Trilogías imposibles para una realidad delirante

A partir de seis películas agrupadas en dos trilogías, este ensayo analiza cómo el lenguaje cinematográfico registra el fracaso institucional, la violencia normalizada y la imposibilidad de futuro.

Texto de 06/02/26

A partir de seis películas agrupadas en dos trilogías, este ensayo analiza cómo el lenguaje cinematográfico registra el fracaso institucional, la violencia normalizada y la imposibilidad de futuro.

El cine piensa antes de hablar

El cine, como cualquier otro lenguaje, se origina como impulso, atraviesa un proceso sináptico que lo transforma en pensamiento y finalmente se pronuncia como un discurso que transita la realidad provisto de significado decodificable. Naturalmente, el discurso que articula el cine como lenguaje funciona como un testimonio palpable del contexto desde el que es emitido. Al ser pronunciado, ya está impregnado de la patología social, cultural, geográfica o histórica de su época. En otras palabras, el lenguaje disponible para el hablante está supeditado al entorno.

 En 1954, Ishirō Honda filma Godzilla como una alegoría que advierte sobre los peligros de la tecnología nuclear y materializa los temores de todo un país a través de una figura monstruosa tan incomprensible como imparable. Más allá del mensaje obvio, el discurso emplea la única semántica correspondiente al trauma del horror atómico de Japón en la posguerra: una atmósfera inquietante, tomas claustrofóbicas, sombras opresivas, fotografía de alto contraste y una estética expresionista. Un vocabulario visual que Honda no elige conscientemente, sino que está encriptado en la configuración misma de la gramática disponible. El significado trasciende al argumento para anidar en la sintaxis del plano: el trauma habla como forma antes de articularse como mensaje.

Godzilla

Es posible leer una época a través de lo que dice su cine sin que esto implique analizar su contenido explícito. La devastación nuclear genera su propio lenguaje y lo pronuncia a través de Godzilla. Esto hace al cine más sensible que el periodismo o el análisis sociológico como termómetro cultural. El lenguaje en su estado puro —verbal o cinematográfico— está colonizado por la realidad.

El cine como lenguaje dialoga constantemente consigo mismo; al formar relaciones semánticas entre significados, establece un sistema complejo que funciona como un medio taxonómico: observa, relata y documenta. De esta forma, una película, o un conjunto de películas, detalla una crónica —adyacente a la trama— que disecciona los síntomas de su época.

La frontera como obituario 

Así como la desolación atómica habló desde el ojo de Honda, entre 2007 y 2015, el lenguaje cinematográfico volvió a representar las inquietudes latentes de una sociedad a lo largo de un trinomio de películas que, sin haber sido concebidas de esa forma, funcionan como una trilogía involuntaria debido a la relación semántica que las agrupa bajo una serie de significados en común.

No Country for Old Men (Joel & Ethan Coen, 2007), The Counselor (Ridley Scott, 2013) y Sicario (Denis Villeneuve, 2015) establecen un microverso semántico donde los significados son intercambiables al diagnosticar simultáneamente una época en la que el resquebrajamiento de la confianza institucional apareció como síntoma. 

No Country For Old Men
The Counselor
Sicario

Pese a que la historia de dos de las piezas se origina en la pluma de Cormac McCarthy, los tres directores podrían resultar incompatibles estéticamente. Los Coen suelen hacer ironía posmoderna, Scott cuenta historias demoledoras a un ritmo trepidante y Villeneuve trabaja con el suspenso contemplativo. No existe coordinación entre sus estilos. Y sin embargo, las tres películas gritan lo mismo: el fracaso de la guerra contra el narcotráfico y la normalidad como fachada de una realidad en estado de descomposición.

La aridez no solo está en los paisajes del desierto fronterizo que las atraviesa; bajo esta óptica, el futuro también es terreno árido. El horror abandona el plano sobrenatural y se manifiesta como una omnipresencia que nos respira en la nuca: la violencia ya no es un problema que pueda solucionarse, sino el territorio donde habitamos.

