“Al inicio del sexenio había cierto ánimo en la sociedad de que se iba a acabar la militarización y que iba a haber procesos de verdad y de justicia”, Daniela Rea

Daniela Rea nos muestra el retrato de un México que sigue sufriendo los estragos de la guerra contra el narcotráfico donde la violencia criminal está incrementando a la par que la militarización.

Texto de y 25/01/21

Daniela Rea nos muestra el retrato de un México que sigue sufriendo los estragos de la guerra contra el narcotráfico donde la violencia criminal está incrementando a la par que la militarización.

Karen Villeda (KV): Muchas gracias, Daniela, por aceptar platicar a la revista Este País acerca de un libro que me parece imprescindible para entender el México de hoy, que es Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra (Grijalbo / Pie de Página, 2020) y cuya estructura que, como editora, llama mucho mi atención. ¿Me puedes platicar más sobre el proceso editorial? ¿Cuándo y cómo configuraste así este libro?

Daniela Rea (DR): Este libro surgió como idea en el año 2016, cuando se estaban cumpliendo los diez años de la militarización pública del país y que todos los medios estábamos pensando en cómo contar este corte de caja obligado, y muchos medios los contaron con mapeos de narcos, cifras de desaparecidos, desplazados, asesinados. Nosotras estábamos muy inspiradas y muy influenciadas, por los recientes trabajos de Svetlana Alexiévich​, recientes porque los acabábamos de conocer, y también por Memoria para la vida, un informe que se hizo en Colombia que cuenta los años de conflicto desde el relato de puras mujeres, que fue muy bonito además porque quienes recogieron esos testimonios son mujeres de las comunidades. La toma del relato, del testimonio, surge de ellas y pues por algunas otras cosas que estábamos empezando a leer.

Me acuerdo mucho de un libro que se llama Hilando fino que es de Julieta Paredes Carvajal, una antropóloga, en donde ella plantea cómo cambia la historia de la guerra, pensando ella en la experiencia colombiana, si se narra desde los hombres o si se narra desde las mujeres. Ella pone un ejemplo que se me quedó grabado: “si tú le preguntas de estos años de conflicto a un hombre, te va a hablar de las armas, de los muertos, de los ganadores, de los vencedores; pero si tú le preguntas este relato a una mujer te va a hablar de cómo su hijo se le fue muriendo mientras ella huía de una comunidad a otra desplazada y cómo el cuerpo de su hijo se lo fue comiendo un animalito, porque tuvo una infección.

Inspiradas por todo esto y conversando mucho con Mónica González, que era editora de foto en Pie de Página y con Emanuela Borzacchiello compañera feminista pensamos que lo mejor era contar estos años desde la experiencia de las mujeres, asumiendo que toda la violencia que se ejerce –y eso fue algo que aprendimos como por los diez años de cobertura– siempre decanta en el cuerpo de mujeres. Si el hombre es el desaparecido, quien busca es la mujer; si el hombre es el detenido, quien arma la infraestructura para sacarlo de la cárcel, para visitarlo, es la mujer. Si el hombre es el asesinado, quien se queda como a darle sentido y reconstruir lo que se rompe en la vida, pues es la mujer. Y así fue como se empezó a pensar. En realidad, el proyecto surgió ahí, con historias que iban acompañadas de imágenes, de fotografía. Esas fotografías son las que se publican en el libro.

KV: Cada historia está definida por un verbo, ¿por qué?

