Tú no viajarás pronto

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 18/05/20

Pizza y yoghurt es el blog de Alaíde Ventura en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Tú no viajarás nunca, José García, le dice Josefina Vicens al personaje que se inventó. Tú no podrás decir dentro de algunos años “eso me recuerda lo que vi una vez en tal lugar”. Pero sí podrás recordar “lo que me dijo tal día aquel hombre”.

*


Todavía estamos en esa etapa de la pandemia en la que se pueden contabilizar no los contagios, sino las historias. Muy pronto habrá que inventárselas, como hizo Bolaño en 2666. (Inventario: invención). Algunos detalles verídicos, creíbles en su mayoría. Todo absolutamente cierto y falso a la vez.

El primero en morir acá en Xalapa fue un empleado del Orfis, aunque lo sumaron para la numerología de Emiliano Zapata porque vivía en Las Haciendas. Lo que se sabe de él, por ser el dato que resonó en las noticias, es que padecía obesidad mórbida. En los foros lo llaman “el gordito del Orfis” y dicen que se contagió en el festival de la paella en Tlacotalpan. Al momento de ficcionar su historia, un escritor diestro eliminará, confío, ese detalle ocioso. 


La última noche de la vieja normalidad, Abril y yo salimos a tomar una cerveza en el centro de Monterrey. Me contó los detalles de su cirugía, programada para fines de marzo. Llevaba meses luchando contra un cáncer que al final resultó no serlo, del mismo modo en que Plutón un buen día dejó de ser un planeta: por consenso. La cirugía era delicada y sentí miedo, pero lo ahogué en cerveza. No quería contagiárselo. Miedo a sentir miedo, a transmitirlo, a multiplicarlo, a dejarme derrotar por fuerzas invisibles. Para aligerar, yo le conté una anécdota feliz: mis días de infancia en la playa. 

En muchos casos he confundido la verdadera dimensión de los recuerdos. A menudo no sé distinguir si una historia es valiosa en sí misma o si obtiene relevancia por una apreciación tramposa de mi parte, como enmarcar un recorte de revista en moldura de caoba.

A Abril y a mí nos preocupaba poco el coronavirus. Habíamos tenido varias presentaciones en la UANLeer, algunas más abarrotadas que otras. Eso sí: gel antibacterial en las manos y en los artefactos, lavado constante de rostro, mínimo contacto físico con el público y con las demás escritoras de la feria. 

Casi para despedirnos, decidí saltarme los protocolos. Le di un abrazo muy fuerte, digno de un preoperatorio. Me rondó la idea funesta de que aquellas podrían haber sido nuestras últimas cervezas. (Si la fatalidad no viene a Alaíde, Alaíde va a la fatalidad). De nuevo me invadieron las ganas de llorar, pero ya no había cerveza para sosegarlas. Caminamos al hotel y nos despedimos en el pasillo del onceavo piso. Lloré muchísimo esa noche, con la vista puesta en los cerros.

Aquel fue el último abrazo que di.


En la rutina del confinamiento, las mañanas en esta casa familiar consisten en un griterío de mi mamá con sus amigas en reunión de Zoom. A la hora de comer ella me resume los pormenores en una suerte de informe técnico sobre las novedades de cada una. Yo finjo no haber escuchado la conversación original y pongo atención a los detalles que exalta u omite. Me interesa conocer su proceso de edición: qué tanto de lo que dice pertenece al relato original y qué tanto se ha inventado. Ayer, por ejemplo, escuché que su amiga Nati había estado triste porque se murió su gallo. Pero luego mi mamá no me contó nada al respecto. ¿En qué habrá basado esta curaduría de datos? ¿No sabe que todo lo referente a aves y duelos me interesa muchísimo?

Cortesía de la autora

Para mi mamá son importantes los rituales. Desayunamos juntas cada mañana, incluso en mis días de desvelo. De niños, ella nos inculcó esta idea: la mesa del comedor como el corazón de un hogar centrífugo, lo único que permanecerá fijo cuando arriben por fin los tiempos de la gran catástrofe.

