Boca de lobo: Las playas mexicanas no tienen dragones de arena

Aníbal Santiago escribe sobre el derrame de hidrocarburos en el Golfo de México y sobre la indolencia del gobierno ante esta tragedia ecológica.

Texto de 06/04/26

Derrame

Aníbal Santiago escribe sobre el derrame de hidrocarburos en el Golfo de México y sobre la indolencia del gobierno ante esta tragedia ecológica.

Pongámonos a imaginar: no sabes en realidad qué observas, pero lo que aparece en una fotografía es la playa con las grietas que dejan las lenguas de un mar iluminado por el atardecer, montañitas de arena dispersas y en medio (ojo a esto) un gran óvalo tridimensional cubierto con una plasta acuosa y negruzca, acaso algas marinas expulsadas por el océano. ¿Qué es esa figura? Quizá respondas, divertido: “Es un dragón dormido que hicieron con arena unos niños que fueron a jugar a la playa”.

Error. Tristemente, la imagen que la semana pasada se difundió en redes y medios no es ningún dragón dormido, no es Chimuelo, el tierno protagonista de la peli Cómo entrenar a tu dragón. Es una tortuga verde, mexicana como nosotros, de la especie Chelonia mydas, muerta, y no cubierta por ninguna alga de las profundidades acuáticas, sino por petróleo, una ínfima parte de las miles de toneladas derramadas en el Golfo de México que han arruinado nuestro mar y su vida.

Las víctimas del derrame son tortugas, delfines, pelícanos, peces e infinidad de especies a las que les cambiaron su mar turquesa por una inmunda y espesa corriente negra que los asesina. El hombre causó ese derrame. Su consecuencia en número de vidas es más mortífera que un misil que cae en un edificio sobrepoblado. El chapopote taponea las branquias de los peces; cubre ojos, boca y narinas de tortugas y mamíferos; pega las plumas de las aves. Los peces no pueden huir de sus depredadores ni buscar comida; tortugas y mamíferos quedan inmovilizados; las aves no pueden volar.

Pero, claro, estamos ocupados en otras cosas. Siempre lo estamos: el diputado-stripper Sergio Mayer lanza su aspiración a jefe de gobierno de la Ciudad de México; viene o no Cristiano Ronaldo a México; Lord Molécula sigue haciendo desfiguros. En paralelo, nuestra fauna marina muere en masa.

Cantarell, el conjunto de yacimientos petroleros de Campeche donde se produjo el derrame, avisó que sus desperfectos podían originar una tragedia, y no sólo una vez. Desde 2023, vertió 14 veces crudo al mar en cantidades menores. El gobierno federal lo supo, pero como defendía un nuevo aeropuerto inútil, una nueva refinería deficiente y un nuevo tren devastador ecológicamente (y hoy descarrilado mortalmente), como ese gobierno insultaba cada día a quienes pensaban distinto, no sobró tiempo para resolver las descargas más leves de hidrocarburos que terminaron en una descarga colosal que ya cubre más de 600 kilómetros de litoral.

Las víctimas no son sólo animales, agua, arena, aire contaminado por los costales del hidrocarburo que se han extraído y que ahora descansan en la playa. También son los humanos. Los pescadores de Veracruz, imposibilitados de vender sus productos contaminados, rogaron el auxilio de su gobernadora Rocío Nahle. Muy oronda, ella les respondió: “Las playas están limpias; [los hidrocarburos] llegaron en forma de gotas, fueron trazas, residuos”. La presidenta Sheinbaum, por su parte, atacó a Greenpeace: “no tiene datos científicos para sustentar lo que dice”.

Minimizar una catástrofe, negar su gravedad, sonreír frente al dolor, es otra catástrofe. Pierdes tiempo crítico, confundes a la sociedad (y así inhibes la solidaridad), los sistemas de respuesta se alentan, no buscas a los culpables, entorpeces la restauración del daño. La pasividad de ambas es tan nociva como un mar mezclado con petróleo.

Mientras tanto, no son tiernos dragones de arena los que yacen en nuestras playas. Son tortugas muertas. EP

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