El sur: un eterno viaje al origen

La periodista Katia Rejón reflexiona sobre la vida cultural y algunos de los movimientos artísticos del sur de nuestro país.

Texto de 10/05/21

La periodista Katia Rejón reflexiona sobre la vida cultural y algunos de los movimientos artísticos del sur de nuestro país.

Hace diecisiete años mi familia atravesó la mitad del país en un carro que llevaba la bandera de Yucatán pegada en la parte trasera. Era el regreso que todos habíamos anticipado. Por la ventana vimos cómo el paisaje se iba achatando: las montañas y volcanes desaparecieron para darle su lugar al monte.  Una madrugada salimos de Querétaro y mi padre manejó hasta que una llanta se reventó en Ciudad del Carmen, Campeche, la isla donde nací. 

La Península de Yucatán tiene límites políticos que culturalmente son más difíciles de dibujar. En los primeros mapas, eran un solo territorio; ahora, hay líneas entre los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, tres sitios que comparten una misma historia.

Algunas investigaciones dicen que la Península emergió del mar y alcanzó su mayor esplendor con la cultura maya, una de las civilizaciones más importantes en el continente, luego pasó lo que todos sabemos que pasó en 1521. 

Este año se cumplen 5 siglos de la Conquista, pero la cultura del sur sigue siendo una con su historia originaria, a pesar de los pesares.

Volver a Yucatán significaba volver a casa de mi abuelo con el patio interior que olía a nance, donde el tiempo pasaba lento como los boleros que sonaban en su viejo tocadiscos rojo. Era encender la televisión los domingos para mirar La Gruta del Alux mientras desayunábamos cochinita pibil. Los años que estuvimos fuera, mi hermana menor se las arreglaba para no dejar de comer cochinita pibil los domingos, aunque ninguno de los restaurantes del centro del país supiera la receta de cerdo pelón ni enterrara el guiso en su traspatio.

No fue hasta que nos quitamos de Yucatán cuando supimos que había otras formas de nombrar las cosas en español, que el xic era axila, que nuestro tuch se llamaba también ombligo y que ¡Uay! podía significar muchísimas cosas o prácticamente nada. Nadie de la escuela en Hidalgo le temía al Huay chivo y no tenían ningún tío que hubiera visto a la Xtabay en alguna de sus borracheras. 

Pasaron cinco años en los que quisimos ser otros, adaptarnos al frío y al ajetreo, pero seguimos siendo los mismos y regresamos por donde vinimos, a pesar de los pesares.

Así lo hablo

Chiapas, Oaxaca y Yucatán son los estados donde más se habla una lengua indígena en el país. El 23.7 por ciento de las personas en Yucatán son mayahablantes (Inegi, 2020), pero eso es decir poco sobre la influencia que tiene la lengua originaria en nuestra cotidianidad. 

La maya no se habla solamente, se vive a diario. Está en la forma aporreada y cadenciosa de decir “maaaa, sí cierto”, “todavía hay un xix”,  “perro malix”, “me hiciste chop”. Está en la risa que nos provoca ver en la televisión nacional a una presentadora intentando decir Dzoncauich y en la facilidad con la que podemos pronunciar otros municipios como Chacsinkín, Chikindzonot, Dzidzantún, Oxkutzcab o Tixcacalcupul. 

De acuerdo con Miguel Güemez Pineda, autor del Diccionario breve del español yucateco, la variante dialectal es resultado de la fusión del español en el periodo colonial con voces mayas, pero también de otras lenguas: náhuatl, arahuaca, libanés, francés e inglés. La frase que parece broma: “Lo busco lo busco pero no lo busco”, hace referencia a que en esta región usamos el mismo verbo para encontrar y buscar porque es un calco semántico del kaxan en maya que significa ambas cosas. 

Por paradójico que parezca, ser un estado bilingüe en la práctica no se ha traducido a su institucionalización. Para estudiar una carrera, recibir atención médica o conseguir trabajo, las personas mayahablantes tienen que hablar español. El ejercicio de la lengua ocupa su espacio principalmente en la cultura, la academia y las expresiones artísticas.