Me tomó años entender que mis relaciones se sustentan, en gran medida, en el deseo infantil de esta puesta en escena. Vamos a jugar a que éramos una familia y nos queríamos mucho. ¡Pero ahora sí hay que hacerlo bien, eh! 

En este escenario absurdo de mi imaginación, yo soy la actriz principal. Ando por la vida buscando con quién compartir la mesa del comedor, la conversación ingrávida que pueda convertirse en el eje de mi mundo. Por eso me enamoro con facilidad. Y por eso, también, salgo corriendo en cuanto la simulación se torna demasiado real. (Porque una cosa es jugar a la casita, pero otra muy distinta es mudarte a vivir al teatro).

Casi para despedirnos, decidí saltarme los protocolos. Le di un abrazo muy fuerte, digno de un preoperatorio (…) Aquel fue el último abrazo que di.

Pienso mucho en mis padres, aun teniéndolos enfrente. Me sustraigo y los rememoro como en una especie de espejismo, dispositivo de evasión. Son personajes de una narración que no he logrado ordenar por completo y que me atormenta igual que si se tratara de una novela en la que el autor ha dejado hilos sueltos. 

A veces siento que no encontraré la paz mientras no consiga anudar esos hilos.


He estado inquieta estos días. Son épocas de reformulaciones. Concedo que la narrativa de la casita comienza a quedarse corta ante la gravedad de mis conflictos reales, como falsear datos de campo para comprobar una teoría rígida o como forzarme a entrar en esos pantalones que no me cierran desde hace un mes. Y es que estoy viviendo, tal vez a mi pesar, en el hogar familiar primigenio, molde para futuros hogares, y ahora resulta que nada es como en la maqueta. La casita sirvió para ponerme a salvo, advierto, pero el mundo sigue existiendo. ¿Los tiempos de la gran catástrofe?

¿Hablamos de la pandemia o de la vida? 

No van separadas.


Me cuesta trabajo el encierro porque estoy acostumbrada a estar afuera. Soy, como algunas plantas desbordadas y como las sillas metálicas: de exterior. Confundo el acto de caminar con un principio de libertad feroz que, según yo, me mantiene auténtica. Entonces ponte de acuerdo, Alaíde: ¿quieres una mesa fija o un paseo perpetuo? Ambos no se puede.

Pero sí se puede. En el mundo hay varios mundos. Lo acabo de descubrir.

El planteamiento va más o menos como sigue: para que la casa exista, hace falta el movimiento. Tengo que poder salir para tener a dónde regresar.

¿Hablamos de la pandemia o de la vida? 

Esta es la ventaja de una puesta en escena: lo único que tienes que hacer es existir. El papel fue escrito previamente, ni siquiera hay que improvisar. 

Vuelvo con frecuencia a la siguiente imagen: voy sentada en el asiento de atrás del coche, las ventanillas arriba, una sensación de calor sofocante y sudor en los muslos. Una niña pequeña, espectadora del país de los adultos. Vamos rumbo a la playa en una Caribe de interiores mohosos y goteras en el techo. Con frecuencia la máquina se ahoga, dejándonos varados en mitad del camino. Son situaciones estresantes y en mi casa siempre hemos sido profesionales de la angustia, pero por algún motivo yo no entro en pánico. Confío en que todo se resolverá. En que alguien más lo resolverá.


Mi madrina Vale lleva dos meses encerrada. Tiene ochenta años. Pasa los días haciendo limpieza de su casa. No ha descargado Zoom porque escuchó que el gobierno te espía. Mi mamá le manda libros y postres de los que comemos acá. 

Para conmemorar sus cincuenta días de encierro, su hijo mayor la lleva a dar una vuelta en coche. ¿Quieres ir al centro?, le pregunta. No, ¡qué centro ni qué ocho cuartos!, contesta ella. Llévame a donde haya verde.

