La (pos)verdad sobre perros y gatos

Fernando Clavijo dice: finalmente, podemos vivir en una sociedad en la que podemos querer a los gatos y perros, pero ¿qué nos ha llevado a poder tener esta convivencia con los animales?, ¿cuáles son las características de estos encuentros que los vuelven tan entrañables? Es probable que la domesticación nos ha permitido sentirnos completos o desarrolladores de la vida, ¿qué hemos ganado y aprendido de la domesticación? En ambos sentidos, de humano a animal y de animal a humano.

Texto de 06/05/21

Fernando Clavijo dice: finalmente, podemos vivir en una sociedad en la que podemos querer a los gatos y perros, pero ¿qué nos ha llevado a poder tener esta convivencia con los animales?, ¿cuáles son las características de estos encuentros que los vuelven tan entrañables? Es probable que la domesticación nos ha permitido sentirnos completos o desarrolladores de la vida, ¿qué hemos ganado y aprendido de la domesticación? En ambos sentidos, de humano a animal y de animal a humano.

En un momento del libro, el Principito le pregunta a un zorro qué significa “domesticar”, y este le contesta “crear lazos…”. “Claro”, dice el zorro “todavía no eres para mí más que un niño parecido a otros cien mil niños. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas. No soy para ti más que un zorro parecido a otros cien mil zorros. Pero, si me domesticas, tendremos  necesidad uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo. Yo seré para ti único en el mundo…”

Me gusta este pasaje porque crea un puente entre la amistad y nuestra relación con el mundo silvestre. Pero la domesticación no es de agrado de todos. Hace poco más de un año, antes de la pandemia, caminaba por el parque México (que tiene una sección para perros que ni Obama) cuando me topé con una manifestación en contra de los perros de raza. No solo a favor de la adopción, sino abiertamente contra la selección artificial que da lugar a razas de perros. “No a los perros de raza, sí a la adopción”, leía el panfleto que recibí, como si ambas cosas fueran mutuamente excluyentes.

La toma de posturas es algo casi pasado de moda. Lejos están los días en que se argumentaba por una verdad y se declaraba un ganador. Por fortuna, pues creo que esa visión bipolar del mundo tenía una relación con la Guerra Fría, o viceversa, pero en todo caso era poco constructiva[1]. Hoy en día, que vivimos en un mundo multipolar, sabemos que se pueden tener opiniones contrariadas, que las personas y situaciones son complejas. Para volver a los perros, a mucha gente de mi generación le parecía natural escoger entre perros y gatos, como si la supuesta enemistad entre animales se transfiriese a los “dueños” de dichas mascotas.

Ya no es así, y habrá quien diga que nos hemos ido al otro extremo. Un gran ejemplo de los valores actuales nos lo da una película de 1998, pero no por ello menos genial y actual, The Big Lebowski. Los hermanos Coen[2] definen al Dude como “the man for his time and place”, un personaje que tiene la desfachatez de contestar a cualquier argumento con un “That’s just, like, your opinion, man.” Los Coen saben de la relatividad de las verdades. En su serie excelente, Fargo, tienen a un personaje que explica que en la lengua rusa existen pravda, la verdad del hombre, y nepravda, la verdad del líder o anti verdad.

“La adopción es humanitaria, no puede negarse, pero es una solución insuficiente ante un problema mayor: la cría no regulada de perros, venga de corporaciones o personas bien intencionadas.”

La adopción es humanitaria, no puede negarse, pero es una solución insuficiente ante un problema mayor: la cría no regulada de perros, venga de corporaciones o personas bien intencionadas. Los perros son partícipes de nuestra cultura alimentaria en tanto han cooperado con la caza y la ganadería, y por ello me gustaría compartir algunos datos cariñosos de estos animales. Y, por supuesto, celebrar que vivimos en una cultura en la que finalmente se vale querer a perros y también a gatos. Los perros, lobos que se acercaron al hombre (“perhaps everything that frightens us is, in its deepest essence, something helpless that wants our love”, escribió Rilke) para ser domesticados por selección no natural sino artificial, es decir crianza, nos acompañan hace unos 30 mil años. Las razas más antiguas incluyen al Basenji africano, al Saluki y al Afgano, todos sabuesos. Estos hallan presas con el olfato o la vista (tal es el caso de lebreles y galgos en general, perros bravos y rápidos que alcanzan a las presas). Los pointers (como el Inglés) encontraban avecillas que los señores feudales atrapaban con redes, pero cuando aparecieron las armas de fuego surgieron los cobradores (como el Labrador). Cuando apareció la burguesía, se crearon perros polivalentes (como los bracos alemán, italiano y húngaro), es decir aquellos que son buenos para todo, pensados para hogares que no podían mantener jaurías extensas. La domesticación no es solo algo utilitario sino hermoso, como demuestra la relación entre el Principito y su zorro.