Hace unos años conocí a José Chi, un artista del municipio de Dzan, Yucatán, que cuando presentaba sus obras en una galería lo hacía en maya. “Los que migran a Mérida deben adoptar el español y no al revés, es coercitivo. Aprender el maya aun hablando español, o hablar español pero ser consistente en la importancia de conservar el bilingüismo es una defensa de la identidad”, me dijo en ese entonces.

Artistas como Yazmín Novelo y Pat Boy, por ejemplo, encuentran en la música un canal para revitalizar la lengua y defender su derecho al arte mientras contagian a las generaciones más jóvenes a cantar, vivir y disfrutar en su idioma. 

Los artistas mayas han expresado su inconformidad cuando se habla de lo maya desde el pasado, como algo que debe preservar una supuesta pureza. Pues la maya viva tiene todo el derecho y la posibilidad de ser parte de un presente cambiante y enriquecerse con la cultura en un contexto globalizado.  

“Antes me daba tristeza saber que había gente que no conocía el mar. Era condescendiente con quienes confesaban que nunca se habían detenido a mirar un atardecer desde la playa. La superioridad se convirtió en vergüenza cuando estuve por primera vez frente a una montaña, imperiosa, infinita, y entendí que los paisajes eran más que una postal.”

El universo maya escrito en las personas

Mi mejor amiga tiene en su apellido un jaguar (balam), símbolo de fortaleza y poderío en la cultura maya: se llama Lilia Balam, también es periodista y hemos tenido largas conversaciones sobre la identidad del sur. Estábamos en una montaña de Jalisco pasando el frío de nuestras vidas cuando por primera vez se asomó la idea de que, quizá, la cultura maya era inherente a nuestra identidad, aunque no nos nombramos como población indígena. Ahora, esa idea es mucho más clara:

“Sí creo que hay una relación entre la cultura maya y las personas que no se identifican como indígenas en Yucatán porque a pesar de los procesos de opresión a la población, hay expresiones que han sobrevivido. Es una cosa muy fuerte de resistencia que quienes no se identifican como indígenas sigan utilizando expresiones mayas o las entiendan. Y eso no lo he visto en muchos lados”, me dice.

Algunas familias castellanizaron sus apellidos, pero otras no lo hicieron a pesar de la discriminación. En su familia, su abuelo no quiso enseñarles a hablar maya porque en su experiencia hablar maya era algo negativo.

“Hay quienes tenían la posibilidad de deslindarse de la población indígena y lo hicieron para sobrevivir. Es una forma de resistencia preservar nuestro apellido y, en otras familias, el seguir hablando maya”, agrega.

De acuerdo con el Instituto Nacional Electoral de México, hasta el 2017 el apellido más común en catorce estados, incluyendo Campeche y Quintana Roo, es Hernández. Le siguen García, López, Martínez, Rodríguez y González. En Yucatán el apellido más común es Chan, es el único estado del país que registra un apellido en lengua indígena como el más popular. Después de Chan, siguen Canul, May, Canché, Dzul.

Mi mejor amigo lleva el nombre de un municipio de Yucatán: Yobaín, famoso por sus sobadores. A los cinco años se fue de Mérida a Durango y dice que su papá le contaba leyendas como la Xtabay o el enano de Uxmal para recordarle de dónde venía, un lugar que evocaban como idílico y al que regresarían tarde o temprano. 

“Hay otras cosas que en el norte no tienen tanta importancia, como el asunto de los apellidos que aquí sí es importante, y esa sensación de validarte de acuerdo con la herencia. Que si eres maya, o tienes apellidos de blancos. Allá sí se libra uno de ese tipo de reflexiones”, dice en entrevista.

El apellido es testimonio no sólo de una identidad o herencia sino también de un universo entero: jaguar, sendero, miel de abeja, protector de montes, pájaro azul, flor pequeña, son elementos que los peninsulares tenemos en alguna parte de nuestro árbol familiar. 

