El español también es mi lengua

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

Texto de 01/03/20

Ayuujk es el blog de Yásnaya Aguilar Gil y forma parte de los Blogs EP

La frase que sirve de título a este texto me causa problemas, me genera inquietudes, es un título precario que no se si puedo sostener. Trataré de exponer mis razones. Yo comencé a aprender la lengua con la que escribo estas palabras durante la educación primaria. Aunque había estado expuesta a escucharla en algunas ocasiones y aunque algunas palabras de esta lengua habitaban mi universo léxico en formato de préstamos, mi entorno familiar y social se desarrolló principalmente en ayuujk. Recuerdo algunas partes del proceso de comenzar a entender español y las anécdotas relacionadas. Por alguna inferencia que hicimos al observar un programa de televisión, mis amigos y yo creímos durante unas semanas que la palabra “magnate” era un insulto y así la comenzamos a utilizar en la escuela ante las carcajadas de algunas personas hispanoparlantes que nos rodeaban. De los esquemas que se presentaban en la sección “Modo de preparación” de una lata de leche en polvo, mi hermana y yo inferimos que “sopera” significaba “rebosante” o más coloquialmente “copeteado”, dado que así estaba dibujada la cuchara que esquematizaba el proceso de preparación, una cuchara que contenía una montaña de leche en polvo que excedía sus límites como contenedor. Bajo esta inferencia, armábamos frases como “Tráeme una cubeta sopera de arena” o “Sírveme una jícara sopera de pinole”. 

Aprender español como segunda lengua fue un proceso lleno de contradicciones y de encuentros sorprendentes considerando que nuestros profesores no habían sido preparados para enseñarnos español como segunda lengua y tampoco había materiales adecuados con los que pudieran ayudarse. Estas contradicciones se reflejan en mi actual relación con esta lengua, es una relación compleja, ambivalente. 

En tercero de primaria, recuerdo los concursos de lectura rápida en voz alta que consistían en recitar un texto a la mayor velocidad posible sin importar si entendíamos el contenido. La velocidad de la lectura era más apreciada que la comprensión lectora. Aprendíamos poemas de memoria que recitábamos en los festivales escolares y pronto nos entusiasmaron los versos rimados. Muchísimas veces sufrimos el español, muchas otras veces lo disfrutamos: Que la justicia existe, yo la creo ahora, en este mismo instante… decía un poema que recitamos coralmente en concursos de declamación a nivel regional. Supongo que esta relación tensa con la lengua dominante se explica en contextos de desplazamiento lingüístico de lenguas que han sido largamente discriminadas. 

Uno de los temores y prejuicios más recurrentes sobre las personas que hablamos una lengua indígena se centra en la idea de que hablar nuestra lengua materna nos impide aprender bien el español, lo cual es una gran mentira. “Hablar bien español” significaba hablarlo de un modo que no se transluciera nuestra lengua materna, que la sombra de la fonética del mixe o de su sintaxis no se asomara en esa otra lengua que representaba el futuro y el progreso en los contextos escolares. Los profesores trataban de evitar que pronunciáramos la /n/ como consonante velarizada al final de palabra: “no se dice ‘pang’ si no ‘pan’”, nos aleccionaban colocando una /g/ final después de la /n/ como una exageración para ilustrar su punto. En cuanto a la sintaxis, la predicación secundaria mixe coloca al adjetivo en primera posición y esta característica sintáctica se traslucía en frases calcadas que ordenábamos de la siguiente manera: “bonito se ve” en vez del muy hispano “se ve bonito”. La concordancia de género que el español marca obsesivamente en artículo, sustantivo y adjetivo era un gran problema pues el mixe no posee género gramatical en sustantivos. Elementos nominales como “agua” eran un dolor de cabeza porque establecen género masculino con el artículo que los precede, pero femenino con el adjetivo: “el agua clara”. Impredecible. El uso de las preposiciones sigue siendo un elemento difícil aún en los mixehablantes más avanzados en español, con frecuencia decimos: “¿El paquete ya llegó en Ayutla?” en lugar de formular ¿El paquete ya llegó a Ayutla?