Además de cómplices de caza, los perros se criaron para llevar rebaños, proteger predios, y hoy en día auxiliar en labores de rescate (como la inolvidable Frida) y detección de todo tipo de sustancias.  Los gatos llegaron un poco después, hace unos 12 mil años, cuando el hombre agrícola se tornó sedentario, y necesitó a un compañero que se deshiciera de las pestes. Estos felinos adorables están relacionados con nuestra segunda fase alimentaria, la de los granos.

Por todo esto, aunque entiendo el argumento sobre las “fábricas” de perros de raza y sobre el gesto de adoptar a perros maltratados, pienso que abandonar completamente la crianza es tirar abajo un edificio colaborativo de 30 mil años.  Los que dicen no a las razas se olvidan de que sin crianza no habría rescatistas, ni lazarillos, ni siquiera perros callejeros. Solo lobos.

Algo similar sucede con muchas de las cosechas que consideramos “naturales”, en realidad fruto de selección artificial durante miles de años. Ya he hablado de la papa y la quinua, pero hay un ejemplo muy dramático de mejora en el producto nacional por excelencia: el maíz. Si tomáramos como guía la mazorca de hoy en día, probablemente nos sería imposible identificar la hierba que dio lugar a este prodigio alimentario. El teosinte encontrado en Tlaxmalac, Guerrero, que ha sido fechado en el 8,600 AC, no es más grande que una vaina de chícharos y contiene tan solo 5 o 6 granos. La “mazorca” ya en proceso de domesticación llamada Tehuacán162, encontrada en el Valle de Tehuacán, tiene unos 5 mil años y evidencia modificaciones genéticas esenciales para su uso como alimento. El primero de ellos es que ya no tiene una cáscara dura. Además, contiene más almidón, que es el origen del valor nutricional de este grano. Por último, la selección artificial ya había logrado aislar al gen que hace que los granos maduros se caigan de la planta. Porque, valga la pena el recordatorio, desde el punto de vista de la planta el objetivo de los granos es la reproducción, no alimentarnos. Por ello, solo con la selección artificial se puede lograr que la planta conserve sus granos en la mazorca. Lo único que este ejemplar no comparte con el maíz moderno es el dulzor y, por supuesto, el tamaño.

Hay otros ejemplos, como el tomate. Este fruto llegó a México hace unos 7 mil años, proveniente de la zona que comprende lo que hoy son Ecuador y Perú, ya parcialmente domesticado. El tomate “original”, el solanum pimpinellifolium, era del tamaño de un arándano. Ejemplares como este se siguen encontrando de manera silvestre. Yo me he topado con estos pequeños frutos en Malinalco, y nunca he logrado cultivarlos. Salen donde quieren. Aun así, tienen un sabor y aroma intenso a tomate, no como los frutos que uno puede comprar en lugares como Walmart. Estos tomates grandes, los solanum ilycopersicum, pueden ser hasta cien veces más grandes que los primeros. Sin embargo, el tamaño no es lo único que se ha mejorado, el tomate actual también es más resistente a la sequía y contiene mayor betacaroteno y azúcares.

Recomiendo a los lectores darse una zambullida en Google para ver imágenes de vegetales que han cambiado de manera sorprendente. La zanahoria, por ejemplo, era morada y delgadita, la berenjena tenía espinas, el plátano era prácticamente redondo. Baste decir que la sandía era del tamaño de una manzana.

Volviendo a los animales, los seres humanos también hemos seleccionado ejemplares de granja. Las vacas, por ejemplo, se escogen para maximizar la masa e hipertrofia muscular. Los borregos se cruzan para lograr lana más gruesa, y los pollos para producir un crecimiento más acelerado. Debe decirse que esto trae problemas no previstos, pues cuando se selecciona para un fin particular pueden estarse acentuando otros rasgos genéticos de manera inadvertida. Pero no creo  que sorprenda a nadie el hecho de que las vacas, cerdos y borregos modernos tengan problemas en articulaciones y patas, así como enfermedades vasculares asociadas a la obesidad. Los pavos de granja tienen tanto músculo que son físicamente incapaces de reproducirse, deben inseminarse. Ni qué decir sobre la capacidad de un animal de estos para sobrevivir fuera del cautiverio.

Esto último me hace pensar en un ejemplo que pone Tolstoi —vegetariano y defensor de los derechos de los animales— en La guerra y la paz. Aunque lo hace para desacreditar a Napoleón luego de la campaña de 1812 (con lo cual introduce cierta relatividad en las verdades históricas de esa época), creo que es ilustrativo de la condición humana en general, y tal vez un poco agnóstico. Para un rebaño de carneros, nos dice, aquel carnero que es llevado aparte todos los días para ser pesado y revisado, y al que se le da más alimento y un espacio más cómodo para vivir, ese carnero es el más fuerte y más bello. Un ganador o, en argot mexicano, un chingón. Es el elegido por los dioses. Lo que los carneros no saben es que es el elegido pero para comérselo.

