TL;DR: la crisis de la lectura

Entre libros, influencers y acrónimos digitales, la lectura enfrenta una transformación cultural profunda. ¿Es un problema de los jóvenes o los adultos ya no saben cómo comunicar?

Texto de 19/03/26

Entre libros, influencers y acrónimos digitales, la lectura enfrenta una transformación cultural profunda. ¿Es un problema de los jóvenes o los adultos ya no saben cómo comunicar?

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Entre los docentes se repite una queja que suena ya como un sonsonete: los alumnos no quieren leer. El problema no es menor. Si los estudiantes no leen, ¿cómo pueden aprender? Y, más aún, surge una pregunta incómoda: ¿sigue siendo el libro el instrumento esencial para la transmisión del conocimiento?

La pregunta parece herética si recordamos el lugar que ha ocupado la palabra en nuestra tradición cultural. El maestro Sabines decía que “las mejores palabras de amor se dicen en silencio”, presuponiendo que entre los enamorados existen códigos que permiten la comunicación mutua. Por otro lado, uno de los textos fundacionales de Occidente —la Biblia— afirma en el Evangelio de San Juan (1:3): “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”. Desde esta perspectiva, la palabra —encriptada, literal o encarnada— se convierte en el mecanismo básico para transmitir conocimiento.

De ahí que, más allá de los símbolos del fuero íntimo, la palabra escrita en el libro haya sido durante siglos el medio por excelencia de comunicación intelectual: la correa de transmisión entre generaciones. Sin embargo, ese lugar histórico parece hoy en entredicho.

Esta pérdida de centralidad del libro ocurre en un contexto paradójico. Durante siglos, el libro funcionó como un registro sistemático de haberes y saberes. Su evolución alcanzó una cúspide con la imprenta de Gutenberg, que permitió la circulación masiva del conocimiento. Sin embargo, es la propia era digital la que parece marcar su estancamiento. ¿Por qué? Porque hoy cualquiera puede publicar un libro, incluso sin cumplir con estándares mínimos de conocimiento o rigor sobre el tema que aborda.

A esta vulgarización editorial se suma otro fenómeno no menos significativo: la producción masiva de contenidos en video, que encuentra su punto culminante en formatos breves como los reels o los tiktoks. En ese ecosistema, los influencers sustituyen al (buen) libro mediante cápsulas audiovisuales en las que explican —según ellos— todo tipo de problemáticas.

Aunque con frecuencia carecen de rigor metodológico, estos contenidos resultan atractivos para quienes consumen esas “verdades rápidas”, ya que implican un grado mínimo de abstracción mental. La explicación breve, simplificada y visual parece sustituir el esfuerzo intelectual que exige la lectura.

La paradoja no termina con estos “docentes digitales”. También encontramos políticos y escribanos —de esos que redactan más libros de los que leen— que realizan supuestas “investigaciones” para publicar mamotretos que pretenden erigirse en clásicos de la literatura.

En ese sentido, la crisis de la lectura se agudiza con ofertas “académicas” que poco ayudan a revertirla: desde creadores digitales villamelones hasta falsos “guías intelectuales”. El resultado es un ecosistema cultural en el que la apariencia de conocimiento desplaza con frecuencia al conocimiento mismo.

Parece claro que el libro ya no está cumpliendo plenamente la función histórica que lo definía: ser un vaso comunicante del conocimiento entre generaciones y, al mismo tiempo, un formador de individuos con pensamiento crítico. Algo de ello se refleja en el acrónimo TL;DR (Too long; didn’t read: “demasiado largo para leer”), expresión que aparece con frecuencia en los chats para manifestar la postura de quienes consideran excesivo el esfuerzo que implica leer un texto largo.

¿Acaso el formato de los libros debe modificarse para adaptarse a los parámetros culturales de las nuevas generaciones? ¿Deberían las y los intelectuales explorar otras formas de comunicación y convertirse, incluso, en influencers respaldados por sus méritos académicos o curriculares? ¿Es responsabilidad absoluta del nuevo educando su reticencia a la lectura? ¿Nos estamos quedando cortos ante el reto y comenzamos, simplemente, a repartir culpas? ¿De quién es el fracaso, del lector, del escritor o de ambos?

Si existe un interés genuino por resolver el entuerto —y no limitarnos a la salida fácil de lamentar “qué tiempos aquellos” en los que se leía sin descanso— debemos considerar, al menos desde nuestra perspectiva, algunos aspectos. Primero: en función del mundo que hemos construido y entregado, quizá no podamos exigir mucho. Segundo: el lenguaje basado en acrónimos demuestra que la creación de códigos comunicativos es prácticamente infinita. En ese sentido, más que reprochar el desapego por la lectura, tal vez deberíamos explorar nuevos mecanismos de comunicación. La brevedad —en lugar del escrito farragoso— podría ser una alternativa.

Antes de concluir, conviene recuperar una reflexión de Borges sobre la creación poética:

“Por supuesto. Primero sentimos la emoción y después la explicamos o tratamos de explicarla. Al mismo tiempo, para sentir esa emoción es necesario que uno sienta que corresponde a una emoción. Es decir, si leemos un poema como un juego verbal, la poesía fracasa; lo mismo si pensamos que la poesía es sólo un juego de palabras. Yo diría más bien que la poesía es algo cuyo instrumento son las palabras, pero que las palabras no son la materia de la poesía. La materia de la poesía —si es lícito usar esta metáfora— vendría a ser la emoción. Y esa emoción tiene que ser compartida por el lector”.

El planteamiento es claro. De ahí que surja la última pregunta: cuando pretendemos comunicar, ¿escribimos con emoción o, por el contrario, redactamos parrafadas “racionalmente” impecables pero carentes —por decirlo otra vez con Borges— de cadencia y ritmo?

En fin, todo esto no son más que pinceladas sobre un tema que, en nuestra opinión, no admite respuestas sencillas. Quizá estemos frente a una nueva cosmovisión: la de personas que no conocen a su vecino, pero mantienen amistades en distintas partes del mundo.Ellos evolucionan. Si nosotros no lo hacemos, simplemente nos van a “dejar en visto”. ¡LOL, XOXO! EP

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