Transfiguraciones

Estos poemas de Irma Torregrosa obtuvieron el Premio Estatal de Poesía “Tiempos de Escritura” 2020. “La belleza no es asunto de aplicarse como en la escuela / ni de aprender de memoria para qué sirve cada cosa. / La belleza nunca fue mi asunto, recuerdo. / Mi rostro nunca estuvo entre los más destacados.”

Texto de 31/12/20

Estos poemas de Irma Torregrosa obtuvieron el Premio Estatal de Poesía “Tiempos de Escritura” 2020. “La belleza no es asunto de aplicarse como en la escuela / ni de aprender de memoria para qué sirve cada cosa. / La belleza nunca fue mi asunto, recuerdo. / Mi rostro nunca estuvo entre los más destacados.”

I

Una mujer saca un espejo en mitad de un autobús

repleto de pasajeros. Comienza a maquillarse.

En medio del desorden, su silencio crea

un espacio donde todo es vulnerabilidad.

La mano izquierda sostiene 

el peso de su imagen, su rostro

perfectible, sus colores naturales.

Con la precisión de un corte se delinea

los ojos, cambia su temperamento

y su especie, por una más felina.

Saca una brocha pequeña,

toma el rubor y lo deposita con suavidad

en la parte alta de sus mejillas,

haciendo círculos se deshace del tedio,

se protege por si hoy las cosas no salen bien.

Toma un labial, repasa en sus labios un color

que he visto también en las últimas luces del día.

Se pone rímel. Abre más los ojos,

se asombra de ella misma

y guarda el espejo en la cosmetiquera.

La he mirado todo el camino, discretamente.

Quisiera tener su valentía. Cambiarse el rostro

frente a una multitud no es un milagro pequeño.

II

Siempre quise que mi primer labial fuera rojo,

pero me advirtieron que no sería bueno

llevarlo a la escuela ni a mis primeras salidas

con chicos; que el rojo decía cosas que no debían ser.

Mi madre me compró, entonces, un labial palo de rosa

que utilicé antes de ir a una comida en casa de mi primer novio.

A él le gustó ese brillo que daba a mi boca algo de fruta,

algo de ternura satinada, el jugo que asomaba en sus bordes.

Nos besamos de forma muy torpe y caímos

sobre el otro, en medio de la brusquedad, de la urgencia

que escucha en el ruido de la lavadora una canción de amor.

Regresé a mi casa con un pequeño ardor entre las piernas

y el color de mis labios arrastrado hasta las comisuras.

Esa fue la última vez que lo vi.

A veces me pregunto si me recuerda.

Si recuerda las llamadas de teléfono y la desazón

de los siguientes días, mis preguntas a los compañeros de la escuela,

a la maestra de la única clase que compartíamos.

Me pregunto si, como a mí, le habrá ardido el corazón

de tanta huida. Nunca supe por qué lo hizo.

Si lo único que pasó fue conocer los colores

de nuestro cuerpo. Hasta ahora me pregunto,

si el color en mis labios era el adecuado.

III

Cómo despedirse de quien sostuvo todos los adioses

que pronuncié antes. 

Bastará, acaso, con romper la fotografía

de quien que ha visto a todas las otras irse a la basura.

O dejar de ver cómo mi vida se va separando de la tuya,

más allá de estar juntas, más allá de un labial

que me tardé días en escoger y que ya no usas.

Cómo volver a cuando el único vacío era el asiento que separaba

nuestras sillas en la preparatoria. O a las quejas de nuestros novios

y la vergüenza de los errores que juramos no cometer

de nuevo. Ojalá, alguna vez, hubieras visto cómo el sol,

al salir de la escuela, se colgaba de tus párpados

de las sombras cobrizas que utilizaste siempre

para romper las reglas. Tuve miedo de ser tu amiga

porque las normas me quebraron desde siempre. 

Sin embargo, te quise y escuché todas las historias que tenías para contarme. 

Por eso, ahora, me parece absurdo este cariño

con el que trato de alejarme, porque quiero recordarnos

siempre en ese espíritu adolescente. Por eso me voy en silencio.

Porque no existe forma de nombrar el abandono

que apenas se descubre. Y quizá sólo en tu nombre alcance

a acomodarse lo que todavía no alcanzo a pronunciar. 

IV

Acomodo las brochas que utilizo para maquillarme los ojos

y las etiqueto por función. Sombras, corrector, difuminadoras

de diferentes tamaños y texturas. De nuevo tuve siete años

y puse mi nombre a todos los colores nuevos

con la esperanza de que aún me pertenecieran

al final del curso. De pronto recuerdo que no fui muy diestra

en colorear los estados de la república

sin salirme de los bordes, ni mis dibujos

estuvieron entre los más destacados.

Sentí miedo de ese clasificar las brochas, examinar

sus funciones y los lugares específicos del rosto

en los que debía usarlas y, aun así, hacerlo mal.

La belleza no es asunto de aplicarse como en la escuela

ni de aprender de memoria para qué sirve cada cosa.

La belleza nunca fue mi asunto, recuerdo.

Mi rostro nunca estuvo entre los más destacados.

Termino de acomodar mis brochas de maquillaje y temo

no ser digna de su suavidad, que los colores

se depositen en mis párpados como manchas,

de que las otras chicas dejen escapar sus risas cuando me miren.

La belleza no es asunto de aplicarse, me repito.

Y dejo todo dispuesto para el ritual, pero no hago nada. EP

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