Moverse entre desiguales

Alice Krozer, investigadora externa del CEEY, analiza cómo las desigualdades étnico-raciales, de género y territorio limitan la movilidad social en México, más allá del esfuerzo individual.

Texto de 08/04/26

Alice Krozer, investigadora externa del CEEY, analiza cómo las desigualdades étnico-raciales, de género y territorio limitan la movilidad social en México, más allá del esfuerzo individual.

Introducción

En México no todas las personas que “le echan ganas” llegan a ser económicamente exitosas. Muchos estudios confirman que, de hecho, aquellas que logran salir de la pobreza y alcanzar una posición acomodada son una minoría —entre dos y tres de cada cien, para ser precisos, si pensamos en las personas que nacen en el 20 % de la población con menos recursos económicos y alcanzan a subir al 20 % más rico (Monroy-Gómez-Franco y Vélez Grajales, 2025)—. No obstante, incluso entre los pocos casos de quienes logran experimentar este tipo de movilidad social ascendente de largo alcance hay diferencias sistemáticas en las probabilidades de éxito, según características personales como rasgos étnico-raciales, género y ubicación geográfica. 

De entrada, no todas las personas tienen las mismas probabilidades de experimentar movilidad social, ya sea ascendente o descendente: también empeorar la propia situación económica o bajar en la escalera social depende de características personales particulares. Así, en un estudio reciente con mi colega Luis Andrés Estrada1 vimos que no solo la falta de movilidad social, sino incluso la que sí ocurre en México, implica un problema multifacético, dado que diversos factores como las disparidades étnico-raciales, la ubicación geográfica, el género y la desigualdad intergeneracional determinan la posición final en la escalera de recursos económicos. Comprender estas dinámicas es crucial para abordar las barreras sistémicas que impiden mejorar la posición socioeconómica de origen y fomentar una sociedad más equitativa.

Podemos imaginarnos la distribución de la riqueza como un edificio donde cada piso tiene filtros de entrada y de salida, algunos más y otros menos estrictos, y en cada filtro se revisan las características personales a modo de credenciales de entrada. Hay un conjunto de factores que dejan subir y dificultan la bajada, pero otro grupo de características acelera el descenso y obstaculiza la subida. Basándonos en los datos de la Encuesta ESRU de Movilidad Social en México 2023 (ESRU-EMOVI 2023), cuya muestra es de 17 843 participantes, podemos indagar tres tipos de factores que influyen significativamente en la movilidad social con base en preguntas retrospectivas sobre el nivel socioeconómico y las características étnico-raciales de las personas entrevistadas, independientemente de “las ganas que alguien le eche” para cambiar su posición en los pisos del edificio.

Disparidades étnico-raciales

En México, uno de los factores más significativos que influyen en la movilidad social son las características étnico-raciales, ya que las personas de diferentes orígenes experimentan distintos grados de movilidad social. Por ejemplo, las personas que se autodenominan como blancas y mestizas presentan tasas de movilidad social ascendente más altas que las poblaciones indígenas. Específicamente, de quienes nacieron en el grupo con menos recursos económicos, el 3.1 % de las personas blancas y el 3.8 % de las mestizas tienen como destino el nivel más alto de recursos económicos, en comparación con el 2.4 % para las personas indígenas y el 0.7 % para las afrodescendientes o negras. Las tasas de por sí bajas para las poblaciones blancas y mestizas se reducen a la mitad para las personas indígenas y negras. Al mismo tiempo, la persistencia en la pobreza alcanza el 80 % para las personas afrodescendientes o negras y el 65 % para las personas indígenas, en contraste con el 51 % y el 48 % para las personas blancas y mestizas, respectivamente. 

Podemos observar la misma dinámica si analizamos la movilidad social según el tono de piel de las personas. Enfocándonos ahora en el descenso en la escalera socioeconómica, vemos que, en el grupo de recursos económicos más alto, casi el 56 % de las personas con tonos de piel más claros se mantienen en el mismo quintil de origen (el 20 % más alto), en comparación con el 48 % de las personas con tonos de piel más oscuros. En cambio, solamente un 0.4 % de aquellos con tonos de piel claros, pero el 3.7 % de las personas con tonos oscuros, bajan al quintil con menos recursos económicos. Esta disparidad subraya las desigualdades sistémicas que persisten en el país, donde la identidad étnico-racial tiene un papel crucial en el acceso a oportunidades y recursos.

