Ayuujk: Las lenguas incómodas

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

Texto de 12/08/19

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

Elegir con quien establecemos interlocución también es un acto político. Trato de pensar en el trabajo que realizo y la lengua en la que elijo hacerlo, trato de mapear las interlocuciones que establezco sobre temas particulares ya sea en mixe o sea en español. Los dados están cargados casi siempre hacia el español, pero creo en la importancia de crear espacios de conversación y discusión que solo se desarrollen en mixe porque es necesario hacerlo.

En muchos contextos, hablar lenguas indígenas suele incomodar a las personas. El uso de las lenguas indígenas en espacios públicos despierta una serie de reacciones que van de la curiosidad al abierto rechazo. En muchas ocasiones la reacción de las personas pasa por la sensación, nunca agradable, hay que aceptarlo, de que están siendo excluidas o peor aún que estamos “hablando mal de ellas” en su presencia. Esta extraña y persistente paranoia no se reproduce con lenguas hegemónicas, al menos yo, pocas veces he presenciado que hablantes del español pidan a angloparlantes dejar de hablar en inglés por el temor a estar siendo descalificadas sin saberlo, pero es algo muy común con las lenguas indígenas. Nuestra lengua se convierte en un espacio vedado que muchas veces se lee como una actitud desconsiderada o grosera con el entorno.

En las historias de mujeres de mi comunidad que han trabajado en el servicio doméstico en las ciudades es muy frecuente encontrar episodios en los que sus empleadoras les solicitaron no hablar en ayuujk por teléfono con sus familiares por el miedo de que estuvieran relatando algo que ellas no podían saber ni controlar. Nuestra lengua materna se constituye también en un cuarto propio que se nos quiere negar. En una relación asimétrica con los pueblos indígenas, hablar nuestra lengua se vuelve una afrenta incómoda, un territorio en el que no pueden penetrar y en el que seguramente tramamos algo. Se refuerza la idea de esa desconfianza que hay que tener con los indios de los que se nos advierte que se debe evitar establecer lazos de compadrazgo. El espacio que creamos al conversar en nuestra lengua dentro del metro admira o tensa a las personas alrededor que nos dirigen miradas, casi como si no hubiéramos convivido por quinientos años.

En otras ocasiones hablar una lengua indígena en espacios en los que no se espera despierta una curiosidad peculiar. Un día un amigo y yo acudimos a un establecimiento en el que se sirven diferentes tipos de té y comenzamos a platicar como es natural, nuestra conversación se vio muchas veces interrumpidas por comensales de mesas cercanas que se acercaron a preguntarnos sobre cuál era ese “dialecto tan bonito” (o comentarios similares) que estábamos utilizando. Nos pareció propicio aprovechar la oportunidad para explicar por qué no se trata de un dialecto y sobre algunas características de nuestra lengua. Muchos hablantes de lenguas indígenas, y creo compartir esto con hablantes de lenguas distintas al español en general, hemos pasado también por la curiosa experiencia de enseñar “groserías” y frases divertidas. Hablar una lengua indígena fuera del contexto en el que se espera, aunque sea dentro del mismo país, parece crear una esfera de conversación que amenaza el transcurrir de lo establecido. Incomoda. Irrumpe.

Nosotros sabemos bien del potencial de crear esta esfera propia. En las múltiples negociaciones que las comunidades indígenas hemos tenido que realizar con los poderes del estado, nuestra lengua nos provee de un espacio de discusión y consenso inmediato a salvo de los oídos de nuestros interlocutores. El señor Noé Alcántara, cantante mixe de Totontepec, narra la manera en la que el uso de la lengua ayuujk fue un elemento importante durante las gestiones que realizaron ante las instituciones para la apertura de una carretera a su comunidad. Hablar nuestra lengua nos crea un espacio seguro, nos genera un ambiente autónomo en el cual hacemos comunidad, nos ponemos de acuerdo, nos sentimos seguro, generamos las estrategias para enfrentar lo que ante el estado haya que enfrentar. En ese sentido, la pérdida de las lenguas nos despoja de un territorio cognitivo en el que recreamos comunidad. EP

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