Es cierto que en la selección artificial favorecemos rasgos incluso sin saberlo. Con los antibióticos e insecticidas, por ejemplo, creamos vetas de patógenos cada vez más resistentes (no que quiera equiparar a los anti-razas con los anti-vacunas, aunque compartan un mismo impulso anti civilizatorio). Evidentemente, no puede compararse la domesticación milenaria destinada a la supervivencia con la modificación genética en busca del poder económico. Los granos transgénicos se forman para contener más magnesio y calcio, ser más tolerantes a plagas de insectos, pero también para ser menos vulnerables a herbicidas. Por ello empresas de insecticidas, como Monsanto, buscan promover sus granos tolerantes al mayor herbicida de todos, el famoso Roundup (que contiene glifosato, un cancerígeno probado). Para volver un poco al tema de las medias verdades, el gobierno actual prometió prohibir el uso de este producto, pero el proyecto de ley contempla su desfase a partir del 2024 —es decir una vez que haya terminado su mandato—.

Nosotros mismos nos hemos seleccionado y domesticado con elementos tan artificiales como la cultura y la tecnología. Es interesante notar que los perros modernos tienen rasgos que enfatizan la etapa más joven de los lobos. Es decir, parecen cachorros (juguetones, mansos, de orejas gachas y ojos grandes), aunque no se hayan seleccionado por su aspecto sino por sus capacidades cognitivas y comportamiento[3]. Algo similar puede decirse de la especie humana, en el sentido en que nuestro mayor logro, la inteligencia, parece ser el resultado de una infantilización e incluso fetalización[4]. Si nos comparamos con nuestros parientes más cercanos, los chimpancés, los humanos parecemos un primate mal desarrollado, sin el pelo, ni la parte dura sobre la frente y cráneo, y sobre todo dispuestos a aprender no solo durante la infancia sino durante prácticamente toda la vida. “Perro viejo no aprende trucos nuevos”, se dice comúnmente, pero es que los perros y nosotros mismos nos hemos auto seleccionado para ser cachorros durante más tiempo. Todo en busca de maximizar el aprendizaje y su resultado, el conocimiento.

Al final, los gatos parecen haberle ganado a los perros la batalla por el internet. Sus caritas y disposición enigmática los hacen perfectos para acomodar toda característica antropomórfica que queramos asignarles. Algo así como: “estudio revela que los gatos sí nos entienden pero no les importa”. Convivir con estos seres altivos (o con cualquier animal) nos redime como especie, muestra que no nos hemos apartado por completo de la naturaleza.

Parece tan raro tener encuentros con animales salvajes —y con lo silvestre en general—, como el tipo de evento extremo y fronterizo que refiere tan bien Jack London en historias como Colmillo Blanco. Pero no lo es. ¿Quién no ha convivido con una araña patona, o aprecia un colibrí desde su ventana? Estos encuentros son raros pero gratificantes. Tal vez el ejemplo más famoso sea la convivencia de Jane Goodall con los gorilas, una relación que, aun sin poderse llamar domesticación, lanzó un cabo entre la civilización humana y el mundo natural. Muchos de nosotros tenemos plantas en casa, y el simple hecho de regarlas y cuidarlas (aun quitando malas hierbas) nos cambia como personas, pues nos involucra. “Comienzo a entender —dijo el Principito —hay una flor… creo que me ha domesticado…” sigue la reflexión de Saint-Exupéry. La domesticación va en ambos sentidos. EP


[1] Se tomaba bando de forma banal y rutinaria, como entre Barcel y Sabritas, incluso entre Adidas y Nike, aunque la decisión se formaba por afinidad con equipos o presión social, rara vez entraban consideraciones como el trabajo infantil por parte de la firma de Philp Knight, o el pasado oscuro de la marca alemana.

[2] De paso recomiendo el soundtrack de esa película y de todas las producciones Coen, desde Oh brother, where art thou? hasta la serie Fargo.

[3] No se ha prohibido tener perros ni gatos como “mascotas”, pero los proyectos de ley existen. Yo celebro que en algunos países ya sea ilegal cortar orejas y rabos.

[4] Para saber más sobre este rasgo evolutivo y su relación con la heterocronía, recomiendo leer a la doctora Pilar Chiappa y escuchar su entrevista en la Revista de la Universidad de México en su número “Conciencia”, https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/4469c72b-8dae-4793-be15-5a5ef29a5373/bonus-tracks .

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