El plástico y lo concreto

Fernando Clavijo tiene un gusto por visitar fábricas y, en esta ocasión, descubre que visitarlas trae consigo más aprendizaje del esperado. En este texto nos comparte algunos datos sobre la historia de la licuadora, sus esfuerzos por mejorar su utilidad y cómo es que se construyen.

Texto de 07/10/21

Fernando Clavijo tiene un gusto por visitar fábricas y, en esta ocasión, descubre que visitarlas trae consigo más aprendizaje del esperado. En este texto nos comparte algunos datos sobre la historia de la licuadora, sus esfuerzos por mejorar su utilidad y cómo es que se construyen.

Para mí no hay duda: lo concreto supera a lo abstracto. La acción es más valiosa que la intención, incluso más pura. Lo mismo pienso de los objetos, cuyo volumen y realidad prevalecen ante toda apreciación o comentario. Por eso, a pesar de que toda la vida he ejercido alguna modalidad del puesto de analista, siento un profundo respeto y maravilla por las personas que fabrican cosas. Y no solo por los que lo hacen sino por las cosas en sí y por las máquinas involucradas. Por los hierros, pues.

Principalmente por eso me gusta visitar fábricas, y para estas alturas he aprendido que de un pequeño paseo siempre sale mucho más. Más información, reflexión e historias. Tal vez esa es mi naturaleza, o es la naturaleza de las cosas, eso no lo sé ni es el tema. A principios de agosto, por ejemplo, llegué a la colonia El Retoño, en Iztapalapa, y aun antes de entrar a la fábrica me sorprendió que la zona no parecía industrializada casi en absoluto, sino más bien residencial. Había grandes tiendas de autoservicio, pero también misceláneas y fondas entre edificios multifamiliares y casas, muchas casas.

“Los vasos de la licuadora de Philips, originalmente de vidrio, solían embonar mal con la tapa, lo cual daba lugar a desastres en la cocina. El señor Domínguez encontró el error y ofreció una solución.”

La fábrica pertenece a la empresa Dimoplast y fue fundada durante la década de 1970, una época en la que el desarrollo productivo seguía poblando esta delegación enorme. La fundó un señor de nombre Julio Domínguez, químico de la UNAM y emprendedor. Pocos años antes experimentaba con moldes y plásticos en el sótano de la casa de sus padres en la colonia Roma, hasta que se acercó a la compañía holandesa Philips, conocida por su electrónica enfocada al hogar. Los vasos de la licuadora de Philips, originalmente de vidrio, solían embonar mal con la tapa, lo cual daba lugar a desastres en la cocina. El señor Domínguez encontró el error y ofreció una solución. El problema provenía de los vasos, cuya fabricación no podía asegurar un tamaño suficientemente uniforme. Sin embargo, la inyección de plásticos es muy precisa, con lo que produciría vasos siempre idénticos. Además, es más barata. Domínguez logró su primer contrato.

Esto era a finales de la década de 1960, cuando la popularidad de las licuadoras estaba en pleno auge. Originalmente inventadas por Stephen Poplawski para la Arnold Electric Company, la idea inicial era usarlas para hacer bebidas, no sopas ni salsas. Además era 1922, plena Prohibición, justo cuando Eliot Ness andaba detrás de Al Capone. Se usaban para malteadas, que le encantaban a Poplawski (quien además era de Racine, Wisconsin, cuna de la malta) y aparentemente al propio Capone, que tenía una granja de vacas lecheras. Ness metió a Capone a la cárcel en 1931 por evasión fiscal; a su salida, el gángster perdió la cordura debido a la sífilis. El propio detective no acabó muy bien, pues murió en 1957 hecho un borracho. Pero me desvío, en 1936, cuando ya no había Ley Seca, un señor de apellido Waring pensó que serían buenas para hacer daiquirís y la presentó en una feria de Chicago. Para 1950 se empezó a utilizar para la cocina, primero como asistente en la mayonesa y salsa holandesa (y tal vez sus primos la bernesa —con mantequilla y estragón— y la bordalesa —con tuétano—) además de cremas. Entonces llegó Oster, ya en plena década de 1960, y sacó licuadoras de cuatro velocidades en diferentes colores. Justo en esos años, Domínguez empezaba a vender sus vasos.

Oster y Philips le pidieron primero miles y luego cientos de miles de vasos al industrioso ingeniero. Estas empresas armaban más que fabricar y necesitaban no solo licuadoras sino carcasas para batidora, la base del cuerpo de cuchillas…en fin, unos 40 componentes. Con eso se pagó la fábrica de la colonia El Retoño.

