El abuso y el amor

Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

Texto de 10/08/18

Durante varios años, “Poliedro” fue la sección principal de las centrales de la revista Este País. Con el propósito de honrar a esa tradición impresa y renacer como EP en línea, hemos nombrado “Poliedro Digital” al blog semanal de la Redacción que, al tener diversos colaboradores, es como ese cuerpo geométrico de “muchas caras”.

Hacia 1875, en Bélgica, Paul Verlaine disparó contra su amante, Arthur Rimbaud. Los poetas franceses se conocieron en 1871 y comenzaron pronto una relación que durante más de un siglo se ha catalogado de “apasionada”, señalándola como una forma natural del amor entre artistas: poetas, nada menos.

El disparo finalizó con la dependencia mutua y el abuso constante. En vez de matar a Rimbaud, Verlaine lo hirió la muñeca. La policía fue convocada de inmediato y se hizo un arresto no sólo por el daño infligido sino porque era conocido y en ese momento obvio que los dos hombres habían tenido relaciones sexuales, que eran amantes. En casi todo el mundo se consideraba por entonces a la homosexualidad como un delito punible, así que los gendarmes se llevaron a Verlaine bajo custodia. Fue castigado con dos años de prisión y, más aún, con el oprobio público.

Rimbaud era un chico malo (y tal vez más talentoso que su mentor) que tenía tan sólo 17 años cuando conoció a Verlaine, por entonces de 27 años. El más joven se portaba mal en todos lados y de una forma muy obvia: dejó una nota con forma de un mojón de mierda bajo la almohada de un amigo que lo había invitado a pasar la noche, le puso ácido sulfúrico en su bebida a otro conocido y se rehusó a pagar por el alquiler de ningún sitio e incluso a rechazar invitaciones poniendo como pretexto su propia mugre (liendres y piojos incluidos). Esta actitud se le quitaría con el tiempo, en el proceso que ahora llamamos madurez. Al paso de los años se volvería un soldado y mercader disciplinado y hermético, destinado a una vida frugal en Indonesia y África, y moriría a los 37 años.

Verlaine, en cambio, no sólo vivió atormentado sino que atormentó a los otros. Fue sujeto de Rimbaud durante un tiempo, pero para entregarse a eso hubo de maltratar horriblemente a su mujer, Mathilde Mauté, con quien se casó en 1870 cuando él tenía 26 y ella tan sólo 16. Verlaine era alcohólico que bebía grandes cantidades de absenta y que se comportaba como un maniaco un día sí y otro también. Golpeaba a Mathilde sin miramientos al grado tal que casi la hace abortar. Ya con un bebé, los golpes reiniciaron y le tocaron también al chiquito: el poeta lo arrojó contra una pared, como un fardo, cuando era todavía un niño de meses.

La violencia acompañó siempre al autor de los Poemas saturnianos, incluso después de salir de la cárcel y convertirse al catolicismo. Era una violencia generalizada que empezaba con el daño personal y se extendía a los demás. Sus últimos años fueron de decadencia y rareza, vividos en la borrasca del alcohol, el descuido y el abuso. Lo rescató su obra y su propia extravagancia, que llamaba la atención y movía a la compasión.

Pero el paso del tiempo trae consigo cambio. Verlaine fue aclamado durante más de un siglo como el poeta crucial de Francia y fue uno de los más loados de su época. Se le admiraba y veneraba como a un artista puro. Su historia personal no hacía más que incrementar, si era posible, su calidad de héroe literario, de figura mítica: era visto como un alma atormentada a la que sólo el alcohol y los excesos podían dar un poco de alivio.

Hoy los poetas son poco venerados y todavía menos leídos. Y la obra de Verlaine, parteaguas en su momento, tiene el tufillo de lo pasado y olvidado. Su vida íntima, en cambio, se ha vuelto de lo más actual. Las razones son las mismas que le dieron notoriedad en el siglo XIX, pero han cambiado de cariz. Si antes hubo escándalo por su homosexualidad, hoy lo que resalta es la relación dependiente, violenta y destructiva que tuvo con sus parejas y consigo mismo.