El contexto histórico del colonialismo y la discriminación persistente contra las poblaciones indígenas ha contribuido a estas disparidades. Como resultado, las comunidades indígenas, a menudo, se enfrentan a la marginación, el acceso limitado a la educación y menos oportunidades económicas, lo que, en conjunto, obstaculiza su capacidad para ascender en la escala socioeconómica. La persistencia de estas desigualdades pone de relieve la necesidad de generar intervenciones específicas que aborden los desafíos singulares que enfrentan las poblaciones indígenas.

Influencia geográfica

Otro factor relevante que afecta la movilidad social en México es la ubicación geográfica. El país se caracteriza por importantes disparidades regionales, ya que las zonas urbanas por lo general ofrecen más oportunidades de educación y empleo que las rurales. En los centros urbanos, las personas pueden tener un mejor acceso a escuelas de calidad, formación profesional y mercados laborales, lo que facilita la movilidad social ascendente. Por el contrario, las zonas rurales suelen carecer de estos recursos, lo que dificulta que las personas mejoren su estatus socioeconómico.

Además, las condiciones económicas regionales pueden variar considerablemente, lo que influye en la disponibilidad de empleo y el clima económico general. Por ejemplo, las regiones con industrias robustas y desarrollo económico tienden a ofrecer más oportunidades de progreso, mientras que las zonas con altas tasas de desempleo y actividad económica limitada pueden atrapar a las personas en ciclos de pobreza. 

Esta situación se traduce en una baja movilidad social según las condiciones de origen diversas, sobre todo si se toman en cuenta las brechas étnico-raciales ya mencionadas. Por ejemplo, en la región norte del país, el 71 % de las personas con tonos de piel claros y que nacieron en el nivel de recursos económicos más alto se mantienen ahí, en contraste con el 37 % de las personas del mismo grupo con tonos de piel más oscuros en la región sur. Al mismo tiempo, en el sur, el 72 % de las personas con tonos de piel oscuros que nacieron en el grupo con menos recursos económicos se quedan ahí, en comparación con el 23 % de quienes tienen tonos de piel más claros en el norte.

En general, en el sur de México, las tasas de persistencia en la pobreza son más elevadas que en el norte, mientras que en el norte la persistencia en la riqueza es más significativa. A modo de ejemplo, de las personas mestizas del norte, un 23 % se quedan en el quintil más bajo y un 4 % ascienden al más alto, comparado con el 60 % y 1.3 %, respectivamente, entre sus pares en el sur. Mientras tanto, de las personas autodenominadas blancas que nacen en el grupo con más recursos económicos, en el norte el 82 % se quedan ahí y solamente el 0.1 % descienden al escalón más bajo, comparado con el 32 % de persistencia y el 3.2 % de descenso en el sur. 

Estas brechas geográficas exacerban las desigualdades entre las personas y apuntan a la importancia de contar con políticas regionales destinadas a promover el desarrollo económico y el acceso a las oportunidades.

Dinámica de género

La tercera capa de esta desigualdad cumulativa en la configuración de la movilidad social en México es el género de las personas. Las mujeres, en particular las de orígenes étnicos marginados, se encuentran con desafíos únicos que pueden limitar su progreso. La intersección de estas dimensiones crea un panorama complejo en cuanto a las desventajas que pueden enfrentar tanto por su género como por su identidad étnico-racial. Por ejemplo, el 64 % de las mujeres con tonos de piel más oscuros y el 43 % con tonos claros persisten en el grupo con menos recursos económicos, en comparación con el 59 % de los hombres con tonos de piel oscuros y apenas el 35 % con tonos claros. Las tasas de movilidad social ascendente para los hombres alcanzan el doble o incluso casi el triple de las tasas para las mujeres. Esta disparidad indica que las percepciones sociales de características étnico-raciales y el género continúan influyendo en las oportunidades económicas y perpetuando las diversas dimensiones de las desigualdades.

Además, los roles y expectativas de género tradicionales pueden limitar el acceso de las mujeres a la educación y al empleo. En muchos casos, se espera que las mujeres prioricen las responsabilidades familiares sobre sus aspiraciones profesionales, lo que puede obstaculizar su capacidad para cursar estudios superiores o ascender profesionalmente. Abordar estas barreras específicas de género es esencial para promover una mayor equidad y garantizar que las mujeres tengan las mismas oportunidades de éxito.