La trilogía engrana un lamento donde la ausencia también es un sustantivo. El cártel existe como presencia ontológica que no se materializa, pero se pronuncia a través de sintagmas visuales: atmósfera tensa, violencia fuera de cuadro, el peso aplastante de los espacios negativos, un montaje que respira agitadamente. Es un leitmotiv que se invoca desde la sintaxis cinematográfica, no desde la representación directa. No lo vemos, sin embargo, sabemos que tiene el pie puesto en nuestra puerta.

El anticlímax de No Country for Old Men ocurre a plena luz del día, en un espacio donde la autoridad se ha declarado incompetente: no hay refugio.

La cuenta regresiva hacia la aniquilación en The Counselor no excluye clases sociales ni se detiene al transitar por la “tierra de la libertad”: nadie está a salvo.

La infección institucional en Sicario invierte los límites entre el Estado y el cártel hasta hacerlos indistinguibles: estamos solos.

Las imágenes en su conjunto deletrean peligro, indefensión, abandono institucional que se cuelan a través de la pantalla para sacudir nuestra paz en un lenguaje que suena desde una tumba abierta.

El colapso en tres actos

Mientras que este diagnóstico de orfandad estatal tardó ocho años en prescribirse, el escenario actual es menos optimista. La degradación se propagó a un ritmo acelerado para manifestarse como crisis política explícita en el último año. El fenómeno que se desarrolló anteriormente durante casi una década se replica tan solo en el transcurso de 2025 con una nueva coincidencia semántica contenida en tres películas —estrenadas con apenas meses de diferencia— que conforman la trilogía involuntaria del colapso: Eddington (Ari Aster, 2025), One Battle After Another (Paul Thomas Anderson, 2025) y Bugonia (Yorgos Lanthimos, 2025).

La distancia entre cada director es probablemente más larga que en la triada anterior, pero su convergencia sucede al conseguir consecutivamente que el cine haya dejado de ser un termómetro para funcionar como un escáner de resonancia magnética. Lo que ya se había detectado como síntoma se consolidó como desahucio mediante la normalización de lo inhabitable.

Eddington recupera la belleza del vacío con una aridez abiertamente western, pero ahora contaminada con el lenguaje más usado a nivel mundial: el celular. La crudeza del mensaje espontáneo como plataforma global de diálogo se apropia del discurso visual: lo intencionalmente bello supura a su vez obscenidad urgente. Lo que parece una decisión consciente del director es la pandemia pronunciándose a sus espaldas. Aun cuando el guion fue escrito durante ese periodo, la cuarentena no es el telón de fondo, sino el parlamento mismo sobre el que el colapso articula su manifiesto: la autoridad batiéndose a duelo contra sí misma, la sociedad entregándose al fenómeno viral del wokismo por paranoia pura, el supremacismo —que al igual que el cártel en la trilogía anterior jamás muestra la cara— como brazo armado del extractivismo corporativo. Nos reconocemos en las imágenes porque ahí es donde vivimos.

