
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién explora las “Doloras” y “Humoradas” de Ramón de Campoamor, versos que mezclan humor, desencanto y destellos de sabiduría sobre la condición humana.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién explora las “Doloras” y “Humoradas” de Ramón de Campoamor, versos que mezclan humor, desencanto y destellos de sabiduría sobre la condición humana.
Texto de Jaime Septién 28/11/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién explora las “Doloras” y “Humoradas” de Ramón de Campoamor, versos que mezclan humor, desencanto y destellos de sabiduría sobre la condición humana.
En el nombre llevaba la distinción asturiana y burguesa: Ramón de Campoamor y Campoosorio (Navia, 1817–Madrid, 1901). Cualquiera que haya leído sus “Doloras” y sus “Humoradas” oscilará entre el deslumbramiento y la decepción. Fue querido como Bécquer y, al mismo tiempo, vilipendiado por la crítica.
Diputado y gobernador de provincia, monárquico y conservador, su estilo puede parecer superficial, alambicado, sentimental, pero en el fondo, como en José Zorrilla, hay un poeta ingenioso y un gran versificador. Prueba de ello es su larga “Dolora” ¿Quién supiera escribir? que comienza así:
—Escribidme una carta, señor cura.
—Ya sé para quién es.
—¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
Nos visteis juntos? —Pues…
Muy joven abandonó la universidad para dedicarse a las letras. Su postura política le valió que fuera llamado “poeta de la restauración”, es decir, de la monarquía a la que, sin duda, apoyó. Los modernistas lo criticaron hasta el hartazgo, pero Rubén Darío, la cumbre de este movimiento, lo visitó en 1892 y dejó de él el siguiente retrato:
Este del cabello cano
como la piel de armiño,
juntó su candor de niño
con su experiencia de anciano…
En efecto, el poeta nicaragüense dio en el blanco, como en casi todos los retratos que hizo (pienso en el de Antonio Machado). Los versos de Campoamor reflejan el desencanto de la experiencia con la jovialidad de la infancia. Quizá por ello haya sido tan querido: las ediciones de sus libros se vendían en los quioscos en tiempos en que el periódico era el rey.
De las miles de “Doloras” (¿o es una “Humorada”?), me quedo con esta, que forma parte de la Escena V de su obra de teatro Las tres rosas:
Sin el amor que encanta, la soledad de un ermitaño espanta.
Pero es más espantosa todavía la soledad de dos en compañía.
Y esta “Humorada” (¿será una “Dolora”?) que bien refleja la intuición del retrato de Darío:
Pese al poder, la sangre y la riqueza,
toda vida es idéntica a la mía:
placeres impregnados de tristeza
y penas saturadas de alegría.
Además de poeta, político, periodista y dramaturgo, Campoamor también fue llamado “filósofo de lo cotidiano”. Escribió gran cantidad de obras de las que muchos lectores aprendieron estribillos que, más tarde, se convertirían en dichos populares. Por ejemplo: “Quien vive, olvida” o “Vivir es dudar”.
No tuvo hijos. Su esposa murió once años antes que él. En su testamento, cosa rarísima en el mundo de las letras, puso la siguiente cláusula: “Es su voluntad renunciar, como renuncia, para después de su muerte, a la propiedad de sus obras literarias, las cuales podrán ser reimpresas libremente después de su fallecimiento”. También compuso su epitafio:
En mi vida infeliz paso las horas mientras llega la muerte, convirtiendo en doloras las tristes ironías de la suerte. EP