Conclusión

Más allá de las dimensiones mencionadas, hay otras que condicionan la movilidad social de las personas en México; por ejemplo, las discapacidades. No obstante, con los datos proporcionados debe quedar claro que existen características determinantes que, en general, tienen una mayor influencia que la propia voluntad que tengan las personas de avanzar en sus vidas. Adicionalmente, la interseccionalidad de estos factores indica que las personas no experimentan la movilidad social de forma aislada o individual, sino que sus experiencias están condicionadas por la combinación de su identidad étnico-racial, ubicación geográfica y género que afecta a muchas personas de forma parecida. El aspecto intergeneracional de la desigualdad en México, es decir, la herencia de las condiciones de (des)ventaja, implica que las familias de entornos marginados pueden encarar dificultades para superar los ciclos de pobreza debido a las barreras sistémicas que limitan el acceso a la educación de calidad, atención médica y oportunidades laborales. 

Para abordar las limitantes para la movilidad social en México, se requieren políticas e intervenciones específicas. Los responsables políticos deben reconocer la interacción entre las disparidades étnico-raciales, la ubicación geográfica, el género y la desigualdad intergeneracional en la configuración de las oportunidades para todas las personas. En este sentido, una política clave para atender las discrepancias por el origen es la redistribución de la riqueza entre los hogares, alcanzable con una reforma fiscal progresiva. Así, se achicarían las actuales desigualdades entre grupos poblacionales de distintas características. 

Con mejores circunstancias de origen para la mayoría de las personas también es más probable alcanzar mejores situaciones actuales, dada la heredabilidad de las condiciones del hogar de nacimiento. Otras estrategias más puntuales dirigidas a promover la movilidad social e igualdad de oportunidades de forma integral que funcionarían en un entorno de menores desigualdades de partida incluirían las siguientes políticas:

  1. Mejorar el acceso a una educación de calidad para las comunidades marginadas, en particular las poblaciones indígenas. Esto incluye invertir en escuelas, capacitar a docentes y ampliar la oferta educativa para garantizar que todos los niños, niñas y adolescentes tengan la oportunidad de alcanzar el éxito académico.
  2. Promover el desarrollo económico en zonas rurales y marginadas para contribuir a la generación de empleo y dinamizar las economías locales. Esto puede implicar el apoyo a las pequeñas empresas, la atracción de inversiones y la impartición de programas de formación profesional, además de la provisión de infraestructura pública.
  3. Implementar políticas que promuevan la igualdad de género en la educación y el mercado laboral. Esto requiere abordar las normas culturales que limitan las oportunidades de las mujeres, pero sobre todo brindar apoyo para las madres trabajadoras (y más ampliamente para las familias), como servicios de estancias infantiles asequibles y un sistema de cuidados que sigue en construcción.
  4. Fortalecer las redes de seguridad social para ayudar a aliviar la pobreza y brindar apoyo a las familias que enfrentan dificultades económicas. Los programas que ofrecen asistencia financiera, atención médica y capacitación laboral pueden empoderar a las personas para que progresen socialmente.

Abordar estas disparidades es esencial para crear una sociedad más inclusiva y equitativa, donde todas las personas tengan la oportunidad de prosperar y lograr el éxito. Al reconocer y abordar las barreras sistémicas que dificultan la movilidad social, México puede avanzar hacia un futuro en el que el estatus socioeconómico no esté predeterminado por factores ajenos a la voluntad del individuo, como son sus características étnico-raciales, el género o la ubicación geográfica de origen. EP

Referencias

Monroy-Gómez-Franco, Luis Ángel y Vélez Grajales, Roberto (2025). Informe de movilidad social en México 2025: la persistencia de la desigualdad de oportunidades. Centro de Estudios Espinosa Yglesias. Krozer, Alice y Estrada Aguilar, Luis Andrés (2025). Características étnico-raciales y desigualdad de oportunidades en México. [Documento de Trabajo CEEY núm. 07/2025]. Centro de Estudios Espinosa Yglesias.

  1. A menos que se indique otra cosa, los datos presentados en este texto se refieren a los resultados del estudio Características étnico-raciales y desigualdad de oportunidades en México (Krozer y Estrada, 2025), que se puede revisar aquí. []

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