La metacolumna | Metashakespeare en Metahamnet

¿Qué revela Hamnet sobre Shakespeare? ¿Fracasa como padre? ¿Como artista? ¿O fracasa la crítica al intentar explicarlo todo?

Texto de 26/02/26

¿Qué revela Hamnet sobre Shakespeare? ¿Fracasa como padre? ¿Como artista? ¿O fracasa la crítica al intentar explicarlo todo?

En La metacolumna, Alejandro Espinosa Fuentes no comenta obras ni acontecimientos de actualidad, sino las lecturas que se hacen de ellos. Un espacio de crítica sobre la crítica —columnas, interpretaciones y obsesiones culturales— que se publica el último jueves de cada mes.


A un hijo habla, el hijo de su alma, el príncipe, el joven Hamlet y al hijo de su cuerpo, Hamnet Shakespeare, que ha muerto en Stratford para que su homónimo viva para siempre. […] Pero ese hurgar en la vida familiar de un gran hombre es interesante sólo para el funcionario del registro. Quiero decir, tenemos las obras. Quiero decir, cuando leemos la poesía de Rey Lear ¿qué nos importa cómo vivió el poeta?

James Joyce, Ulysses

No me lo creo, dijo una anciana a la salida del cine. ¿A un Shakespeare tan callado?, le preguntó el que supuse sería su marido. A Shakespeare en general, sentenció la anciana, y tuve que darle la razón.

Es tan inverosímil que solo una persona —y no una compañía, una comunidad o una avanzada tecnología isabelina de la que hoy nada sabemos— haya creado una obra tan perfecta e intemporal como la de Shakespeare, que resulta imposible imaginárselo como un ser de carne y hueso. Por eso, cada quien termina por inventar al Shakespeare de su preferencia. Hay quien lo asemeja a un borracho dicharachero de taberna, seguramente insoportable, inventando apodos, albures y jueguitos de palabras molestos. O a un payaso prematuramente jubilado por la violencia, que prefirió contratar al guardaespaldas de la ficción para hacer bailar a las palabras al ritmo de su catártica esquizofrenia. Otros, como Maggie O’Farrell, lo prefieren taciturno y sibilino, como esos artistas tartamudos, políticamente esquivos, sombríamente ausentes, que prefieren jugarle al misterio en vez de ser buena onda por temor a que la ordinariez devalúe su legado.

A Gandalf (el actor Ian McKellen), que se sabe todo Shakespeare de memoria, la película Hamnet no le cayó en gracia: “No la entiendo y no me interesa averiguar de dónde surgió la imaginación de Shakespeare”. Al crítico de cine Carlos Boyero, en su infame columna de El País, sencillamente le dio igual: “El aburrido Paul Mescal compone a un Shakespeare de nulo interés”. Pero ¿no es ese personaje gris el mismo que evoca Borges en su cuento donde los eruditos shakesperianos se intercambian la memoria de Shakespeare, como el anillo del rey Salomón que permite a su portador hablar la lengua de los pájaros? Borges también contaba el chiste de que a él le molestaban los mosquitos, pero que a Dios probablemente le gustaban. Si no, ¿para qué tantos?: “Para Dios”, decía, “un mosquito no es menos precioso y único que Shakespeare”.

Y ahora tenemos que hablar de la crítica feminista que se ha hecho sobre la película, por supuesto, enarbolada por dos hombres blancos heterosexuales fresones: un crítico literario youtuber y un novelista cinicón, quienes alegan que Hamnet, una película dirigida por una mujer, protagonizada por una mujer y basada en la novela que escribió una mujer, es un insulto al feminismo porque el gran conflicto de una madre que perdió a su hijo se resuelve con la intervención de un hombre que se lleva todo el crédito y será lo único que recordará la humanidad. Le compartí estas opiniones a una colega que es fanática de la novela y ella me contestó: Bueno, pero es Shakespeare, ¿no?

Para bien o para mal, el poderoso interés que capta la tragedia de esta familia depende en su totalidad de que el dolor por la pérdida de su hijo se recicló poéticamente en el cerebro del mejor dramaturgo de la historia para componer la magistral premisa de El Rey León. Si bien es cierto que hubo algunos críticos, como T. S. Eliot, que han considerado Hamlet “un fracaso artístico”, también lo es que, como nos ilumina Ilya Semo cuando compara Hamlet con el capítulo final de Evangelion: Hamlet “es un fracaso significativo” —y creo que quiere decir, valioso— desde el punto de vista poético.

