
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién rinde homenaje a Felipe Camino Galicia de la Rosa, mejor conocido como León Felipe, uno de los poetas del exilio español más recordados hasta nuestros días.
En estas Líneas perdurables, Jaime Septién rinde homenaje a Felipe Camino Galicia de la Rosa, mejor conocido como León Felipe, uno de los poetas del exilio español más recordados hasta nuestros días.
Texto de Jaime Septién 06/03/26

En estas Líneas perdurables, Jaime Septién rinde homenaje a Felipe Camino Galicia de la Rosa, mejor conocido como León Felipe, uno de los poetas del exilio español más recordados hasta nuestros días.
Si un poeta vivió entre dos aguas —Europa y América; la farmacia y la poesía; la desgarradura del exilio y el éxito de los lectores—, ése fue Felipe Camino Galicia de la Rosa, universalmente conocido como León Felipe (Tábara, España, 1884 – Ciudad de México, 1968). Ninguneado por la “intelectualidad” es, sin duda, el poeta más leído, más recordado, más popular del exilio español en el continente americano. No pasa un concurso declamatorio en el que no aparezcan dos de sus composiciones que llevan el mismo verso asonante y el mismo lamento: “Qué pena” y “Qué lástima”.
Parte de la fama de León Felipe viene dada —al igual que, por ejemplo, Miguel Hernández o incluso Antonio Machado— por la interpretación musical de alguno de sus poemas por cantautores como Joan Manuel Serrat o Paco Ibáñez. También por haber llegado a la edad en que pudieron grabar de viva voz lo más granado de su poesía en discos que hoy son fáciles de encontrar en las plataformas digitales. También por una razón que no está en los grandes manuales de la poesía contemporánea: porque sus poemas emocionan, entristecen, nos llenan de rabia. Bajan hasta el polvo, hasta el llanto solitario en una llanura:
¿Qué me importa que se borren
los caminos de la tierra
con el agua
que ha traído esa tormenta?
Mi pena es que esas nubes tan negras
han borrado las estrellas.
El poeta Gerardo Diego, preguntado sobre la poesía de León Felipe poco tiempo después de su muerte, dio la clave: “No podría juzgar la poesía de León Felipe, solo quererla, abrazarla. Para mí, antes que todo, es no una obra sino un hombre.” ¿De cuántos poetas laureados podría decirse algo similar? Un poema de su libro Ganarás la luz (México, 1942) entierra, sí, la figura del creador como un ser por encima de todos los hombres, y desempolva la vieja y misteriosa relación del hombre con la naturaleza:
El poeta le cuenta su vida primero a los hombres;
después, cuando los hombres se duermen, a los pájaros;
más tarde, cuando los pájaros se van, se la cuenta a los árboles…
Luego pasa el Viento y hay un murmullo de frondas.
Todo lo cual se puede traducir también de esta manera:
lo que cuento a los hombres está lleno de orgullo;
lo que cuento a los pájaros, de música;
lo que cuento a los árboles, de llanto.
Y todo es una canción compuesta para el Viento,
de la cual, después, este desmemoriado y único espectador
apenas podrá recordar unas palabras.
Pero estas palabras que recuerde son las que no olvidan nunca las piedras.
Lo que canta el poeta a las piedras está lleno de eternidad.
Y esta es la canción del Destino, que tampoco olvidan las estrellas.
No hay ritmo, a veces hay rima, pero muy pobre, palabras vulgares, repetitivas… Pero hay algo misterioso en la poesía de este “payaso de las bofetadas” que cargaba su “violín roto” entre sus “versos y canciones del caminante”. ¿Es la fuerza de su lenguaje? ¿Es el sentimiento de una vida de farmacéutico y trovador que tuvo que huir de su patria? Es algo más sutil: es sinceridad solidaria o, mejor dicho, solidaridad sincera:
VOY con las riendas tensas
y refrenando el vuelo
porque no es lo que importa llegar solo ni pronto,
sino llegar con todos y a tiempo. EP