La diplomacia de carrera como activo estratégico en Medio Oriente

En este texto, Omar Hurtado escribe sobre el conflicto bélico en Medio Oriente, y sobre la importancia de los diplomáticos de carrera como garantes de la seguridad de nuestros connacionales en el exterior.

Texto de 26/03/26

Medio Oriente

En este texto, Omar Hurtado escribe sobre el conflicto bélico en Medio Oriente, y sobre la importancia de los diplomáticos de carrera como garantes de la seguridad de nuestros connacionales en el exterior.

Medio Oriente, esa región estratégica que sirve de puente entre Asia, África y Europa, es mucho más que su vasta riqueza energética o su profunda complejidad religiosa y cultural. Hoy, ese mosaico se ha transformado en el epicentro de una volatilidad geopolítica extrema, convirtiéndose en el escenario letal de drones suicidas y misiles balísticos. La confrontación directa entre la coalición Estados Unidos-Israel y el eje liderado por Irán ha escalado a niveles casi insostenibles, amenazando con fracturar la ya frágil estabilidad del planeta. En medio de este caos, México posee un recurso resiliente y valioso: una red de diplomáticos de carrera que, lejos de la improvisación política, aportan un valor estratégico indispensable para proteger a nuestros connacionales en el terreno mismo de los hechos.

I

El desarrollo de la guerra ha alcanzado indicadores alarmantes, mostrando las mutaciones más crudas de los conflictos modernos. El uso de drones y misiles balísticos no sólo busca destruir objetivos militares en Israel o instalaciones estratégicas en Irán; su impacto se ha extendido con fuerza hacia las naciones vecinas. Varios países han sufrido ataques directos o daños colaterales por represalias iraníes o de sus proxies —grupos armados, guerrillas o facciones políticas—: Arabia Saudita, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Jordania, Kuwait, Líbano, Siria y Yemen, entre otros.

La importancia estratégica de esta zona es innegable. Aquí se resguarda el flujo energético del que depende gran parte de la economía global, y se ubican rutas críticas para el comercio internacional, como el Estrecho de Ormuz o el Mar Rojo. Cualquier inestabilidad en estos puntos tiene el poder de sacudir los mercados y la seguridad de todo el mundo.

Estamos ante una trágica realidad de terror en los cielos y asedio contra las sociedades civiles. Este conflicto ha profundizado la “guerra de pánico” contra ciudadanos inocentes. A diferencia de las batallas convencionales del siglo pasado, el campo de batalla actual es el espacio aéreo urbano, donde la presencia constante de drones de ataque letales y difíciles de detectar lo cambia todo. La tecnología de los “Vehículos Aéreos de Combate No Tripulados” (UCAV, por sus siglas en inglés) ha transformado la vida cotidiana en un estado de alerta permanente. Más allá del impacto físico de las explosiones, se generan daños psicológicos profundos: el zumbido de esos motores asesinos en el cielo se convierte en la antesala de una destrucción impredecible.

Los misiles balísticos y de crucero, utilizados tanto por potencias estatales como por los proxies en Yemen, Irak o Líbano, convierten a ciudades enteras en blancos vulnerables. Grupos como Hezbolá en Líbano, las milicias pro-Irán en Irak y Siria, y los rebeldes Hutíes en Yemen, han fragmentado los frentes de batalla, generando una violencia extrema que puede estallar en cualquier barrio o centro comercial.

Recuerdo una situación de crisis similar durante mi segunda adscripción diplomática en la Embajada de México en Israel (1990-1991), en los albores de la Guerra del Golfo Pérsico. En aquel periodo, si bien Israel no participó activamente en las hostilidades para preservar la coalición árabe-occidental, el país fue blanco directo de los misiles iraquíes. Fue la época de los ataques de misiles Scud lanzados por el régimen de Sadam Hussein contra Tel Aviv y Haifa, y el despliegue de los sistemas de defensa Patriot israelíes; un escenario marcado por las operaciones “Escudo del Desierto” y “Tormenta del Desierto”, de un alto impacto psicológico.

Para las comunidades mexicanas que habitan en estas regiones, los cielos representan una amenaza constante. En ese entorno, la labor de las embajadas de México adquiere una dimensión de servicio crítico, pues la tecnología de guerra suele superar la capacidad de refugio civil. Aquí, la función diplomática se transforma en una gestión de riesgos y en un canal de certidumbre para quienes están atrapados en el fuego cruzado. En este escenario de volatilidad, el rigor profesional y la experiencia de nuestros diplomáticos de carrera se erigen como un escudo sólido para la comunidad mexicana.