La fábrica tiene dos grupos de máquinas, las inyectadoras y las maquinadoras. Las primeras toman pellets de plástico en una tolva, los secan, derriten e inyectan a alta temperatura (de 250 centígrados para un plástico de tapa-rosca hasta 350 para policarbonato) en moldes de acero que sostienen con una prensa. Estos moldes son piezas complejas, que además de tener la forma invertida del artículo a fabricar, tienen la de pernos que lo sostienen o expulsan, además de canales por los cuales circula agua a presión para enfriar y endurecer el plástico con mayor rapidez.  Los moldes conforman el verdadero valor de la fábrica y la experiencia enseña que no se deben prestar por ningún motivo. Estos moldes vienen de piezas de acero sólidas que parecen sacadas de Odisea 2001 (un cubo de 75 cm puede pesar 3 o 4 toneladas, lo mismo que una camioneta grande) y se trabajan bajo diseño en tornos o fresas robotizadas, es decir las maquinadoras. Son aparatos increíbles, cuentan con brocas que erosionan el acero y un brazo robotizado que va moviendo la pieza. Se programa el diseño y el centro de maquinado va trabajando hasta lograr el molde, incluyendo los canales para el agua, pernos y ranuras que hagan falta. Pero para cuando hay una ranura demasiado profunda con una curva en la cual no llega una broca, por ejemplo, hay una máquina aun más sorprendente, la electro erosionadora o E.DM. por sus siglas en inglés. Esta es una tina llena de un fluido dieléctrico, donde se sumerge la pieza de acero y se fija a la base gracias a un imán muy poderoso. Entonces comienza la magia: se introduce un electrodo, es decir, una pieza de cobre con la forma que se busca reproducir, y esta empieza a golpear al acero. Con esto se genera un arco eléctrico entre acero y electrodo que produce reacciones extremas de milésimas de segundos en las que se arrancan partículas al acero hasta que queda idéntico a la pieza de cobre.

La relación entre el ingeniero Domínguez, Oster y Philips duró hasta finales de la década de 1970 y principios de 1980, momento en que ambas transnacionales se integraron verticalmente, crearon moldes y comenzaron a producir sus propios vasos. Había explotado la popularidad de la licuadora y la inversión valía la pena toda vez que sabían que iban a producir y vender millones. Aún quedaba una salida, vender el vaso sin la marca a los comercializadores de electrodomésticos instalados en la calle Artículo 123, en el centro de la ciudad. Todos conocemos esas tiendas, son maravillosas y uno quiere comprar absolutamente todo. Una tal tienda es Llyrsa, de Roberto Fuentes, otro gran emprendedor con más olfato para las ventas que estudios técnicos. Esta tienda y sus numerosas sucursales vendieron vasos de licuadora a particulares, luego a los dueños de puestos en los principales mercados de licuados, y finalmente exportaron a toda Latinoamérica. Con ese tremendo ingreso, el señor Fuentes logró copiar los moldes y también puso su propia fábrica hace ya más de 10 años. Como controla la distribución de partes de varias marcas, cada una con muchos productos, sabe exactamente qué piececita de plástico tiene suficiente demanda como para que sea costeable producirla y a qué precio debe venderla.

Los hijos del ingeniero Domínguez, también ingenieros, vieron cómo caían las ventas e ingresos de la fábrica familiar. Esa es la historia repetitiva de todos los negocios intergeneracionales y el motor de la innovación. Los hermanos Domínguez arriesgaron lo que tenían y dedicaron meses a producir el diseño de un piso ecológico para parques, andadores y estacionamientos (@gravalock.mx). Como no había realmente un mercado para este producto, hicieron sus prototipos en impresora 3D. Hoy en día este producto mantiene a esta fábrica en funcionamiento (aunque no es lo único que producen, también están las piezas del  juego “Maratón” y del tablero de “¿Adivina Quién?”, por ejemplo) y con ello el empleo de más de 30 personas. Hoy en día la rejilla Gravalock puede verse en el camellón de tezontle compactado sobre Reforma y en el nuevo Museo infantil y juvenil Yancuic. Es ecológica porque permite que el agua vuelva al subsuelo y porque se fabrica con plástico reciclado y se enfría con agua de lluvia también reciclada. Pero sigue siendo de plástico.

Me gustan los hierros, no lo puedo negar: en esta fábrica vi una llave Stilson de 36 pulgadas que era una belleza. Pero también lo que dicen sobre los años de 1960 a 1990, pues no puedo creer en el discurso del actual gobierno que tilda de perdidas las últimas cinco décadas en nuestro país. El propio Carlos Slim, también ingeniero de la UNAM, en esos mismos años pasaba de atender una mercería en el centro a invertir en bienes raíces.

“Cuando vengan los arqueólogos (¿de otro planeta?) probablemente identifiquen una Era del plástico para sumarla a la Edad de bronce y la Edad de hierro.” 

Lo que sí me gusta de las ideas y lo abstracto, es que por sí solas son incapaces de hacer algún daño. Las acciones, aun las mejor intencionadas y las más productivas, siempre tendrán consecuencias. Toneladas y toneladas de vasos de licuadoras, botellas, manijas de ollas y mangos de sartén constituyen una masa de plástico prácticamente indestructible que dejará huella en la Tierra. Cuando vengan los arqueólogos (¿de otro planeta?) probablemente identifiquen una Era del plástico para sumarla a la Edad de bronce y la Edad de hierro

Otro organismo —sistema, mundo material, conjunto de fenómenos— que es concreto, finito y palpable es la Naturaleza. Ha creado hierro al lado de árboles, micro organismos y una atmósfera habitable. Sus tiempos y poder nos rebasan en cualquier flanco. Mi admiración y respeto por ella no están peleados con la melancolía que me provoca pensar en la humanidad y su pequeñísima historia. Las historias pequeñas de personas —y de apartados minúsculos como lo relacionado con la  comida— se suman de una en una para crear colonias enormes como Iztapalapa, la más grande de Iberoamérica, y estas se suman para añadir valor a países como México. Juntas, las ideas, las personas y sus acciones moldean nuestra realidad. EP

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