Fermentando rebeldía: una batalla doméstica contra el plástico

Daniela Trejo Saavedra escribe sobre cómo, entre frascos de yogurt y búlgaros colonizadores, libra una guerra simbólica contra la lógica tóxica de lo desechable.

Texto de 29/07/25

plástico

Daniela Trejo Saavedra escribe sobre cómo, entre frascos de yogurt y búlgaros colonizadores, libra una guerra simbólica contra la lógica tóxica de lo desechable.

En casa consumimos por lo menos un litro de yogurt cada semana. Es el protagonista de nuestros intentos por tener una vida más saludable y una de nuestras principales fuentes de proteína. Lo usamos en postres, ensaladas, tazones de fruta, panes… lo que la creatividad y el tiempo nos permitan. Sin embargo, tras cada preparación permanece un testigo incómodo: el envase de plástico.

Bajo mi jurisdicción, su ciclo de vida no termina en el basurero: tras consumir todo el contenido, se lava con esmero y se almacena en un cajón que espera salvar al mundo, un bote a la vez. Desde ahí los envases se reinventan: almacenan arroz, congelan verduras, transportan frijoles y guardan restos de comida misteriosa. Viajan del congelador al estante y sobreviven hasta que el desgaste los retire del servicio. Reutilizar y Resistir.

A pesar de las múltiples batallas domésticas que ha ganado mi cajón de envases, no puedo evitar preguntarme: ¿de verdad estoy marcando una diferencia?

¿Reutilizar o rendirse? La paradoja del bote vacío

Afuera, se siguen produciendo alrededor de 300 millones de toneladas de plástico al año. Algo así como el peso de 1.67 millones de ballenas azules adultas, si acaso dicho ejemplo sirve como referencia. Y mientras yo les invento nuevas vidas a mis botecitos, la mayoría de los plásticos siguen teniendo un destino menos creativo: a pesar de que el 50 % de dichos plásticos son de un solo uso, menos del 10 % se recicla. El resto se acumulará en el vientre de las ballenas azules, flotará como islas tóxicas en el Océano Pacífico, o se desintegrará en microplásticos que, eventualmente, podrían terminar en mi comida, en mi sangre o incluso en mi cerebro.

Entonces, ¿cuántos de mis envases terminarán siendo parte de ese 50 % condenado a la eternidad? ¿Cuánto de esta revolución doméstica es real y cuánto es un triste placebo ambiental? Quizás la respuesta no esté en mi cajón de envases, sino en los motivos detrás de su existencia; en por qué las empresas siguen fabricando plásticos, como si sus consecuencias fueran lo menos alarmante.

Rebeldía mínima o trampa estructural: lo que esconden nuestros cajones

Mi cajón de envases es más que un espacio de almacenamiento: se trata de un museo de mis mejores intenciones… y al mismo tiempo una prueba viviente de cómo hemos sido entrenados para buscar soluciones individuales a un problema masivo y estructural. Hemos pasado de las tres famosas RsReciclar, Reutilizar y Reducir— a un alfabeto entero de recomendaciones ecológicas: Rechazar, Repensar, Reparar… y, sin embargo, seguimos atrapados en una crisis plástica que no cede.

Todos conocemos a alguien (o somos esa persona) que guarda un bote misterioso en el refri. El recipiente puede contener cualquier cosa: frijoles de la semana pasada, la pasta del video que te prometió que se preparaba en 25 minutos, o una salsa irreconocible. O las bolsas del pan convertidas en loncheras escolares. O esos tenedores de plástico de la fiesta de cumpleaños infantil que siguen lavándose como si esperaran otra fiesta. Estos gestos —que a simple vista parecerían actos de rebeldía ecológica— en realidad funcionan más como paliativos ante un sistema profundamente disfuncional. Una forma de reacomodar el plástico dentro del día a día sin realmente confrontar el origen del problema.

Si bien reutilizar implica una cierta conciencia ambiental, también revela hasta qué punto nos hemos adaptado a una lógica que externaliza la responsabilidad. Somos consumidores haciendo malabares con residuos que nunca pedimos, mientras las industrias continúan produciendo plástico sin consecuencias legales. Entonces, pienso, no se trata de rebeldía, sino de contención.

Cuando las Rs no son suficientes, ¿dónde recae la verdadera responsabilidad?

La producción de plástico no es accidental. Las empresas no eligen este material porque odien al planeta, sino porque su entorno —leyes, precios de producción, infraestructura— lo convierten en la opción más rentable. Fabricarlo cuesta hasta tres veces menos que usar materiales compostables o retornables. Es liviano, fácil de moldear, resistente. Transportarlo reduce costos. Y como no hay penalización ambiental real ni obligación de recoger los residuos que genera, el plástico termina siendo la solución perfecta… para los márgenes de ganancia.

La política, lejos de corregir esta lógica, la perpetúa. Son pocos los incentivos para opciones sostenibles, y menos aún las obligaciones sobre las empresas para ofrecer versiones retornables de sus productos o facilitar puntos de devolución accesibles. Y los consumidores, en lugar de tener alternativas viables, cargamos con la culpa y con los residuos. Cadenas de supermercado como H-E-B, por ejemplo, permiten a veces rellenar ciertos productos en envases propios o reutilizables —pero son excepciones. Proyectos como Estado Natural promueve el consumo sin plásticos, pero sus precios son prohibitivos para muchos. En los mercados, donde al menos podemos comprar frutas, verduras y legumbres a granel, tampoco hay políticas que incentiven el llevar nuestros propios recipientes.

