
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre Pedro Salinas, uno de los poetas españoles más representativos de la llamada “Generación del 27”.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre Pedro Salinas, uno de los poetas españoles más representativos de la llamada “Generación del 27”.
Texto de Jaime Septién 10/04/26

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién escribe sobre Pedro Salinas, uno de los poetas españoles más representativos de la llamada “Generación del 27”.
Parecido a Juan Ramón Jiménez en la desnudez de su poesía, ayuna de adjetivos, escueta que no escuálida, sin adornos, sin rimas ni alambicamientos, Pedro Salinas Fernández (Madrid 1891 – Boston 1951) fue una de las voces más representativas de la llamada “Generación del 27”.
La musicalidad íntima de sus versos, su verdad poética, alcanzó la cumbre en el libro-poema La voz a ti debida, para muchos críticos el poema amoroso más bello que se haya escrito en el siglo XX (incluso en todos los siglos). Arriesgada intuición. O no tanto. Porque, bien lo dijo otro gran poeta español, Jorge Guillen, “En la obra de Pedro Salinas todo se somete a un primer valor: el alma”.
“Mañana”. La palabra
iba suelta. Vacante,
ingrávida en el aire,
tan sin alma y sin cuerpo,
tan sin color ni beso,
que la dejé pasar
por mi lado, en mi hoy.
Pero de pronto tú
dijiste: “Yo, mañana…”
Y todo se pobló
de carne y de banderas.
La voz a ti debida tiene su continuación (¿se puede hablar así de la creación poética?) en el libro Razón de amor. Por lo menos así lo considera otro poeta, Ángel del Río, quien destaca que en la formación de Salinas confluyen “por un lado, su condición de madrileño (castizo, ciudadano-urbano, irónico), sus años de La Sorbona, en París (ingenioso, refinado, mundano, spirituel), sus temporadas en el Mediterráneo (quietud, luminosidad, ‘ardorosa sensualidad espiritualizada’ —Miró—), y sus ocho años de Sevilla (gracia señorial, perfil clásico)” para generar “una original y personal simbiosis de lo castellano y lo andaluz”.
Simbiosis que nunca lo abandonó, incluso cuando se exilió voluntariamente en Estados Unidos, donde dio clases de literatura en universidades interesadas en la producción literaria española. De hecho, no habló nunca inglés (“Yo no hablo inglés para no estropear el inglés”, solía decir, transformando la frase de otro exiliado voluntario, Juan Ramón Jiménez, quien decía: “Yo no hablo inglés para no estropear el español”).
Pedro Salinas fue, además de profesor, ensayista, traductor (a él se debe la mejor versión en castellano de los siete tomos de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust) y, desde luego, poeta. Hay una idea de fondo en su poesía. Así la describió él mismo: “El poema nacido del apartamiento, revertirá luego a todos, irá hacia ellos convirtiéndose en fuerza unitiva entre los hombres que los revele simpatías, coincidencias, en suma, su comunidad en ser humanos.” La poesía como comunicación del alma. Como pregunta luminosa:
¿Serás, amor,
un largo adiós que no se acaba?
Vivir, desde el principio, es separarse.
En el primer encuentro
con la luz, con los labios,
el corazón percibe la congoja
de tener que estar ciego y solo un día.
Jorge Guillen se preguntaba: “¿Dónde acontece la gran aventura?”. La respuesta abarca toda la poesía de su amigo Pedro Salinas: “En la más solitaria de las islas, en esa soledad que recata siempre a todas las parejas de enamorados”. EP