DR: Empezamos a pensar en que estas no eran simplemente historias de derrota o de pena o de dolor. Cuando empezamos a escuchar los relatos nos dimos cuenta que había muchas cosas a las que apelaban las mujeres que entrevistábamos que nos estaban diciendo que sí estaban haciendo cosas. A partir de eso, platicando con Emanuela, ella es quien propone que cada historia sea un verbo. Lo que hicimos no fue elegir verbos y dárselos a los autores, sino tratar de identificar qué verbo, qué acción nos están diciendo ellas. Me gusta pensar que estas historias son como una especie de cajita de herramientas, en donde cada una de las cosas que hacemos de manera intuitiva o de manera muy empírica en realidad tienen un contenido político súper importante para estos tiempos.  Y nos pareció importante que cada mujer reconozca el sentido político que hay en ello y lo comparta con otras mujeres, por ejemplo: sembrar una maceta de flores en el nuevo territorio al que fuimos desplazadas Confiar después de que me torturaron marinos y de que me torturaron con más saña por ser lesbiana. Decir que ya no puedo luchar porque estoy agotada de resistir toda mi vida a la violencia intrafamiliar, a la violencia criminal, a la violencia; poder decir: “Ya no quiero luchar”, me parece que también era súper importante reivindicar ese “Ya no queremos luchar”. Por eso particularmente el texto de Emanuela tiene un peso importante en el libro, en el sentido de que creo que tampoco podemos estarnos exigiendo la lucha constante a nosotras mismas. Entonces, que ese texto reivindique el decir: “Ya no quiero luchar”, y que apele a que entonces preguntemos: “Ok, entonces ¿qué necesitas”. “Pues necesito que estén ahí para sostenerme”. Escuchar, sanar, el cuidar y así podría pensar en todos los verbos que han salido y que nos faltarían. Yo creo que podemos, incluso, podríamos pensar en un verbo que tenga que ver con el alimentar. 

KV: Nutrir…

DR: Lo estoy pensando ahorita contigo; dices “nutrir” y pienso en  las mamás que han asumido el cuidar a los hijos de los desparecidos o a los hijos de los asesinados, ya sean las tías, las abuelas. Así que fuimos detectando qué verbos emanaban, porque claramente hay historias, todas las historias pueden tener más de un verbo, pero sí tratábamos de extraer el que le diera más sentido político de esa historia.  Y eso es una cosa que a mí me parece bien bella del proyecto. Lo que sí pensamos era qué tipo de historias queríamos contar y queríamos contar las historias que están ahí, pero también otras que no logramos.

KV: ¿Cómo cuáles?

DR: Una de las historias que quisimos contar y que no pudimos era la historia de las mamás de los jóvenes que son acusados de sicarios o  narcomenudistas. ¿Qué significará que el fruto de tu vientre se dedique a cosas que causan dolor a otras personas; cómo te explicas eso como mamá, cómo asumes eso; lo confrontas o no lo confrontas?. Y nos costó mucho trabajo poder contactar a mujeres que nos pudieran contar ese relato. También pensamos en mujeres enfermeras, en mujeres doctoras, en lo que significaba recibir el cuerpo herido y curarlo, y qué significaba, por ejemplo, recibir en tu quirófano el cuerpo de una persona que a lo mejor fue herida en un enfrentamiento y saber que tú puedes salvar a alguien que probablemente ha hecho mal. ¿Cómo resuelves esos dilemas? Con qué elementos de tu propia experiencia, respondes. Seguramente, desde el oficio médico, tú no te preguntas eso, pero como persona sí te llegas a preguntar esas cosas en algún momento.

KV: También hay otra arista que podrían explorar ahí: las mujeres que se dedican a la medicina desde el ejército o cómo es la atención a la salud mental entre los militares.

DR: E el Ejército sí hay un número de cuántas consultas médicas o psiquiátricas se han dado, pero no logramos saber si esas quinientas consultas representan el seguimiento de cien personas o una sola atención de quinientas personas distintas. Es difícil. No pudimos saber eso, pero sí hay atención. Porque también llevan registro de cuántas personas se han suicidado, cuántos soldados se han suicidado.

KV: ¿Y qué me dices de las ilustraciones que abren cada uno de los textos? Y también háblame un poquito del papel que juegan las fotografías para contar las historias que, claro, se lanzaron primero en el sitio web de Pie de Página.

DR: Algo que ayudó a que el proyecto tuviera unidad fueron las ilustraciones de Alejandra E. Saavedra López. Y este cuerpo de la mujer que dibuja es un hilo conductor.

Y, bueno, elegimos diez historias con sus fotografías para la web.  Y cuando decidimos que es pertinente que se siga conversando pues es que hacemos la propuesta de convertirlo en un libro. Y en realidad la propuesta se da muy al inicio del sexenio, cuando había cierto ánimo en la sociedad de que se iba a acabar la militarización, de que iba a haber procesos de verdad y de justicia; no sé si transicionales, pero sí iba a haber procesos con las familias de las víctimas.

KV: Y no ha sido así.