En Francia y Bélgica, a finales del siglo XIX, parecía relativamente normal que la pasión derivara en violencia; es más: era normal confundir el término. Y el arte y los artistas, tocados por la vara de la divinidad, vivían en un lugar distinto al común de los mortales. Para ser artista había que ser también una persona rara, fuera de las leyes de lo cotidiano.

Francia ha sido el lugar del romance y la pasión en el imaginario colectivo. No se anhela una luna de miel en Tula, Hidalgo, sino en París, Francia. La noche parisina concita sentimientos tumultuosos, lugares comunes y deseos auténticos. La idea que nos hemos hecho de los franceses está asociada de alguna manera a esta fantasía; pensamos que los habitantes de la tierra del croissant, el vino tinto y los quesos suaves viven entregados a los placeres de la carne. Con Medianoche en París (2011), Woody Allen jugó con nuestros estereotipos. En la ciudad de la Torre Eiffel, según la película, están los artistas y el amor, la posibilidad erótica y la creativa. Nada más natural, entonces, que fuera en Francia y en París donde Verlaine y Rimbaud se conocieran y se hicieran amantes feroces y creadores totales.

El juego entre el pasado y el presente que hace Allen funciona en su visión idílica de Francia precisamente porque se permite un chapoteo constante con la fantasía. La realidad francesa es muy concreta y muy del siglo XXI. Hace más de cien años un hombre borracho de absenta y despecho era venerado; un hombre que persiguiera a su amante parecía respetable y una mujer que se quejara de malos tratos era una mujer que no entendía ni a los hombres ni a la pasión. Las mujeres eran los objetos del deseo o el rechazo masculinos y debían aceptar esta condición sin más.

Hace apenas unos días Marie Laguerre, de 22 años, demostró la pausada transformación de las convenciones. La chica atravesaba un café al atardecer, en el centro de París, cuando un hombre le dirigió sonidos sexuales y chiflidos. Ella dijo un “Cállate” más o menos moderado y cargado de desprecio; enfurecido, el hombre tomó un cenicero del café y se lo lanzó a Marie, que se rehusó a sentirse menospreciada. “Me negué a bajar la mirada. Lo miré directamente a los ojos. No iba a disculparme”, diría más tarde. El hombre entonces caminó hacia ella y le soltó un puñetazo limpio en la cara.

El acosador merece hoy ese mote y se presentaron cargos oficiales en su contra, con testigos que apoyaron la versión de Laguerre. Sin embargo, el entorno se ha transformado con mucha lentitud. En el café donde la joven fue atacada los comensales apenas levantaron la cara. Sólo quienes estaban a su lado y casi sintieron el golpe tuvieron una reacción. Participaron más tarde para testificar, sí, pero en el momento del puñetazo la indiferencia reinó; una indiferencia similar a la que vivió Mathilde en su momento, más de un siglo atrás, y a la que han vivido millones de mujeres en la historia. El giro más notable está en las consecuencias que traen el cenicero arrojado y el puño en la mejilla: el hombre fue consignado, se aprobó una ley histórica en la que se castiga a quienes abusan de las mujeres con palabras, sonidos y señas y la mujer fue considerada una heroína, si bien una vez ahogado el niño.

Lo que se tomó como amor, pasión y el tráfago creativo de dos hombres talentosos, hoy es visto como la imposibilidad de querer y ser querido. La atracción y el afecto ya no están obligados a pasar por el dolor y la violencia. Pero sigue siendo difícil, a pesar de todo el tiempo y la experiencia acumulados, discernir. Los amantes confunden amor con mordidas, pasión con abuso, cariño con celos y posesión. Hemos avanzado un trecho enorme que nos permite evaluar mejor las emociones a la distancia, y pensar en Verlaine y Rimbaud como dos talentos que habrían brillado más si no hubieran elegido la locura; que nos permite también aplaudir a Laguerre y añadir a las mujeres atributos más cercanos a su humanidad. Si bien no es suficiente, sí es un buen punto de partida. EP

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