Ahora bien, preguntémonos, desde el punto de vista de la película o de la novela Hamnet: ¿Shakespeare, el personaje, fracasó? Como padre de familia y esposo, yo creo que sí, aunque tengo en cuenta la observación de mi amiga Gracia, quien dice que Agnes tampoco puso de su parte, pues con sus supersticiones no hizo el menor esfuerzo por irse con él a Londres ni se interesó mínimamente en sus escritos. Por otro lado, ¿fracasó artísticamente?

Esta pregunta me lleva a entender por qué Hamnet puede ser una película incómoda para escritores, críticos youtubers y demás egomaníacos. El alquímico final se pone de lado de ellos, justificando esa sociopatía ausente, ese analfabetismo emocional que a veces adoptan los creadores frente a las tragedias fatídicas e inconsolables del mundo. La mente de un poeta es capaz de transformar el peor de los desgarres en una obra maestra. Y siempre hay gente que se ofende: “¿cómo se le ocurre reciclar nuestra tragedia para ganar aplausos?”, parecen preguntarse. Pero los aplausos, si son honestos, pueden simbolizar algo hermoso: comunión, solidaridad, empatía. Si bien confieso que, a ratos, la película me pareció tediosa, esos eternos minutos de llanto, autoindulgencia y conmiseración son fundamentales para iluminar la catarsis del último acto, que no está de más citar directamente del libro:

Y de pronto, a medida que avanza hacia los actores abriéndose paso entre la apretada multitud, lo entiende, la comprensión llueve sobre ella en finas gotas: su marido ha obrado algo semejante a la alquimia. Ha encontrado a este chico, le ha enseñado a hablar, a moverse, a levantar la barbilla así o asá. Ha ensayado con él, lo ha instruido, lo ha preparado. Ha escrito las palabras que tiene que decir y las que tiene que oír. Agnes intenta imaginarse los ensayos, cómo habrá podido amaestrarlo con tanta exactitud, con tanta precisión, y qué habrá sentido al ver que el chico lo hacía bien, la primera vez que entendió la forma de andar, esa manera de volver la cabeza que le parte el corazón. […] Este Hamlet del escenario es dos personas, el joven, vivo, y el padre muerto. Está vivo y muerto al mismo tiempo. Su marido lo ha devuelto a la vida de la única forma que podía. Mientras el fantasma habla, se da cuenta de que al escribir esta obra, su marido se ha cambiado el sitio con su hijo. Ha cogido la muerte de su hijo y la ha hecho suya; se ha puesto él en las garras de la muerte y ha resucitado al hijo en su lugar. Ha convertido la muerte de su hijo en la suya propia. ¡Ah, qué horrible! ¡Qué horrible! ¡Qué horrible!, murmura su marido con una voz de ultratumba al recordar la agonía de su muerte. Agnes comprende que ha hecho lo que habría deseado hacer cualquier padre, sufrir él para que no sufriera su hijo, ponerse en su lugar, ofrecerse a sí mismo a cambio para que el niño pudiera vivir.” […] “Alarga el brazo, la mano, como reconociéndolos, como si quisiera tocar el aire que hay entre los tres, como si quisiera atravesar la frontera entre el público y los actores, entre el público y los actores, entre la vida y el teatro. El fantasma vuelve la cabeza hacia ella cuando se prepara para salir de escena. La mira directamente, le sostiene la mirada mientras dice las últimas palabras:

—Recuérdame.

Por último, no sería esta una metacolumna digna de su nombre si no evocáramos a los muertos para imaginar lo que hubiera opinado el gran Javier Marías —el más shakesperiano de los escritores hispánicos— al respecto de esta brillante película nominada al Oscar: “Una zafia, chocarrera y ramplona superchería shakesperiana: el manuscrito de Kyd demuestra claramente que Shakespeare ya estaba escribiendo Hamlet cuando bautizó a su primer hijo y no al revés”.

En fin, cada quien su Shakespeare. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V