El aperitivo categórico

Jorge Comensal hace un análisis de lo problemático que resulta que, en la mayoría de los casos, nuestras reglas de alimentación (si es que somos conscientes de cuáles son) estén regidas por un bienestar individual. Menciona lo urgente que es que estén enmarcadas por problemáticas ambientales, económicas y éticas que presenta aquí detalladamente.

Texto de 16/03/21

Jorge Comensal hace un análisis de lo problemático que resulta que, en la mayoría de los casos, nuestras reglas de alimentación (si es que somos conscientes de cuáles son) estén regidas por un bienestar individual. Menciona lo urgente que es que estén enmarcadas por problemáticas ambientales, económicas y éticas que presenta aquí detalladamente.

Somos lo que comemos, en sentido literal y figurado: nuestro cuerpo se compone de materia digerida y nuestra identidad se forma alrededor de los alimentos, desde la fijación lactante hasta la última cena. Dar de comer es el altruismo fundamental, la base de cualquier compañía (palabra que etimológicamente implica la unión a través del pan). ¿Quién decide, entonces, qué comemos? La costumbre, el presupuesto, el antojo y la vanidad suelen escoger por nosotros, pero ante las enormes consecuencias médicas, económicas y ambientales de nuestra alimentación, es urgente reflexionar sobre ello.

                En Internet prosperan los gurús nutricionales, las dietas paleo-keto-crudi-macro-veganas, así como videos, artículos y libros que ofrecen reglas para comer de forma saludable, para tener una “buena” alimentación. El dilema del omnívoro de Michael Pollan, por ejemplo, es una investigación periodística sobre las implicaciones nutricionales, éticas, políticas y ambientales de distintas dietas (industrial, orgánica, forrajera…); a partir de este proyecto, Pollan destiló seis reglas para comer sabiamente que pueden resumirse, a su vez, en un precepto: evitar los alimentos ultraprocesados; aparte de invitarnos a no comer nada cuyos ingredientes no pudiera reconocer nuestra tatarabuela, Pollan nos propone renegar del omnipresente jarabe de maíz, comprar a productores locales, “gastar más y comer menos”. Esta última regla vuelve el camino de Pollan impracticable para la mayoría de los seres humanos, que no tiene el dinero para “gastar más” ni la libertad para “comer menos” (la mano invisible del mercado tiene muchas formas de obligarnos a comer lo que a ella le conviene).  

                Las reglas de Pollan son estupendas y aun así no bastan para resolver nuestros grandes dilemas alimentarios. Uno de ellos, el más importante para muchos, es la ingesta de animales. ¿Está bien comer animales? ¿Ser carnívoro es malo? La respuesta dependerá del punto de vista, ya sea gastronómico, nutricional, político, ambiental, climático, bioético o epidemiológico (por eso de las enfermedades zoonóticas). ¿Cómo jerarquizar esos puntos de vista para tomar una decisión con la que nos podamos sentir moralmente tranquilos? ¿Cómo aliviar nuestra voluntad omnívora de sus contradicciones?

                En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Immanuel Kant planteó que “una teoría de la moralidad que esté mezclada y compuesta de resortes sacados de los sentimientos y de las inclinaciones, y al mismo tiempo de conceptos racionales, tiene que dejar el ánimo oscilante entre causas determinantes diversas” (2013, 19). Sentimientos (la ternura que nos produce un cerdito) + Inclinaciones (devorar tres tacos de falda con chicharrón) + Conceptos racionales (el respeto hacia los mamíferos; la necesidad de consumir grasas y proteínas; la adecuación evolutiva de mi sistema digestivo a una dieta omnívora). ¿Resultado?

                En 2019, la popular influencer Yovana Mendoza, entonces conocida como Rawvana debido a su evangelismo crudivegano, fue sorprendida comiendo pescado en el sureste asiático. El escándalo la obligó a confesar que su dieta ultrafibrosa le había acarreado problemas de salud intestinal, lo cual la llevó a seguir la recomendación médica de volver a comer productos animales (pescado y huevo, al comienzo). Un año después Rawvana dejó de existir; fue devorada por Yovana, #ceroetiquetas, cuya metamorfosis consistió en “abrir” su mente y escuchar a su cuerpo: “Mi cuerpo me está pidiendo carne, le voy a dar carne”; su cuerpo al parecer le pidió carne vacuna, “local, orgánica, sin hormonas, sin vacunas, así, naturalita”. O sea: carne muy cara, impagable para la mayoría, cuya producción masiva es ecológicamente desastrosa e insostenible.

                Ya que una celebridad digital como Yovana no puede orientarnos hacia una alimentación verdaderamente buena, acudamos a un filósofo prusiano del siglo XVIII. Ante la dificultad de ordenar las diferentes “causas determinantes” de la voluntad, el ilustrado Kant propone una ética del deber basada en el imperativo categórico, cuya formulación básica es: “obra como si la máxima de tu acción fuese a convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza” (Kant 1996, 173). A pesar de la afamada aspereza de la prosa kantiana, volveré a citarlo para decir que un imperativo es “una regla que se caracteriza por un deber que expresa la coacción objetiva de la acción, y significa que si la razón determinase totalmente a la voluntad, la acción ocurriría indefectiblemente según esta regla” (2005, 20). Esta regla imperativa será categórica si se toma como una necesidad normativa (una ley universal) y no como una condición hipotética para alcanzar un fin (una condición dietética para alcanzar el fin de bajar de peso, ganar músculo o seducir a una persona vegana).

                Una versión alimenticia de esta regla podría llamarse aperitivo categórico y plantearse así:

Adopta reglas de alimentación que puedan funcionar como leyes universales.

