Casa adentro

En esa insistencia por apartarse del otro se halla la negación de una realidad que nos atraviesa y no se encuentra sólo en Ecatepec. Ahora que estamos obligados a parar de una u otra forma, parcial o totalmente, tenemos una oportunidad para mirar de frente, no sólo a través de un rostro desdibujado.

Texto de 30/07/20

En esa insistencia por apartarse del otro se halla la negación de una realidad que nos atraviesa y no se encuentra sólo en Ecatepec. Ahora que estamos obligados a parar de una u otra forma, parcial o totalmente, tenemos una oportunidad para mirar de frente, no sólo a través de un rostro desdibujado.

Desde hace cuatros años son frecuentes mis visitas a Ecatepec. Usualmente, por temporadas cortas: fines de semana y vacaciones en invierno o verano. En esta ocasión, mi pareja y yo llevamos más de tres meses aquí.

El departamento en el que nos encontramos es contiguo a la casa de mis suegros, nuestra planta baja es su patio. A lo largo de estos años hemos ido acondicionando el espacio. Cambiamos las cortinas, nos deshicimos del viejo escritorio y mandamos a hacer unos libreros. En las paredes, poco a poco hemos colgado recuerdos de viajes o regalos de los amigos. Tenemos una cafetera y un palo de Brasil que necesita cambiar de maceta porque ha crecido demasiado. Sin notarlo, espero que cada lugar futuro que habitemos sea como este.

Una de mis actividades diarias es mirar por la ventana que da hacia la calle. El sonido de lo que sucede se cuela a mis oídos y es inevitable que me acerque para ver de dónde proviene. Cada vez que pasa el camión del gas, los rechinidos de sus partes desgastadas se interrumpen brevemente por las repeticiones de la palabra “gas”. La voz que alarga la vocal se escucha como un lamento a tal grado que los perros de la cuadra la acompañan con aullidos.

También hay canciones alegres: la de los productos de limpieza o la del panadero. Sólo he visto a un vecino salir a comprar algo de lo que se oferta: unos esquites que se hacen llamar los riquis riquis. Algunas tardes se instala en el portón para observar a los transeúntes. Destapa una cerveza y, si las horas prosperan, es posible que, con otros de sus familiares, enciendan una bocina. Atemperan el sonsonete de los grillos con una mezcla de banda y reguetón.

Las noches en las que, además, conectan un micrófono para cantar, me recuerdan a las posadas o a las primeras horas de año nuevo que he pasado aquí. Al inicio, las voces son dubitativas y se escuchan a un volumen tan bajo que no deja distinguirlas con claridad. Luego se invierte todo porque se vuelve más difícil llegar al final de la canción, pero lo hacen con mucho sentimiento. Tal vez no son los únicos que necesitan una pausa, por eso no ha habido reclamo del resto de los vecinos.

En la madrugada, cuando nos vamos a descansar, echan a andar el motor de sus autos para salir a trabajar. La historia de quienes viven en estas colonias está unida a la de sus trabajos. No suele ser una elección. Es la única posibilidad de pagar la renta, de ir construyendo una casa y de tener un mejor ingreso.

Cuando estaba en la secundaria, al norte de la ciudad, la mayoría de mis compañeros eran de Ecatepec. Aunque yo viajaba desde un punto más lejano, todos compartíamos la exigencia de llegar a la escuela mucho antes de la hora de entrada. El tráfico de la autopista era un boquete que después de las seis quince ya no dejaba pasar a nadie. Los padres de mis amigos, igual que los míos, tenían por lo menos dos trabajos, pero no parecía que supieran lo que era el cansancio.

Las reuniones de los vecinos tienen un intervalo que ronda entre una y dos semanas. A veces son discretas. Podría decirse que ni siquiera estaban planeadas. Las bebidas van apareciendo sin mucha prisa en los toldos de sus coches o en los límites de la banqueta. Las ocasiones especiales, por otro lado, son evidentes. Desde temprano se escucha el ajetreo en los cuatro niveles de la casa: el ruido de las cerdas de la escoba, los cubetazos y hasta el reordenamiento del jardín callejero, donde una palmera crece a sus anchas rodeada de tierra, formando un islote en medio del asfalto.

El 10 de mayo contrataron un grupo norteño: acordeón, bajo sexto, tololoche y tarola. Lo confirmé hasta que subí a la azotea de mis suegros, útil para esquivar la lona de plástico azul que los vecinos acomodaron para rodear su entrada, la cual me impedía verlos desde la ventana. Los norteños, uniformados, y otras cabezas, por lo menos unas diez, todos a lo largo del patio extendido por el zaguán abierto.

