México y España: redescubrir el porvenir

En este texto, Juan-Pablo Calderón Patiño escribe sobre la necesidad de fortalecer los vínculos diplomáticos, culturales y económicos entre España y México, y de dejar atrás viejas rencillas históricas.

Texto de 30/04/26

Exilio

En este texto, Juan-Pablo Calderón Patiño escribe sobre la necesidad de fortalecer los vínculos diplomáticos, culturales y económicos entre España y México, y de dejar atrás viejas rencillas históricas.

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Para Antonio Gazol Sánchez: in memoriam

La estela del barco no se podía eliminar entre la espuma salina y el oleaje que marcaba su paso sobre un embravecido Atlántico. Tampoco podía elevarse un gran murmullo, pues tenían que evitar que alguna frecuencia enemiga diera con ellos. Miraban la estela marítima con un silencio que ponía fría el alma: “Que no la detecten para que no nos vuelen”. Ya antes habían dado la última marcha por aquel suelo patrio que los expulsaba y transitado por una Francia en la mira del régimen nazi, lejos del gesto solidario. La frialdad en los campos de concentración antes de embarcarse a México era un testimonio del terror que más tarde cubriría al viejo continente.

Los días en alta mar eran fríos y llenos de miedo por el riesgo de ser descubiertos por un submarino nazi. Una noche en medio del océano y frente a un silencio sepulcral, a unas cuantas millas náuticas detrás de este barco que trataba de llegar lo más rápido posible a Veracruz, el eco nocturno provocó una explosión que agitó a todos los mortales. El estallido hizo de la noche una ventana al infierno de bengalas múltiples. Uno de los cargueros aliados con destino a algún puerto en la Costa Este de Estados Unidos había sido hundido por un submarino alemán. Todos se veían unos a los otros con el terror de creer que las horas o quizá minutos estaban contados. El siguiente en hundirse en pedazos serían ellos, pensaban con temor. 

El capitán tomó un respiro y siguió adelante, dejando a un lado el temor de que el almirantazgo nazi diera la orden a su unidad submarina de hundirlos. No cesó en su empeño. Con poco alimento a bordo y tan sólo con la ropa puesta —y quizá con dos o tres pequeñas pertenencias—, los que habían perdido una guerra buscaban tierra firme para un respiro y para iniciar una nueva vida.

La euforia renació cuando se divisó, a lo lejos, el destello de las luces del Puerto de Veracruz. Ramón Del Valle Inclán, insigne escritor español, retrató una emoción similar en la Sonata de Estío, escrito que forma parte de las Memorias del Marqués de Bradomín: “solamente al declinar el sol se levantó una ventolina, y la fragata, con todo su velamen desplegado, pudo doblar la Isla de Sacrificios y dar fondo en aguas de Veracruz. Cautiva el alma de religiosa emoción, contemplé la abrasada playa donde desembarcaron antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los aventureros españoles, hijos de Alarico el bárbaro y de Tarik el moro. Vi la ciudad que fundaron, y a la que dieron abolengo con valentía, espejarse en el mar quieto y de plomo como si mirase fascinada la ruta que trajeron los hombres blancos: A un lado, sobre desierto islote de granito, baña sus pies en las olas el Castillo de Úlua, sombra romántica que evoca un pasado feudal que allí no hubo, y a lo lejos la cordillera de Orizaba, blanca como la cabeza de un abuelo, dibujóse con indecisión fantástica sobre un cielo clásico, de límpido y profundo azul”. El autor de Tirano Banderas consagró una realidad que confesó a Alfonso Reyes cuando reconoció que México le abrió los ojos y lo hizo poeta. Después de todo, el poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón influyó en su travesía literaria para ser considerado “el eslabón entre el modernismo y la mítica Generación del 98 español”.

El júbilo se produjo cuando la estela náutica dejó de ser un riesgo al atracar en puerto seguro. Los pasajeros veían tierra y con ello una nueva oportunidad para renacer. Todo se esperaba menos una bulliciosa multitud que los recibiera con guirnalda, arpa y una sonrisa. Uno de los padres de familia, con el estómago vacío, camino por el primer cuadro del puerto buscando algo que comer para los suyos; vio un pollo frito y preguntó el precio con timidez. El dueño del establecimiento dijo: “no es nada”, mientras ponía en un plato dulces y otras viandas. “¡Bienvenido!”. Otros viajeros no daban crédito al ver los mondongos de frutas tropicales y la feria de colores del mamey, papaya, guanábanas, mangos, piña y cítricos en plena abundancia. Semanas antes, en la dura salida de la patria y la fría espera en suelo francés, apenas podían comer bocado y hoy llegaban al mismo suelo que 421 años atrás también recibió a los hombres herederos de Hispania, los mismos que declararon a la Villa Rica de la Veracruz como el primer municipio de América. Esos españoles republicanos llegaron a hacer más grande a México. La ciencia, la academia, las artes, la vida empresarial se nutrieron de ese exilio y de esas puertas abiertas que sostuvo el Gral. Lázaro Cárdenas a pesar de la oposición de sectores radicales. Quizá fue la única vez que México apoyó con decisión, desde el Estado, una auténtica política de asilo.

