA IDEA que no hay forma de que a alguien no le pudiera interesar. Y pues ese rasgo de mi personalidad no es necesariamente amigo de la paciencia y de la empatía que se necesitan para elaborar acuerdos, por lo que intento mantenerlo a raya, aunque sin duda a veces me haya causado momentos de decepción (e imagino que te he provocado muchos momentos de ansiedad, perdón por todo). 

Quizás sea por una cuestión de género y por ser sexólogo, pero yo tengo la tendencia de ser la persona “segura”, “estable” y de la que, de algún modo, se espera muchísima apertura y ligereza emocional, como si fuera inmune a las inseguridades emocionales. Y no sólo claro que no, sino que también ha habido varios momentos en donde me doy cuenta de que quisiera derrumbarme o poner algún límite o pausa y no lo hago por pura ansiedad de fallar a ese rol autoimpuesto. Esto me ha llevado, en algunos momentos, a cargar por mucho tiempo y en mucho silencio mis celos, inseguridades, reclamos, ganas de apapacho. Hoy pasa menos, pero sigo teniendo el miedo de un día darme cuenta de que llevo cargando una mochila de piedras por meses o años y después no sepa cómo deshacerme de ella (o, peor, que te la quiera aventar a ti para que ahora la cargues tú, cuando el que metió las piedras ahí fui yo). 

¿Uno más? Uno más: [miedo] a la incongruencia ideológica, a criticar la monogamia pero, finalmente, a tener una relación que, aunque abierta, sigue siendo jerárquica, en vez de apostarle a la anarquía relacional. Sentir distinto tus encuentros (reales o hipotéticos) con mujeres que con hombres, como herencia inevitable del patriarcado. Darme cuenta de que de vez en vez algún acuerdo que establecí tenía alguna doble agenda oculta. Son cosas que, aunque entiendo como “normales”, no sé bien cómo manejar y todavía no he aprendido a distinguir cuándo esa incomodidad es sólo por un “deber ser” de la “deconstrucción” o porque genuinamente es contradictorio con mis intenciones, ideales y formas de amar y cuidar. Tú, ¿cómo equilibras la cuestión política con la íntima?  

P: La política —nuestras propias posturas ideológicas y los sistemas de poder que nos rodean— siempre se inmiscuye en lo íntimo, y lo que ocurre en la privacidad y en las relaciones siempre conlleva una dimensión política porque es parte de un todo. Quienes tienen proyectos político-afectivos súper disruptivos —por ejemplo, vivir con tres parejas y criar a sus hijxs entre todas las personas— me parecen admirables, pero esa no es mi apuesta. Mi apuesta es más bien algo sencillo: quiero el máximo disfrute siendo lo más responsable que pueda. Y ya. Soy pragmática. ¿Estoy de acuerdo con la institución del matrimonio? No. ¿Me casaría para obtener beneficios legales que se me dificultaría obtener de otra forma? Sin dudarlo. Puedo cuestionarme mucho sobre los mitos del amor romántico, sobre comunidades disidentes con economías alternas, sobre la idea de dinamitar por completo el concepto de “pareja”, pero al final del día estoy tranquila con mis incongruencias, que son parte de ser humana.  

A pesar de que tengo la convicción de que la no monogamia me ha posibilitado tener una mejor relación conmigo y con las personas que me rodean, no me interesa hacer activismo para abolir la monogamia, aunque sí me ilusiona imaginar un mundo en el que nos relacionemos de formas más conscientes y elegidas. Leo, pienso, comparto y escribo sobre otras formas de amar y relacionarnos con el propósito de que se abra la conversación y cada quien pueda hacer introspección y preguntarse: “¿Cómo me gustaría existir y qué necesito para tener relaciones más tiernas, comprensivas, respetuosas, placenteras? Ya para cerrar y dejar procesar a esta generosa gente que nos está leyendo, tú, ¿cómo lo equilibras? 

C: ¡Creo que de una forma muy similar a ti! Me ayuda mucho regresar al centro: antes que por una apuesta política abierta y teorizada, la verdad es que yo hago esto porque creo que es la mejor forma en que puedo amar y ser amado, cuidar y ser cuidado, dar y recibir placer. Es una apuesta personal de vida que tiene que ver con pasarla bien y hacer el menor daño posible. En ese sentido, cuando tengo diálogos en mi cabeza donde yo me digo: “Ah sí, hablas de no monogamia, pero sigues sosteniendo una jerarquía en tus relaciones, maldito onvre heterosexual”. Pues sí, es cierto, pero también es cierto que creo que es la mejor manera en que puedo relacionarme románticamente en este momento, porque no tengo tiempo, energía, contexto o, incluso, interés para otra cosa. Si en algún momento encuentro nuevas brechas para explorar, lo haré. 

Intento que la divulgación y la crítica al respecto sean más orientadas a dar información y contexto de nuestras prácticas para que tomemos las mejores decisiones posibles, pero no tanto para dinamitar algo, como bien señalas. No puedo evitar sentir, desde este ego humano y horrible que cargo, que mi forma particular de ver el mundo es, quizás, tantito mejor que otras, pero también estoy consciente de que eso es una ilusión narcisista y que, como educador, me toca hacer lo posible para no imponer nada y, más bien, transmitir ideas, opiniones, datos o información en general de la mejor manera posible. 
Y digo, al final del día, las únicas personas a las que debo rendir cuentas son a las que decidan relacionarse conmigo, ¿no? El resto bien podría valerme madres su opinión. Pero el panóptico es difícil de destruir. EP

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