“La vecina tiene dos hijas universitarias. En lo que va del confinamiento, no ha dejado de ir a la zona industrial aledaña, donde realiza labores de limpieza en una fábrica.”

La vecina tiene dos hijas universitarias. En lo que va del confinamiento, no ha dejado de ir a la zona industrial aledaña, donde realiza labores de limpieza en una fábrica. Asimismo, sus hermanos y su esposo han tenido que salir casi todos los días. En su Diario de fábrica, Simone Weil relata cómo sus jornadas requerían una velocidad de la que ya no podía desprenderse. En lugar de escribir, leer o cualquier cosa, al terminar la cena sólo quedaba el agotamiento. Cada vez le era más difícil desconectarse.

Conforme fueron avanzando las noticias de la pandemia, no tardaron en aparecer quienes hablaban del virus como si se tratara de una guerra. Íbamos a ganarla si nos lavábamos las manos y nos quedábamos en casa. Una pelea casa adentro: contra las noticias falsas, los tapabocas mal puestos y las verduras sucias. ¿Pero de qué lado están quienes tienen que salir porque la situación los arroja de su casa? ¿Hay una sola forma de estar dentro?

Pienso en 2009 y en todas las complicaciones que me impidieron cumplir la única semana de encierro en casa. No recuerdo estar preocupada por una higiene minuciosa ni por el uso de gel antibacterial. A principios de ese año había pasado ocho horas en un hospital público y conocí por primera vez los ataques de pánico. Posteriormente, acudí a un hospital privado y no cesaron los ataques. Al final, el agente de seguros fue a mi trabajo para decir que la póliza no cubría lo sucedido.

Quizá si el ensayista Nicola Chiaromonte viviera agregaría este acontecimiento a su colección de paradojas históricas. Se preguntaría qué clase de batalla de Waterloo podría darse en el espacio doméstico. Buscaría a los Fabrizios de una nueva versión de La cartuja de Parma que luchan contra el jabón, los panqués de plátano y Netflix. Incluso, se vería obligado a superponer la línea del individuo a la de la comunidad con tal de llevarnos a mirar otro lado.

Es probable que todas las reacciones a este suceso, pensaría, parezcan absurdas. Nos queda únicamente la resignación a la existencia de una infinidad de formas de ver lo que está pasando, y por muy difícil que nos resulte, entenderemos muy poco. Nuestras respuestas no son lineales ni serán las mismas que las de los demás, aun si pareciera que nuestras motivaciones son iguales.

Las fiestas de los vecinos son un intento por desconectarse de una rutina que los asfixiaba desde antes. La cotidianidad ya era casa adentro. Nadie habla de las desgracias que podrían ocurrir si rompen algunos acuerdos de convivencia, pero si van a la tienda que está a la vuelta, no llevan cosas de valor, su vestimenta no llama la atención y las mujeres no salen después de que anochece. Incluso con menos preocupaciones económicas, el exterior no les permitiría salir con tranquilidad.

El día treinta y cuatro, mientras veíamos la televisión, oímos gritos afuera. Erik hizo un movimiento rápido y apagó la luz. Con menos destreza, corrí a pausar la serie. El silencio fue efímero por el estrépito de dos autos. Otra vez gritos. Nos acercamos a la ventana y observamos con mucho cuidado por una rendija de la persiana. Confiamos en la oscuridad de la noche para no ser descubiertos. Había un muchacho sin playera y con pantalones de mezclilla. Se veía furioso. Estaba frente a uno de los coches. La mujer que gritaba no se alcanzaba a ver, pero le pidió al hombre que se marcharan. Gritó con todas sus fuerzas que ya por favor, que se hiciera a un lado. Se hizo otro silencio y cuando él se movió a la orilla, la camioneta arrancó y se fue. Ella habló de nuevo, le pidió subir al auto. Perdimos de vista al muchacho y a los pocos minutos escuchamos cómo se alejaron. No pasó nada, pero la tensión tardó en desaparecer. Dormimos hasta acabar un par de capítulos.