Las hamacas y las casas son puertas de viento 

La hamaca puede ser un nido de descanso en la playa, si se quiere, o la tabla de surf para la infancia; el refugio invadido cuando alguien zangolotea el brazo de hilos blancos mientras duermes; el sello que te deja marcado el cachete y los brazos tras un sueño profundísimo; una zona de juegos cien veces más divertida que brincar sobre la cama, como harán, quizá, otros niños de México. Y el mejor sitio para dormir en la Península.

De pequeña, nunca sentí vacío un cuarto cuyo único mobiliario eran dos hamacas. Las hamacas son populares en el mundo y se les relaciona con el Caribe, la playa y el descanso. Acá son parte de la vida diaria y el diseño. Hay que saber dormir en hamaca. Hay que saber lavar una hamaca, destenderla, alargarla, doblarla de tal forma que quede como el corazón, en su anatomía biológica y no romántica.

Los días de heladez, la tradición dicta poner un periódico debajo para atenuar la humedad que se filtra; si un bebé o una bebé duermen en hamaca, hay que amarrarla con un nudo para que no se caiga; patear la pared mientras se está en hamaca es la tarde perfecta de descanso. Las casas se construyen con hamaqueros no s+olo en las habitaciones, también en el patio, en la sala y el comedor. 

En el 2017, un hospital de Hecelchakan, Campeche, sustituyó las camas por hamacas para que las pacientes estuvieran más cómodas y tuvieran menos calor. Esto que puede parecer extravagante, es tan sólo un pequeño reconocimiento de todo lo que tendría que modificarse para que las personas podamos vivir nuestra cultura, que muchas veces responde a las necesidades geográficas, en todos los ámbitos.

Por ejemplo, las casas de madera y palma han sido estudiadas como arquitectura perfecta para la región pero culturalmente se consideran “antiguas” y los programas gubernamentales ofrecen como “apoyo” cambiar una casa tradicional por bloques de cemento. 

Un tranquilo sitio caribeño

La vida en la Península puede ser lenta. Comparada con otros estados del país, la ciudad donde vivo no tiene prisa. Para escribir este artículo telefoneé a varios amigos que se han ido, la mayoría ha vuelto, y otros no lo hacen, aún. Todos me hablaron de la tranquilidad que extrañan cuando están en otro lugar de México. 

Es muy difícil hablar de la tranquilidad de Yucatán y Campeche sin caer en esencialismos o estereotipos que lo dibujen como el paraíso donde no ocurren crímenes, porque sí los hay. La idea de que en esta región nunca pasa nada también nos ha hecho daño pues está lejos de ser perfecta. Pasa que aquí las personas todavía no han entrado en la neurosis diaria de las ciudades grandes y el descanso es impostergable porque el calor agota. El calor húmedo, característico de esta región, deshace las ganas de hacer cualquier cosa. Es así.  

La gente mayor sale a tomar el fresco con la diligencia con la que en Londres toman el té a cierta hora. Mi abuelo que era sastre solía estar sin camisa en la puerta de su casa en una silla de madera mientras costuraba. Sacaba su cuerpo a que le diera el aire sin ninguna otra cosa con que entretenerse, más que con una prenda a medias y una conversación pasajera con los vecinos transeúntes.

Toda la cultura es un poco así: cadenciosa, romántica, pausada. Yobaín Vázquez, antropólogo y escritor, dice que cuando regresó de Durango le costaba entender las expresiones artísticas de Yucatán porque era muy distinto a lo que se considera cultura en el norte: “Por ejemplo, la trova que son hombres mayores vestidos de blanco, y yo estaba acostumbrado a la banda, las rancheras, la música estruendosa con letras más fuertes. En el baile también, cuando ves la jarana es muy elegante y estética, allá los bailes eran de agarrones, vueltas y taconazos. Se ha mantenido aquí esa esencia de que todo sea apacible, por decirlo de algún modo”. 