One Battle After Another contrasta con Eddington como una réplica a nivel simbólico: cuando en una los celulares son leitmotiv, en otra lo es su ausencia intencional. Aster hace catarsis posterior a la pandemia, Anderson la hace veinte años antes de que la crisis migratoria alcance su clímax. Los supremacistas de Aster no muestran la cara, aquí se manifiestan como figuras públicas. Eddington es un pueblo sedentario, en One Battle After Another siempre están en movimiento. Ambas sintaxis se contraponen pero su significado es inmutable. La película fue filmada en VistaVision, lo que añade una textura retro como declaración de principios: cuando ya no hay futuro posible, solo se puede mirar hacia atrás. La estructura narrativa es un ciclo de persecuciones que se establece como eje. La persecución es recíproca, interminable, democrática: todos persiguen y son perseguidos. El clímax cristaliza este mecanismo en una secuencia brutal a través de cuencas desérticas —capturada con zooms quirúrgicos— que más que hablar, declara. El desenlace es una carta suicida: miradas que admiten la necesidad de volver al sistema incluso después de escapar de él, de exiliarse en la batalla perpetua como acto último de humanidad. En la ficción, la resistencia es cíclica. Fuera de la pantalla, el terror institucional es lo único que se repite. Mientras que en la película un grupo clandestino libera migrantes de centros de detención, en la realidad el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) de EE. UU. ejecuta a Renée Nicole Good —mujer blanca, madre de tres hijos, ciudadana estadounidense de 37 años— de un disparo en la cabeza durante un operativo antiinmigrantes en Minneapolis el 7 de enero de 2026. A solo unas cuadras de donde George Floyd fue asesinado por la policía cinco años atrás. El aparato estatal la declara terrorista doméstica. Paul Thomas Anderson tardó veinte años en desarrollar su fantasía de resistencia para estrenarla cuando su imposibilidad se vuelve evidente. El escenario configurado por la segunda administración de Trump vocifera simultáneamente dentro y fuera del celuloide.

Bugonia cierra el ciclo como clímax del colapso. A diferencia de Aster y Anderson, Lanthimos se repliega en la claustrofobia para firmar el manifiesto letra por letra: close-ups que diseccionan, suciedad que sangra, retratos honestos que le dan voz a la metástasis. La belleza aséptica corporativa contrasta con la suciedad conspirativa sin punto medio habitable. No queda tejido sano entre ambos. Bugonia se estrena cuando el paso del cometa interestelar 3I/ATLAS alcanza su punto más cercano a la Tierra, lo que amplificó exponencialmente la histeria masiva fertilizada por Harvard desde su detección en julio de 2025 —incluso desde antes si tenemos en cuenta a Oumuamua, el primer objeto interestelar detectado en el Sistema Solar y sobre el cual Abraham “Avi” Loeb ya había teorizado sobre su posible origen alienígena—. La institución que encarna el pináculo de la intelectualidad ofrece paliativos a las clases marginales blancas que habitan territorios donde su sistema de creencias es más sólido que su sistema de salud. El abandono institucional es tan definitivo que los dogmas conspiratorios ofrecen más estructura que cualquier red de protección estatal. Una vez más, la realidad manifiesta su voz a través de las imágenes. En la película, el conspiracionista marginal diagnostica la realidad correctamente. Este elemento también opera como un proceso anticipatorio de una realidad que aguardaba a la vuelta de la esquina. Con la reciente divulgación de millones de páginas, correos y documentos del archivo Epstein, el mundo entró en estado de shock al confirmar que los teóricos de la conspiración habrían detectado, con precisión que aterra, el estado terminal de la enfermedad: la existencia de una élite global que opera entre bastidores con total impunidad —con denuncias y testimonios documentados de tráfico sexual infantil, violencia ritual y control geopolítico— resulta más perturbadora que cualquier amenaza proveniente del espacio. En ambos casos, detectar la metástasis es inútil cuando ya colonizó todo el cuerpo. Lanthimos pone el punto final con un último acto que declama un epitafio: ni él mismo es capaz de plantear una posterioridad posible así que recurre a cancelar directamente el futuro. La secuencia final es poesía pura que embalsama la belleza como el último vocabulario pronunciable desde la extinción. 

El cine no predice la metástasis, la detecta antes de que sea visible

La aparente disparidad entre las tres películas no contradice la semántica compartida, la confirma. Tres directores irreconciliables convergen en materializar significados patológicos comunes no porque hablen el mismo lenguaje, sino porque le dan voz a una realidad tan hiperfragmentada e inverosímil, que solo puede pronunciarse desde la polifonía. La gramática cinematográfica ya no sostiene una sintaxis uniforme porque la metástasis institucional pulverizó la posibilidad de un punto de vista estable. Paranoia como pandemia, ciclos infinitos de violencia, conspiranoia confirmada. Cada película tartamudea en su propio dialecto roto. Pero el significado sobrevive a la dislexia. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V