Eventualmente, varios de mis compañeros de secundaria dejaron atrás Ecatepec. Los trayectos hacia cualquiera de sus actividades se fueron complicando hasta expulsarlos. Nos reencontramos en la ciudad. Ahora somos nosotros quienes tenemos por lo menos dos trabajos. Con suerte, nos acostumbraremos. Olvidaremos que estábamos de paso. Compraremos una base para el colchón y el refrigerador no estará vacío. Disfrutaremos los fines de semana sin ir a otros lados. Me pregunto si recordaremos cuando no sabíamos cómo tener una casa.

En su ensayo sobre Guerra y paz, una de las reflexiones de Chiaromonte es acerca de la supuesta dualidad insuperable que el ruso consideraba al escribir esta novela: por un lado, los hechos históricos fuera de cualquier voluntad humana, encarnados en la guerra como uno de sus peores rostros; por el otro, los sentimientos, impulsos e incidentes cotidianos de los individuos. De acuerdo con el italiano, la resolución de Tolstói fue un rechazo a cualquier pretensión de acción histórica y conocimiento individual. Su “gran cosa única” fue el haber identificado “el poder inexorable del momento presente”, donde guerra y paz son sólo dos miradas que no escapan a las contradicciones. Al ensayista le parece que, en el centro de la novela, se encuentra el drama colectivo que se origina al no darse cuenta de ellas. Y, de manera simultánea, niega que exista una oportunidad para hallarlas. Tal vez por eso Flaubert creía que las ideas del ruso eran confusas, equivocadas, repulsivas, grandiosas o las cuatro en una. La fuerza del presente no es determinista, pero sí establece los límites de quienes estamos en ese tiempo y espacio.

Día setenta y tres. Son las ocho de la mañana y los vecinos siguen cantando. Es domingo y desayunamos con mis suegros. No dormimos nada.

Las pausas también son un modo de hablarle al presente: espérame un segundo, ahorita no. Es frecuente que un ritual germine con una simple interrupción. En Un lugar seguro, Olivia Teroba va uniendo las piezas que le han permitido contrarrestar los efectos de la incertidumbre diaria. Además de la literatura, las consultas con su acupunturista, las visitas a la alberca y, sobre todo, la conversación con sus amigas. En sus ensayos permea un registro acucioso del contrapunto entre sus deseos y la pesadez de los vacíos que se han ido acumulando. Hay situaciones que la irritan, pero es en ellas donde más se detiene, como si el solo acto de contemplarlas redujera su tensión. No se trata de negar el caos, sino de habitarlo.

Día ciento dos. Reportamos las fallas del internet desde la tarde posterior al temblor de la semana pasada. Hoy por fin vino un técnico y estuvo varias horas tratando de arreglarlas. Al parecer hay un problema más complicado con el cableado que no puede resolver ahora, así que nuestra conexión seguirá intermitente.

“Las noticias de Ecatepec suelen mostrar en primer plano una imagen de violencia y peligro que se ha ido construyendo a su alrededor.”

Las noticias de Ecatepec suelen mostrar en primer plano una imagen de violencia y peligro que se ha ido construyendo a su alrededor: “el hogar de la Santa Muerte”, “el territorio sin ley”, “el lugar donde no se puede vivir”. Durante la pandemia, los videos de personas desesperadas por saber algo de sus familiares en el hospital de las Américas se han incorporado a este retrato. Una representación que va más allá de las cifras y de los sucesos diarios. Como si al señalar esos males se marcara distancia de ellos. Como si no tuvieran una relación con lo que sucede afuera. En esa insistencia por apartarse del otro se halla la negación de una realidad que nos atraviesa y no se encuentra sólo en Ecatepec. Ahora que estamos obligados a parar de una u otra forma, parcial o totalmente, tenemos una oportunidad para mirar de frente, no sólo a través de un rostro desdibujado. De mirar parte de esa realidad que existe con y sin virus.

La vecina nos contó que debe volver a dos de sus trabajos domésticos. Le pagaron su salario completo una temporada, pero ya necesitan que regrese. Nos dice que descansó lo suficiente, y como sus hijas están de vacaciones, la van a acompañar, porque son dos casas de la colonia. No lo decimos, pero quizá haya otra fiesta pronto. Desde el primer día del confinamiento, en una de mis libretas comencé una lista de libros y objetos que olvidé en donde vivo y ocuparé en algún momento. Ha crecido tanto que ha abierto la pregunta de si no es tiempo de que nosotros vayamos hacia ellos. Si el asunto del internet no mejora, es casi un hecho que así será. No me preocupa. Aquí descubrí que al habitar una casa lo más importante lo llevas contigo. EP

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