Antes de las carreteras y los aviones, era más fácil llegar a Nueva Orleans y a Cuba que a la capital de México, desde la Península. Todo el lado del sur tiene en su identidad más rasgos caribeños que de otros estados del país: la guayabera, el son, la vida entre palmeras y playas, la comida pesada y colorida, los bailes y la música entre feliz y nostálgica.

Mi amiga Irma Torregrosa se fue a Puebla hace unos años y cuando volvió,  la recibimos escondidos en su casa situada en un barrio del centro. Le escribo para preguntarle qué fue lo que extrañó cuando se fue:

“Que me dieran los buenos días y las buenas noches. La cultura de la amabilidad. La comida, la extrañaba muchísimo. Algunos lugares donde me podía sentir segura, plena, sitios que nos van marcando y vamos regresando a ellos constantemente: cafés, parques”, me dice.

Mi piel bajo la piel del agua

Irma es autora de un libro llamado Piélago que tiene un poema que describe, pienso, la vida peninsular: “Me gusta el agua. Me gusta sentir mi piel bajo la piel del agua. Me gusta el mar. Me gustan los libros sobre el mar. Me gustan los animales del mar. Me gusta pensar que el mar termina cuando cierro mi libro de biología. Aunque mi abuela dice que los humanos venimos de las manos de dios yo creo que, como dicen los libros, salimos a rastras de un mar prehistórico y caminamos sobre el tiempo hasta convertirnos en lo que somos”. 

Me dice que a veces cae en el estereotipo, pero la idea de que vivimos en un lugar seguro o en el paraíso, sí forma parte de la identidad peninsular. Quizá diferenciada de Quintana Roo, porque el estado ha despegado su influencia turística mucho más que Yucatán y Campeche. Ahí la cultura maya está envuelta en slogans, paquetes de boda, hotelería y rituales que ni siquiera existen en las prácticas indígenas con tal de atraer a turistas buscando una experiencia “espiritual”. Con todo, la identidad peninsular nos une como una sola región. 

Antes me daba tristeza saber que había gente que no conocía el mar. Era condescendiente con quienes confesaban que nunca se habían detenido a mirar un atardecer desde la playa. La superioridad se convirtió en vergüenza cuando estuve por primera vez frente a una montaña, imperiosa, infinita, y entendí que los paisajes eran más que una postal. Eran la experiencia de existir en un punto en el tiempo y en el espacio. Que estaba atada al mar y a mi suelo plano como un hábito y que no importaba lo que tuviera en frente: el punto de comparación era mi tierra.

La diferencia del sur con el resto del país, dice Irma, está en la naturaleza. Lo que ha sido siempre exótico para la mirada externa, no sólo en la Península, sino en Chiapas, Tabasco, Oaxaca, cuya fauna y flora ocupa un lugar fundamental en la identidad de la región. 

“La identidad sureña es muy fuerte y se lleva con mucho orgullo”, dice.  

“Vengo de un sitio anfibio, dual, contradictorio, donde la gente que resiste suele ser callada y pequeña de estatura.”

Una vez el mundo acabó en el sur

Hace 65 millones de años sucedió la mayor catástrofe para los seres vivos en el planeta entero: el meteorito de Chicxulub. El impacto modificó el suelo y formó lo que hoy conocemos como cenotes. Es extraño que Yucatán sea culturalmente una metáfora de su geografía: una región que se hunde y emerge, un sitio que aparenta ser liso pero que esconde cavernas y derrumbes hacia dentro. 

Como la maleza que nace en las grietas, el origen siempre se hace un lugar: una cadena internacional de comestibles se construye y aparece un cenote; el diseño de un paso deprimido se desmorona con las tormentas y se une al manto freático. De la misma forma que se intenta construir sobre una población que lleva 500 años resistiendo, y las personas que vivieron hace miles de años aún se parecen a nosotros, en muchos sentidos.

Vengo de un sitio anfibio, dual, contradictorio, donde la gente que resiste suele ser callada y pequeña de estatura. Del lugar que se mueve como las olas en vaivén, que son descanso y la piel del huracán. Vengo de la acostumbrada calma que le sigue a la tormenta, y viceversa. Del sur, en eterno viaje. EP

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