Con el deseo de impedir experiencias de discriminación, quiero suponer, los profesores trataban de eliminar en nuestro español todo rastro de la lengua en la que transcurría nuestra vida: el mixe. Esta tarea es muy difícil de cumplir y entraña algunos procesos violentos porque no basta con que aprendas español, el español propio de nuestra región también será discriminado, recibido como inferior. Tratábamos de hablar ese español supuestamente pulcro sin terminar de lograrlo nunca a cabalidad.  

A pesar de los esfuerzos de hablar ese español hegemónico que me evitaría discriminación, el mixe ha estado ahí siempre acechando en mi español, el mixe se asoma en mis escritos aún hoy cuando tengo que revisar mis concordancias de género porque sigo sin lograr hacerlo de manera adecuada y sistemática. Durante mis años de escolarización, quería demostrar que no era así, que tener el mixe como lengua materna no impedía que pudiera hablar un español “neutro y puro”, como si tal cosa existiera y me frustraba cuando algunos patrones gramaticales del mixe se proyectaban sobre mi español particular. Deseaba demostrar que hablar mixe no impedía aprender un español correcto. Con el tiempo supe que el llamado “español correcto” era sólo una variante de la lengua española que no era más correcta que cualquier otra pero que esa suposición estaba atravesada de clasismo y discriminación. 

Con todo y mi relación intensa con el español, nunca dejé de sentir una distancia ideológica respecto de este idioma. El español era la lengua que tratábamos de aprender con esfuerzos, la lengua de los otros que necesitábamos domesticar para que no se volviera en contra nuestra. El español también se volvió la lengua que estaba inundando nuestro idioma, la lengua que estaba desplazando al mixe, una lengua amenazante que con su peso hegemónico se cernía sobre el futuro de mi lengua materna. Así que, a pesar de todo, nunca había considerado siquiera pensar en el español como MI lengua. Siempre que hablaba de MI lengua, me refería, obviamente, al mixe.

Sin embargo, durante una presentación de la escritora Maaza Mengiste en la pasada Feria Internacional del Libro de Oaxaca en la que fue entrevistada por Gabriela Jaúregui, volví a pensar en mi propia relación con el español. Maaza es una escritora que nació en Addis Ababa, provincia de Etiopía y ha escrito libros en inglés. Con cierto temor, le pedí a una amiga que le preguntara por qué sus libros no estaban en la lengua de su lugar de nacimiento. Su respuesta fue contundente, reivindicó el derecho a usar el inglés por que el inglés, dijo, también es su lengua y tiene derecho a ella. Hizo un énfasis especial en la palabra posesiva: “el inglés es también mi lengua”. A raíz de esto, me acerqué a preguntar a otras personas e investigué sobre diferentes movimientos, sobre todo de escritores de algunos países del continente africano o de la población afrodescendiente en Estados Unidos, que reivindican el uso del inglés como su lengua, un inglés que no intenta evadir las marcas de su procedencia y de sus hablantes, un inglés propio que hace una intervención identitaria y política sobre una lengua que se considera hegemónica. 

Todo esto me llevó a preguntarme en qué medida podía narrarme el español como MI lengua también. No el español supuestamente correcto, sino ese español profundamente marcado por el mixe en su articulación fonética, en el uso peculiar que hace de las preposiciones o en las marcas de concordancia que corrijo siempre en una segunda lectura al terminar de escribir. Maribel Alvarado, una amiga lingüista especialista del rarámuri me dijo un día que debería asumir que, si bien yo escribo en mixe, también creo textos muy frecuentemente en español como estas líneas lo evidencian. A diferencia de mis años de escolarización donde me preocupaba por que el orden de los constituyentes oracionales fuera el esperado, ahora me alegra descubrir esas marcas y esas equivocaciones son respecto de la norma que me recuerdan que mi lengua materna es el mixe. Tal vez sólo en ese contexto podría enunciar que el español es mi lengua. Del otro, del supuesto español “correcto” aún siento mucha distancia. Pero ese español que nunca ha acabado de ser domesticado, ese español que desafía al español considerado correcto y ensancha los límites del idioma, ese español que la Real Academia de la Lengua calificaría de erróneo, ese español nuestro, ese español que se ha dejado marcar por la gramática de mi lengua materna, ese español de mi comunidad, ése, en todo caso, ése sí es MI español, NUESTRO español: un español mixe. EP

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