Lugo y la reducción del daño del uso de drogas

La reducción de daños forma parte de la atención integral del consumo de drogas. Lugo, un activista por el consumo responsable de drogas, nos explica cómo funciona este conjunto de estrategias. Este es el tercer texto de nuestro dossier mensual #HablemosDeDrogasEstePaís.

Texto de 25/02/21

La reducción de daños forma parte de la atención integral del consumo de drogas. Lugo, un activista por el consumo responsable de drogas, nos explica cómo funciona este conjunto de estrategias. Este es el tercer texto de nuestro dossier mensual #HablemosDeDrogasEstePaís.

Foto: @lugoylasdrogas

Me llamo Lugo, soy un activista a favor de una política de drogas más humana… ¡y soy de peluche! Dedico mi esfuerzo, sudor y convicción a hacer videos donde consumo sustancias psicoactivas (o como le dicen tus abuelitos y la policía “dRogGaSss”) frente a la cámara para documentar los efectos y promover la filosofía de reducción de riesgos y daños. Ésta puede traducirse fácilmente como que la gente consuma lo quiera siempre y cuando conozca la sustancia, los efectos y tenga las herramientas para que el daño que se genere a sí misma y a su comunidad sea acotado”. O como yo le digo: “te metas lo que te metas, no te lo metas a lo tonto”. El proyecto busca brindar en Internet una ventanilla de información científica y sin prejuicios sobre las sustancias y su consumo, pero sobre todo poner el foco en el bienestar de quienes consumen, pues la política de drogas hoy deshumaniza y criminaliza a las personas más vulnerables basándose nada más que en  su uso de sustancias. Para ello, yo tan peludo y mi equipo tan humano, hemos abierto perfiles de redes sociales en Facebook, Twitter e Instagram y,a través de ellos, nos ponemos en contacto directamente con el público sin intermediarios, sin jueces, sin nadie que nos obligue a bajarle el tono a lo que decimos, como si la información sustentada y empática fuera maligna.

A lo largo de los seis años que llevo haciendo mi proyecto he cultivado grandes y muy participativas comunidades, refugio sobre todo de adolescentes y postadolescentes que no encuentran dónde expresar sus dudas con respecto al consumo de sustancias. Debemos dar por sentado que el consumo existe y seguirá existiendo más allá de cualquier prohibición o regulación. Por naturaleza los seres humanos prueban cosas y algunas de esas cosas generan reacciones naturales que responden a los contextos y las necesidades específicas de cada persona de un modo a veces hasta necesario. En estas comunidades he conocido historias de relaciones tóxicas entre personas y sustancias sin importar su estatus legal; he conocido también historias de sanación y de esperanza en donde una sustancia ayudó a alguien a encontrarse a sí misma, a darse valor para reafirmar su individualidad en una sociedad plagada de tabúes; historias de quienes han tocado fondo emocionalmente y han logrado volver a ver el sol gracias a salvavidas químicos; historias de quienes se aproximan con miedo y desinformación a drogas peligrosas y que no se detendrán por más balas y cárceles que pongamos entremedios. 

Quizá ése es el mayor aprendizaje que he tenido por mi labor activista; que cada sustancia es única, que los efectos de cada una son específicos a cada persona que la consume y —sobre todo— que cada quién consume lo que consume por sus propias razones y que éstas siempre serán válidas y correctas. Basta de hablar del “drogadicto” estándar, el joven con un futuro brillante que, por peer pressure, consume mota y libera a la bestia que lleva dentro. Mr. Hyde se apodera de él, es grosero con sus familiares y rechaza a la autoridad. Rápidamente se le alborota el pelo y se le pierde la mirada mientras ríe maniaticamente y, una semana después, estará inyectándose cosas en algún subterráneo. Morirá con la piel sucia, sólo bañada por las lágrimas de su madre, que se preguntará “qué hice mal, si hasta le ponía los comerciales de la florecita de TvAzteca”. ¡Basta!

Esa narrativa, ese cliché discriminatorio construido por fundamentalismos y ceguera es el que hoy sigue propulsando la política de drogas en México. Una nueva regulación requiere abrir los ojos y mirar de frente a las y los consumidores reales, informarnos de qué consumen y por qué lo hacen. Quizá esa profesionista lo hace para estudiar mejor, y si conoce su cuerpo y su sustancia, podrá utilizar ese impulso para avanzar en su carrera. Quizá ese padre de tiempo completo lo hace para dormir en paz tras el día entero cuidando a sus bebés y así mañana por la mañana estará más fresco, listo para continuar su labor. Quizá ella lo hace porque sólo así puede conocer su sexualidad más profundamente y sacudirse los grilletes de vergüenza a los que fue condenada en la escuela de monjas. Quizá él no sabe que tiene una relación de consumo peligrosa con el café —la sustancia psicoactiva más consumida por la humanidad— y la ignorancia lo pone en vías de tener un ataque de taquicardia pronto… o por lo menos gastritis.


Solo reconociendo la enorme diversidad de quienes consumen y sus razones, transitaremos a una sociedad más justa y menos temerosa. Llegó la hora de arrancar nuestra máscara hipócrita y reconocernos en ellas y en nosotras como persona que consumen cosas y —sobre todo— saber que no por ello somos diferentes ni tampoco iguales. 

Confíen en mí… soy de peluche.EP

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