La responsabilidad ha recaído injustamente en quienes compramos, cocinamos y reciclamos, cuando debería compartirse con quienes diseñan productos, legislan y producen a gran escala.

Lecciones de Alemania y Japón

Entonces, ¿qué queda? ¿Obligar por ley a que las marcas ofrezcan versiones retornables de sus productos? ¿Subsidiar a quienes sí lleven sus envases? ¿Cómo evitar que estas políticas terminen castigando a quien tiene menos tiempo, menos recursos o vive lejos de esas alternativas?

Otros países han demostrado que con resolución política es posible reducir el consumo de plástico. En Alemania, el sistema Mehrweg fomenta el uso obligatorio de envases reutilizables para bebidas, con cadenas logísticas completas que permiten su devolución, limpieza y reúso, reduciendo así la producción de nuevos residuos. En Japón, la regulación va más allá de campañas educativas: las municipalidades supervisan la separación de residuos y el cumplimiento de leyes estrictas de reciclaje. Además, existen incentivos fiscales para las empresas que adoptan prácticas sostenibles, como usar materiales reciclables o energías limpias.

Lo cierto es que no hay respuestas simples, pero sí una certeza: mientras la carga siga en el cajón del consumidor, los envases seguirán apilándose. Y el plástico, lejos de desaparecer, solo se hará más silencioso. Más invisible. Como un efecto secundario que no viene en la etiqueta.

Rebelión microbiana: la epifanía del yogurt

Una noche de insomnio, preocupada por mi impacto ambiental, se me ocurrió una idea extraña pero persistente: ¿y si hago mi propio yogurt? Frente a un sistema que celebra el plástico de un solo uso como si fuera progreso, hacer yogurt en casa puede parecer un acto diminuto, casi insignificante. Pero cada frasco de vidrio reutilizado es un envase menos en el océano. No es una revolución, pero sí un gesto de doble “RResistencia”: reducir residuos y rechazar la lógica que nos vende salud envuelta en toxicidad.

El yogurt, después de todo, es un ecosistema en miniatura. Bacterias como el Lactobacillus bulgaricus fermentan la lactosa de la leche y producen ese sabor acidito tan característico. Es un proceso antiguo, que ahora ocurre en mi cocina. Además de ser personalizable —más dulce, menos grasa, sabor natural—, estudios han demostrado que los yogures caseros tienden a tener una diversidad microbiana mayor, posiblemente más beneficiosa para la microbiota humana que los yogures industriales. Y si bien su impacto ambiental es menor al evitar envases, transporte y refrigeración comercial, esto depende también del origen de la leche y del tipo de energía que usamos en casa.

Manual para rebeldes microbianos

¿Te interesa hacer yogurt? Aquí va una guía práctica:

  • Consigue búlgaros (pídeselos a tu tía de confianza o cómpralos deshidratados).
  • Esteriliza un frasco de vidrio con agua hirviendo (¡cero plásticos!).
  • Calienta 1 litro de leche (local, de preferencia) a 85 °C para eliminar patógenos. Luego enfría a 45 °C (como un baño tibio para las bacterias).
  • Agrega un par de cucharadas de tu cultivo, mezcla y tapa con un paño limpio.
  • Guarda la mezcla en un lugar cálido entre 8 y 12 horas (una hielera, el microondas o una manta sirven).
  • ¡Y listo! Si prefieres yogurt griego, cuélalo en una tela limpia para espesarlo.

Nota: La higiene es clave: los contaminantes pueden arruinar el cultivo. Pero no temas: las bacterias lácticas son guerreras. Si les das calor, colonizarán la leche sin piedad.

Esperanza en un frasco de vidrio

¿Qué pasaría si los 10 millones de habitantes de la CDMX hicieran yogurt casero? En mi hogar ahorraríamos 52 envases al año, que es más o menos el consumo per cápita anual de lácteos en México. Nos ahorraríamos más de un envase por habitante de la Unión Europea. Menos plástico en el estómago de las ballenas.

No se trata de romantizar la autogestión ni de idealizar soluciones aisladas. Hacer yogurt casero no va a desmantelar el sistema de producción masiva ni a cambiar la matriz energética. Es, en todo caso, una grieta en el muro. Un pequeño ejercicio de coherencia. Y quizá un respiro en medio de toda la contaminación que también vive en mi cabeza.

Cada envase de yogurt que reutilizo es una paradoja: el plástico no desaparece, solo cambia de lugar. Se esconde en mis cajones, en mi congelador, en los rituales de mi vida diaria. Pero hay algo que tampoco desaparece: la esperanza de que pequeñas acciones puedan abrir grietas en un sistema aparentemente inamovible.

Según la ONU, el 79 % del plástico producido sigue en basureros o en el ambiente. Pero aquí, en mi cocina, se libra una modesta batalla donde una olla, una colonia de búlgaros, un litro de leche local y un puñado de frascos de vidrio son mi arsenal simbólico.

No es la Revolución. Pero es una forma de no rendirse del todo. Mientras las presiones políticas (y las de mi olla) hacen su parte, yo seguiré fermentando. Reutilizando. Resistiendo. EP

Referencias

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                    Ziani, K., Ioniță-Mîndrican, C., Mititelu, M., Neacșu, S. M., Negrei, C., Moroșan, E., Drăgănescu, D., & Preda, O. (2023). Microplastics: A Real Global Threat for Environment & Food Safety: A State of the Art Review. Nutrients, 15(3), 617. https://doi.org/10.3390/nu15030617

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