(#aperitivocategórico)

Con este principio, Kant propone un camino hacia lo que llamó “reino de los fines”, un ideal de convivencia donde las personas se tratan entre sí como fines y no sólo como medios. En el ámbito alimenticio, el aperitivo categórico podría ayudarnos, por ejemplo, a enfrentar el dramático contraste entre el desperdicio de la quinta parte de los alimentos producidos y el hambre de casi 700 millones de personas.

                Es preciso recalcar que el aperitivo categórico no es una regla para escoger alimentos específicos sino para elegir reglas alimenticias que pueden considerarse buenas independientemente de los fines personales que deseemos alcanzar con ellas (fines como el apareamiento, los likes en Instagram o la salvación cuaresmeña del alma). Las reglas de alimentación crudivegana no son buenas universalmente porque seguirlas causaría serios problemas de salud a muchas personas, como niños en desarrollo, mujeres embarazadas y lactantes o influencers flatulentas como Rawvana. Tampoco es buena la regla estrictamente carnívora que predican el controvertido psicólogo Jordan B. Peterson y su hija Mikhaila Peterson, ya que su puesta en práctica conduciría a un rapidísimo colapso ecológico y económico que impediría seguir cumpliendo la regla (el escenario actual, por desgracia, es bastante parecido, ya que el consumo de carne mundial es totalmente insostenible).

                Esto nos conduce de vuelta a la pregunta sobre el estatus moral de comer animales. ¿Qué dice el aperitivo categórico al respecto? Dado que somos animales omnívoros que habitamos en regiones y con requisitos nutricionales muy diversos, me parece que no es categóricamente incorrecto comer a otros animales. Si fuera así, los pueblos originarios del Ártico quedarían moralmente condenados a la desaparición cultural o la inanición, pues en su ambiente simplemente no existen los vegetales comestibles; lo mismo podría decirse de muchos pueblos pescadores y cazadores, así como de las personas anémicas, las mujeres embarazadas y los niños en desarrollo. No se podría establecer una ley universal contra la carnivoría, pero sí contra la tortura institucionalizada de animales, contra su cría en situaciones insalubres (y contra el correspondiente abuso de antibióticos y hormonas con efectos terribles de salud pública). Una regla que valide el consumo masivo de animales sí es incompatible con el aperitivo categórico porque cancela las bases ecológicas de su propio cumplimiento: no todos podríamos comer la cantidad de carne que comen los ricos y si lo hiciéramos acabaríamos con los recursos del planeta en un santiamén. Además, las prácticas que permiten que la carne sea masivamente asequible fomentan colateralmente el sufrimiento animal, como una investigación tras otra nos lo recuerdan (una muy reciente expone, por ejemplo, los horribles costos detrás de los pollos del Costco).

                El resultado práctico de condenar la tortura animal, el ecocidio y la injusticia alimentaria conduce a seguir reglas de alimentación principalmente vegetariana. Pondré un ejemplo personal: en mis tiempos universitarios yo comía varias latas de atún a la semana porque me resultaba práctico, sabroso, nutritivo y asequible. Cuando leí sobre el contenido de metales pesados del atún y el carácter insostenible de la pesca industrial, decidí reducir mi consumo a una lata por semana. Después me pregunté: ¿Qué pasaría si todos los seres humanos viviéramos de acuerdo con la regla de comer una lata de atún a la semana? La pregunta puede plantearse de forma más modesta: ¿qué pasaría si todos los mexicanos comiéramos una lata de atún a la semana? En México se consumen en promedio 9 latas al año por persona (en vez de las 52 planteadas por mi regla), y aun así la producción nacional de atún es insostenible. Por si fuera poco, y a pesar de los esfuerzos animalistas para imponer buenas prácticas pesqueras, un estudio reciente de la UNAM sobre el contenido del atún enlatado “confirmó la presencia de carne de delfín en 3 de las 15 muestras estudiadas”. Debido a las características cognitivas y afectivas de los delfines, comer su carne es lo más parecido al canibalismo que puede haber en el ámbito marino; hacerlo, aunque sea por accidente, me parece muy problemático. ¿Estaría dispuesto a comer frijoles enlatados si supiera que podrían contener rastros de carne de chimpancé, panda u orangután?

                Es urgente, por todas las razones mencionadas, adoptar reglas de alimentación que nos comprometan con algo más que con nuestro bienestar individual. El aperitivo categórico es un buen principio para hacerlo (y para orientar el activismo político y la legislación pública). Mientras los intereses privados de la agroindustria determinen qué alimentos se producen, nunca podremos decirle adiós al etiquetado con el que la Secretaría de Salud intenta disuadirnos de comprar casi todo lo que venden en los supermercados; adiós a las granjas de pollos enfermos, hacinados y mutilados; adiós a las salchichas de cartílago con harta sal y conservadores; adiós a la pesca accidental de delfines; adiós a las bacterias indestructibles debido al abuso de antibióticos en las granjas lecheras; adiós a la Nutella producida con aceite de palma africana cultivada a costa de las selvas tropicales y sus habitantes; adiós a la desnutrición infantil, los trastornos alimenticios y la epidemia de diabetes; adiós a los dietas ecocidas, a los dilemas irresolubles, adiós, en fin, y buen provecho. EP


[Referencias]

Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, traducción de Manuel García Morente. Centaur, 2013.

Kant, I. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, traducción de José Mardomingo. Barcelona: Ariel, 1996.

Kant, I. Crítica de la razón práctica, traducción de Dulce María Granja Castro. México: FCE-UAM-UNAM, 2005.

Pollan, Michael. El dilema del omnívoro. En busca de la comida perfecta. España:Debate 2006.

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