DR: Estábamos ilusionadas, la verdad. Bueno, a lo mejor no puedo decirlo por todas, pero yo sí sentía una especie de ánimo. Y pues no fue así. En esa transición habíamos pensado en que teníamos que contar otro tipo de historia, después nos damos cuenta que no es así y que más bien la  guerra sigue. Entonces decidimos que la exposición del dolor y  la exposición de las respuestas, de la resistencia, del seguir coexisten y por eso decidimos hacerlo en dos partes. Imaginábamos esa primera parte, titulada “Una piedra cae en un lago”, como esa evidencia del horror. Eso que explicamos, que avientas una piedra en un lago; el estruendo es fuerte, pero luego poco a poco las ondas se van haciendo más tenues y más silenciosas y más expansivas. Pensábamos que toda esa violencia era como ondas que van penetrando en las vidas de personas. Y que creemos que, algunas de ellas, están contadas en estas historias, como con el texto de Lydiette Carrión. Cuando un adolescente muere siempre pensamos en la mamá que perdió a la hija, pero pocas veces pensamos en la hermana, pocas veces pensamos en la amiga de la secundaria, que perdió a la mejor amiga y a la única persona en la que ha confiado en su vida. O cuando pensamos en esto siempre pensamos en las defensoras pero pocas veces pensamos en las hijas de las defensoras, en qué significa creer, crecer con tu mamá, convertirte de niña a adolescente con una mamá que tiene miedo, que está ausente, que no está, que está amenazada. Fue esa intención.

En la siguiente parte, influyeron conversaciones con Raquel Gutiérrez Aguilar; ella nos decía: “Sí, sí sigue la guerra, pero también hay otras cosas que hay que contar desde ahí.” Y fue así como se arma la segunda parte: “Un dique en el río”. Por ejemplo, lo que hicimos Marina Azahua y yo sobre las mujeres forenses, las antropólogas y las buscadoras, ver cómo se van compartiendo los saberes creo que fue lo más bonito de ese texto. Creo que eso nos dejó ver que sí había una disposición a escuchar, real, honesta, genuina, a lo que estaba pasando.

KV: Platícame de escribir un prólogo a varias manos. 

DR: Fuimos compañeras que habíamos empezado a hacer esta cobertura, que aprendimos cometiendo muchísimos errores, que pasamos de cubrir pobreza a cubrir desapariciones y que, en esos procesos de aprendizaje, de compartir, también hubo diferencias, hubo separaciones, hubo rupturas, que a mí en lo personal, y creo que a varias de nosotras nos dolieron mucho. Y, de alguna forma, sentí que encontramos de nuevo 10 o 15 años después de que iniciamos este camino, con nuestras propias heridas, nuestros propios duelos, pues podía ser como una especie de recuentro, como de reconciliación. Y pensé que sería muy bonito poder regalarnos eso. Decirnos: tenemos años acompañándonos, hemos aprendido juntas, nos hemos equivocado juntas, hay cosas que se han roto, pero pues aquí estamos. Aquí seguimos todas, intentando darle sentido a esto. Y pensé que el libro podía ser como para nosotras, como para quienes estábamos ahí, una posibilidad de reconciliar cosas. Y pedimos al Colectivo de Prácticas Narrativas que nos acompañaran a tener conversaciones y que esas conversaciones fueran a su vez una posibilidad de mirarnos y de reconciliarnos y que también pudiera ser lo que surgiera de esas conversaciones una especie de carta presentación. Así fue como se gesta la que es la carta desde nosotras, partiendo de esas reflexiones y de esas necesidades.

KV: Sí, porque también este libro colectivo es una acción política conjunta.

DR: Pues sí, sí. Pensarlo así me da mucho gusto, porque creo tras bambalinas esta eso; está como la terquedad de seguir aquí, está la ruptura, pero también está posibilidad de saber que, aunque cada quien hemos tomado caminos distintos, pues estamos ahí, cerca, siempre, y yo creo eso es algo que ha sido muy bonito como en el después del libro.

KV: Platícanos un poquito más acerca de los procesos de autocuidado; ¿cómo te cuidas tú mientras coordinas este proyecto? ¿Y cómo cuidas a tu familia, a tus hijas?