Las décadas del fascismo español, sostenido primero por las potencias del Eje y después por la caricatura de terror del franquismo y un ala de la iglesia católica española, no fueron excusa para que en México la presencia de la República Española en el exilio tuviera protección. La muerte del fascista en 1975 y el papel histórico que jugó el monarca español Juan Carlos de Borbón, junto con el presidente Adolfo Suárez, motivó la reapertura de relaciones diplomáticas que dolorosamente sacrificaban la relación con la república, pero apresuraban una nueva época entre México y España. Ya mucho antes de las convenciones diplomáticas formales, y con el regreso democrático español y después su plena incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea, la gratitud ha sido el lazo para que españoles y mexicanos libres venzan prejuicios y reclamos que enfrentan y que hacen estéril la convivencia.

Las letras de libertad y la literatura se tornan una prueba inequívoca de que, aunque no había relaciones diplomáticas entre el gobierno mexicano y el fascismo español, existía un puente de entendimiento entre los dos lados del Atlántico. El libro A la Orilla del Río del veracruzano Manuel Maples Arce, poeta y diplomático, uno de los creadores del movimiento literario estridentista, fue editado en Madrid en 1959. Al final, dicho libro, con el símil de la brisa tuxpeña, supo descubrir otro caudal como aquel del Guadalquivir que llevó las buenas nuevas del Nuevo Mundo a Sevilla. Las letras de los hombres y mujeres de ambas naciones siempre fueron y serán el puente que alumbra la mutua sorpresa que sabe proteger el basamento del entendimiento y mutua admiración entre la herencia ibérica y el país con tres mil años de eco civilizatorio.

La vuelta del revisionismo histórico desde el poder es más peligrosa de lo que muchos creen. Buscar una disculpa por la conquista cuando ni España ni México existían como Estados, refleja una debilidad de conocimiento del “parto doloroso de México”, fruto del fecundo mestizaje entre españoles e indígenas. Los conquistadores de Castilla, Aragón y de otros reinos que darían forma a la creación del Reino de España no llegaron solos a la Gran Tenochtitlán, sino con un conjunto de alianzas con otros pueblos indígenas subyugados por el imperio azteca, como los habitantes de Zempoala y los tlaxcaltecas. A los herederos de esos pueblos originarios, ¿habrá solicitud de disculpas desde el Palacio Nacional?

Un hierro ardiente que se creía olvidado en el recorrer del presente siglo: utilizar la deformación del genuino patriotismo para desviar la atención de problemas serios que ponen en entredicho la acción del Estado más allá del gobierno en turno. Caminar junto al desfiladero de la locura enfatiza una ignorancia que no debería tener cabida en quien mantuvo y mantiene la jefatura del gobierno de México.

México, el mayor país hispanoparlante del mundo, es heredero de la riqueza del idioma de Cervantes; hablar castellano es una riqueza, pero también invaluable diferenciación de un “nosotros” ante al vecino del norte —el que, por cierto, es el país con más seres humanos que hablan castellano en un país con predominio de otro idioma—. Esa herencia vital que formó una nueva cosmovisión en el espacio mexicano debería respetarse, pero también expandirse como en su momento lo hizo con grandeza mediante instituciones como el Fondo de Cultura Económica, hoy víctima de una jefatura dogmática. 

Ríos de tinta se han desbordado subrayando los capitales ibéricos en México, incluso superiores a los alemanes o británicos en áreas estratégicas como la energía o el turismo. Se ha criticado el sentir de algunos españoles que creen que la armadura y la lanza de ayer hoy es poder corruptor o desenfrenado anhelo de buscar más réditos sin importar escrúpulos. La riqueza de todas las naciones es la multitud de sentires y expresiones. Si hay agravios legales, es necesario que la ley se aplique en su deber universal, pero no que se busque estereotipar a la generalidad que puede y sabe construir puentes más allá de los gobiernos en turno. En poco más de las dos primeras décadas del siglo que transcurre, las inversiones ibéricas en suelo mexicano ascienden a más de 75 mil millones de dólares y, de acuerdo a fuentes oficiales, España es el segundo gran inversionista en México. Por otro lado, no se puede desdeñar la inversión de capitales mexicanos en la península ibérica, que ocupa, a nivel mundial, el lugar número seis y representa la mitad de todo el capital latinoamericano con inversiones productivas en la madre patria. Los casi 34,000 millones de dólares de mexicanos invertidos en España reflejan confianza y resguardo productivo frente a la borrasca de la incertidumbre jurídica que acontece en México.

El dilema de la avalancha del pasado entre mexicanos y españoles lo resolvieron con inteligencia y respeto los gobiernos de ambos países cuando acordaron que en la primera Cumbre Iberoamericana, celebrada en Guadalajara en 1991, se reconociera el encuentro de dos mundos. López Velarde en Suave Patria lo delineaba en verso: “castellana y morisca, rayada de azteca”.

Reconozcamos nuestras luces, mexicanos y españoles, y que por las aportaciones mutuas tenemos un impacto mucho mayor que el de la oratoria ardiente de unos y otros. Frente a las sombras del debilitamiento democrático en el mundo, la incertidumbre del régimen mundial de comercio, los dilemas de la transición energética, entre otros temas, los tiempos exigen fortalecer alianzas como la de México con la Unión Europea, donde Madrid es un puente fundamental con Bruselas.

Como los españoles que en el siglo pasado vieron las luces de Veracruz con la esperanza de un nuevo porvenir, alcancemos a ver las luces que ambas patrias tienen para beneficio de sus ciudadanos libres; desechemos el rencor que trauma y ciega, segrega y confronta. Por fortuna, muchísimos ciudadanos españoles y mexicanos dan prueba cotidiana de una fecunda relación que rebasa la bravata del Palacio o la burla hiriente de los que, desde los extremos, anulan el entendimiento y el juego democrático. EP

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