
A la luz de Hannah Arendt, este texto examina cómo la administración Trump intenta convertir la fuerza en imagen y la escalada militar en relato de victoria, aun cuando los hechos erosionen esa narrativa.
A la luz de Hannah Arendt, este texto examina cómo la administración Trump intenta convertir la fuerza en imagen y la escalada militar en relato de victoria, aun cuando los hechos erosionen esa narrativa.
Texto de José Eligio Sanabria 21/04/26

A la luz de Hannah Arendt, este texto examina cómo la administración Trump intenta convertir la fuerza en imagen y la escalada militar en relato de victoria, aun cuando los hechos erosionen esa narrativa.
Hace más de medio siglo, la filósofa Hannah Arendt alertó sobre un peligro que hoy vuelve a cobrar fuerza: una superpotencia puede terminar conduciendo su política exterior desde la lógica de la imagen. En “Lying in Politics”, ensayo incorporado en Crises of the Republic (1972) a partir de los Pentagon Papers, Arendt identificó una estructura de poder dispuesta a distorsionar los hechos con tal de sostener una apariencia de fuerza. Los image-makers de Washington, escribió, tenían una tarea concreta: impedir que Estados Unidos proyectara la imagen de un perdedor.
Hoy, en el contexto del conflicto bélico con Irán, la administración de Donald Trump opera bajo esa lógica. El presidente insiste en que Estados Unidos ha golpeado a Irán con una fuerza devastadora, amenaza con devolver a ese país a la Edad de Piedra y presenta cada escalada militar como prueba de control absoluto. Desde el Pentágono, el secretario de Defensa, Pete Hegseth, presenta las operaciones militares estadounidenses contra ese país como demostraciones de victoria, mientras la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, refuerza un lenguaje de destrucción total de Irán a manos de Estados Unidos. No se trata sólo de informar sobre acciones militares o avances sobre el terreno. Se trata de imponer una imagen: la de un poder incuestionable, la de un presidente que no retrocede y la de un país que no puede aparecer como débil ni en el plano doméstico ni en el internacional.
Pero esa imagen se quiebra cuando se la confronta con los hechos. El derribo de un caza F-15 estadounidense sobre territorio iraní, el pasado 3 de abril, expuso una contradicción difícil de eludir. Mientras el discurso oficial insiste en proyectar una superioridad militar avasalladora y en presentar a Irán como un enemigo devastado, ese episodio sugiere algo distinto: que Teherán conserva capacidad de respuesta. Si Irán ha sido representado una y otra vez como un país prácticamente derrotado, ¿cómo se explica entonces que haya logrado derribar uno de los cazas más avanzados del arsenal estadounidense?
Ese choque con la realidad se manifestó con crudeza durante el operativo de rescate. Mientras la Casa Blanca celebraba la misión como una hazaña extraordinaria, la magnitud del despliegue necesario para sostener esa imagen contaba una historia distinta. Para recuperar a dos tripulantes en un territorio que, según la propia administración estadounidense, ya había sido presentado como decimado o vencido, fue necesario desplegar una operación de rescate de alta complejidad, con fuerzas especiales y cobertura aérea, en un entorno donde Irán conservaba capacidad de respuesta. El contraste es claro: mientras la narrativa oficial sostenía la idea de una victoria definitiva, los hechos mostraban una operación militar de alto riesgo contra un Irán que aún conservaba —y conserva— capacidad de respuesta.
El contraste entre el discurso y la realidad conlleva un costo político inevitable: la erosión de la credibilidad de Estados Unidos. Ese activo es fundamental, pues sostiene las alianzas y hace posible toda negociación eficaz. En plena crisis con Irán, comprometer ese capital es un error estratégico. Si la Casa Blanca insiste en presentar como victoria lo que los hechos muestran como un tropiezo, no sólo debilita su relato; también reduce la capacidad de Washington para convencer a sus aliados de la solidez de su estrategia y para disuadir a sus adversarios.
Pero hay otro costo. Para Estados Unidos, sostener esa narrativa en medio de la crisis con Irán implica limitar su margen de acción. La necesidad de no admitir errores, de no reconocer tropiezos y de no ceder en la promoción de una imagen de victoria reduce el espacio para corregir, negociar y recalibrar la estrategia frente a una realidad cambiante.
En este punto, la pregunta ya no es sólo cuánto tiempo puede Estados Unidos sostener esta narrativa, sino a qué costo seguirá representándose como vencedor cuando la realidad vaya en otra dirección. Al analizar la experiencia de Estados Unidos en Vietnam, Hannah Arendt señaló un problema más profundo: la incapacidad de reconocer que “even great power is limited power”. Detrás de la imagen de Estados Unidos como “the mightiest power on earth”, escribió, acechaba “the dangerous myth of omnipotence”. En 2026, ese mito continúa rondando el centro de la política exterior estadounidense. ¿Se repetirá la historia? EP