DR: Yo venía muy cansada emocional y mentalmente después haber hecho el libro de La tropa. Y entendí que necesitaba ayuda profesional para sentirme fuerte, alegre.

Es bien difícil encontrar tiempo para cuidarnos y sobre todo sostenerlo. Yo he tenido temporadas en los que digo: “Ah, pues voy a tomar terapia” pero luego ya no la tomo. O temporadas en las que ok vamos a hacer ejercicio, pero lo dejo. Hay temporadas en las que estoy menos cansada y tengo más disposición con mi familia y hay otras en las que no porque se junta la chamba. Entonces a mí me ha resultado un poco difícil encontrar un equilibrio, como una especie de cómo espacio en la que pueda navegar en distintas emociones sin que llegar siempre a los límites. Hay momentos buenos, hay momentos muy fuertes, pero más que pensar que he encontrado un equilibrio, que creo que más bien es una búsqueda constante y cuando encuentro algo que me da ese equilibrio pues me aferro hasta que ya me canse o llegue otra cosa que no… No sé si en términos personales eso responde un poco la pregunta.

Una cosa que aprendí con las niñas pues es que es una prueba constante de congruencia. A lo que voy es que claramente no me he hecho más congruente, pero al menos he puesto atención en eso. Y creo que esa relación cotidiana con ellas es lo que a mí me marca mi límite de cuando estoy bien y de cuando no estoy bien.

KV: Considero que lo que están haciendo ustedes en Pie de Página es el futuro del periodismo en México. Y quiero saber cuál el futuro del periodismo que te imaginas tú.

DR: Últimamente como que tengo una inquietud o necesidad de pensar en un periodismo que pueda como dudar, como trastabillar. Y creo que esto tiene que ver o está súper determinado por el contexto de la pandemia. Creo que lo que nos apresuramos demasiado a opinar. O sea, apenas comenzaba la pandemia y ya había un montón de libros de que eso iba a hacer a la humanidad. Pero si apenas estamos entendiendo, apenas estamos viviendo lo que nos está pasando. Eso, ¿no? Y ruido por todos lados; todo el tiempo estamos hablando, todo el tiempo: Zooms, Zooms, Zooms, que, cuando los miras en su particularidad hay cosas bien importantes que se están compartiendo, pero al mismo tiempo siento que es como ruido, ruido, ruido. Y también es polarización, polarización, polarización, entonces como todo esto, que ya existía, siento que se vino a acrecentar, como a densificar con la pandemia y eso me hace pensar en la necesidad del silencio.

KV: Y estamos encerrados en nuestra casa que es donde, supuestamente, debería haber silencio.

DR: Pero no lo hay, Karen. Siento que necesitamos darnos el tiempo para vivir lo que estamos viviendo para sentir lo que estamos sintiendo. Darnos chance de no tener que opinar, de no tener que saber. Y no sé si desde el periodismo se pueda apelar a eso, porque pues el periodismo justo tiene que informar y dar fe. No sé si eso es el periodismo del futuro, pero es una necesidad que yo particularmente como reportera tengo. 

A mí, ¿sabes qué me sorprende mucho? Que ya no sé cuántas personas han muerto en el mundo. No sé cuántas personas han perdido su trabajo, su casa y era como para que dijéramos, como Mafalda: “Paren este mundo”. Y no, no sólo no paramos, sino que seguimos y seguimos. ¿A dónde vamos con tanta prisa?

No sé si el periodismo en ese sentido pueda hacer algo, pueda ofrecer algo. Esa es como la pregunta que ahorita a mí me tiene rondando en términos de qué es el oficio, desde el oficio que yo hago, claramente. Creo que es súper importante que el periodismo siga denunciando, siga vigilando los procesos de justicia en las cortes, siga evidenciando todas las fallas de un sistema que tendría que atener a la población y no lo hace. Pero me gustaría pensar si hay otra cosa que pudiéramos ofrecer como para pensar un poquito. Siento que ni siquiera nos estamos dando la posibilidad de sentir y de vivir y de asumir lo que nos está pasando. Nos sentimos obligados a hablar, hablar, hablar. Es muy extraño.  

KV: Y hablamos por hablar, Daniela.

