Cuota de género: La Revolución

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Texto de 24/06/19

Cuota de género es el blog de Abril Castillo en Este País y forma parte de los Blogs EP.

Hace unos veinte años, mi mamá me regaló el I Ching. Recuerdo de niña escucharla tirar las monedas por la noche, cuando mi hermano y yo ya nos habíamos ido a dormir. Escuchar el tintineo una y otra vez. Alguna vez asomarme y ver a mi mamá leyendo.

—¿Qué lees?

Quizá alguna vez me leyó ella su I Ching. Pero a mi mamá no le gustaba mucho prestarme sus libros y gracias a eso me empezó a armar mi propia biblioteca. Ese año (calculo que era como 1997, pero pudo haber sido cualquier otro), me regaló Palinuro de México, Rayuela y Cien años de soledad. Nunca terminé de leer Palinuro. Cien años de soledad me gustó mucho, aunque mi maestro de la preparatoria siempre dijo que no había necesitado leerlo en toda su vida, y eso que se había propuesto leer toda la literatura principal del siglo XX; pero a mí me lo había recomendado mucho la mamá de mi mejor amiga, que algunos años después se convirtió en mi asesora de tesis, una tesis precisamente sobre Rayuela.

La razón por la que mi mamá me regaló Cien años de soledad fue para evitar que le robara su copia, anotada hasta atrás con toda la genealogía de los Buendía. Me regaló mi propio libro para que yo lo rayara a mi antojo. Y de paso dejara el suyo en paz.

Recuerdo haber empezado a quitar los peluches de los anaqueles de mi cuarto y cambiarlos por libros. Recuerdo que mi mamá me dejó llevarme los de la infancia a mi recámara y que luego iba y revisaba a ver cuál le había robado. Recuerdo a mi mamá leyendo Una muerte muy dulce de Simone de Beauvoir, sentada en el taburete de la sala, tratando de explicarme que era sobre aceptar la muerte de su mamá.

—Pero mi abuela no se ha muerto.

Le robé ese libro y lo leí, pero no lloré. Lo encontró después y lo regresó a su lugar en el librero de la sala.

Me regaló el I Ching que venía con sus tres moneditas. Pero también me dijo que si por algo alguna vez me faltaban esas moneditas, que sólo usara tres monedas iguales. Sacó tres de cinco pesos. En uno de los papeles reciclados que tenía en su escritorio (para anotar la lista del súper o quién había llamado), me hizo un instructivo.

Sol igual a 3.

Águila igual a 2.

Y me explicó que para leer la fortuna, hay que dibujar un hexagrama, línea a línea, con cada tiro de las monedas. Sólo hay dos tipos de línea: una cerrada y una abierta por el centro. Y cuatro formas de obtenerlas, pues te puede salir: 6, 8, 7 o 9. Los números pares hacen una línea abierta; los nones, cerrada. Pero de esos números, si te salen todas las tres monedas iguales (6 o 9), ésa es además una línea mutante.

Las líneas mutantes lo que hacen es darte una respuesta extra. Lo que te salga en el hexagrama (que por cierto se construye de abajo hacia arriba), se cambiará en otra cosa en esas líneas mutantes: las cerradas se vuelven abiertas, las abiertas, cerradas; las demás quedan igual.

Sé que todo es un asunto de probabilidad. Y que un matemático poco creerá en la magia del I Ching. Pero mi mamá me decía que si en una tirada de monedas, no te sale ninguna línea mutante, puedes leer igual la respuesta, pero que el libro no te está tomando en serio porque tú no te lo estás tomando en serio tampoco a él: bien porque no estás del todo concentrada al hacer la pregunta con cada tiro o porque no estás siendo sincera.

Imagino una tirada de puras líneas mutantes. Alguien que está tan concentrado en sus problemas que le resulta imposible tener ni un peldaño de estabilidad. Nunca me ha pasado.

El martes pasado leí el I Ching.

Ese día cumplí 35 años.

Desde hace un tiempo, el día de mi cumpleaños lo arranco yendo a correr.

El martes no fui a correr, pero leí el I Ching.

