
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién analiza la “Rima LIII” de Gustavo Adolfo Bécquer, poema que reflexiona sobre la incesante lucha entre la partida y el regreso del amor y la belleza.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién analiza la “Rima LIII” de Gustavo Adolfo Bécquer, poema que reflexiona sobre la incesante lucha entre la partida y el regreso del amor y la belleza.
Texto de Jaime Septién 14/11/25

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién analiza la “Rima LIII” de Gustavo Adolfo Bécquer, poema que reflexiona sobre la incesante lucha entre la partida y el regreso del amor y la belleza.
Gustavo Adolfo Domínguez Bécquer Bastida de Vargas nació en Sevilla en 1836 y murió muy joven, en Madrid, un 22 de diciembre de 1870. Apenas 34 años de una vida llena de desengaños amorosos y enfermedades. Fue víctima de la tuberculosis. Su familia paterna era de origen alemán. Tuvo un hermano pintor, Valeriano, con el que llegó, ya huérfanos, a Madrid.
Con tan corta edad y tantos contratiempos, su obra —que goza de una inmensa popularidad aún hoy en día— es breve: las Rimas se repiten en las lecciones de Español. Son 79 poesías breves, aparentemente sencillas, románticas. Algo hay de ello. Pero analizado con detenimiento, el recurso de Bécquer comprende (y cristaliza) la poesía de Heine, de Byron y eleva a rango de maestría lo popular de su tierra natal. Es sevillano hasta la médula.
Cierto, sus Leyendas capturan el sentido sombrío del romanticismo, mientras que las cartas que escribió en el monasterio de Veruela (Desde mi celda) —a donde había ido a reponerse de su precaria salud— no hacen sino aumentar la idea de un hombre atormentado, mirando desde la dura silla de la clausura, una vida destejida y un matrimonio triste. En 1861 se casó con la soriana Casta Esteban Navarro. Tuvo tres hijos: Emilio, Gregorio y Jorge. No fue un padre cercano.
La “Rima LIII” ha sido recitada por generaciones enteras. En ella se reconoce claramente la originalidad de Bécquer. La certeza del “volverán” los fenómenos de la naturaleza y la respuesta pesimista del “pero no volverán” ni la dicha ni el amor, fenómenos sujetos a la veleidad de los sentimientos humanos. El paralelismo es antitético. Vuelven primero las “oscuras golondrinas” en el ciclo de las estaciones. Pero las que supieron captar (metafóricamente) la hermosura de la amada y la dicha del amante, ésas “no volverán”. El amor ha muerto.
Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales
jugando llamarán;
pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar,
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
ésas... ¡no volverán!
Pero no sólo en el verano regresan las golondrinas —entre ellas algunas que captan la interioridad del poeta—; también las madreselvas estarán tupidas tras las lluvias de abril. En tanto que las flores de mayo se dispersarán por la tapia. Algunas derramarán gotas de rocío. Las que derraman lágrimas, como los amantes separados, no habrán de regresar jamás.
Volverán las tupidas madreselvas
de tu jardín las tapias a escalar,
y otra vez a la tarde, aún más hermosas,
sus flores se abrirán;
pero aquellas cuajadas de rocío,
cuyas gotas mirábamos temblar
y caer, como lágrimas del día...
ésas... ¡no volverán!
Dámaso Alonso señala que el verso de Bécquer “es un verso trémulo; su avance musical tiene un temblor de agua o de cuerda. Temblor externo, como el de la voz del hombre cuando se deja traspasar de emoción, que es un signo de apasionamiento y el temblor del alma.” Nunca mejor dicho. EP