
¿La originalidad es una ficción útil? A partir de la figura de Bryce Echenique, Alejandro Espinosa Fuentes cuestiona por qué el plagio no siempre es un problema… y por qué a veces sí.
¿La originalidad es una ficción útil? A partir de la figura de Bryce Echenique, Alejandro Espinosa Fuentes cuestiona por qué el plagio no siempre es un problema… y por qué a veces sí.
Texto de Alejandro Espinosa Fuentes 26/03/26

¿La originalidad es una ficción útil? A partir de la figura de Bryce Echenique, Alejandro Espinosa Fuentes cuestiona por qué el plagio no siempre es un problema… y por qué a veces sí.
El pasado 10 de marzo me enteré, con relativa tristeza, de la muerte del escritor peruano Alfredo Bryce Echenique. Me gustaba ver en mi librero la edición de Cátedra de su novela Un mundo para Julius; me fascinaban el título y el estudio preliminar. La novela, en realidad, nunca la leí completa. A medio libro, el escándalo de plagio, por el que fue acusado y condenado en 2012, me quitó las ganas de conocer su obra.
Ahora leo en Los diálogos de Ferrari y Borges una idea que me hace reflexionar. Borges acaba de regresar de Japón y le platica a Ferrari que allá la poesía no busca la originalidad, sino la belleza de sus combinaciones: “la originalidad corresponde a la vanidad, y entonces es mejor que un poema no sea original; basta con que sea eterno” (291).
Hace poco platicaba con un amigo que lo sabe todo de música y empezó a sonar “Las de la intuición”, de Shakira. Le comenté que el coro me recordaba a esa canción de antro, “I’ll Fly with You”. Él zanjó la discusión recordándome que ambas derivaban de la la “Sinfonía núm. 2 (Op. 43)”, de Jean Sibelius. Luego sonó “Brillas”, de Zoé, y le dije que me irritaba el plagio a José Alfredo. Mi amigo, medio harto, me señaló que en música no existe tal cosa como el plagio, sino remixes, mashups, covers, samples, homenajes y mil términos especializados que ya olvidé.
Supongo que aspirar a La originalidad es imposible, pero, si ni siquiera intentamos fingirla, lo mínimo sería reconocer las fuentes, sobre todo cuando no son evidentes. Ahora hay muchos videítos donde compositores desconocidos revelan cuáles éxitos escribieron para las artistas más icónicas del pop. Por lo general no me sorprendo con ninguno (salvo, qué fallo, con “Complicated”, de Avril Lavigne), pero una parte de mí devalúa inmediatamente a esos artistas por tratarse de productos prefabricados de la industria o meros intérpretes.
“Los leones se alimentan de corderos”, rebatió Paz cuando lo acusaron de robarse algunas ideas para su Laberinto de la soledad. Supongo que tiene razón. Si alguien puede decir la misma idea mejor, ¿sigue siendo la misma idea? “Y la palabra tigre”, parafraseo a Borges, “¿no implica decir los tigres que lo engendraron, los ciervos y tortugas que devoró, el pasto del que se alimentaron los ciervos, la tierra que fue madre del pasto, el cielo que dio luz a la tierra?”. Aquí acaba Borges y sigo yo, de abogado del necio: ¿y el mundo no merecería tener Las mejores piezas artísticas en aras de perfeccionarnos en colectividad? Si alguien puede llevar una forma de belleza a un público ávido de escuchar esa obra maestra plagiada, ¿nos estamos oponiendo al triunfo de la belleza si le exigimos autenticidad o pureza al falsificador?
Ahora que murió Alfredo Bryce Echenique, leí que su gran amigo Joaquín Sabina —que últimamente ronda en redes derechistas con sus viejas palabras sobre Cuba— se lamentaba afirmando que “el humor[,] usado como lo usa Alfredo, creo que es de las cosas más difíciles del mundo, y no me llega a la cabeza ningún escritor en mi idioma que lo use con esa brillantez y con esa maestría”. Pero si ese humor fuera calcado, ¿nos daría la misma risa? Sólo Luigi Amara se tomó con humor que lo plagiara Bryce Echenique, suponiendo que quizás fue él quien lo plagió con veinte años de antelación. Pero, para mí, la comedia deja de ser divertida si roba descaradamente; y tengamos en cuenta que Bryce Echenique era un novelista esencialmente cómico.
