
En este texto, Marco Arellano Toledo analiza cómo se construyen los discursos de odio y la manera en que algunos gobernantes se aprovechan de ello para impulsar sus agendas políticas.
En este texto, Marco Arellano Toledo analiza cómo se construyen los discursos de odio y la manera en que algunos gobernantes se aprovechan de ello para impulsar sus agendas políticas.
Texto de Marco Arellano Toledo 15/04/26

En este texto, Marco Arellano Toledo analiza cómo se construyen los discursos de odio y la manera en que algunos gobernantes se aprovechan de ello para impulsar sus agendas políticas.
La filología, en su sentido más antiguo, es el amor por las palabras. El filólogo es aquel que lee despacio, que desentierra significados perdidos, que se niega a tragar una frase sin antes preguntarle de qué lado está. Me gustaría que apliquemos esa misma paciencia no a los manuscritos medievales, sino a los tuits, a las ruedas de prensa, a las arengas presidenciales. Porque el odio político contemporáneo no se esconde ya detrás de medias verdades ni circula en despachos cerrados; por el contrario, se pasea a plena luz, disfrazado de eufemismo, de consigna repetida, de una suerte de metáfora biológica, la cual convierte al migrante en plaga y al opositor en tumor. Antes de las guerras, antes de las deportaciones, antes de las leyes de excepción, hubo siempre un discurso que las hizo posibles. Desmontar ese discurso es el primer paso para volverlas imposibles.
El odio político no es espontáneo. Es una construcción lingüística deliberada, con mecanismos identificables, con una arquitectura que puede leerse si uno aprende a leer despacio. En ese sentido, existen al menos cuatro mecanismos que evidencian cómo el odio se está anidando en nuestras sociedades, sin que, al parecer, nos detengamos a pensar al respecto.
El primero es el “insulto teatral”. Siegmund Ginzberg, en su libro Síndrome de 1933, nos recuerda que en la Alemania de ese año no se insultaba por arrebato, sino como parte de una representación estudiada. El insulto era un género, tenía sus reglas, sus tiempos, su público. Hoy los líderes populistas saben que la grosería dicha desde un atril o desde una cuenta verificada de X no es un mero desahogo, es una declaración de pertenencia. Cuando un presidente llama “escorias” a sus adversarios o un ministro califica de “traidores” a los periodistas, no está perdiendo el control, está construyendo una frontera. Un nosotros purificado frente a un ellos contaminado. La violencia verbal no es el preludio del odio, es ya el odio en acción.
El segundo mecanismo es la “repetición como normalización”. Lo que se dice mil veces termina sonando a verdad, por absurdo que sea. Las consignas del populismo contemporáneo no están diseñadas para convencer mediante argumentos; lo que buscan es saturar el ecosistema de medios. Make America Great Again no describe una política, sino que evoca una pérdida, señala un culpable, promete una restauración. Esperanza Casullo, en Por qué funciona el populismo, ha explicado con precisión esta estructura narrativa: un héroe —el pueblo y su líder— se enfrenta a un villano —la élite corrupta o el enemigo interno o externo—. La potencia del mito no reside en su programa de gobierno, sino más bien en su capacidad de simplificar la realidad y canalizar la ira ciudadana hacia un chivo expiatorio. La repetición de esa narrativa no sólo crea memoria, también la moldea. El lenguaje se empobrece y con él se empobrece nuestra capacidad de pensar. Hoy no se discuten políticas migratorias, hoy se comienza a insultar al migrante. Hoy se abandonan los análisis económicos para odiar al zurdo o al fifí, al que tiene más, pero también al que tiene menos.
El tercer mecanismo es la “banalidad administrativa del odio”. Hannah Arendt denunciaba que el mal no siempre llega con uniforme y con gritos. A veces llega con formularios. En nuestro siglo, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos, el ICE, es hoy el ejemplo más preciso de esta lógica. Sus redadas, detenciones y deportaciones masivas no se ejecutan con ensañamiento personal visible, sino que se presentan como gestión de flujos migratorios, como administración eficiente de un problema técnico. Pero esa gestión descansa sobre una construcción previa: la del migrante como enemigo interno que amenaza la seguridad y la identidad nacional. La frialdad del proceso legitima una violencia estructural que, aunque no se llame odio, cumple su misma función de exclusión y castigo. El odio se ha vuelto banal precisamente porque se ha convertido en política de Estado, en procedimiento, en expediente.
El cuarto mecanismo es el “borrado de la verdad”. Cuando se borra la distinción entre realidad y ficción, el poder genera una realidad paralela donde cualquier atrocidad puede justificarse y cualquier hecho verificado puede tacharse de fake news. Si no hay hechos objetivos compartidos, el único vínculo que queda entre los individuos es la pasión, el odio o el miedo. La propaganda del Kremlin que justificó la invasión de Ucrania opera bajo esta lógica con una claridad casi pedagógica. No habla de un país vecino con el que se tiene un diferendo político; por el contrario, alega que existe un supuesto régimen neonazi que debe ser desnazificado. Ese lenguaje convierte una guerra de agresión en una suerte de cruzada moral. La preparación para la violencia a gran escala requiere siempre una intensa campaña previa de deshumanización. Quien controla la definición de las palabras termina controlando la realidad política, y quien controla la realidad política puede hacer que cualquier cosa parezca necesaria.
Estos cuatro mecanismos no operan por separado, sino que se alimentan mutuamente, se superponen, se amplifican. Prosperan en sociedades que han olvidado las consecuencias de deshumanizar al otro. El lenguaje del odio es, en esencia, amnésico, es decir, repite los mismos eslóganes y las mismas lógicas de exclusión que condujeron a las peores tragedias que ha vivido la humanidad, pero los presenta como soluciones novedosas, como sentido común, como una suerte de lenguaje de la gente real frente a la corrección política de las élites. Si un líder puede llamar enemigos del pueblo a los jueces o a la prensa sin que la sociedad reaccione con horror, el odio ya se ha institucionalizado.
El lenguaje tanto describe la realidad como la construye. Las palabras colectivas configuran el mundo social y político en el que vivimos, y por eso quien las controla ejerce un poder que va mucho más allá de la retórica. La política del odio busca simplificar, unificar, aplanar. Para salir de ella, debemos pensar en la política en clave democrática, celebrando y negociando la diferencia. En vez de ofrecer un enemigo, debemos construir un espacio donde la pluralidad humana sea condición misma de libertad.
La filología del odio no debe ser un ejercicio académico ni una curiosidad estilística. Debe ser una forma de resistencia: leer despacio en un mundo que nos empuja a tragar consignas sin masticarlas; preguntarle a cada palabra de qué lado está y lo que nos quiere decir; negarse a que el insulto suene natural, a que la deportación suene técnica, a que la mentira suene razonable. Todo ello debe ser un mantra cívico en pleno 2026. Quizá esa lentitud, esa vieja virtud del filólogo, sea hoy el primer acto político por ejercer en nuestras sociedades. Porque el odio, antes de volverse ley o bala, siempre fue primero una frase que nadie se detuvo a leer con cuidado. EP