El rechazo a los inmigrantes es propio de un segmento importante de la población estadounidense. De cara a las elecciones presidenciales de 2016, ese sentimiento se ha convertido en bandera de figuras políticas como Donald Trump, quien —como muchos otros— se olvida de las significativas contribuciones económicas que la inmigración hace al país y, en particular, a regiones tan poderosas como la de Nueva York.