Me quedo pensando en su petición durante días, lo que me hace preguntarme qué paisaje elegiría yo en un universo hipotético. No es fácil dar respuesta, tan cerca el mundo y tan gruesa la ventanilla del coche. Ahora sé que me tardo en decidir porque hay algo en aquella formulación que me incomoda. Algo como pronunciar el nombre de un muerto que no te pertenece. Pero para combatir la resistencia del lenguaje debes seguir hablando. 

El mar. 

Me descubro anhelando que alguien me lleve a ver el mar.

(Entonces no era sólo la casa).


La premisa, tan difícil de cumplir, es bastante obvia para cualquiera en estos tiempos: no necesito un compañero para armar la casa y tampoco para ver el mar. Me deberían bastar mis amigas, mi mamá… ¿o nadie? 

Y sin embargo, lo sigo buscando.

Qué terrible, agotadora frustración.

¿Cómo se combate la reincidencia en viejos patrones? ¿A través del lenguaje? ¿Forzando mi cuerpo a entrar en estos pantalones? Retomo una vez más a Josefina Vicens, para quien no es la conciencia, sino el olvido de la conciencia, lo que abre la puerta al milagro.

Advertida de lo torcido de mi proceder a ciegas, la semana pasada me compré una casa. Lleva por nombre “la casa de los premios” porque utilicé el dinero de mis novelas para pagarla. Es una casa para una sola persona. Ya tengo la mesa del comedor, me falta todo lo demás, incluida la mitad del techo y otras muchas reparaciones generales.

Desde hace años, cada vez que se me antoja me llevo a mí misma a ver el mar. Incluso he llevado a otras personas. Soy la que conduce y la que vigila que la máquina no se ahogue. Debería sentirme orgullosa, pero lo que en realidad siento es fatiga y un poco de desesperanza. A veces extraño a esa niña pequeña, a la distancia parece fácil desempeñar su papel.

En el confinamiento siento nostalgia del mundo, de su gran rumor. Sólo quedan las voces aisladas, historias individuales como granos de arena. Me interesa el gallo muerto, el luto de su propietaria, a solas llorando a su ave. ¿O busco historias afuera para evitar mirar hacia dentro?

En estos días de celibato obligado me he dedicado a cuestionar paradigmas. Me asombra lo anquilosado, lo rígido de estos cimientos que me anclan. Estaba segura de que me movía en total ligereza. Falso. No he descubierto cómo lograr que la maniobra de armar mi propia casa y llevar mis fatigosos pasos al mar, resulte suficiente. ¿Suficiente para qué?

¿Cómo incendiar el teatro? ¡Cómo!

Para conmemorar sus cincuenta días de encierro, su hijo mayor la lleva a dar una vuelta en coche. ¿Quieres ir al centro?, le pregunta. No, ¡qué centro ni qué ocho cuartos!, contesta ella. Llévame a donde haya verde.

Mi mamá lleva un conteo de muertes y contagios en una libretita que guarda en su buró. Este registro científico, levemente siniestro, la tranquiliza de alguna manera. En general, el control sobre los pequeños sucesos mundanos es considerado un buen antídoto contra la angustia. 

Hoy por la mañana despertó muy contenta. Durmió bien por primera vez en días. Al revisar su libretita, noté que se equivocó en un cálculo. Marcó 150 muertes en vez de 250. Supongo que esa es otra manera de autoficcionar. No la saqué de su error. Mejor le pregunté por su amiga Nati y escuchamos juntas el canto del gallo Buche en algunas notas de voz. 

Tú no viajarás pronto, Alaíde. Pero sí podrás recordar el canto de un gallo y lo que te dijeron los hombres. Y lo que les respondiste. La turbación que sobreviene a la mentira. El escenario a oscuras, engañoso, incompleto, que es esta imaginación tuya, la misma que usas para salvarte a medias. Heredaste el vértigo de tu mamá y la angustia.

Un barco cruza, remueve el agua, deja algo de espuma y desaparece. De pie en la costa mi mamá y yo, sujetas al tablón de la mesa, aguardamos la llegada del tsunami.

Quizá la gran catástrofe sea esto: una vida esclavizada a la espera de la gran catástrofe. EP

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