Cuando salió el primer stand-up de Sofía Niño de Rivera en 2016, me divirtió un chiste injusto sobre la conspiración de la comida mexicana, que siempre tiene los mismos ingredientes: “¿Qué son los chilaquiles? Es tortilla con queso, con crema, salsa; le puedes poner frijoles, pollo. Ah, ok. ¿Y las flautas? Es tortilla con queso, con crema, salsa; le puedes poner frijoles, pollo. ¿Y los sopes?”. Se repite la misma respuesta. Después descubrí un chiste de Jim Gaffigan que observaba prácticamente lo mismo en 1996. Automáticamente, ambos comediantes perdieron la gracia para mí. ¿Y qué culpa tenía Jim Gaffigan? La del lugar común.
Ya lo diagnosticaba el crítico literario Ignacio Echevarría cuando acusaron a Pérez-Reverte de plagiar el guion de la película Gitano. Más allá de quién copió a quién —si Pérez-Reverte a González-Vigil o viceversa—, lo primero que hay que señalar es que ese guion es malísimo y está plagado de lugares comunes susceptibles de “robo” involuntario: “Lo que caracteriza a los best-sellers y a los guiones prefabricados es que ya están leídos y vistos de antemano, y por lo tanto escritos de antemano. […] No puede ser casualidad, por otro lado, que sean autores como Ana Rosa Quintana, Luis Racionero, Lucía Etxebarria o el propio Arturo Pérez-Reverte quienes padezcan más asiduamente el acoso de enconados demandantes que los acusan de plagio. Da igual las evidencias que asistan a estos últimos: lo propio de los lugares comunes viene a ser eso mismo: que son comunes”, indica Echevarría. Pero una cosa son los lugares comunes y otra los descarados copy-paste de eruditos adictos a figurar en publicaciones bien remuneradas, como Sealtiel Alatriste, quien, cuando lo acusaron de plagiar múltiples artículos y tuvo que devolver el Premio Xavier Villaurrutia, se excusó con Aristegui alegando que él “no plagió, sólo copió sin poner comillas”.
Después de la acusación, Bryce Echenique —a diferencia de Sealtiel Alatriste— dejó de publicar por más de diez años; le robaron los ahorros de su pensión francesa y terminó declarando que ya no leía ni escribía nada, con excepción de una ojeada a Los detectives salvajes, donde aparecía como personaje en París junto a su amigo Julio Ramón Ribeyro. Lo cierto es que ahí aparecía más como nombre que como personaje, en una anécdota, para colmo contada por un mentiroso que decía ser amigo íntimo del mejor cuentista peruano de la historia y de Bryce Echenique. Ahora ese personaje seguro renegaría de haber tenido cualquier trato con el plagiario.
Por esa misma razón, teniendo por referencia a los poetas japoneses de los que hablaba Borges, le daré otra oportunidad a Un mundo para Julius, aunque una parte de mí siga preguntándose: ¿nos vamos a pasar la vida fabricando libros como los boticarios fabrican recetas, limitándonos a echar cosas de una vasija en otra? ¿Nos vamos a pasar la vida trenzando y destrenzando la misma cuerda?
P.S.: La última frase es la enérgica condena al plagio que hizo el novelista Laurence Sterne. Después se descubrió que dicho argumento, a su vez, era un plagio de La anatomía de la melancolía de Robert Burton… Y esta referencia yo se lo robé a Vila-Matas, a Javier Marías, a Pron y a otros grandiosos escritores que han practicado el digno oficio de Pierre Menard. EP
En La metacolumna, Alejandro Espinosa Fuentes no comenta obras ni acontecimientos de actualidad, sino las lecturas que se hacen de ellos. Un espacio de crítica sobre la crítica —columnas, interpretaciones y obsesiones culturales— que se publica el último jueves de cada mes.