II

El Servicio Exterior Mexicano (SEM) no es sólo un organigrama administrativo; es el cuerpo permanente de mujeres y hombres encargados de representar a nuestra nación y ejecutar su política exterior. Según el Artículo 1 de su propia Ley, son ellos los responsables de dar rostro a México en el mundo, mientras que el Artículo 44 encomienda a los jefes de oficinas consulares la misión de promover y proteger los derechos de nuestros connacionales bajo el amparo del derecho internacional. En el reglamento de esta institución, el Artículo 95 adquiere hoy una relevancia estremecedora: éste hace referencia a las “adscripciones de vida difícil”, esos destinos marcados por conflictos armados, inseguridad extrema o regímenes de intolerancia donde la labor diplomática se pone a prueba en su forma más pura.

Ante el complejo tablero bélico que enfrenta a Estados Unidos e Israel contra Irán, el pasado 13 de marzo de 2026, el titular de la Cancillería, Juan Ramón de la Fuente, convocó a una reunión virtual para analizar la emergencia en Medio Oriente. En este encuentro participaron figuras clave como la subsecretaria María Teresa Mercado, el director general para África, Asia Central y Medio Oriente, Aníbal Gómez, y la directora general de Protección Consular, Vanessa Calva. Junto a ellos estuvieron los embajadores que hoy operan en la línea de fuego: Guillermo Puente (Irán), Mauricio Escanero (Israel), Luis Alfonso de Alba (Emiratos Árabes Unidos), Victoria Romero (Azerbaiyán), Eduardo Peña (Kuwait), Guillermo Ordorica (Qatar), Jacob Prado (Jordania), Francisco Romero (Líbano), Pedro Blanco (titular de la Oficina de Representación en Palestina), así como los encargados de Negocios a.i., Guillermo Gutiérrez (Arabia Saudita) y Héctor Ortega (Egipto).

En este contexto crítico, la diplomacia mexicana ha tenido que recurrir a su reserva de experiencia más profunda. Durante dicha reunión, se informó que nuestras embajadas en la región lograron facilitar la evacuación de 1,240 connacionales —en su mayoría turistas— que se encontraban en países como Arabia Saudita, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Israel, Jordania y Líbano. Poner a salvo a más de mil personas en una zona de guerra es una tarea que la improvisación simplemente no puede resolver; exige contactos de alto nivel, un conocimiento quirúrgico del terreno y una templanza que sólo dan los años de carrera.

Todos los embajadores antes mencionados comparten una característica vital: son diplomáticos de carrera, miembros formados en el SEM. Paradójicamente, este recurso tan valioso ha sido marginado o golpeado en años recientes por preferencias políticas, tanto desde la oficina presidencial como desde la propia cancillería. Sin embargo, la crudeza de la guerra en Medio Oriente ha impuesto su propia lógica: el valor de la diplomacia profesional es estratégico e insustituible. Su presencia en estas adscripciones garantiza un rigor técnico que las lealtades políticas difícilmente podrían ofrecer.

Esta diplomacia de carrera a menudo trabaja bajo la sombra del desdén político o la escasez presupuestaria. No obstante, hoy es ella la que garantiza que la presencia de México en el mundo no sea una improvisación peligrosa, sino una verdadera estrategia de Estado. A diferencia de otras regiones donde las embajadas parecen entregarse como premios de consolación política —pensemos en Europa Occidental—, en el convulso Medio Oriente la experiencia se impone por necesidad.

En este escenario, la formación del diplomático profesional permite interpretar situaciones volátiles y anticipar riesgos antes de que se conviertan en tragedias, manteniendo canales de comunicación críticos con ministerios de defensa y ministerios exteriores locales. La protección consular se erige como un puerto seguro. En tiempos de guerra, los errores cuestan vidas. Por eso, la prevalencia del SEM no es una concesión, sino un blindaje indispensable para la diáspora mexicana y para el cumplimiento del objetivo primordial: la defensa del interés nacional.

En la diplomacia de carrera, la lealtad no es una concesión política, sino un compromiso inquebrantable con la protección del Estado y de cada mexicano en el exterior, sin importar cuán hostil sea el cielo bajo el que se encuentren. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V