DR: Sí, y además desde dónde, desde esta autoridad moral de la que hablamos, no sé. No sé si alcanzo a imaginar el periodismo del futuro, pero creo que una necesidad personal que tengo yo es esa. Me pregunto si podemos ofrecer algo así, para combatir esta prisa, este exceso de información, esta falta de tiempo para que decanten las ideas. No sé si el periodismo pudiera aportar a eso. No sé si sea parte de su deber ser.  A lo mejor no. Habría que pensar en otro oficio.

KV: Sigamos con el conteo que nos dan día a día desde que empezó la guerra contra el narcotráfico; bueno, incluso desde antes con la guerra sucia, como el número de desaparecidos o el número de mujeres muertas. Pero también este libro tenemos otros números: está la cantidad de hijas que tiene una periodista o la cantidad de madres excavadoras del Colectivo Solecito.

DR: Empiezo pensando en estas cifras que puedan parecer muy menores ante este conteo de miles y miles de muertos, desaparecidos, descabezados, y es importante que digamos que, si bien son números menores, el impacto también es mucho más grande. Es necesario saber que hay algo más allá de las cuatro mil fosas, saber que de esas cuatro mil fosas hay cientos de madres buscando a sus hijos, excavando para encontrar a sus hijos. Y es importante porque si te das cuenta que en un Estado ausente donde el gobierno no está haciendo lo que le toca, están los ciudadanos tratando de mover acá, por allá.

Yo creo que todas las dimensiones de contar son importantes porque nos van despertando distintas cosas.

Alejandra Guillén, Mago Torres y Marcela Turati, que hicieron el mapeo para El país de las 2000 fosas, cuentan que ni tantos años de escribir sobre fosas tuvo el impacto de cuando se vio el mapa. Eso nos sirve para algo y otras narrativas nos ayudan a terminar de contarnos esa historia.  

KV: Esto que me dices yo lo veo claramente reflejado en tu documental No sucumbió la eternidad, donde estás narrando dos desapariciones forzadas: una que fue durante la Guerra Sucia, otra durante la Guerra contra el narcotráfico. Y son historias de violencias sin que tengan una sola escena violenta.

DR: En el caso del documental, yo sí tenía una conciencia bien clara. Me interesaba hacer una película que la gente quisiera ver; que nos sintiéramos no sé si cómodos, pero, al menos, seguras y seguros de ver, que no tuvieras que voltear la mirada porque de pronto venía ahí el matazón, como un lugar que permitiera tener la disposición de escuchar lo que ellas nos estaban compartiendo; entonces, pensé o más bien pensamos con el equipo que haciendo una película bonita estéticamente y sin escenas de violencia se pudiera generar eso, como un “Aquí no tienes que estar en guardia, aquí tienes que solamente sentarte y tener disposición de lo que ellas te van a compartir. Esa era un poco la intención de hacerlo así.

KV: Como buscar y encontrar estos espacios seguros para la escucha activa.

DR: Sí, algo así. Esa fue la intención.

KV: Y ante la necropolítica del Estado, tenemos un periodismo de la vida; estamos hablando que, para estas mujeres la vida, sigue, el niño va creciendo, la otra mujer tiene su carrera profesional; va ascendiendo… Y es importante también saber eso. No perdonas, no se olvida, pero la vida sigue.

DR: Y también, creo que uno de los retos que nos enfrentamos haciendo ese periodismo es que también hay que darle su complejidad a las buenas noticias, porque yo sí creo que la vida sigue, y es evidente que la vida sigue. Después de los incendios, y con mucho trabajo, la naturaleza vuelve a brotar. Si creo que hay, que se pierden cosas, se suman cicatrices, se cargan dolores y también el decir que la vida sigue no es gratuito en términos de donde surgió la experiencia para que esa vida siga. Mi principal angustia con eso es que tampoco parezca que es fácil que la vida siga. Es difícil, pues, y no creo que todas podamos seguir con la vida de la misma forma. No todas tenemos las mismas posibilidades o las mismas herramientas para que la vida pueda seguir o seguir de qué manera.

KV: Con lo que me dices pienso también en el kintsugi, esta técnica japonesa para reparar las fracturas de los objetos de cerámica rotos con polvo color oro para darle una nueva identidad al objeto revalorando sus cicatrices…

DR: Si no hubiéramos usado lo aventar una piedra en el lago, esa hubiera sido una buena metáfora también. EP

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