Me desperté con una videojunta que no fue muy bien. Un trabajo que tal vez sí, luego no, luego sí, luego quién sabe, luego sí, luego quién sabe.

En la penúltima junta me agradecieron mi paciencia y perseverancia. Me dio risa escuchar esas dos palabras que yo jamás habría elegido para describirme. Pero tal vez sí me corresponden y no lo había visto. Me sentía tranquila en esa espera de tres meses porque se me había atravesado todo en el ínter. El peor duelo de mi vida y tres mudanzas. Ni cuenta me di de que habían pasado tres meses en todo este proceso de contratación. Y justo a tiempo, cuando me dieron el sí, todo estaba empezando a tomar su lugar. Como si el tren de algún modo me hubiera esperado.

La muerte de mi tío me trajo quizá esa paciencia y perseverancia. O me dejó ver cosas que yo antes no había visto o que llevaba tiempo sin ver.

Como esa historia del niño que se le queda un copo de nieve malo en el ojo y desconoce a su propia hermana. Y cuando llora y se le derrite, puede volver a sentir.

Eché el martes las monedas. Mi pregunta no tenía que ver con el futuro, no pregunté: ¿qué va a pasar?, sino ¿qué quiero hacer? Más allá de si me daban o no el trabajo prometido, no entendía qué quería yo misma que pasara.

Recordé hace diez años, poco antes de una ruptura amorosa, cómo me propuse tomar yo las decisiones para que éstas no me tomaran a mí.

Recordé la plática con Majo, el viernes pasado, sobre los límites que uno pone hacia los otros, que muchas veces pensamos que son barreras para que el otro no entre, pero que en realidad son para protegernos nosotros mismos de lo que sentimos que nos daña.

Recordé todas las veces de este año en las que he optado por seguir mi intuición.

Recuerdo, ahora mientras escribo esto, el texto que anoche me mandó Elvis, un artículo de Joan Didion sobre el amor propio o self-respect (no sé cómo traducirlo) que ella define como esa aceptación de tu verdadero rostro, con lo bueno y lo malo, y a pesar del qué dirán. Abrazar nuestra imperfección, nuestras fallas, tolerarlas, aceptarlas.

Tiré las monedas el martes y me salieron dos líneas mutantes, una al principio y otra al final. Si perdí la concentración en algún momento de los tiros, sin duda abrí y cerré plenamente en mi elemento, según el instructivo de mi mamá.

Me salió el número 49: La Revolución (La Muda).

Arriba lo sereno, el lago.

Abajo lo adherente, el fuego.

El signo se refiere a la piel animal que, en el transcurso del año, se modifica en función de la muda.

La posición de estas dos figuras (el lago y el fuego) son fuerzas que se combaten entre sí. De ahí la idea de la revolución.

El dictamen

En tu propio día encontrarás fe.

Elevado éxito, propicio por la perseverancia.

Se desvanece el arrepentimiento.

La imagen habla de cómo en la revolución, el noble es capaz de ordenar cronologías y clarificar las épocas. De cómo, una vez habiendo vivido todas las estaciones de un año, al siguiente año es posible no sorprendernos tanto por los cambios, porque ya los conocemos.

El hombre se hace dueño de los cambios de la naturaleza cuando reconoce su regularidad y distribuye en forma correspondiente el curso del tiempo.

Y luego en las líneas, se me habló de una vaca amarilla y una pantera. Una vaca que recomienda no salir huyendo. La vaca es vulnerable, el amarillo es el centro de las cosas. Y de una pantera que dice: quédate. Las panteras, aunque no lo sabía o lo había olvidado, tienen también sutiles manchas, como un jaguar. Hay que acercarse mucho para verlas. De lejos no se ven, pero las tienen igual.

Muda de mudanza.

Muda de silencio.

“La línea mutante me dio el hexagrama 33: La Retirada. Y me dijo que es importante no confundir la retirada con la huida, la segunda sólo busca la salvación personal, la primera es signo de fortaleza.”

Cuando uno percibe ante sus ojos su camino con plena claridad y libre de toda duda, se instala en su ánimo una actitud serena que, sin la menor vacilación, escoge lo justo.

La imagen es una montaña que crece gigante sobre un cielo que no alcanzará jamás. EP

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