Ad libitum: Una especie de giganta

La artista alimentó con su imagen una figura mítica femenina a partir de su fuerza creadora. Una especie de giganta, la llamó Carrington, con cuerpo ovalado, diosa lunar bajo túnica de tono coral y capa clara, madre de cualquier deidad.

Texto de 27/03/20

La artista alimentó con su imagen una figura mítica femenina a partir de su fuerza creadora. Una especie de giganta, la llamó Carrington, con cuerpo ovalado, diosa lunar bajo túnica de tono coral y capa clara, madre de cualquier deidad.



Una vez Joan Miró me mandó a buscarle cigarrillos

 y tuve que decirle que podía ir a buscarlos él mismo.

Leonora Carrington

Quizás esta especie de giganta pudo haber sido el anhelo de la dama oval descrita por Leonora Carrington (que era  una versión de ella misma a los dieciséis años: la dueña de un cuerpo altísimo, tres metros, piel pálida y expresión triste, quien esperaba junto a la ventana a que sucediera un algo, mientras rechazaba el té en protesta contra su padre, al tiempo que una pluma de faisán ensortijada en su cabello ondeaba con el viento). Esta especie de giganta es en quien podríamos proyectarnos todas como declaración de energía tribal e individual. Vivas nos queremos. 

La giganta, pintada posiblemente alrededor de 1948 —a pesar de que no se logra un acuerdo al respecto—, surgió de la inspiración en una diosa suprema nacida en la Europa antigua dentro de ciertas culturas matriarcales (aunque la existencia de las últimas sigue en discusión, asunto poco novedoso en el patriarcado). 

La artista alimentó con su imagen una figura mítica femenina a partir de su fuerza creadora. Una especie de giganta, la llamó Carrington, con cuerpo ovalado, diosa lunar bajo túnica de tono coral y capa clara, madre de cualquier deidad; no existe nadie por encima de ella y menos a un lado; es caminante descalza sobre la tierra —creación propia—; madre universal que, de vez en vez, tiene forma de vaca con color cambiante. Ahora anda con rostro de luna y cabello de trigos revueltos; se trata de la diosa blanca, a quien Robert Graves dedicó un estudio publicado en el mismo 1948. Carrington, al leerlo, descubrió una proyección del poder mujeril entre sus páginas. 

La pintora se sublevó a través de los poderes femeninos. Bruja, adivinadora hereje quien retomó los espacios designados a nosotras, mas no con el mandato de esclavizarse trabajando para terceros, sino con el resultado de lograr comunión consigo, con ellas (como con Remedios Varo, también bruja alquimista), con otras. Su hogar, su cocina, fueron el in vitro para células mentales en hervor que adquirieron vida entre puntada y puntada mezcladas con óleos diversos; ahí guisó, vertió polvos viscerales, pócimas hechas con destellos relámpago producidas por un corazón naciente bajo el sonido del galope del caballo, lágrimas de hiena, risa relincho de yegua de crin dorada y negra. 

La giganta respira brisa celeste alimentada por el mar turquesa en posición de horizonte junto a las nubes grises; ambiente acuoso, vientre marino, albergue de criaturas que resoplan fuerte por el orificio mágico en su lomo, crustáceos del tamaño vistos por Nemo a bordo del Nautilus; barcos, mujeres, capitanas de sus vehículos acuáticos.  

Gansos salvajes revolotean entre las telas que cubren a la diosa trigal.

Las manos de la figura divina protegen un huevo. Fertilidad, interpreta cualquiera que lo mira. Carrington lo describió cual cristal para observar Madrid en los días de julio y agosto del ‘48. Cajita oblicua guardiana de la historia del universo.  

Observe. Son patos cual personas, cual criaturas sagradas quienes hablan en el bosque, también se asoman entre la abertura de la capa. ¡Un ave de tres cabezas! Hombres, un espíritu con alas en punta, mujeres, niñas, todos, juntas están en paz, espigan tranquilas. El amor reina y guía este universo en armonía. 

Leonora reprochó la violencia masculina. La culpó de las desgracias humanas, de guerras, hambre, pobreza, barbarie, esa que domina con lanza de muerte, que atraviesa y desgarra cuerpos vivos de cualquier especie. Leonora (muchacha juzgada por el padre a causa de su deseo de ser, violada por soldados, habitante forzada dentro de un manicomio), condenó la destrucción que significa la imposibilidad del renacimiento. ¿Acaso a partir de ello la artista haya representado a la diosa albina en calma, sin mostrar su característica aguerrida? Porque según Graves también la tuvo: diosa alabada en batallas, generadora de inspiración, vida, muerte, receptora gustosa de sacrificios en su nombre, alimento sagrado. En otros tiempos podría unirse a la caída de un sistema que beneficia a los varones por encima de nosotras, pero no como líder (las feministas no tenemos jerarquía ni estructura militar de ningún tipo). Se sumaría a modo de apoyo, uno más para quienes destrozan concreto, vidrios y símbolos opresores, con el objetivo de ser escuchadas en la expresión de furia. ¡Fuimos todas! La deidad sería una más al lado de quienes gritamos, cantamos, marchamos, de quienes actuamos en distintos ámbitos con un fin: tirar el patriarcado, tardemos el tiempo que tardemos (y a pesar del COVID-19), en donde nace la violencia y el sometimiento de las mujeres. Las diversas maneras de lucha son importantes, así reunimos esfuerzos. 

El arte es el puente entre ideas y emociones de quien lo mira.

No. La giganta no nos representa, tal como lo recordó Michelle Solano, y agradezco sus palabras, entre otras muy valiosas: “cada mujer se representa a sí misma”, porque no necesitamos representantes (otra victoria, hacer que nuestra voz cuente). Ella, tez nívea, no nos dictaría cómo protestar, cada una lo hace a su forma. La guerrera mitológica es así, parecida a nosotras, poseedora de todas las naturalezas que engendran el soplo vital renovador (no hay paz sin expresión de rabia). La lucha se convierte en coalición de fuerzas para estallar en un nuevo orden. 

La de rostro lunar es creadora y habitante de los cuatro elementos: aire, agua, tierra, fuego. 

Por cierto, Carrington aseguró no haber tenido tiempo de ser musa de nadie. Dijo que el tiempo era suyo y estaba ocupada en ser artista y rebelándose contra su familia como para hacer de musa. Lo manifestó muy claro. Lo demostró en la actividad creativa, en cada lienzo, soporte de galaxias leonóricas, carringtonianas.  En 1948 la segunda ola feminista estaba lejos de hacerse presente. Cada brote tiene raíces que se rastrean más y más hondo. Somos nudos de venas antiguas. EP

Leonora Carrington. La giganta (circa 1948). Temple sobre panel de madera. 120 cm × 69.2 cm. Colección privada.








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